Brexit: Antecedentes, consecuencias y paradojas (i)

“Es un día absolutamente hermoso. El lago es muy azul, las colinas parecen una postal, y las únicas manchas en el paisaje son las preferencias británicas sobre las que paso la mayor parte de la noche soñando…un gran número del gabinete británico no derramarían lágrimas si la negociación se rompiera por completo”

Seguramente al leer estas palabras, pensemos que las ha expresado algún burócrata de Bruselas durante las negociaciones del Brexit. En cambio se atribuyen al negociador estadounidense en las negociaciones del GATT el el 30 septiembre de 1947.

A principios de año publiqué este artículo sobre los antecedentes del  Brexit y las posibles consecuencias para España. En una serie de entradas voy a resumir los argumentos que se exponían y actualizarlos al paso de de actualidad. Empecemos por los antecedentes.

Podríamos acotar el primer antecedentes del Brexit en uno de los hitos en que conformarían la economía de finales del siglo XX y principios del XX: La firma del GATT (hoy OMC)  como recordábamos en este post. El GATT impuso la política de la “nación más favorecida” (NMF). A partir de entonces cualquier privilegio concedido a un país tendría que ser concedido inmediata e incondicionalmente a todas las partes contratantes del GATT. El principio de la NMF  ha resultado fundamental en el impulso del comercio internacional.

En su último libro, Straight talk on trade, el economista Dani Rodrik, defiende que concepto de la NMF es uno de los pocas políticas económicas que han cambiado (para mejor) la estructura económica de los países (junto con el impuesto a la renta, las pensiones, el seguro de depósitos bancarios, los requisitos laborales para los beneficiarios de la asistencia social, las transferencias condicionales, la independencia del banco central y comercio de cuotas de contaminación).

Sin embargo, las crónicas del proceso negociador del GATT (ver este post) revelan como el concepto de NMF, que acabó favoreciendo a todos lo miembros e impulsando en comercio más “justo”, creó una brecha entre los dos principales negociadores británicos y estadounidenses. Precisamente por la posición del Reino Unido en contra del principio de la “nación más favorecida” (NMF), que defendían los estadounidenses, que acabarían imponiéndose.

Si las negociaciones sobre la salida del Reino Unido nos parecen arduas, las del GATT no fueron menos. Según la nota de prensa de las Naciones Unidas 1947 las negociaciones para llegar al acuerdo fue intensa y rápida (sobre todo si la comparamos con los plazos actuales para la firma de acuerdos de integración o desintegación como el Brexit): “La conclusión de tantas negociaciones simultáneas y de tan amplio alcance en poco más de seis meses es en sí toda una proeza”.

Los negociadores de Estados Unidos, y del Reino Unido, mantenían un profundo desacuerdo sobre el nivel de ambición que debían alcanzar las negociaciones del GATT. De hecho, según las crónicas sobre como se fraguó el acuerdo (disponibles aquí) señalan que los americanos amenazaron con abandonar las negociaciones.

¿Qué pasó, entonces? ¿Cómo lograron superar esas profundas diferencias? Tres hechos: primero unas pequeñas concesiones a los británicos que se superaron años más tarde. Segundo, el Plan Marshall por el que los EEUU se comprometían a ayudar en la reconstrucción de Europa. Y por último: el temor a que URSS se beneficiara de la división entre socios.

Los argumentos del RU en su oposición al NFM hace 70 años resuenan hoy en las posturas del los defensores del Brexit: la pérdida discrecional para imponer un arancel como protección a la industria doméstica. Pero en cambio, las soluciones también: concesiones, programas de gasto y pragmatismo.

Si el primer antecedente del Brexit es su tradicional oposición a la integración económica, el segundo lo podríamos cercar en su desconfianza particular en torno a la Unión Europea, con un un punto de inflexión el 16 septiembre de 1992. En ese  “miércoles negro” el Reino Unido abandonó el recientemente creado Sistema Monetario Europeo. Tras la reunificación alemana, Bundesbank aumentando los tipos de interés cerca del 10%, muy por encima de los tipos de interés oficiales del Banco de Inglaterra por lo que la libra acabó depreciándose un 10% con respecto al marco. La factura estimada se cifra entre 4.000 y 6.000 millones de euros para las cuentas de los bancos centrales, frustrando cualquier intento de una mayor integración financiera del Reino Unido con Europa.

Estos episodios históricos contribuyen a entender las causas económicas del escepticismo británico respecto a la Unión Europea. Pero como no todo es historia económica, desde la ciencia política se apuntan otros factores decisivos: un análisis coste-beneficio, el nacionalismo y la información suministrada a los electores (ver este enlace).   Por ejemplo, hay encuestas (por ejemplo esta) que señalan una mayor proporción de apoyo al Brexit entre los votantes que han experimentado una competencia directa de empresas o productos chinos.  Es decir, el que el Brexit se enmarcaría la ola de reacciones paradójicas a la globalización, de la que hablaremos en la siguiente entrada.

¿CUANTA GLOBALIZACIÓN?

La llegada de Donald Trump a la presidencia de EE. UU. ha renovado la atención de propios y extraños a la economía sobre las ventajas del libre comercio y el alcance o supremacía de este objetivo sobre otros de política económica nacional. Que haya sido el responsable de la mayor economía del mundo, del país que ha liderado la extensión del libre mercado como fundamento en el que asentar la organización política de las naciones, le confiere a la discusión una dimensión especial. El presidente estadounidense no solo ha decidido de forma unilateral imponer aranceles a determinadas importaciones, desde lavadoras al aluminio pasando por el acero y los paneles solares, sino que ha denunciado acuerdos comerciales regionales y ninguneado de forma manifiesta a la principal institución multilateral, la Organización Mundial de Comercio (OMC). Lo ha hecho apelando a la “seguridad nacional”, interpretando por su cuenta y riesgo la normativa de su país y las excepciones también previstas en las normas de la OMC.

No es la primera vez que un presidente de EEUU eleva aranceles sobre las importaciones. Todos ellos lo han hecho, pero de forma destacada Ronald Reagan, el principal defensor de las formas más puras de liberalismo económico. La principal diferencia entre las decisiones de sus predecesores y la adoptada ahora es la ausencia de negociación o de la mínima interlocución con sus socios comerciales y los destinatarios de esas penalizaciones. Pero la posición que hoy ocupa EE. UU. en la economía mundial, su poder relativo, es menor: ahora son mayores los riesgos de que ese unilateralismo se traduzca en respuestas de los países agraviados que se asemejen al inicio de una guerra comercial en toda regla. Una confrontación que no tiene por qué ganar EE. UU, como Donald Trump anticipaba en Twitter, desde luego el conjunto de sus trabajadores. En mayor medida si tenemos en cuenta que el respaldo a posiciones proteccionistas, la contestación a la globalización se encuentra hoy más extendida bajo diversas formas de nacionalismo. Desde extracciones políticas distintas muchas posiciones coinciden en la conveniencia de limitar una dinámica de globalización sin apenas restricciones y, en todo caso, sin la necesaria cooperación entre países para asegurar una gobernación suficiente.

