La evolución del crecimiento de la productividad del trabajo en EE.UU., 1953-2017

El último informe Economic Report of the President 2018 elaborado por el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca (CEA) dedica un apartado al análisis del crecimiento de la productividad del trabajo de la economía de EE.UU. desde una perspectiva histórica.

En el primer gráfico la línea azul representa la evolución temporal de la productividad del trabajo de la economía de EE.UU. para el periodo 1953-2017, definida como la producción por hora trabajada (sin incluir la agricultura). La línea roja representa la tendencia a largo plazo de la productividad del trabajo. La serie muestra que la productividad del trabajo en EE.UU. creció desde 2007 muy por debajo de la media histórica del 2,2%.

El crecimiento de la productividad del trabajo se puede descomponer en tres factores: a) el aumento de la dotación del capital por hora trabajada o intensificación del capital (capital deepening); b) el aumento de las habilidades por trabajador o composición del trabajo (labor composition); c) y el aumento de progreso técnico o de la eficiencia de la economía, que técnicamente se conoce como la productividad total de los factores que se mide como un residuo (total factor productivity).

En el siguiente gráfico se representa la descomposición del crecimiento de la productividad del trabajo en EE.UU. para los subperiodos 1953-2007 y 2007-2016.

De las cifras del gráfico anterior se pueden extraer algunas conclusiones importantes. En primer lugar, en el periodo 2007-2016 se produce una importante caída de la tasa de crecimiento de la productividad del trabajo respecto a 1953-2007, al pasar del 2,25% en el primer subperiodo al 1,17% de tasa anual media acumulativa del segundo subperiodo.

En segundo lugar, el crecimiento medio de la productividad del trabajo en el subperiodo 1953-2007 (2,25%) se impulsó por el aumento de la dotación de capital por hora trabajada en 0,9 puntos porcentuales, por el aumento de la composición del trabajo en 0,2 puntos porcentuales y por el aumento de la productividad total de los factores en 1,15 puntos porcentuales, mientras que en el subperiodo 2007-2016 el crecimiento medio de la productividad del trabajo (1,17%) se impulsó por el aumento de la dotación de capital por hora trabajada en 0,5 puntos porcentuales, por el aumento de la composición del trabajo en 0,27 puntos porcentuales y por el aumento de la productividad total de los factores en 0,4 puntos porcentuales.

En tercer lugar, destacar la pérdida del peso del crecimiento de la dotación de capital en el avance de la productividad del trabajo en el segundo subperiodo (0,5 puntos porcentuales frente a 0,9 puntos porcentuales del primer subperiodo). Aun cuando la recuperación de la economía americana estaba en marcha desde 2010 hasta 2015, el papel de la intensificación del capital en relación con el crecimiento de la productividad del trabajo fue negativo. Según los datos disponibles, en los años 2014 y 2015 un trabajador americano tenía menos dotación de capital a su disposición que en 2010, y esto es la primera que ocurría durante un período de cinco años desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Desde el punto de vista económico, estos datos sugieren que la inversión en capital fijo neta (la inversión en capital fijo bruta menos la depreciación) no ha sido suficiente para hacer crecer la dotación de capital por trabajador al mismo ritmo que el aumento de las horas trabajadas.

Finalmente, en el lado positivo, destacar la contribución de la composición laboral en el crecimiento de la productividad del trabajo desde 2007, en relación con el primer subperiodo.

CALIDAD EMPRESARIAL Y PROSPERIDAD

Con la “nueva normalidad “económica emergente tras la crisis parece asumirse que el crecimiento económico va a quedar muy por debajo del potencial en muchas economías durante demasiado tiempo. Este ha sido erosionado por la caída en la acumulación de todas las formas de capital, por el aumento del desempleo estructural y el no menos explícito descenso en la Productividad Total de los Factores (PTF). El envejecimiento demográfico o la ampliación de la desigualdad, tampoco favorecerá el crecimiento tendencial, en ausencia de avances significativos en la productividad.

La mejora de las condiciones de vida de la población, de ascenso del PIB por habitante, depende en gran medida del comportamiento de la productividad de la economía. Y en el crecimiento de esta, la reducción de los que trabajan, del número de horas que lo hacen o del salario de los mismos no es precisamente la forma más sana de conseguirlo. Ni la más sostenible. Lo más conveniente es que las mejoras vengan determinadas por la PTF, ese componente de la productividad que representa la contribución al crecimiento del PIB adicional a las aportaciones de las horas de trabajo, de las habilidades de los trabajadores o de la dotación de capital físico. Captura el progreso tecnológico y, desde luego la eficiencia en la producción.

