La ruptura del modelo neoclásico del multiplicador monetario

 

Desde el inicio de la crisis financiera internacional han aparecido diversas anomalías monetarias y financieras en la economía de EE.UU. que ponen en entredicho lo que los estudiantes de nuestras facultades estudian en los manuales de Macroeconomía. Las dos principales anomalías monetarias serían el incremento desorbitado del exceso de reservas de las entidades de depósito y la caída del multiplicador monetario por debajo de la unidad. Estos dos fenómenos lejos de volver a la normalidad, continúan en su apogeo.

En el primer gráfico se muestra la evolución histórica del multiplicador monetario del agregado monetario M1 de la economía americana (hacer clic sobre el mismo para verlo más grande). El 19 de noviembre de 2008 el multiplicador monetario se sitúo por debajo de la unidad por primera vez desde su medición a comienzos de 1984. El último dato disponible para el 17 de octubre de 2012 lo sitúa en un nivel de 0,911 (el mínimo histórico se alcanzó el 15 de junio de 2011 con un valor de 0,718). Ello implica que por cada aumento de 1 dólar de las reservas bancarias de las entidades de depósito (la base monetaria) sólo se ha generado 0,911 dólares de aumento de la oferta monetaria americana (M1), por lo que las entidades ha aumentado su exceso de reservas hasta límites insospechados.

La cantidad de dinero existente u oferta monetaria en una economía está formada por el efectivo en manos del público y los depósitos (y otros activos computables dependiendo del agregado monetario utilizado) que éste mantiene en las entidades de depósito. Esa cantidad de dinero crece o disminuye por efecto de la expansión de la base monetaria (efectivo en manos del público y reservas totales de las entidades de depósito) y por el valor del multiplicador monetario. A su vez, el valor del multiplicador monetario depende negativamente de las reservas requeridas a las entidades de depósito por la Reserva Federal (coeficiente legal de reservas), de las reservas excedentes mantenidas por las entidades de depósito y, por último, del coeficiente de liquidez que depende de la propensión del público a mantener efectivo (preferencia por la liquidez).

 Esta caída histórica del multiplicador monetario americano responde en gran medida a la extraordinaria acumulación de reservas excedentes por parte de las entidades bancarias (véase el segundo gráfico adjunto) ya que la base monetaria también ha crecido desmesuradamente (véase el tercer gráfico adjunto). La reservas excedentes de las entidades bancarias de los EE.UU. se situaron a principios de septiembre de 2012 en la cifra nada despreciable de 1,4 billones de dólares (el máximo histórico se alcanzó el 1 de julio de 2011 en 1,6 billones de dólares). Para relativizar este volumen de reservas excedentarias no resulta más pedagógico que compararla con el nivel anterior a la crisis financiera: 1875 millones de dólares a principios de agosto de 2008.

En dos trabajos recientes se muestra como el aumento extraordinario de las reservas de las entidades de depósito americanas coincidió en el tiempo con la introducción por parte de la Reserva Federal de los nuevos programas de crédito y de facilidades de liquidez, y con la política de remuneración de las reservas bancarias a un tipo no cero, en respuesta a la crisis financiera de 2008. Además, discuten las posibles consecuencias inflacionarias futuras del volumen excesivo de reservas excedentarias. [1]

Creo que mis colegas de Macroeconomía de las Facultades de Economía continúan teniendo un sugerente (y complicado) caso de estudio para explicar a sus alumnos en el segundo cuatrimestre de este curso.

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[1] Keister, T. y McAndrews, J.J. (2009): “Why Are Banks Holding So Many Excess Reserves?“, Current Issues in Economic and Finance, Federal Reserve Bank of New York, December 2009 Volume 15, Number 8, pp. 1-10; Willians, J.C. (2012): “Monetary Policy, Money, and Inflation“, FRBSF Economic Letter, 2012-21.