Los derroteros por los que ahora discurre el debate sobre el libre comercio han dejado a los economistas algo esquinados, como la propia dimisión del principal asesor económico del presidente Trump, Gary Cohn, ha puesto de manifiesto. Es en este punto en el que es útil la revisión del trabajo de Dani Rodrik y, en concreto, su último libro, “Straight Talk on Trade. Ideas for a sane world economy”. Al profesor de Harvard no le duelen prendas a la hora de responsabilizar en gran medida a los economistas de la llegada al poder de Donald Trump. En concreto, de no haber asumido con el suficiente rigor algunas de las consecuencias de lo que hace un par de décadas denominó, la “hiperglobalización”. “De haber abandonado desde los años ochenta los principios centrales de la profesión convirtiéndose en cheerleaders de la globalización”, considerándola un fin en sí mismo, sin cuestionar algunas de sus más dañinas contrapartidas sobre el bienestar. En realidad, Rodrik ya había anticipado mucho antes de que la investigación empírica lo avalara que la globalización descontrolada y las aplicaciones tecnológicas en las empresas serían los principales determinantes del crecimiento de la desigualdad en la distribución de la renta.

Aviso al lector que no conozca los trabajos de Rodrik que no es en modo alguno un proteccionista al uso, aun cuando se pueda deducir esa impresión de la formulación de su conocido “trilema ineludible de la moderna economía global”: democracia, soberanía nacional y avances en la globalización son incompatibles. “Has Globalization Gone Too Far?”, era el título de aquel libro de 1997. Siendo controvertidas algunas de sus afirmaciones, la intención general de su obra no es otra que la de conseguir en el entramado de relaciones comerciales y financieras internacionales un equilibrio entre apertura económica y bienestar: entre “juego limpio” en el comercio internacional y eficiencia económica. Por eso, el principal argumento de sus análisis y propuestas está referido en última instancia a la gobernación de esa dinámica de integración comercial y financiera internacional.

El fundamento de su crítica al actual estado de cosas es la subordinación de las decisiones comerciales a la protección de las empresas, en lugar de a conseguir el beneficio de la mayoría de la población. El actual proceso de globalización, la agenda económica en la mayoría de los países avanzados, habría estado controlada por las grandes corporaciones. Ello se pone de manifiesto en el contenido de los acuerdos comerciales, bilaterales o regionales, de los que mas de 500 se han suscrito desde la Segunda Guerra Mundial, la amplia mayoría desde que la OMC reemplazó al GATT, en 1995. Esos sesgos se revelan en una investigación del propio Rodrik que acaba de difundir el National Bureau of Economic Research, “What Do Trade Agreements Really Do?. Según la misma, los acuerdos comerciales, que actualmente van más allá de la imposición de aranceles y cuotas, son el resultado de la búsqueda de rentas, de conductas interesadas por parte de las compañías multinacionales bien conectadas, que bajo la etiqueta de “libre comercio” pueden generar resultados redistributivos adversos y perdidas   de bienestar. Los ámbitos fundamentales en los que esas regulaciones y armonizaciones se concretan son los derechos de la propiedad intelectual, los flujos de capital transfronterizos, los procedimientos para la resolución de disputas y la armonización de estándares regulatorios.

Es verdad que “determinados tipos de ventajas competitivas socavan la legitimidad del comercio internacional”, ya sean las manejadas por multinacionales provenientes de economías avanzadas o aquellas otras de las emergentes. Entre esas ventajas distantes del “juego limpio” se encuentra el deterioro del medio ambiente, el empleo infantil o, en general, la vulneración de los derechos de los trabajadores. Es un hecho que resulta poco menos que imposible distinguir donde los bajos salarios son el resultado de baja productividad o de la violación de derechos esenciales. Fue precisamente la reacción al dumping del acero chino en las que se basaron los aranceles impuestos por la UE a las importaciones de acero, mucho antes de que Trump lo decidiera unilateralmente.

Las críticas de Rodrik a diversos aspectos de la actual dinámica de globalización van acompañadas de propuestas, unas más defendibles que otras, pero siempre animadas por la reducción de la fragilidad del actual sistema económico global. Por situar las relaciones comerciales y financieras “dentro de las fronteras de las instituciones que regulan, estabilizan y legitiman a los mercados”. Todo ello en aras de reducir las inseguridades e inequidades en la población que la dinámica actual está creando, y el aprovechamiento de estas por planteamientos demagógicos que disponen de un predicamento insospechado hace unos años. Algunos de ellos erigiendo todo tipo de barreras y dificultando el correcto funcionamiento de las instituciones multilaterales, sin dejar de invocar el libre comercio. Frente a ello, Dani Rodrik, al proponer una suerte de refundación de los acuerdos de Bretton Woods, que dotaron de reglas a la economía global a partir de la Segunda Guerra Mundial, no deja de ser un pragmático que hoy ya no está tan solo como el mismo cree. Conviene releerlo.

(Diario El País 18/03/2018)

Arbitraje internacional y globalización: un debate desenfocado

Texto: Jordi Paniagua / Ilustración: Carlos Sánchez Aranda

arbitrajeEl debate en torno al arbitraje internacional es uno de los puntos que más recelos ha suscitado en contra de los nuevos tratados de libre comercio como el CETA o TTIP. Sus detractores afirman que el arbitraje es incompatible con la soberanía nacional, aumenta las desigualdades, deteriora los servicios públicos y desprotege a los trabajadores, entre muchas otras maldades. El arbitraje también ha generado cierto interés social y académico (por ejemplo aquí, aquí y aquí). A modo de termómetro, el arbitraje internacional ha centrado buena parte de las ponencias de  la conferencia del 50 aniversario de la comisión de las Naciones Unidas para el derecho mercantil internacional (UNCITRAL), donde he tenido la ocasión de participar.

El objetivo de este post es enfocar el debate sobre el arbitraje, clarificar sus efectos sobre el sector exterior (comercio e inversión extranjera) para acabar apuntando ciertas consideraciones en torno a los acuerdos de libre comercio; muchas de ellas fácilmente aplicables a la economía española.

El arbitraje internacional es un sistema de resolución de disputas comerciales internacionales. Existen dos tipos de arbitraje; el comercial entre particulares y el arbitraje inversor-estado. En el arbitraje comercial, las partes acuerdan contractualmente la forma en la que se resolverán eventuales disputas derivadas del comercio internacional o inversión extranjera. Si surge una disputa, las partes pueden acudir a un tribunal de arbitraje internacional independiente para dirimir sus diferencias. Una vez dictada la sentencia, los tribunales domésticos se encargan de su cumplimiento. El arbitraje empresa-estado funciona de una manera similar; si un inversor extranjero considera que el estado de acogida ha lesionado sus intereses puede recurrir a una corte arbitral internacional para defender sus intereses. El arbitraje empresa-estado ya ha sido tratado aquí; de ahora en adelante cuando hablemos de arbitraje nos referiremos al arbitraje comercial entre particulares.

