Domingos de mayo

El azar lo ha querido: los resultados electorales de los tres próximos domingos de este mes de mayo tendrán una influencia enorme, acaso decisiva, en la suerte de la Unión Europea, por un lado, y de la actual legislatura española, por otro. El 7, el 14 y el 21.

El primero constituye una fecha crucial. La dinámica de la elección presidencial a doble vuelta y la intensidad de toda la larga campaña han hecho de Francia un observatorio privilegiado para medir la fuerza del movimiento populista que capilariza una buena parte del espacio político europeo, cuestionando abiertamente el proyecto de integración europea, cuando no abogando sin tapujos por su desarticulación. Eurofobia, que no es mero escepticismo o desconfianza en las ventajas de la unión —el descreimiento que se trató de combatir al final de los años ochenta con el informe Cecchini, “El coste de la no-Europa”—, y que tampoco se limita, como un decenio antes, a alertar de los riesgos de euroesclerosis por la pérdida de competitividad de las economías maduras del continente; ahora se trata de un rechazo frontal que alimenta actitudes coincidentes en su beligerancia con lo que representa la UE, y tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda. Los ingredientes de tal aversión son diversos: el resorte identitario frente a una caudalosa inmigración, la merma de bienestar y la pérdida de expectativas causadas por una crisis económica cuya responsabilidad se achaca a la globalización, la inseguridad que provoca el terrorismo en el propio territorio, la indignación ante tantas prácticas corruptas… Pero todos coinciden en la desembocadura: un repliegue nacionalista. Hacia Francia, por eso, dirigimos todas las miradas en este comienzo de mayo, pues la suerte de todos depende de lo que ahí resulte. Sin el Reino Unido, la Unión Europea perderá relevancia, pero sin Francia es sencillamente impensable.

A continuación, siete días más tarde, otra prueba con no poca significación: las elecciones en el Estado de Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado (dieciocho millones) de Alemania. Ahí se calibrarán las probabilidades de que Alternativa para Alemania (AfD), el extremista partido xenófobo y antieuropeista, alcance en septiembre una significativa cuota de representantes en el Bundestag. Hoy no parece que sean altas, pero la mera posibilidad de su entrada en el parlamento federal es inquietante. La integración de Alemania en Europa es el fundamento más sólido de la estabilidad del orden de postguerra y del entero desarrollo del proyecto de unión; si se revirtiera aquella, las consecuencias tendrían una enorme trascendencia.

La tercera cita, en el tercer domingo: las elecciones primarias a la secretaría general del PSOE. En este caso, lo que está en el alero es —repitámoslo— la viabilidad de la legislatura. No llega esa consulta en buen momento, pues mientras sube el PIB baja la moral, erosionada por la oleada de noticias sobre la corrupción, creando un ambiente de opinión que influirá en quienes se acerquen ese día a votar. Y el resultado puede ser determinante: con la victoria de Pedro Sánchez, es un suponer, la moción de censura anunciada —se ha escrito con acierto— dejaría de ser una fantasmada… y tal vez, incluso con los presupuestos generales encarrilados, los españoles tuviésemos que ir a las urnas en pleno verano.

Citas trascendentes

Pocas veces el calendario europeo ha venido tan cargado de citas con marcada trascendencia para todos. En apenas diez meses, las consultas electorales previstas, junto a otros hechos de envergadura, condicionarán los derroteros de la UE en su conjunto.

Para comenzar, esta misma semana dos elecciones cuyos respectivos desenlaces no deberían dejar indiferente a nadie. En Austria, la definitiva elección del presidente (definitiva porque está precedida de dos intentos fallidos: uno por impugnación de los resultados declarados, otro por defectuosa preparación material (¡el pegamento de los sobres!, imaginemos lo que se hubiera oído por aquí en caso de producirse algo similar…), con muchas posibilidades de que en esta ocasión salga elegido el candidato de ultraderecha, Norbert Hofer. En Italia, el referéndum para votar la propuesta de reforma de la Constitución que el gobierno consiguió aprobar pero no con el apoyo de los dos tercios del Parlamento, lo que ha obligado a la consulta popular, concebida como plebiscito personal por parte de Matteo Renzi, que tendrá que atenerse a las consecuencias.

El segundo acto, en primavera, arrancando con un mes de marzo que puede acoger hasta tres acontecimientos mayores: uno, el final de la política expansiva del Banco Central Europeo y sus compras masivas de deuda pública; dos, la invocación por la primera ministra británica —si la resolución judicial pendiente no lo impide— del artículo 50 del Tratado de la Unión, con el inicio oficial de las negociaciones para la salida del Reino Unido; tres, las elecciones parlamentarias el día 15 en los Países Bajos, donde Geert Wilders, al frente del extremista y antiislámico Partido por la Libertad, tiene opciones reales de conseguir suficiente porción de votos para encabezar un gobierno de coalición. Y pocas semanas después, mes y medio después, entre el final de abril y el 7 de mayo, las dos vueltas de las elecciones presidenciales en Francia, con un acrecido Frente Nacional de Marine Le Pen que enfatiza su discurso rupturista de choque —contra la Unión, contra el euro, contra las directrices de la Comisión y el Parlamento—, en línea con el del ultraderechista líder holandés. (Tómese nota: Francia y Holanda, los dos países firmantes del fundacional Tratado de Roma que rechazaron también en referéndum el Tratado Constitucional.).