Evolución del PIB de EE.UU. con y sin el efecto sobre el consumo privado de los préstamos con garantía hipotecaria (MEW), 1996-2006

El crecimiento desorbitado de los precios de los precios de la vivienda en los EE.UU. en el periodo 1996-2006 arrastró positivamente al consumo privado y al PIB a través de las operaciones de crédito hipotecario conocidas como mortgage equity withdrawal (MEW). [1] Los MEW fueron utilizados por los consumidores americanos para conseguir una financiación fácil y garantizada con el respaldo del valor neto de su hipoteca. [2] 

El problema es que el crecimiento imparable de los precios de la vivienda generó una burbuja inmobiliaria que terminó colapsando en 2006, provocó la crisis de las hipótecas subprime (de alto riesgo) en octubre de 2007 y, en última instancia, desató la crisis financiera de 2008.

Los fondos obtenidos con los MEW fueron destinados al gasto en consumo personal de los hogares estadounidenses en un sentido amplio: mejoras y reparaciones en la vivienda, segundas residencias, inmuebles con el objetivo de inversión, coches, vacaciones, educación universitaria de los hijos, seguros de vida, gastos médicos, cuidados a enfermos y dependientes, etc. Por este motivo, algunos economistas han calificado a los MEW como ATMs and piggy banks. [3]

Según las estimaciones de Greespan y Kennedy (2008) [4], la generalización de las operaciones MEW contribuyeron al aumento de la Propensión Marginal al Consumo y terminaron financiando el 1,7% del total del consumo de los hogares en el periodo 1991-2005. Y por subperíodos está financiación del consumo de los hogares ligada a operaciones MEW fue in crescendo : un 1,7% entre 1991 y 2005, y nada menos que un 3% entre 2001 y 2005. [5]

En el gráfico adjunto (hacer clic sobre el mismo para verlo más grande) se muestra el crecimiento del PIB en términos reales de los EE.UU. en el caso de que se incluyan o no los efectos sobre el consumo privado de la financiación extra derivada de las operaciones MEW.

Este gráfico muestra cómo gran parte del crecimiento del PIB de EE.UU. entre 1996 y 2006 se generó gracias a las operaciones MEW. Si no se hubiera utilizado estas operaciones hipotecarias para financiar el consumo privado, el crecimiento del PIB habría sido negativo en 2001 y 2002, y la etapa de crecimiento de la economía americana entre 2003 y 2006 (previa a la crisis financiera) habría sido mucho más modesta. De hecho, el impulso de las operaciones MEW supuso nada menos que el 75% del PIB del periodo 2003-2006. [6]

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[1] En español se podría traducir como préstamo/crédito sobre el patrimonio neto (equity) de la vivienda.

[2] Valor neto de la hipoteca = valor de mercado de la vivienda menos montante acumulado de hipotecas y préstamos con garantía hipotecaria.

[3] Cajeros automáticos y “bancos hucha”. En última instancia, las viviendas se utilizaban para obtener liquidez inmediata, como cuando retiramos dinero de un cajero con una tarjeta o rompemos la hucha de un niño/niña.

[4] Geenspan, A. and Kennedy, J. (2007): “Sources and Uses of Equity Extracted from Homes”, Finance and Economics Discussion Series 2007-20, Finance and Economics Discussion Series. Publicado en al revista Oxford Review of Economic Policy, 2008, Vol. 24, 1, pp. 120-144.

[5] 115.000 millones de dólares de media anual en el periodo 1991-2005.

[6] Véase al respecto, Ritholtz, B. (2009): Bailout Nation, Hoboken, NJ: Wiley.

El “Programa de Extensión del Vencimiento” de la Reserva Federal y la evolución reciente de los tipos de interés a largo plazo en los EE.UU.

La política monetaria convencional (u ortodoxa) de la mayoría de los bancos centrales se ha sustentado tradicionalmente en dos pilares fundamentales: a) la señalización de la orientación monetaria a partir de un tipo de interés oficial (política de precios o de tipo de interés); y b) las operaciones de gestión ordinaria de la liquidez (política de balance).