La globalización del siglo XXI viene acompañada por una mayor complejidad en los procesos de producción  globalizados (como nos explicaban aquí). La separación física de las distintas fases de producción ha incrementado los costes de coordinación y la probabilidad que surjan discrepancias o disputas entre las partes. En este entorno es muy poco probable que un acuerdo contractual pueda adaptarse fielmente a la realidad (algo que conocemos como la teoría de contratos incompletos, que iniciaron los Nobel Holmstrom y Hart). Por todo ello, las cláusulas de arbitraje son habituales en los contratos internacionales. Tanto, que se estima que el 80% de los contratos internacionales incluyen alguna clausula relacionada con el arbitraje internacional.

Las ventajas que aporta arbitraje son esencialmente tres.  Primero, ofrece una seguridad jurídica más allá de sistema legal doméstico, como pudimos observar recientemente con las energías renovables. Por ello, aporta flexibilidad y seguridad a un proceso judicial bastante complejo. Segundo, las partes pueden consensuar el tribunal y  la legislación aplicable  entre otras. En este tipo de procesos, tan solo pueden intervenir abogados especializados. Por último, el coste del arbitraje en tan alto (puede llegar a representar un 15% del valor disputado), que desincentiva un uso abusivo y favorece la  resolución amistosa (aunque esto puede representar a la vez una desventaja).

Los países que han ratificado la convención sobre el reconocimiento y ejecución de las sentencias arbitrales extranjeras, también conocida como Convención de Nueva York se comprometen a hacer cumplir los laudos arbitrales extranjeros (España incluida desde 1977). La evidencia empírica acumulada hasta la fecha nos permite afirmar que el arbitraje internacional favorece tanto comercio internacional como la inversión extranjera. Berkowitz y co-atures (2006) fueron los constataron que aquellos países con mejores instituciones aumentaban su ventaja comparativa en productos más complejos. En concretos fueron los primeros en señalar que la adopción de estándares internacionales (como las normas arbitrales) compensa en cierta medida un déficit institucional doméstico. Aquellos países que reconocen los laudos arbitrales exportan más y productos más complejos independientemente de la calidad de sus instituciones domésticas.

Más recientemente, en una investigación propia en colaboración con el Banco Mundial, hemos constado efectos similares en la IED o inversión extranjera directa (Mygurgh & Paniagua, 2016). En concreto, desarrollamos un modelo para explicar el efecto de la adopción del arbitraje en la IED. La intuición es que aunque las empresas paguen un coste fijo superior al adoptar cláusulas de arbitraje, los beneficios esperados son mayores en comparación a las que no las adoptan. Los resultados obtenidos tras un análisis empírico avalan las predicciones de nuestro modelo. Observamos como aquellos países que reconocen laudos arbitrales incrementan tanto el número de empresas inversoras como el volumen de sus inversiones. No obstante, constatamos que este el efecto positivo es mayor para volúmenes de inversión mayores, en concreto inversiones superiores a 60 millones de dólares (debido al alto coste de iniciar el procedimiento arbitral). También observamos que países que se mantienen al margen del sistema internacional de arbitraje reciben comparativamente menos inversión extranjera, ya que esta se intensifica entre los países que adoptan normas arbitrales y divierten IED de los países restantes.

Por tanto, todo indica que la ratificación de tratados comerciales  que incluyan una mejora de las normas arbitrales (véase TTIP y CETA) tendrá unos efectos netamente positivos en el sector exterior de los países firmantes. Primero, incrementará la complejidad de los productos exportados e intensificará el volumen de la IED y el número de empresas inversoras. Mantenerse al margen induciría unos costes adicionales por la diversión de inversiones y comercio desde los países firmantes.

Sin embargo, en relación con el arbitraje, nuestros modelos también señalan que pueden existir perdedores. (Las ventajas de utilizar modelos económicos es que nos permiten identificar los supuestos críticos que sustentan las predicciones y resultados.) En concreto, se verían desfavorecidos aquellos sectores menos complejos y las empresas más pequeñas (aquellas que no se pueden permitir un costoso proceso judicial internacional). Por tanto, sería interesante enfocar el debate sobre los nuevos tratados de libre comercio como el CETA y TTIP en como incluir mecanismos de compensación o salvaguardias para este tipo de sectores y empresas.

 

Texto publicado previamente en Agenda Pública

El potencial de China

El proceso aperturista puesto en marcha en China a partir de finales de la década de 1970 del pasado siglo ha llevado a esta nación a convertirse en la primera productora mundial (medido en términos de paridad de poder de compra), la primera exportadora de bienes y servicios y la segunda importadora. Ello ha sido así gracias a un extraordinario crecimiento del PIB durante las últimas tres décadas, apoyado en el incremento en la productividad, que ha conducido a que la renta por habitante experimente un fuerte proceso de convergencia con la economías más avanzadas, si bien todavía queda alejada de las mismas. Este hecho queda patente en su estructura productiva, donde a pesar de los avances experimentados sigue mostrando un sesgo excesivo hacía el sector industrial y, en menor medida, hacia el sector agrario, en detrimento de los servicios.

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PIB China, EEUU y EU

El fuerte crecimiento de la economía China se ha sustentado en la expansión y modernización de un sector industrial muy orientado a la exportación. La evolución de las ventas foráneas de China en comparación con las de Estados Unidos y Alemania muestra con claridad el mayor ritmo de crecimiento de las exportaciones de China a lo largo de todo el período y especialmente desde los primeros años de la década del 2000. Este giro hacia la exportación de dicha economía queda patente en el hecho de que su volumen de ventas foráneas supera en más de un 30% al de Alemania, cuando tan solo veinticinco años atrás era marginal en el ámbito internacional.

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Evolución Exportaciones

En este contexto, España ha intensificado de forma importante sus relaciones comerciales con el gigante asiático. En concreto, entre 1990 y 2014, las exportaciones de España al gigante asiático han crecido a una tasa media anual acumulativa del 11,5%, lo que ha supuesto que el valor de las exportaciones a este país se hayan multiplicado casi por 18 en dicho período. Por su parte, el ritmo crecimiento de las importaciones de España procedentes de China ha sido todavía más intenso (14,4%), multiplicándose el valor de las importaciones por algo más de 36 desde 1990. Además, durante los 25 años considerados, las exportaciones españolas a China han sido siempre menores que las importaciones españolas de China como pone de manifiesto la tasa de cobertura de España en el comercio con China, que se sitúa en promedio en el 25% a lo largo de este período.

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Evolución comercio España-China

El análisis de la estructura sectorial del comercio exterior de bienes de España con China en 2014 revela que aproximadamente la mitad de las exportaciones se concentra en semimanufacturas (principalmente productos químicos) y bienes de equipo. A estos sectores le sigue en orden de importancia las exportaciones de materias primas (con una participación cercana al 18%), alimentación, bebidas y tabaco (11,71%) y manufacturas de consumo (9,57%). Atendiendo a la vertiente importadora, se observa una fuerte concentración en manufacturas de consumo 38,3%) y, sorprendentemente, bienes de equipo (33,4%).