Las evidencias más recientes siguen revelando caídas de la productividad en muchas economías, aun cuando las diferencias entre ellas sean notables. En la eurozona el descenso a partir del inicio de la crisis ha sido más acusado, quedando España en las posiciones más rezagadas tanto en manufacturas como en servicios, tal como se ilustraba en una investigación del FMI (“A Sector-Level Perspective on Productivity Trends in Advanced Economies”), de marzo 2015. Aquéllos países que han registrado una mayor convergencia real, en avances de su renta por habitante, lo han hecho a través de aumentos sostenidos en la PTF, avalando la presunción de que el crecimiento económico en las próximas décadas dependerá cada vez más de mejoras en ese componente. Para ello, la apertura al exterior, la acumulación de capital basado en el conocimiento, las estrechamente relacionadas inversión en I+D y la capacidad empresarial, son esenciales. Sin embargo, la OCDE, en un trabajo reciente (“The Future of Productivity”) advierte que la difusión del conocimiento no puede darse por garantizada: va a depender en gran mediad de las capacidades empresariales para captarla.

En la medida en que la PTF refleja la eficiencia con que los factores de la producción son utilizados, las mejoras organizativas en las empresas y, muy especialmente, la calidad de la función empresarial, de la gestión, desempeñan un papel central. Lo hacen facilitando la absorción y aplicación de nuevas ideas, la asimilación de innovaciones, pero también en la más amplia función de combinación y coordinación de todos los factores que operan en la empresa. El ejemplo con mayor vigencia y más amplio respaldo empírico es el aprovechamiento de las posibilidades asociadas a la extensión de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), de las ventajas que depara la “cuarta revolución industrial” en torno a la creciente digitalización.

Esa necesaria asimilación de la difusión del conocimiento exige adaptaciones en la organización y en los procesos decisionales de las empresas que no siempre encuentran la capacidad y habilidades necesarias de quien las gobierna. Y ahí radica una de las principales diferencias en términos de progreso y prosperidad de las distintas economías.

Tener buenos o malos empresarios, o directivos empresariales, no es neutral. Si esto era fácil de intuir, varias investigaciones le dan respaldo empírico suficiente. Entre otras, la de D. Andrews y B. Westmore (“Managerial Capital and Business R&D as Enablers of Productivity Convergence”, OCDE, 2014), destaca la evidencia de que el ritmo de crecimiento de la PTF de una economía esta positivamente relacionada con la calidad de su “capital gerencial”. Y esta explica una parte significativa de las diferencias en PTF entre las economías más avanzadas y el resto, así como las diferencias entre distintas empresas en el seno de las economías. Al menos la mitad de la diferencia en el crecimiento de la productividad entre EEUU y Europa entre 1995 y 2004 es explicada por la existencia en el primero de capacidades de gestión empresarial superiores.

El trabajo difundido hace unos meses por N. Bloom, R Sadun y J V Reenen (“Management as a Technology”), después de revisar datos de 10.000 empresas manufactureras correspondientes a 30 países, concluye que aproximadamente una cuarta parte de las diferencias existentes en la productividad entre países pueden ser atribuidas a diferencias en la calidad gerencial. Asumen la idea que las formas de gestión empresarial, son como una tecnología, en términos de su contribución al aumento de la PTF. Pero también verifican que la calidad de la gestión empresarial depende en gran medida del grado de competencia de los mercados en los que operan las empresas. La asociación positiva de la calidad de la gestión con la edad y dimensión de las empresas es otra conclusión relevante.

La posición de España en el trabajo de Andrews y Westmore no es muy favorable. La contribución de la PTF al aumento del PIB por habitante ya era de las más bajas bastantes años antes de la crisis; en realidad constituyó un drenaje en todo el periodo 2000 y 2011. Y reducida, tanto en términos absolutos como en comparación con otros países, ha sido también la inversión en I+D de las empresas españolas entre 1986 y 2008. En los indicadores de calidad gerencial las posiciones tampoco son buenas: España queda en la posición 18ª del World Management Survey correspondiente a 2014. Como consecuencia de esas menores contribuciones de la calidad gerencial y de la inversión empresarial en capital tecnológico, en el ejercicio de proyección a 2060 del PIB por habitante de varios países, el español es de los que menos avanza, apenas el 15%.