La Reserva Federal de EE.UU. – y también el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra – ha introducido desde el inicio de la crisis financiera internacional de 2008 medidas de política monetaria no convencional que en su conjunto se conocen como la estrategia de flexibilización cuantitativa (o quantitative easing, cuyo acrónimo es QE). La instrumentación de la QE se centra en una política de compra masiva de activos para proporcionar líquidez aumentando las reservas bancarias excedentarias. Más

Tipo de cambio de mercado del dólar con el euro versus tipo de cambio implícito de la PPA, 1975-2010

En esta entrada del Blog mostramos la desviación histórica del tipo de cambio (nominal) del dólar con el euro, E$/€, respecto al tipo de cambio de equilibrio de largo plazo que asegura el cumplimiento de la Paridad del Poder Adquisitivo o PPA (Purchasing Power Parity o PPP en inglés).

La teoría de la PPA establece que el tipo de cambio nominal entre el dólar y el euro debe tender a largo plazo a un valor de equilibrio que viene determinado por el cociente de los precios relativos (aproximados por los IPC) entre las dos zonas, E$/€ = Pus/Pze. En última instancia, la teoría en su versión relativa establece que la economía con mayor (menor) inflación relativa verá como su moneda se deprecia (aprecia) a largo plazo en los mercados de cambio para asegurar que el poder adquisitivo entre EE.UU. y la zona euro (ze) sea el mismo.

La PPA es una de las proposiciones fundamentales de la finanzas internacionales. Los modelos monetarios de determinación del tipo de cambio descansan en esta proposición y de ahí la importancia de su cumplimiento. No obstante, existe consenso en que la PPA no se cumple a corto plazo, pero en el largo plazo el tipo de cambio nominal y los precios relativos se mueven proporcionalmente, de forma que el tipo de cambio real revierte al equilibrio. Por tanto, a corto plazo pueden existir desviaciones de la PPA pero éstas deber ser temporales y desaparecer a lo largo del tiempo permitiendo que la PPA se cumpla en el largo plazo.

¿Por qué se producen desviaciones a corto plazo de los tipos de cambio de mercado del tipo de cambio de equilibrio de la PPA?. Las causas son de diversa índole. Por un lado, muchos de los bienes y servicios que se producen en una economía son poco o nada “exportables”: un corte de pelo, una vivienda, la educación, los servicios públicos,… por lo que no se ven expuestos a la competencia exterior. Lo mismo ocurre con otros sectores considerados estratégicos que pueden estar protegidos por los gobiernos nacionales. Por otro lado, hay otros factores que generan también desviaciones a corto plazo respecto al valor de equilibrio a largo plazo de la PPA: riesgos geopolíticos (favorecen a las monedas más sólidas), shocks en los mercados financieros o en los mercados de materias primas y la política de gestión de las reservas de los Bancos Centrales, entre otros. De este modo, el tipo de cambio de equilibrio de la PPA debe considerarse una referencia a largo plazo para la cotización de mercado, que oscilará en torno a ella en ciclos que pueden ser muy prolongados en el tiempo.

En el primer gráfico (hacer clic sobre el mismo para verlo más grande) se muestra la evolución del tipo de cambio de mercado del dólar con el euro (línea azul) y del tipo cambio de equilibrio entre ambas monedas según la PPA (línea amarilla). [1]

Tres conclusiones merece la pena destacar. En primer lugar, a corto plazo el tipo de cambio de mercado del dólar con el euro se desvía sistemáticamente del tipo de cambio implícito de la PPA. En segundo lugar, la PPA se cumple sólo en el largo plazo. Por ejemplo, el tipo de cambio de mercado del dólar con el euro se mantuvo por encima del tipo de cambio implícito de la PPA desde 2003 a 2010. Ello supone que en este periodo el dólar ha estado con respecto al euro “infravalorado” según la PPA, por lo que esta desviación de la PPA ha podido incidir negativamente en el nivel de competitividad de los productos de la zona euro (en media) respecto a los productos de EE.UU.