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Estructura Productiva

En el apartado econométrico utilizamos el modelo de gravedad del comercio internacional para estimar el comercio potencial entre España y China en ambas direcciones a lo largo del período 1990-2014. En su formulación más simple, la ecuación de gravedad plantea que los flujos comerciales bilaterales dependen positivamente del tamaño económico de los países y negativamente de la distancia entre ellos, en analogía a la atracción gravitacional newtoniana. Sin embargo, la literatura especializada ha ampliado la formulación básica de la ecuación de gravedad con variables adicionales de control que tratan de recoger otros factores con influencia sobre los costes de transacción bilaterales, así como la denominada resistencia multilateral al comercio y la heterogeneidad bilateral inobservable.

Flujos comerciales por debajo de su valor potencial

El análisis realizado con datos de 48 países (entre los que se incluyen las principales economías del mundo) a lo largo del período 1990-2014 pone de manifiesto que las exportaciones de España a China estuvieron por encima de los valores predichos por el modelo hasta 1999. A partir de entonces, el valor observado se sitúa sistemáticamente por debajo del valor potencial estimado (70% en promedio) siendo las diferencias entre ambos valores mayores durante los seis últimos años del período analizado en los que la ratio del valor observado sobre el potencial se mantiene estable alrededor del 61%.

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Ratio Comercial Potencial (Real/Potencia) exportaciones españolas a China

Por lo que respecta a las exportaciones de China a España, los resultados indican que a partir del año 1999 (con la única excepción del 2001) los valores observados se sitúan nuevamente por debajo de los valores potenciales que predice la ecuación de gravedad. No obstante, conviene señalar que en todos estos años el valor real de las exportaciones de China a España se ha mantenido relativamente cerca de su potencial, situándose la media de la ratio anual entre el valor real y el potencial (excluyendo el año 2001) en el 85%. En consecuencia, desde comienzos del siglo XXI, en las relaciones comerciales entre España y China en ambas vertientes y, especialmente, en la exportadora, los flujos comerciales están por debajo de su valor potencial lo que sugiere que existe un margen para acrecentar las relaciones comerciales entre ambos países.

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Ratio comercial potencial (Real/Potencial) exportaciones chinas a España

Hemos tomada esta entrada prestada del Blog de Funcas y es un resumen de un artículo de Salvador Gil Pareja, Rafael Llorca Vivero y Jordi Paniagua Soriano titulado El potencial de China , publicado en el número 150 de Papeles de Economía Española. Puede acceder aquí al sumario de la revista.

Si hoy es viernes, esto aún es España

Publicado en El Mundo el viernes 9 de Octubre (Día de la Comunidad Valenciana). Texto: Jordi Paniagua

http://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2015/10/09/56177a74ca4741653a8b46a3.html

El enredo catalán recuerda a la disparatada comedia Si hoy es martes, esto es Bélgica (1969) en la que un grupo de turistas americanos se proponen visitar la mayor parte de los países europeos en tan sólo 18 días. Sin ocasión de disfrutar del viaje, logran cumplir su reto acumulando fotos frenéticamente, pero sin saber dónde han estado exactamente. En Cataluña, una serie de turistas de la política se ha propuesto un reto similar: acumular el mayor número de votos sin tener la más mínima idea de cómo quedaremos todos al final del viaje.

Si además de viernes, hoy es 9 d’Octubre, en Valencia todavía compartimos país con nuestros vecinos del norte. Parafraseando al gran Vinicius de Moraes: Porque hoy es viernes, hay la perspectiva del sábado. Es imposible huir de esa dura realidad. ¿Qué sucedería si mañana sábado el Sénia dibujara una frontera entre nosaltres el valencians i vosaltres els catalans? Se lo avanzo (por si tienen un cierto hartazgo y prefieren dedicar los minutos de la lectura posterior a preparar la Mocaorà): la independencia tendría un alto coste para Cataluña, pero también para el resto de España y muy especialmente para Valencia.

El encaje de Cataluña nos afecta especialmente en Valencia. Cataluña, además del vecino del norte, es el principal socio comercial de Valencia y la única vía terrestre hacia Europa. La independencia política de momento no tiene el poder para decidir sobre la geografía. A diferencia de otras CCAA, que ya se han preocupado de potenciar el corredor central para hacer llegar sus productos a Europa de manera alternativa, las exportaciones valencianas (60% por medios terrestres) pasan necesariamente por Cataluña.

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Valencianos y catalanes somos más que vecinos. Puede que no compartamos ni identidad ni acento, pero compartimos un mismo espacio común. Ese espacio común que es un estado democrático es mucho más que el conjunto de sus partes o la suma de balanzas fiscales. Podemos expresar nuestras opiniones libremente en varias lenguas y equivocarnos o acertar al elegir a nuestros gobernantes. Tenemos incluso los mecanismos legales para mejorar lo que nuestros padres pensaron hace treinta años que era lo mejor para nuestro futuro presente.

En el interior de los estados suceden cosas sorprendentes que afectan a su economía. El diseño territorial, la regulación, las preferencias de los consumidores o la redistribución fiscal afectan muy especialmente al patrón y a la composición del comercio. Para muchos economistas, una de las facetas más fascinantes de los estados es que se comercie mucho más dentro de sus fronteras que con el exterior.

En 1995 el profesor McCallum descubrió asombrado que a pesar de las abrumadoras similitudes entre el sur de Canadá y el norte de EEUU, las regiones canadienses comerciaban 20 veces más entre ellas que con sus vecinas estadounidenses. Desde entonces, el «efecto frontera» ha sido ampliamente documentado en multitud de investigaciones a lo largo de distintas fronteras. Durante estos veinte años hemos ido observando y entendiendo mejor sus mecanismos. Por ejemplo, los franceses comercian ocho veces más entre franceses que con los alemanes, aunque éstos últimos sólo lo hacen tres veces más. En promedio, la Europa de los doce comercia cuatro veces más dentro de sus fronteras.

Es justo reconocer (precisamente hoy en la fiesta de todos los valencianos), que fueron tres profesores de la Universitat de Valencia los primeros en cuantificar el efecto frontera para España. Pero no piensen que Spain is different, de hecho somos bastante normales, ya que el caso español arroja unos resultados similares a los del resto del mundo. Los valores fluctúan entre 8,5 para Madrid y alrededor de 60 veces para las Islas Baleares. En Valencia estamos cerca del promedio nacional y exportamos 21 veces más al resto de España que al extranjero. Cataluña no es una anomalía. El comercio de Cataluña con el resto de España es 22 veces mayor que con el extranjero (esto significa que las empresas catalanas exportan un 2200% más a otras autonomías que al resto del mundo).

Imaginemos que una Cataluña «libre» fuera un país normal dentro de la UE. En este caso sería razonable suponer que sus patrones comerciales fueran los que observamos habitualmente en economía comercial. Por consiguiente, no es descabellado pensar que observáramos en un hipotético estado Catalán el mismo efecto frontera que en el resto todos los países normales (puede que en Suiza no tanto). Sería sorprendente aspirar a ser un país normal en todos los aspectos menos precisamente en este. Como sucedió entre Eslovaquia y la República Checa tras su ruptura en 1993. Tan sólo en cinco años el comercio entre checos y eslovacos descendió un 20%. Aceptemos a Cataluña como estado de compañía y estudiemos cómo afectaría el cambio del patrón comercial a la economía.