Por muy escépticos que seamos acerca de la fiabilidad de proyecciones a tan largo plazo, si convendría asumir que prestar atención al fortalecimiento de la PTF, a la generación de ese colesterol bueno del crecimiento, debería ser un propósito prioritario. La mejora de la calidad empresarial es una de las condiciones necesarias para facilitar la difusión del conocimiento en que se sustentará esas mejoras de la eficiencia. Atenderla es poco costosa en términos convencionales, presupuestarios, y sus resultados podemos observarlos a un plazo no muy largo. La observación de William Baumol acerca de la generación de incentivos sociales para que a la función empresarial se asignen talentos, o la no menos tópica de J.M. Keynes sugiriendo la distinción entre empresarios y logreros, sigue siendo pertinentes para la disposición de ese intangible.

Con todo, no es necesario insistir mucho en que a ello pueden contribuir igualmente otras formas de fortalecimiento de la productividad igualmente amparadas en la experiencia. La calidad de la regulación y de las instituciones, la suficiente oxigenación competitiva en todos los mercados, la inversión privada y pública en I+D y, no menos importante, la educación. Aquella afirmación que hiciera Paul Krugman hace más de 20 años – “la productividad no es todo, pero a largo plazo es casi todo”- ha encontrado en esta larga resaca de la crisis su más importante valedor.

(Diario El País, 27/03/2016)

Convergencia real en la Unión Europea y en la zona del euro, 1999-2014

El Banco Central Europeo (BCE) acaba de publicar un informe sobre la convergencia real de las economías del conjunto de la Unión Europea (UE-28) y de las 12 economías de la zona del euro. El estudio cubre el período desde la implantación de la moneda única en 1999 hasta el año 2014. Una de las ventajas que se esgrimió para la creación del euro fue que se impulsaría la convergencia real de las economías (o la convergencia de los niveles de renta per cápita). Pero ha ocurrido lo contrario.

La convergencia real se mide habitualmente por el PIB real per cápita (en adelante niveles de renta). La convergencia real sostenible es el proceso que propicia que los niveles de PIB per cápita de las economías de renta más baja se aproximen de forma permanente con los de las economías de renta más alta.

En la literatura académica relacionada con el crecimiento económico, la convergencia real se mide con dos indicadores complementarios: la convergencia beta (conocida también como β-convergencia) y la convergencia sigma (conocida también como σ–convergencia). El primer tipo de convergencia se produce cuando las economías de renta más baja crecen más rápidamente que las de renta más alta, por lo que experimentan un proceso de convergencia económica real. Este indicador se mide en términos de PIB relativo per cápita en paridad de poder de compra (PPC) (en inglés, GDP per capita in PPS). El segundo indicador se refiere a una reducción de la dispersión de los niveles de renta entre las economías.

La convergencia real implica que los países de renta más baja puedan crecer de forma sostenible a un ritmo más rápido que los países de renta más alta y, como resultado, se producirá la convergencia de sus niveles de renta con los de los países de renta más alta. Por ello,  la convergencia real corresponde, esencialmente, a la dimensión β de la convergencia, siendo la convergencia σ una condición necesaria para la convergencia β.

En el primer gráfico se representa una aproximación a la convergencia real con el concepto de convergencia beta desde el inicio del euro entre los países de la UE-28 y en los países de la zona del euro. [1] [2] [3]

En el eje horizontal se representa el PIB relativo per cápita en paridad de poder de compra de cada país en 1999 respecto a la media de la UE-28 y en el eje vertical se representa el cambio de ese indicador entre 1999 y 2014.

Del análisis de los datos del gráfico anterior cabe destacar que si ha habido convergencia real en el conjunto de la UE-28 (triángulo verde) entre 1999 y 2014, aunque este resultado muestra procesos de convergencia y divergencia entre los distintos países. En primer lugar, los países de la UE-28 que no pertenecen a la zona del euro (triángulo rojo) y aquellos países que entraron en la zona euro después de 2002 (círculos amarillos) muestran mejor comportamiento relativo en relación al proceso de convergencia real que los 12 países pioneros de la zona del euro (Euro 12, cuadrados azules oscuros y claros). En segundo lugar, los países que muestran mejor grado de convergencia real con la media de la UE-28 son Estonia, Letonia, Lituania, Rumania y Eslovaquia, seguidos por el resto de países del grupo de la Europa Central y Oriental (en inglés, CEE = Central and Eastern Europe). Por último, no se ha producido un proceso de convergencia real entre los 12 países que adoptaron el euro en 1999 y posteriormente en 2001. Por último, en el lado opuesto destacar la divergencia en la renta per cápita registrada en España y Portugal (sólo han logrado mantenerla) y el aumento significativo de la divergencia (Grecia y especialmente Italia).