Aunque es cierto que el euro ha estado “sobrevalorado” en media con el dólar según la PPA, no ha sido así para todos los países de la Unión Económica y Monetaria (UEM). En el siguiente gráfico se muestra el tipo de cambio implícito de la PPA para varios países de la zona euro (la línea amarilla es para la media de la zona euro) y el tipo de cambio de mercado entre el dólar y el euro a finales de 2010 (línea roja, 1 euro = 1.3 dólares). [2]

En el caso de Alemania, el tipo de cambio implícito de la PPA (1.5) se situaba a finales de 2010 por encima del tipo de cambio de mercado dólar/euro (1.3), por lo que el euro estaba “infravalorado” para los productos alemanes, incidiendo positivamente en su nivel de competividad relativo respecto a los productos de EE.UU. Por el contrario, para la media de la zona euro – pero sobre todo para los países periféricos (España, Italia, Portugal y Grecia)- el tipo de cambio implícito de la PPA se situaba por debajo del tipo de cambio de mercado dólar/euro, por lo que el euro estaba “sobrevalorado” para estas economías, con la consiguiente pérdida relativa de competitividad de sus productos respecto a los de EE.UU. Finalmente, para Francia, Austria y Holanda, el tipo de cambio de mercado dólar/euro coincidía con el tipo de cambio de equilibrio a largo plazo implícito de la PPA.

En síntesis, desde el punto de vista de la PPA, el tipo de cambio de mercado del dólar con el euro de finales de 2010 favorecía los intereses de los exportadores alemanes, era neutral para los exportadores franceses, austríacos y holandeses, pero perjudicaba los intereses de los exportadores de los países periféricos (incluida España). De este modo, la fortaleza del euro con el dólar (y sus consecuencias negativas para la competitividad exterior de las exportaciones de la media de zona euro) perjudicaba curiosamente a los países relativamente menos competitivos de la UEM pero no a Alemania.

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[1] Con el ecu hasta 1999.

[2] Los precios relativos son ahora entre EE.UU. y cada país de la UEM.

El impacto de la deslocalización (off-shoring) de las empresas de EE.UU. en el empleo doméstico, 1999-2008

Desde hace más una década existe un intenso debate en EE.UU. y en Europa sobre los efectos negativos que sobre la ocupación ha tenido el fenómeno de la globalización económica y, más concretamente, la deslocalización  (off-shoring) de las empresas de los países avanzados. En esta entrada del Blog presentamos algunas cifras para los EE.UU. que pueden sugerir que este mecanismo no ha jugado el papel tan negativo en la destrucción del empleo que algunos analistas sugieren.

Las cifras provienen de la base de datos que sobre las empresas multinacionales norteamericanas elabora el Bureau of Economic Analysis, institución dependiente del Departamento de Comercio de los EE.UU. Estos datos están disponibles para el periodo 1999-2008.

En el primer cuadro (haciendo clic en el mismo se puede ver ampliado) se presentan las cifras de creación de empleo (total y por ramas de la industria) de las empresas multinacionales de EE.UU. en el interior y el exterior del país en el conjunto del periodo 1999-2008 (las cifras de los cuadros se presentan en miles).

Las empresas multinacionales de EE.UU. han destruido 1.903.000 empleos en el país mientras que el mismo periodo han creado 2.358.000 empleos en el exterior. Por ramas de actividad, es la industria manufacturera las que más ha destruido empleo en EE.UU. (1.938.000 puestos de trabajo) aunque solamente han creado 242.800 empleos en otros países. Por lo tanto, la creación de empleo en el exterior sólo representaría el 12,5 % del total de las pérdidas de empleo de la industria manufacturera norteamericana. Debemos suponer que la diferencia ha sido impulsada por el aumento de la productividad y por la introducción de nuevas tecnologías en EE.UU.

Después de la industria manufacturera destaca por pérdidas de empleo domésticos la industria de Finanzas y Seguros (330.500 pérdidas de empleo), aunque en este caso también se destruyeron puestos de trabajo en en extranjero (13.400 pérdidas de empleo). A continuación se sitúan la industria relacionada con prestación de servicios públicos o utilities (170.600 pérdidas de empleos) y la industria relacionada con la sociedad de la información (100.700 pérdidas de empleo), aunque el comportamiento en el exterior es cualitativamente diferente, ya que se registra en el primer caso una pérdida de empleos (-41.100), mientras que en el segundo caso se registra  una creación de empleos (+65.500).