Supongamos que Cataluña se independiza elegante y amistosamente, conservando unas instituciones plenamente democráticas. Sin ningún boicot, dentro de la UE, manteniendo relaciones cordiales con sus ex vecinos y sin realizar ninguna transferencia fiscal. Dibujemos tan sólo una frontera en el Sénia e imaginemos que tenemos las mismas fricciones comerciales con Cataluña que con Portugal. Bajo este escenario, los profesores de la Universidad de Edimburgo, Comeford, Myers y Mora (Revista de Economía Aplicada, 2014), estiman, mediante un equilibrio general para esta nueva economía, un descenso de las rentas catalana y española del 6,1% y 3,9% respectivamente. La desconexión catalana es también una desconexión española y nos afecta a todos.

Son las cifras conservadoras del empobrecimiento mutuo, ya que el análisis presupone que se eliminan totalmente las transferencias fiscales y supone que Cataluña se abre más al mundo (y menos a España). Pero es improbable que un nuevo estado catalán esté exento de un cierto grado de distribución fiscal. Al integrarse en Europa como un país con un PIB por encima de la media, Cataluña sería un contribuyente neto, como Alemania u Holanda. En vez de contribuir a la solidaridad territorial con Andalucía y Extremadura directamente, lo haría a través de la caja en Bruselas junto con las aportaciones para el resto de regiones más desfavorecidas de Europa. Con el nivel actual de transferencia fiscales, el descenso del PIB Catalán sería más del doble, un 12,8%.

Sin embargo, el flujo fiscal tiene una segunda derivada: ayuda a compensar los flujos y tensiones migratorias entre países y regiones. Es cierto que nadie paga con una sonrisa los impuestos, sobre todo cuando no se disfruta proporcionalmente de la inversión y servicios públicos. Pero la evidencia empírica nos indica que cuando se corta el tren del dinero, se fleta el tren de la migración. Migración, comercio y desigualdad van de la mano. Puede que el sistema actual de solidaridad interterritorial no sea ni óptimo ni justo y se podría mejorar sin duda. Es cierto que la subvención limita el desarrollo del sur. Pero las experiencias pasadas (en los tiempos donde no existían transferencias de renta) nos invitan a pensar que en un sistema sin apenas transferencias disminuye el bienestar social neto.

Por tanto, la redistribución fiscal no es una aportación enteramente altruista. Salimos ganando todos. La solidaridad entre territorios viene normalmente acompañada de una relación comercial. El mecanismo es parecido a la máxima franciscana: «dando es como se recibe». Parte del aumento de la renta de las regiones receptoras se destina a importar productos y servicios de las regiones que más recursos aportan a las arcas del estado. En teoría, la balanza comercial compensa la fiscal y todos salen favorecidos. El problema es que en el caso catalán esto no sucede.

Cataluña comercia principalmente con las otras CCAA que presentan un déficit fiscal como Valencia, Aragón, Madrid, País Vasco y Baleares. Exceptuando Andalucía, que es el principal destino de las exportaciones catalanas, las CCAA con una balanza fiscal positiva son las que menos comercian con Cataluña. Es decir, que Cataluña da pero no recibe tanto. Este es uno de los puntos centrales que esconde el argumentario independentista, dando no se recibe, o al menos no se recibe tanto.

En cambio, en Valencia la situación es diferente. Las balanzas fiscal y comercial se ajustan mejor en Valencia que en Cataluña. La mayor parte de nuestras exportaciones regionales van dirigidas hacia Cataluña, más del doble que a cualquier otra CCAA. Pero a diferencia de Cataluña, el comercio valenciano es más intenso con CCAA netamente receptoras (Andalucía, Murcia, Castilla la Mancha) y nuestro déficit fiscal se compensa en parte con un superávit comercial.

Un parón brusco en la solidaridad interterritorial provocaría bien una carga sobre las CCAA donantes o una disminución de las cantidades recibidas por las receptoras. En cualquiera de los dos casos, la economía valenciana se vería perjudicada. Bien porque aportaríamos más a la hucha común o porque nuestros principales socios comerciales tendrían menos dinero disponible para comerciar con nosotros. Por lo tanto, la caída del PIB Valenciano estaría más cerca del 12% catalán que del 6% español.

Más allá de las balanzas comerciales y fiscales, existe un tercer factor que habitualmente pasa desaparecido. El efecto frontera no afecta únicamente al volumen del comercio, también incide sobre su composición. No todas las empresas son iguales, las menos productivas abastecen al mercado doméstico y a partir de cierto umbral de productividad, las empresas se lanzan a la exportación. El umbral de productividad entre Valencia y Cataluña aumentaría, ya que sería más difícil exportar productos «made in Catalonia» o «made in Valencia (Spain)». La evidencia empírica nos hace pensar que las barreras administrativas inciden negativamente sobre el umbral de productividad necesario para comerciar. Esto significa que empresas que antes comerciaban libremente descubren que ya no les sale a cuenta hacerlo. Una hipotética secesión relegaría a las empresas menos competitivas al mercado doméstico.

Las empresas con una productividad media o alta también se verían afectadas. La reciente crisis es un desgraciado laboratorio para estudiar este tipo de efectos. Investigaciones recientes demuestran que algunas de estas empresas ajustarían la calidad de sus productos a la baja para hacer frente a shocks exógenos en la demanda de productos o en la disponibilidad de crédito. Una rebaja de la calidad permite vender más barato a menos coste y superar el corte. Sin embargo, la mayoría de empresas no pueden variar demasiado la calidad de sus productos. Estas empresas se ven abocadas a vender los mismos productos a precio menor para mantenerse a flote. A corto plazo, la única opción realista para muchas empresas con una productividad media-baja (como la mayoría de las empresas de nuestro entorno) es bajar los salarios. Parte de estas empresas lograrían seguir exportando, pero no por su mejor calidad o valoración, sino vía deflación salarial. A corto plazo las empresas catalanas y valencianas se embarcarían en un viaje a la deflación y la mediocridad.

Sin embargo, con el paso de los años la situación se estabilizaría para volver a niveles parecidos a los de hoy en día. Pero ese largo plazo estaría precedido de un corto plazo con salarios más bajos y una caída estimada del PIB diez veces superior a la de la crisis del 2007. Ha pasado casi una década desde el inicio de la crisis y aun no hemos logrado niveles de empleo parecidos a los de entonces. Pero parece poco probable que la amalgama política salida de las urnas del 27-S acepte alegremente asumir más recortes para llegar a un destino incierto de aquí 10, 20 ó 30 años. Más bien al contrario.

¿Cómo se puede construir un país normal sin asumir los costes normales de ser un país? Incrementar la soberanía nacional en una economía global conlleva un coste. Si no se está dispuesto a asumir el coste económico se pagará un peaje democrático. Una frontera soberana entre países democráticos empobrece a ambos, por ejemplo disminuyendo el comercio. En cambio, países opacos, por ejemplo los paraísos fiscales, gozan de las ventajas del comercio y de la soberanía simultáneamente.