En el segundo gráfico se aproxima la convergencia sigma, es decir, la dispersión de los niveles de renta entre las economías.

Como muestran los datos del gráfico anterior, se ha producido convergencia sigma entre el conjunto de los países de la UE-28, pero también una caída de la convergencia sigma en los 12 países pioneros de la zona del euro (Euro 12).

El informe del BCE destaca el conjunto de factores que han impedido la convergencia real entre los 12 países que adoptaron el euro en 1999 y 2001 (Euro 12): a) la debilidad de las instituciones nacionales (baja efectividad de las políticas y de las gobernanzas, baja calidad de las regulaciones medioambientales y elevada economía sumergida, entre otros); b) las rigideces estructurales en los mercados de productos y trabajo); c) la débil respuesta de la política económica a los ciclos alcistas de los precios de los activos (especialmente en la vivienda y la construcción) y al excesivo endeudamiento de las familias y empresas no financieras; d) y el débil crecimiento de la productividad.

Centrémonos en el papel  clave del crecimiento de la productividad en el proceso de convergencia económica real.  En el siguiente gráfico se muestra la relación entre la renta per cápita en 1999 y el cambio en el crecimiento de la Productividad Total de los Factores (PTF) (en inglés, TFP Total Factor Productivity) de cada país entre 2014 y 1999.  Recordemos que la PTF mide la eficiencia con la que el factor trabajo y el factor capital se utilizan en el proceso de producción y, por lo tanto, aproxima  la contribución del progreso técnico al avance del crecimiento de la productividad del trabajo y, en última instancia, al crecimiento real y potencial de la producción en el largo plazo.

En primer lugar, los países de la UE-28 con niveles relativos de renta per cápita más bajos tienden a exhibir un mayor crecimiento de la PTF, lo que ayuda al proceso de convergencia real en el conjunto de la Unión Europea, aunque este resultado muestra comportamientos heterogéneos en la evolución de la PTF entre los distintos países.

En segundo lugar, los países pioneros de la zona del euro (Euro-12) con niveles de renta iniciales más altos (Alemania, Austria, Holanda, Francia, Bélgica, Finlandia) incluso han tendido, en promedio, a registrar un mayor crecimiento de la PTF que los países de la zona euro con niveles de renta más bajos (España, Portugal y Grecia).  Resulta sorprendente, que a pesar de los importantes flujos financieros canalizados hacia los países de bajos ingresos desde el inicio de la moneda única (en forma de créditos e inversiones netas del resto de la zona del euro)  estos flujos de capital no han logrado generar un proceso de convergencia de la productividad en el período anterior a la crisis económica y financiera de 2008, y ello ha dificultado, sin duda, el proceso de convergencia real. La crisis ha puesto de manifiesto que la abundancia de flujos de capital en los países con niveles de renta más bajos de la zona del euro no ha podido contribuir a una convergencia real sostenible en el tiempo. La causa está en que estos flujos de capital se asignaron de forma ineficiente en sus economías en sectores que no impulsaron la PTF (construcción y vivienda, exceso de consumo apoyado en abundante y barato crédito bancario, gasto público corriente ineficiente).

En tercer lugar, el comportamiento de la evolución de la PTF de Italia es muy negativo para su economía, ya que es el único país (junto a Chipre) que registra una caída de la productividad en el período 1999-2014. Este comportamiento explica en gran medida la significativa divergencia real de su economía con el resto de países de UE-28 que se observó en el primer gráfico.

Finalmente, hay que recordar que para que la convergencia real sea sostenible en el tiempo, el crecimiento del PIB potencial per cápita a largo plazo ha de ser compatible con una expansión de la demanda agregada, circunstancia que no está ocurriendo en algunas de las economías europeas.

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[1] Países de la zona del euro 12 representados con un cuadrado azul claro: FI = Finlandia, IE = Irlanda, DE = Alemania, AT = Austria, NL = Holanda, BE = Bégica, FRA = Francia. Países de la zona del euro representados con un cuadrado azul oscuro: PT = Portugal, GR = Grecia, ES = España, IT = Italia. Luxemburgo de los 12 países del euro porque su PIB per cápita está sesgado por el elevado número de trabajadores que cruzan la frontera para trabajar en su territorio.

[2] Otros países de la zona del euro 18 (no euro 12) representados por un circulo amarillo: LT = Lituania, EE = Estonia, LV = Letonia, SK = Eslovaquia, SI = Eslovenia, MT = Malta, CY = Chipre.