Finalmente, la rama industrial en la que más se ha generado puestos de trabajo en el exterior es la que engloba la categoría de “Otros Servicios” (veáse el desglose en el segundo cuadro adjunto). En este caso, se han generado 1.625.000 puestos de trabajo en el exterior (el 68,9% del total de empleos creados fuera de EE.UU.) mientras que se han generado 234.200 empleos en EE.UU.

En este caso, tres industrias acaparan el 89% de la creación de puestos de trabajo en el exterior: i) comercio al por menor; ii) servicios a empresas; y iii) sector hotelero y de restauración (comida y bebidas).

De las cifras presentadas merece la pena destacar una interesante conclusión: la globalización económica no ha tenido efectos tan negativos en el empleo de los EE.UU. en el periodo 1999-2008. La mayoría de los puestos de trabajo en el exterior no han sido creados en el sector manufacturero, es decir, la deslocalización no ha sido propiciada para producir productos más baratos para luego ser vendidos en EE.UU. Al contrario, el principal motivo de las empresas multinacionales norteamericanas ha sido aumentar su negocio internacional en el sector de prestación de servicios, rama en el que también han sido capaces de crear puestos de trabajo en EE.UU.

Una nueva revolución científica en EE.UU.: de los restaurantes y el comercio al por menor a los puestos de investigadores en las universidades

La emigración asiática de emprendedores hacia  EE.UU. se aceleró en la década de los sesenta y setenta del siglo pasado y la mayoría de los negocios comenzaron con restaurantes y derivaron en la década de los ochenta y noventa hacia tiendas de todo a 100, pequeños ultramarinos de proximidad, comercios de ropa, calzado y artículos de piel. Pero una revolución silenciosa comenzó desde mitad de la década de los noventa.

Un nuevo salto cualitativo se está gestando sin apenas ruido desde comienzos del siglo XXI. En la foto adjunta (haciendo clic en la misma se puede ver ampliada) aparecen los investigadores del Laboratorio de Investigación en Redes del Departamento de Ingeniería de Eléctrica e Informática de la Universidad de California-Davis, EE.UU. Como podéis observar la inmensa mayoría de investigadores son asiáticos (véase CV de los mismos para ver su procedencia y donde estudiaron su Grados). Y esto es solamente un ejemplo.

Sobran los comentarios.

P.D. En nuestro país parece que están invirtiendo en nuestros bares tradicionales de barrio. Las comparaciones (cualitativas) son odiosas.

¿Se deben eliminar la mayor parte de los gastos fiscales del sistema tributario español?

El proceso de ajuste fiscal en la economía española se está centrando en la reducción de una parte del gasto público corriente, en el aumento de impuestos (fundamentalmente IVA e impuestos especiales) y en las privatizaciones de empresas públicas, pero hay un gran olvidado del presupuesto de gasto del Estado y de las CC.AA. Se trata de los gastos fiscales que parecen intocables. En el informe del Banco de España de 2010 por fin alguien habla seriamente del tema y se sugiere que se debería abordar una sustancial racionalización y reducción de los mismos (aunque el Banco de España no se atreve a sugerir cómo). En esta Entrada del Blog vamos a situar el problema en EE.UU. y en España y sugeriremos la creación de una Comisión como la que se ha implantado recientemente en aquel país.

Recordemos que los llamados gastos fiscales o tributarios (tax expenditures en inglés) son el conjunto de deducciones, exenciones, desgravaciones, reducciones e incentivos de las distintas figuras tributarias (IVA, IRPF e impuesto de sociedades, fundamentalmente) que representan un importante coste en términos de recaudación impositiva y que en la mayoría de los casos tienen  efectos perversos negativos sobre la equidad y la eficiencia impositiva. De hecho, la eliminación de una parte sustancial de los gastos fiscales tendría cuatro efectos positivos: (1) No aumentarían los tipos impositivos marginales; (2) No reducirían los incentivos al ahorro o a la inversión productiva del sector privado; (3) Aumentaría la eficiencia económica al eliminarse numerosos incentivos fiscales que distorsionan las decisiones de ahorro y de inversión del sector privado; y (4) Se reduciría sin duda la excesiva complejidad de la estructura tributaria y aportaría, en última instancia, mayor transparencia impositiva.