Jordi Paniagua es profesor de la Universidad Católica de Valencia e investigador asociado del Instituto de Economía Internacional.

Aprobado el ambicioso Acuerdo de Libre Comercio entre Australia y China

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A finales de 2014, y casi 10 años después del inicio de las negociaciones, China y Australia firmaron un ambicioso acuerdo de libre comercio, conocido por sus siglas en inglés (China-Australia Free Trade Agreement, ChAFTA). Para Australia, la aprobación del ChAFTA,  representa otro éxito en su reciente política comercial, ya que a principios de 2014 ya firmó acuerdos de libre comercio con Corea del Sur (Korea Australia Free Trade Agreement, KAFTA) y con Japón (Japan Australia Economic Partnership Agreement, JAEPA). Por su parte, China ha hecho importantes concesiones a Australia, especialmente en la liberalización de los servicios y en las exportaciones agrícolas.

Estos son las principales partes del acuerdo ChAFTA:

Aranceles

– En la actualidad algunas exportaciones australianas tienen aranceles del 40%, pero en el horizonte de 4 años después de la entrada en vigor del acuerdo, el 93% de los productos estarán libres de aranceles.

– Los recursos naturales minerales y energéticos (70% del total de las exportaciones de Australia a China, 90.000 millones de dólares americanos) tendrán arancel cero. También tendrán arancel cero los productos manufacturados australianos.

Agricultura

Australia ha obtenido sustanciales ventajas comerciales para sus exportaciones agrícolas a China, lo que otorga ventajas competitivas frente a otros grandes productores agrícolas como los EE.UU.:

  • Un número elevado de productos lácteos no tendrán aranceles dentro de 9 años y carecerán de cláusulas de salvaguardia (excepto la leche en polvo).
  • La carne de vacuno y de cordero no soportarán aranceles dentro de 9 y 8 años, respectivamente, aunque la carne de de vacuno estará sujeta a controles de seguridad.
  • El vino australiano estará libre de aranceles dentro de 4 años, así como la mayoría de las frutas y hortalizas.

Servicios

China ha hecho importantes concesiones al sector servicios de Australia en diferentes ámbitos:

  • En los servicios financieros, los bancos australianos sólo tendrán que esperar 1 año (en lugar de 3) para participar en los servicios locales. Sin embargo, los bancos australianos sólo podrán aceptar depósitos de más de 1 millón de yuanes, y no podrán dar préstamos a personas físicas chinas.
  • En lo que respecta a los seguros, las compañías australianas ya podrán ofrecer seguros del automóvil, aunque con algunas limitaciones. Esta cuestión es un importante avance para las compañías de seguros australianas si se considera el tamaño del mercado chino del automóvil (154 millones a finales de 2014).
  • En el campo de los servicios de salud, las empresas australianas tendrán un acceso privilegiado a este sector que está en plena expansión en China, con la capacidad de construir y gestionar hospitales y residencias de ancianos (con la propiedad totalmente extranjera).
  • En el sector de los profesionales, los bufetes de abogados australianos podrán establecer asociaciones comerciales con firmas de abogados chinos en la Zona de Libre Comercio de Shanghai (SFTZ), y podrán asesorar a los clientes en toda China. La SFTZ también estará abierta a empresas australianas que inviertan en determinados servicios del sector de telecomunicaciones, junto con empresas conjuntas en servicios de procesamiento de datos en línea. Este acuerdo abre importantes oportunidades de negocio para la industria de las TIC (sector de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación) de Australia.

Inversiones

– Una de las principales concesiones hechas por China es que todas sus empresas estatales todavía tendrán que someterse a revisión de seguridad nacional antes de invertir en Australia, aunque China consiguió el aumento que querían en el umbral para las revisiones obligatorias de las adquisiciones chinas de empresas del sector privado de Australia: la cifra se elevó a mil millones de dólares americanos.

– También se acordó que la solución de posibles disputas entre el inversor chino y el Estado australiano se llevarían al International Centre for Settlement of Investor Disputes (ICSID), órgano de resolución de desacuerdos del Grupo del Banco Mundial.

Concesiones de Australia a China

Como Australia ya es un mercado bastante abierto, los beneficios para los exportadores de China serán relativamente pequeños. Australia eliminará el resto de las barreras al comercio para los productos agrícolas, aunque en algunos casos particulares con periodos transitorios. Todos los aranceles que recaen en la actualidad en los productos electrónicos de chinos también serán eliminados.

De aquí a Lima

He tenido la suerte de estar en primera fila: la invitación a participar en el Seminario Internacional “América Latina: oportunidades y desafíos”, convocado por la Fundación Internacional para la Libertad y celebrado en los últimos días del pasado mes de marzo en la prestigiosa Universidad de Lima, me ha permitido vivir en la capital peruana dos semanas con marcado interés en el ámbito económico y en el cultural.

Los primeros ponentes en el Seminario fueron los expresidentes Piñera y Calderón, y ambos subrayaron el buen rodaje inicial de la Alianza del Pacífico, creada justo hace tres años (en abril de 2011). Constituida por México, Colombia, Perú y Chile como gran plataforma estratégica de libre comercio, puede acabar siendo bastante más que eso y cambiar el mapa de Latinoamérica. Reúne a las cuatro economías de tamaño medio o grande más exitosas en este momento de la región, las de mayor crecimiento y menor inflación, las más competitivas y extrovertidas: sumando un tercio de la población total, absorben casi la mitad de la inversión extranjera y un 53 por ciento del comercio internacional de América Latina. Toda una potencia a escala global: en conjunto, esos cuatro países equivalen hoy a la octava economía del mundo por PIB y a la séptima por exportaciones. Los firmes pasos dados en estos tres primeros años son, desde luego, más que prometedores: ya se han eliminado los aranceles para la inmensa mayoría (90 por ciento) de los productos y los visados para empresarios e inversores, se han sentado las bases para la integración de las Bolsas de valores e incluso se empiezan a proyectar sedes diplomáticas comunes. Sin duda, el rostro más esperanzador del Iberoamérica: apuesta por la democracia y el mercado, estabilidad institucional, programas sociales ambiciosos, apertura exterior (en contraste, por cierto, con tantos frustrantes proyectos de ensimismamiento, como MERCOSUR y ALBA).

El Perú actual es un buen escaparate de todo ello. Tres lustros de progreso económico y de reducción de la pobreza, de estabilidad democrática y continuidad en prudentes políticas económicas han dotado de dinamismo y creatividad a sectores muy amplios de la sociedad, al tiempo que se impulsa la modernización de infraestructuras, con la presencia previsible, en este caso, de las grandes firmas españolas internacionalizadas: la citada reunión académica ha coincidido con la adjudicación a ACS y FCC del “megacontrato” (4.000 millones de euros) para la construcción de la Línea 2 del Metro de Lima (apenas unos días antes, por cierto, de la inauguración del primer metro de Centroamérica, en Panamá, obra también liderada por FCC).