[3] Resto de países de la UE-28 que no forman parte de la zona del euro representados por un triángulo rojo: RO = Rumania, BG = Bulgaria, PL = Polonia, HU = Hungría, HR = Croacia, SE = Suecia, DK = Dinamarca, UK = Reino Unido, CZ = República Checa.

Las fuentes del crecimiento de la productividad de EE.UU., 1948-2012

El Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca acaba de publicar su informe anual 2014 Economic Report of the President. De especial interés resulta el capítulo 5 (y parte del capítulo 1) dedicado a las fuentes del crecimiento de la productividad de EE.UU. desde la década de los 50 hasta la actualidad. En esta entrada del Blog vamos a destacar los hechos más relevantes.

En el cuadro siguiente (hacer clic sobre el mismo para verlo más grande) se muestra las fuentes del crecimiento de la productividad del trabajo sector privado no agrícola de la economía de EE.UU. desde 1948 a 2012.

Bajo el supuesto que la producción agregada se puede representar con una función de producción Cobb-Douglas, podemos descomponer la evolución a largo plazo del crecimiento de la productividad del trabajo – medida por el output por hora trabajada – (Y/H, labor productivity) en la suma de tres componentes: i) el crecimiento de la “calidad” del factor trabajo por hora trabajada, como medida de los cambios en la composición de la fuerza laboral (L/H, composition of labor); ii) el crecimiento de la ratio capital/trabajo o dotación de capital por trabajador (K/H, capital); y iii) el crecimiento de la productividad total de los factores (PTF), en nuestro caso medida por la productividad multifactor (MFP). Recordemos que la PTF aproxima la contribución del progreso técnico al avance del crecimiento de la productividad del trabajo.

Por un lado, merece la pena destacar que en 2012 un trabajador representativo de EE.UU. es cuatro veces más productivo que un trabajador representativo del año 1948 (en concreto 4,21 veces). Por otro lado, se muestra que este crecimiento de la productividad del trabajo se debe en un 10% a la calidad del factor trabajo (fundamentalmente a mayores niveles de educación), en un 38% al aumento de la dotación de capital productivo por trabajador, y nada menos que en un 52% al avance del progreso técnico, es decir, a aquellas innovaciones introducidas en el proceso productivo que provocan que – dada un dotación de capital – el trabajador pueda producir más output por hora trabajada. Y este último factor – la PTF – tiene mucho que ver con la inversión en I+D, tal y como muestra el informe.

En el siguiente gráfico se presenta la evolución del crecimiento de la PTF de EE.UU. en los últimos 60 años en tres períodos claramente divergentes.

En primer lugar, la PTF creció a una extraordinaria tasa media anual del 1,8% en el periodo 1953-1973, impulsada en parte por las inversiones públicas en el sistema de autopistas interestatales y por la comercialización de las innovaciones desarrolladas durante la Segunda Guerra Mundial, como el motor de avión y el caucho sintético, entre otras.

En segundo lugar, la tasa de crecimiento de la PTF se desaceleró considerablemente en el período 1974-1995, al registrar una tasa de crecimiento medio anual de tan sólo un 0,4%. El informe apunta algunas causas de esta desaceleración del crecimiento de la TFP: i) las dos crisis del petróleo de 1973 y 1979, que provocaron una aumento de la inversión en capital de alto consumo de energía y obsoleto; y ii) la entrada masiva en la fuerza laboral de la generación del “baby boom” y del colectivo de las mujeres, con menos experiencia laboral en ambos casos.

Por último, la PTF creció a una tasa media anual más elevada del 1,1% en el último período 1996-2012, impulsada por las grandes mejoras del software y el hardware del sector informático y por el desarrollo del sector de las tecnologías de la información y de las comunicaciones.

Y a esta altura de la entrada del Blog, el lector se podría hacer dos preguntas: ¿Importa tanto la caída del crecimiento anual medio de la PTF del 1,8% del período 1953-1973 al 0,4% del período 1974-1985? ¿No son en ambos casos tasas de crecimiento medio anual muy pequeñas?

La respuesta puede ser sorprendente. Sólo con que la tasa anual media de crecimiento de la PTF del período 1974-1995 hubiera sido un 1% mayor de la que fue (del 0,4 al 1,4%, en lugar del 1,8% del período 1953-1973), el PIB de EE.UU. hubiera sido después de 22 años ¡el 25% más grande del que realmente fue! (aplicando una tasa de crecimiento anual compuesto).

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