Centrémonos en primer lugar en el caso de EE.UU. El presidente Obama creó en febrero de 2010 una Comisión mixta de senadores y congresistas – The National Comission on Fiscal Responsability and Reform– cuya  misión principal era proponer una reforma fiscal (tanto de los gastos como de los impuestos) en profundidad, con el objetivo último de reducir a medio y largo plazo el abultado déficit presupuestario y el stock de deuda de los EE.UU. La Comisión presentó su informe final en diciembre de 2010 con un conjunto de recomendaciones para equilibrar el presupuesto federal (excluyendo el pago de intereses del stock de deuda pública) para el año 2015. Dentro de una extensa lista de cambios en los gastos e ingresos públicos,  destaca justamente la propuesta de eliminación sustancial (y simplificación) de los gastos fiscales, ingresos adicionales que se dedicarían a reducir el déficit público.

En el primer gráfico adjunto (haciendo clic en él se puede ver ampliado) se puede ver como si los gastos fiscales se clasificaran como gasto público en lugar de como “beneficios fiscales” (o pérdida de ingresos públicos) constituirían la principal categoría de los programas de gasto federal. En concreto, alcanzan nada menos que 1053 billones de dólares [1] (el 7% del PIB de EE.UU.), muy por encima de las principales categorías de gasto (los gastos en salud pública de los ancianos y los pobres, Medicare y Medicaid, respectivamente; Seguridad Social, gastos de defensa y otros gastos de carácter discrecional). Además, la mayoría de ellos son las deducciones de los individuos o familias (por la compra de vivienda, por aportaciones a los planes de pensiones, cuidado de los niños, gastos en educación universitaria, y donaciones a la caridad, entre otros).



En el segundo gráfico podemos observar  como los gastos fiscales reducen la equidad del sistema tributario de EE.UU., ya que el valor de las deducciones, exenciones y exclusiones impositivas aumenta a medida que lo hace el ingreso del hogar. De hecho, en el gráfico se puede ver como los gastos fiscales benefician fundamentalmente  a los hogares del quintil más alto y al 1% de los hogares con más ingresos. Y esto no resulta sorprendente, ya que las familias norteamericanas de mayores ingresos son las que, en general, se compran una casa, envían a sus hijos a la universidad, ahorran para la jubilación con planes de pensiones y contribuyen generosamente a causas benéficas. Y la eficiencia queda también en entredicho ya que el Gobierno estaría dedicando una cantidad significativa de recursos tributarios (que podría dedicar a otros programas de gastos) para subsidiar decisiones del sector privado que se habrían producido de todos modos, mientras que en la práctica se excluyen a las familias de menores ingresos que serían mucho más sensibles a estos incentivos fiscales.

Centrémonos ahora al caso de España. En el primer gráfico se representa los costes de los gastos fiscales en términos de recaudación. Para el caso del IRPF representa el 33% de la misma, fundamentalmente por las deducciones a los rendimientos del trabajo, la inversión en vivienda y las aportaciones a los planes de pensiones. En lo que respecta al impuesto de sociedades, las pérdidas de recaudación se sitúan en el 16%, básicamente por las deducciones por incentivos a la inversión, por el desarrollo de proyectos de I+D y por el apoyo a las pymes. Por último, el coste de los gastos fiscales en el IVA alcanza nada menos que el 40% de la recaudación bruta, asociado en este caso a la aplicación de tipos reducidos de IVA a determinados bienes y servicios.

