¿Cómo Podemos explicarlo?

¿Cómo puede aparecer de improvisto un nuevo contendiente diferenciado de la competencia en un mercado dominado por un duopolio? Cualquier estudiante de economía avispado podría relacionar esta cuestión con tres referencias fundamentales: Hotelling (1929), Coase (1937) y Schumpter (1934).

Supongamos que dos organizaciones suministran al mercado un producto indiferenciado, como agua mineral (en la versión del paper) o helados (en la versión libro de texto). Según Hotelling, el equilibrio se alcanza mediante una distribución  geográfica del mercado desde el centro. Es más, ninguno de los dos tiene incentivos para diferenciarse, ni en productos ni en ubicación. Hotelling reparó en la inercia en las preferencias personales. Pocos son los consumidores que cambian de marca ante pequeñas variaciones en las características de las commodities. Los hábitos, las preferencias personales así como posibles costes de cambio hacen que la mayor parte de nosotros cambiamos poco de compañía telefónica… o de voto.

Parece ahora evidente que lo que la prensa llama bipartidismo es para los economistas un caso clásico de duopolio encerrado en el bucle de Hotelling, como ya se apuntaba hace algún tiempo aquí. Hotelling nos ayuda a entender también otros fenómenos curiosos, como por qué ninguna universidad española se encuentra entre las 200 mejores del mundo.  Parafraseando al el matemático y economista americano, estamos ante una situación que produce programas progresistas para votantes de izquierdas y programas conservadores para votantes de derechas, pero todos los programas se parecen demasiado. La frase con la que el matemático y economista americano acaba su seminal paper lo dice casi todo: “cider is too homogenous”! El voto en España sigue el patrón de Hotelling.El siguiente gráfico muestra como PP y PSOE han llevado su carrito de helados al centro y se han repartido su mercado entre norte y sur:

Ante esta situación idílica y estable, ¿cómo pueden aparecer terceros en discordia? Más allá de los fallos en el razonamiento de Hotelling (d’Aspremont, et al., 1979), la respuesta más sencilla la encontramos en el artículo “The Nature of the Firm” de Coase en 1937. Las organizaciones incurren unos costes de gestión internos a medida que crecen, por lo que presentan unos rendimientos decrecientes en su función de emprendimiento. Los mastodontes incrementan la propensión a cometer errores por parte de sus dirigentes. Por estas razones, no pueden  crecen indefinidamente y aparecen otros competidores.

¿Y por qué nadie lo vio venir? Schumpter (1934) aseguraba que de las organizaciones establecidas no surgen las  innovaciones disruptivas. Son precisamente los nuevos actores los que cambian las reglas del juego. De la estructura, los estatutos y la inercia pueden surgir pequeñas variaciones de productos o discursos, pero rara vez un cambio de programa.

Puede que la irrupción de partidos como Podemos en España, Syriza en Grecia o el movimiento cinco estrellas en Italia obedezca también a otros factores- que nos deberán explicar sociólogos o historiadores. Pero para un economista, lo realmente sorprendente es que nos sigan sorprendiendo fenómenos que conocemos bien desde hace casi un siglo.

Mayo electoral

Dos recientes titulares periodísticos han acertado al apuntar al centro de las preocupaciones que suscita la próxima cita de los ciudadanos de la UE ante las urnas para renovar la Eurocámara. “Europa contra Europa” (ABC) y “No son unas primarias” (EL PAÍS, resumiendo un documento del Círculo Cívico de Opinión).

El primero, a su vez, tiene dos rostros. Uno, la muy elevada abstención prevista: desde el 62 por ciento en 1979, cuando se convocaron por primera vez, la participación ha caído sostenidamente, hasta el 43 por ciento de hace cinco años, con fundado temor de que esa baja cota se reduzca ahora, expresando una desafección que los efectos sociales de la crisis económica ha hecho crecer con fuerza. Los eurobarómetros son inequívocos: si antes de ensombrecerse el escenario económico, en 2007, el nivel de confianza en las instituciones europeas alcanzaba el 57 por ciento, hoy ha bajado hasta el 31 por ciento. Desempleo, empobrecimiento, y desigualdad, además del afloramiento de tantos llamativos casos de malas prácticas de gestión, tanto en el ámbito público como en el privado, pasan una elevada factura no contrarrestada por los importantes avances en el proceso de integración alentados por la propia crisis, desde el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la UEM, hasta la Unión Bancaria, con pasos determinantes ya bien fechados: supervisor único, que empezará a ser operativo en este mismo año, el Mecanismo Único de Resolución, que entrará en vigor en enero de 2015 y el Fondo Único de Resolución, previsto para enero de 2016.

Esa desconfianza que no deja de aumentar es el terreno propicio para el cultivo de la “eurofobia”, el otro inquietante aspecto sugerido por el rótulo que enfrenta a Europa contra sí misma. La desafección con el proyecto europeo y el auge del populismo están dando alas a partidos y formaciones políticas que cabe tildar genéricamente de “eurófobos”. La mayor parte son de derecha o de extrema derecha, pero es una toma de posición que ha permeado también a sectores de la izquierda del espectro político, que culpan a la UE de los recortes sociales en estos años. Comparten, eso sí, propuestas comunes: sabiendo que el euro y la libertad de circulación de personas constituyen hoy el núcleo de la identidad de la UE, preconizan consecuentemente la vuelta a las monedas de cada país y el cierre de las fronteras nacionales a los inmigrantes comunitarios o extracomunitarios. Según las encuestas más recientes, en intención de voto, son ya la primera o segunda fuerza electoral en Francia, Reino Unido, Italia, Holanda, Austria, Grecia, Hungría, Polonia y República Checa, y tercera o cuarta en Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Eslovaquia, Lituania y Bulgaria, ganando también enteros en países donde tradicionalmente no han estado presentes, como Alemania o Suecia. Trasladado a números, ello supone que, aún siendo un universo heterogéneo y fragmentado, los eurófobos de uno u otro tono podrían alcanzar cerca de los 200 eurodiputados, una suma con la que les será factible influir decisivamente sobre las grandes fuerzas parlamentarias o más europeístas (socialistas, conservadores y liberales). Europeos contra Europa.

Y no son unas primarias las elecciones europarlamentarias, por más que los partidos políticos las planteen en clave nacional. Es cierto que al dirimirse en un sistema basado en circunscripciones y listas nacionales, es grande la tentación, con cada convocatoria, de convertir las elecciones europeas en unas elecciones intermedias o primarias de las generales. Pero este proceder supone hurtar la posibilidad de un debate informado sobre la Unión Europea en el que los ciudadanos tengamos la oportunidad de juzgar las políticas adoptadas y, a la vez, señalar como queremos ser gobernados durante el próximo lustro. Utilizar estas elecciones como unas primarias de las generales no sólo devalúa la democracia: también disminuye la relevancia y la capacidad de acción de Europa como actor global en un mundo cambiante y multipolar.

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