El tercer acto —prescindiendo ahora de los comicios que tendrán lugar asimismo durante 2017 en Hungría, Croacia, Lituania, Rumanía y República Checa— se desarrollará en tierras germánicas cuando llegue el otoño, con la amenaza de que el partido netamente populista Alternativa para Alemania —creado en 2013 para oponerse a los rescates financieros a países como Grecia y Portugal y que ha desplegado luego un ideario centrado en la identidad nacional, encontrando en el rechazo a los programas de acogida de refugiados la más potente catapulta— consiga una significativa representación a escala nacional, una vez que ya está presente en nueve parlamentos regionales.

No nos esperan meses aburridos, ciertamente, con Trump, además, asumiendo desde los primeros compases de enero la presidencia de los Estados Unidos.

Convendrá, por ello, aprovechar al máximo las oportunidades que la nueva legislatura brinda a la política en España. El reparto de fuerzas en el Congreso de los Diputados, en vez de un obstáculo, puede ser el necesario revulsivo para alcanzar acuerdos sobre grandes problemas que deben afrontarse sin pérdida de tiempo y que se han demostrado irresolubles sin pactos de amplio espectro: la reforma del sistema educativo es un buen ejemplo. Sobre el encaje constitucional de Cataluña, el sistema de pensiones, la financiación autonómica, la reforma de la justicia o el saneamiento de la vida pública no se aportarán soluciones pragmáticas y duraderas sin negociación entre las principales fuerzas políticas con representación parlamentaria. Es la hora propicia para demostrar capacidad en la búsqueda de puntos de coincidencia al servicio de intereses generales. Y hay que apretar el paso. Siempre el primer año marca el recorrido de toda la legislatura. Combatamos a los agoreros que nos anuncian una legislatura corta y perdida: la suerte no está echada y hay condiciones para conseguir avances importantes en algunos de los campos citados. En democracia, la responsabilidad es de todos.

Motivos para la autoestima

Si los sondeos aciertan, como es del todo probable, las elecciones del 20D abrirán un nuevo ciclo político. Al bipartidismo hegemónico prevaleciente durante casi cuatro décadas va a sucederle un esquema distinto: PP y PSOE se repartirán aproximadamente el 50 por ciento de los votos, pero otras dos formaciones con proyección nacional (Ciudadanos y Podemos) pueden sumar una parte sustancial de la otra mitad de las preferencias de los electores. Un cambio de escenario inédito en nuestra democracia. Hay razones para saludarlo esperanzadoramente.

La primera responde a lo que ya es un hecho constatable: la entrada en liza de los nuevos contendientes está despertando un creciente interés por el espacio público: ¿desde cuándo no se veía a centenares de jóvenes haciendo cola durante horas enteras, como en la Universidad Carlos III de Madrid hace pocos días, para presenciar un debate entre líderes políticos? Se traducirá previsiblemente en una concurrencia mayor ante las urnas. Excelente noticia: la salud de la democracia guarda estrecha relación con el índice de participación electoral. La “indignación” y “desafección” de muchos no ha devenido, por tanto, en abstención o indiferencia, más bien en lo contrario. Magnífico dato, merece la pena repetirlo.

La segunda razón se fija en el nuevo dinamismo que ha adquirido la escena política española, al hacer sitio para nuevos actores y provocar multiplicados movimientos adaptativos entre los que tan cómodamente en ella estaban instalados. Todo menos una situación anodina, estancada, chata. Bienvenida sea. Sobre todo por lo que supone de relegitimación de la democracia representativa, de sus principios y de sus formas (la democracia es principios pero también formas: respetando estas se preservan aquellos). Ya no se llama a “rodear” el Congreso para expresar rechazo hacia lo que representa y a cómo funciona; ahora el empeño, y con crecientes dosis de pragmatismo y moderación, es entrar en él por la puerta principal, la del voto ciudadano. ¿Dónde hay que firmar? Piénsese, además, en la ausencia en nuestras plazas y calles de grupos radicales o de organizaciones declaradamente antieuropeistas o xenófobas o extremistas de uno u otro signo: una auténtica excepción en el actual contexto europeo.

Todavía esta breve página deja sitio para apuntar una tercera razón. El escenario que anticipan todas las previsiones sobre lo que saldrá de las urnas el 20D obligará a dar un nuevo impulso y vigor a la cultura de la negociación, de acuerdos, del pacto como el medio mejor para la solución de la mayoría de los problemas políticos y sociales en democracia, y más en sociedades plurales y complejas como la española de hoy. La cultura política que no entiende la transacción como traición ni pactar como claudicar, sino como búsqueda de puntos de encuentro que, más allá de objetivos particulares, atiendan intereses generales. Proceder así devolverá confianza en la política, un bien ciertamente escaso en estos últimos años, y facilitará mantener la estabilidad institucional, el gran activo del periodo que ahora parece llegar a su término. Un final que entraña no tanto amenaza cuanto promesa: la oportunidad de construir una democracia de más calidad. La economía no tardaría en agradecerlo.

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