Otra coincidencia, además, ha servido para darle especial pulso al ambiente cultural limeño durante la semana final de marzo: la primera Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, concebida como incitación a la escritura y la lectura, convirtiendo Lima en la capital de las letras iberoamericanas: 324 novelas presentadas, casi un centenar de conocidos escritores de una veintena de países, más de diez mesas redondas y actos culturales en colaboración con universidades, museos y teatros nacionales. Un estimulante festín literario… en español.

Haremos bien si seguimos con atención esa pujante realidad.

Un viaje de ida y vuelta: freno a la deslocalización y comienzo de la reubicación industrial (reshoring e insourcing) en los países avanzados

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El término “deslocalización” se utiliza de manera genérica para referirse a todo tipo de procesos que impliquen traslado (parcial o total) de actividades económicas a otros países.  Dentro del proceso general de deslocalización, se utiliza el término “offshoring” cuando la deslocalización se refiere exclusivamente a las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), mientras que se utiliza el término “externalización”  o “outsourcing” a la deslocalización que afecta al resto de actividades económicas.

La teoría económica del comercio internacional aporta múltiples razones para la deslocalización de las empresas.

En primer lugar, la teoría “clásica” del comercio internacional justifica el fenómeno de la deslocalización y del comercio intraindustrial en base a los factores que provocan diferencias de costes de producción entre países: i) la ventaja comparativa basada en las diferencias en la productividad relativa del trabajo en diferentes industrias (modelo ricardiano). En este caso, un país tenderá a producir los bienes que su factor trabajo produce de forma relativamente más eficiente; ii) o en su dotación relativa de factores productivos (modelo de Heckscher-Ohlin). En este caso, un país tenderá a producir relativamente más de los bienes que utilizan intensivamente sus factores productivos más abundantes

En segundo lugar, la existencia de comercio intraindustrial es otro de los argumentos clave para la deslocalización de empresas.  En este caso, cada país se especializa en variedades diferentes del mismo bien. Los factores determinantes de este tipo de comercio son tres:  i) las preferencias de los consumidores por distintas variedades de un producto generan una demanda de una amplia gama de bienes similares; ii) el hecho de que existan economías de escala en la producción de algunos bienes, implica que una empresa que se especialice en la producción de una determinada variedad de un producto, la venderá a escala mundial pero a su vez tendrá una ventaja de costes frente a las empresas que sólo produzcan para el mercado nacional; iii) el aumento de los costes de transporte operan – al contrario que los otros dos factores – en contra del comercio intraindustrial.

En tercer lugar, el fenómeno de la deslocalización puede estar fomentado por cuestiones medioambientales. En este caso se trataría de trasladar la producción a países con exigencias legales menos restrictivas que las nacionales.

Por último, algunas empresas inician un proceso de deslocalización por determinados factores de carácter espacial: i) por localizarse cerca de la producción de materias primas, en el caso de que su producción dependa intensivamente de las mismas; ii) por la cercanía geográfica a los grandes mercados en expansión; iii) por aprovechar “economías de aglomeración”, que se dan cuando aparecen economías externas a la empresa (que suponen reducción de costes) pero internas a la industria.

La deslocalización no se trata de un fenómeno nuevo, sino  que ha existido bajo diversas formas y nombres desde la década de los sesenta del siglo XX, aunque no con la dimensión y la intensidad que se generó a partir de la década de los noventa, años de mayor expansión económica en los países  avanzados, de impulso de la integración económica internacional y de avance en las  libertades políticas y en la consolidación institucional de muchos países emergentes. La reducción de las barreras comerciales, en especial de los aranceles, facilitó la entrada en los diversos mercados nacionales. La mayor presión competitiva que crea un mercado más globalizado llevó a la reducción de los costes de las empresas, entre ellos los laborales, y aumentó el atractivo de fabricar en zonas con salarios más bajos. Además, la aparición de los nuevos y extensos mercados de los países emergentes con claras perspectivas de expansión futura (China, India y los países de Europa central y oriental) ofrecía grandes oportunidades de negocio.

Pero en el último lustro el panorama está cambiando y se ha iniciado un viaje de vuelta de la producción manufacturera de los países emergentes a los países avanzados. El caso más evidente es el de EE.UU.

Las causas son múltiples, pero  cabe destacar el aumento de los costes de transporte por el importante encarecimiento del petróleo, el aumento de los costes laborales relativos en los países emergentes, la apreciación nominal y real de algunas monedas de los países emergentes, el impulso de la inversión en tecnología e innovación en los países avanzados, la mayor exigencia en la legislación de seguridad y en materia sanitaria en los países emergentes, entre otros.

Destaquemos, a título de ejemplo, algunos casos ilustrativos recientes de la “deslocalización inversa” o “reshoring” e “insourcing” a nivel internacional:

Y en el caso de España, algunos sectores como el juguete y el calzado están trasladando la producción de productos que antes fabricaban en países asiáticos a nuestro país:

La revista “The Economist” mantuvo recientemente un debate “on-line” y una votación a favor y en contra del “offshoring”y del “outsourcing”. La pregunta era la siguiente: ¿Tienen la obligación las multinacionales de mantener una “fuerte presencia” en sus países de origen? La “fuerte presencia” se refería a la inversión, el empleo, la producción y las compras al menos en proporción a sus ventas en el país de origen. El no era defendido por el economista especialista en comercio internacional y defensor del libre comercio, Jagdish Bhagwati, catedrático de Economía de Columbia University, New York, EE.UU.

EL COMERCIO EXTERIOR: ¿UN BUEN CHICO?, por Vicente Donoso (UCM e ICEI) y Víctor Martín (URJC e ICEI)

La crisis por la que está atravesando la economía española deja poco hueco para las noticias alentadoras: nos hemos acostumbrado a un desempleo escandaloso, especialmente entre los jóvenes; a que las cifras de variación del PIB sean una quiebra continua de las expectativas (una caída del 1,4 en 2012, más pronunciada de lo esperado) a que el crédito sea un paralítico que no echa a andar; a que los parámetros del gasto social vayan adelgazando; a que la brecha tecnológica y de productividad auténtica (es decir, la que descuenta los aumentos debidos a la simple destrucción de empleo) se siga ampliando con los países de cabecera; a que una notable cantidad de recursos se vayan por las cloacas de la corrupción, de supuestas amnistías fiscales, de pagos de más a empresas que gestionan entidades privatizadas; o a que, de una u otra forma poco limpia, los dirigentes políticos cobren un sobresueldo.

Ante este triste panorama, cuya descripción podría ampliarse y profundizarse, no resulta extraño que el Gobierno se agarre a cualquier clavo para evitar precipitarse en el vacío. De forma un tanto sorprendente para quien conozca la historia económica de este país, ese clavo hace algún tiempo que viene siendo el comercio exterior. Se argumenta, con razón, que la situación es mejor de lo que sería debido al buen comportamiento de la demanda exterior. El comercio exterior sería el chico habitualmente díscolo que, de repente, ha sentado la cabeza y proporciona a los padres muchas alegrías.