En el segundo gráfico se representa la pérdida de recaudación impositiva de los gastos fiscales en % del PIB de España. Para el IRPF, el Impuesto sobre Sociedades y el IVA representa un 2,4%, un 0,4% y un 1,6%, respectivamente. Es decir, en total un 4,4% del PIB. Para destacar la importancia relativa de esta pérdida de recaudación, pensemos que esta cifra representa un poco más de la mitad del ajuste que tendrán que realizar las AA.PP. españolas en el saldo público primario (un 8% del PIB, sin incluir pagos de intereses de la deuda pública) en el periodo 2010-2015 para lograr el doble objetivo de estabilizar el stock de deuda pública en el 70% del PIB y lograr el equilibrio presupuestario en el año 2015.

Mediante la Ley 37/2010, de 15 de noviembre, se creó en nuestro país la Oficina Presupuestaria de las Cortes Generales (OPCG), como un órgano de asesoramiento técnico a la Cortes en el seguimiento y control de la ejecución de los Presupuestos Generales del Estado. Como su papel parece que todavía no esta muy bien definido yo me voy a atrever a sugerir una tarea adicional. Se trataría de la propuesta de creación de una Comisión Mixta de Expertos-Parlamentarios para la racionalización de los gastos fiscales del sistema tributario español. Su principal tarea sería la de poner a cero el contador de todos los gastos fiscales, es decir, del conjunto de deducciones, exenciones, desgravaciones, reducciones e incentivos de las distintas figuras tributarias y proponer su racionalización, incluyendo las estatales como las autonómicas (en este caso del IRPF en su tramo autonómico).

La racionalización del complejo entramado de los gastos fiscales del sistema tributario español generaría, al menos, cinco efectos positivos: (1) el aumento de la equidad impositiva; (2) el aumento de la eficiencia económica; (3) la reducción de la creciente desigualdad de las rentas; (4) la simplificación de la estructura impositiva y el fomento de la transparencia; y (5) la generación de ingresos adicionales necesarios para apoyar el ajuste fiscal para el periodo 2010-2015, sin necesidad de subida de impuestos o de reducciones adicionales en algunos programas de gasto, especialmente en la inversión en infraestructuras.

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[1] 1 trillón americano equivale a 1 billón europeo.

Las expectativas de los hogares de EE.UU. sobre sus ingresos futuros continúan bajo mínimos históricos

La economía de EE.UU. continúa mostrando signos negativos de estancamiento a pesar de haber abandonado técnicamente el periodo de recesión. En esta entrada del Blog nos ocupamos de una pregunta clave en relación a las expectativas de los hogares sobre sus ingresos futuros y que es utilizada por los analistas como un indicador adelantado del ciclo económico de la economía norteamericana.

El Survey Reseach Center del Institute for Social Research de la Universidad de Michigan (EE.UU.) elabora desde 1978 (y publica desde 2007 junto a Thomson Reuters) la Surveys of Consumers Attitudes (Encuestas sobre las Actitudes de los Consumidores), encuesta que trata de medir las expectativas de los consumidores en relación a sus ingresos, gastos, capacidad de ahorro, tipos de interés e inflación.

Los tres índices elaborados a través de las respuestas que las familias dan a la encuesta son: i) el Index of Consumer Expectations (ICE), que además es uno de los componentes oficiales del Index of Leading Economic Indicators elaborado por el Departamento de Comercio de los EE.UU.; ii) el Index of Consumer Sentiment (ICS); y iii) el Index of Current Economic Conditions (ICC).

En la encuesta hay una pregunta en la que el entrevistado debe contestar sobre sus expectativas de cambios en sus ingresos futuros. En concreto, la cuestión es la siguiente: ¿Durante los próximos 12 meses usted espera que sus ingresos (familiares) serán más altos o más bajos que el año pasado (cambio en %)?

En el gráfico primer adjunto (hacer clic sobre el mismo para verlo más grande) se presenta la evolución de la respuesta a esta pregunta desde el año 2000 hasta abril de 2011.

Source: University of Michigan, Survey of Consumers

 

La media de los cambios esperados en las rentas familiares (en términos nominales) desde el año 2000 y hasta el inicio de la Gran Recesión de 2008 se situaba en el +2,4%. Pero desde comienzo de 2009 y hasta la actualidad el pesimismo de las familias americanos sobre la evolución de sus ingresos futuros para los próximos 12 meses es alarmante y está anclado, ya que fluctúa alrededor de un mínimo histórico del +0,2% (si tomamos como referencia 1978 – año de inicio de la encuesta-, tal y como muestra el segundo gráfico).

 

Source: University of Michigan, Survey of Consumers

Note: Shaded bars indicate recessions

La tasa de rendimiento real de la Bolsa de EE.UU.: el horizonte temporal de la inversión importa (o como de corto es el largo plazo)

Una de las preguntas de carácter económico mas repetidas por mis alumnos, amigos y familiares se refiere al periodo que se debe mantener las acciones sin vender para obtener la mayor rentabilidad posible. En esta entrada del Blog voy a intentar contestar de manera sencilla a está cuestión utilizando para tal fin unos gráficos.

En los cuatro gráficos adjuntos (hacer clic sobre los mismos para verlos más grandes) se representa la evolución temporal desde enero de 1871 a marzo de 2011 de dos series proporcionadas por el catedrático de Economía de Yale University, Robert Shiller:
  • El índice S&P 500 de la Bolsa de New York corregida por la tasa de inflación.
  • y como aproximación al rendimiento (en %) de la inversión en este índice se utiliza la tasa de rendimiento real anualizada del índice suponiendo la reinversión de los dividendos obtenidos y corregida por la tasa de inflación para diferentes horizontes temporales de la inversión. No se incluye en el rendimiento ni las comisiones ni otros gastos de gestión de la cartera de valores.

Para contestar a la cuestión central de la Entrada se ha calculado este rendimiento real de las acciones para un horizonte temporal de 5, 10, 20 y 30 años. A título de ejemplo, si nos centramos en el primer gráfico (horizonte temporal de 5 años), el último punto nos muestra que la rentabilidad real anualizada de las acciones en marzo de 2011 que se hayan mantenido en cartera 5 años (suponiendo que se han reinvertido nuevamente en acciones  los dividendos obtenidos) fue del +0,16%. Pero si este mismo cálculo se hace para marzo de 2009 la respuesta hubiera sido un rendimiento real anualizado del -8,12%. Por último, si nos hubiéramos planteado la cuestión hace diez años -en septiembre de 2000- la tasa de rendimiento real anualizada en cinco años hubiera sido nada menos que del +25,05%.

De la observación conjunta de los cuatro gráficos se pueden obtener varias conclusiones útiles para el potencial inversor en Bolsa.

Por un lado, cuanto más ampliamos el horizonte temporal de la inversión (mantenemos más tiempo la cartera de acciones del índice S&P 500) la serie de la rentabilidad anualizada real es menos volátil, en otras palabras, presenta rentabilidades mínimas más altas y rentabilidades máximas más bajas. Por otro lado, también la ampliación del horizonte temporal de la inversión aumenta la probabilidad de obtener rentabilidades reales positivas y disminuye la probabilidad de obtener rentabilidades reales negativas. De este modo, la volatilidad es claramente menor con un horizonte temporal de 30 años. Pero incluso para una inversión que ha permanecido en cartera nada menos que tres décadas, el rendimiento real anualizado osciló entre un mínimo del +1,91 y un máximo del +11.16%, aunque siempre en cotas positivas (ya descontada la inflación).

En definitiva, en el caso de las acciones el horizonte temporal de la inversión importa, y el largo plazo óptimo es de “muy largo plazo” (30 años).

Los beneficiarios del Programa de Cupones para Alimentos en EE.UU. aumentan espectacularmente por la crisis económica

En los EE.UU. existe un programa gestionado por el Departamento de Agricultura Federal y los Estados conocido por las siglas SNAP (Supplemental Nutrition Assistance Program o Programa de Asistencia de Nutrición Complementaria), nueva denominación desde octubre de 2008 del antiguo Programa de Cupones para Alimentos (Food Stamp Program). El Programa SNAP comenzó en los EE.UU. en la década de los 30, como ayuda para que la población más pobre pudiera comprar alimentos y con el objetivo de “crear una sociedad más productiva”. En 1971 se convirtió en un programa federal aunque en la actualidad cada Estado tiene reglas específicas. Más

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