Repasemos algunos hitos (aproximadamente desde 2008) de la hoja de ruta de éste buen chico en que se ha convertido el comercio de mercancías: se pueden enumerar al menos cinco que insuflan algo de optimismo en el maltrecho solar de nuestra economía:

a)     Las tasas de crecimiento  de las exportaciones se comportan más favorablemente que las de las importaciones.

b)     La contribución del comercio exterior a la tasa de crecimiento (negativa en una gran mayoría de años), lleva desde 2008 siendo positiva, es decir, contribuyendo a que la tasa de aumento del PIB sea mayor o la de disminución, menor.

c)     Como consecuencia de este buen comportamiento, se argumenta que la cuota de mercado de las exportaciones españolas en el total mundial, se ha mantenido más estable que la de países tan importantes como Estados Unidos, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, todos los cuales han perdido, no ya décimas, sino puntos, de cuota en favor, por ejemplo, de China (hoy en día primer exportador mundial), Rusia e India.

d)     Y también, en consecuencia de esa buena trayectoria, los años de crisis han aportado una reducción que cabría calificar de espectacular, del déficit comercial, desde los 100.000 millones de euros de 2007 hasta los casi 31.000 de 2012.

e)     Esto último se puede hacer más gráfico aún, indicando que, si se descuenta el déficit de los productos energéticos (principalmente el petróleo), el saldo comercial de manufacturas de 2012 sería positivo por unos 15.000 millones de euros.

Creo que no conviene olvidar la importancia de las buenas noticias que se han expuesto en los puntos anteriores. Sin embargo, sí conviene matizarlas, porque la historia de nuestro comercio está llena de optimismos infundados que ocultan los graves problemas estructurales que padece. Lo primero es reconocer que, si en una situación de desempleo severo y de caída de la demanda interna cercana a los 5 puntos en 2012,  las importaciones crecieran más que nuestras exportaciones, estaríamos en una situación ciertamente alarmante. En segundo lugar, aún celebrando la buena noticia de la contribución positiva a la tasa de crecimiento, no debe olvidarse que, en nivel, el comercio exterior de mercancías sigue restando valor al producto, puesto que las importaciones continúan siendo superiores a las exportaciones. En tercer lugar, también tenemos que ponernos en guardia frente a un excesivo optimismo respecto de la cuota de mercado. Porque la realidad es que, los datos de la OMC indican que España cerró 2012 con una participación del 1,64 en las exportaciones mundiales, es decir, a nivel de 1990, y muy lejos del 2,03 alcanzado en 2003. En cuarto lugar, la notabilísima mejora del saldo negativo se apoya de forma acusada en el parón que ha supuesto la crisis en algunas partidas. Baste de ejemplo lo que ha ocurrido con los bienes de equipo, que han pasado de pérdidas en torno a los 27.000 millones de euros, en 2007,  a superávit de 500 millones, en 2012, debido al derrumbe de la inversión productiva.

Con todo, los anteriores matices no quieren borrar las buenas noticias; tan sólo pretenden matizarlas. Y, para ello, con carácter más general, conviene recordar lo siguiente: carencias energéticas (con un déficit acumulado entre 1995-2012 que supera los 390.000 millones de euros corrientes), tecnológicas expresadas en la importación de bienes de equipo (unos 250.000 millones de déficit acumulado en ese mismo periodo) y, desgraciadamente, ahora también de consumo, por falta de competitividad en el precio (unos 127.000 millones de descubierto en esos años) son debilidades que no se corrigen tan sólo con el tipo de cambio (caso de que pudiéramos manipularlo a nuestro antojo, como desearían algunos nostálgicos del pasado) o con el control de la demanda, sino que requieren políticas y reformas estructurales de largo plazo, que es lo que lleva reclamando nuestro comercio de mercancías hace mucho tiempo.

Las empresas españolas y la economía de Argentina

La expropiación del 51% del capital de YPF en manos de REPSOL por parte del gobierno de Argentina es un atentado de considerable magnitud contra una de las grandes empresas españolas,  de brillante trayectoria internacional, y posee el agravante de producirse en un momento de especial debilidad de nuestra economía. Esta acción, ejecutada con una rancia escenografía,  afecta de forma importante a los activos de la compañía, y a sus beneficios netos, que se verán mermados en torno a un 20%.

Sin embargo, este acontecimiento se enmarca en una pauta de contracción de las actividades de España en ese país latinoamericano que no resulta de fácil comprensión a partir de la evolución de ambas economías.

En efecto, de 2000 a 2010, la cuota de España en las importaciones argentinas se redujo del 3,6% al 1,8%. El descenso fue general a los diversos sectores, con las excepciones de madera y otro equipo de transporte. Adquirió un gran relieve en aquellas actividades con mayor penetración, y que concentraban el grueso de las exportaciones: automóviles, maquinaria industrial, maquinaria eléctrica, productos farmacéuticos y alimentos. En todas ellas, España es altamente competitiva y ha aumentado su presencia en el mercado mundial de forma sensible.

No obstante, este descenso en las cuotas se produjo en los primeros años de la década, de gran turbulencia económica y social. A partir de 2005, y más firmemente desde 2007, las exportaciones españolas han crecido al mismo ritmo que el total de las importaciones de Argentina, si se exceptúa 2010. De manera que puede decirse que en los últimos años, España parece haber dado algunos pasos para recuperar posiciones comerciales en ese país.

En el ámbito de la inversión exterior, Argentina, junto con Bolivia, es el país en el que España alcanzaba antes de la crisis una cuota de penetración más alta en el stock total de IED (en torno al 18%), aunque el volumen de capital acumulado fuese ya inferior al que poseía en México o Brasil. Esta inversión corresponde principalmente a empresas encuadradas en los sectores extractivos y de refino de petróleo, telecomunicaciones, banca, química, comercio y equipo de transporte, que sumaban una inversión total de 11.095 millones de euros a finales de 2007.

Pero al contrario que en Méjico o Brasil, en donde el volumen de inversión española se duplicó entre 2003 y 2007, partiendo de valores similares (algo superiores en el caso de Brasil), apenas aumentó en Argentina. Los años 2008 y 2009 registraron nuevos descensos, sobre todo como consecuencia de la venta de una parte de YPF (25,46%) a Ernesto Eskenazi.

En los dos últimos años sólo Argentina, entre los países latinoamericanos, muestra retrocesos apreciables en la IED española, casi del 20% (ver gráfico adjunto, tomado de un artículo acerca de la inversión exterior de España durante la crisis, escrito junto a Carlos Manuel Fernández-Otheo para la revista Mediterráneo Económico, de próxima aparición).

Con toda probabilidad, lo ocurrido con YFP detendrá lo que podía haber sido una dinámica de redirección de los flujos de mercancías y capitales de las empresas españolas hacia Argentina,  acorde con la recuperación económica que ha venido experimentando este país hasta ahora – los últimos indicadores cuestionan su continuidad- y con claro perjuicio para ambas economías. Esto hace aún más lamentable lo ocurrido.

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