Los mercados de bonos de deuda pública mundial en tasas de rentabilidad nominales negativas: ¿burbuja en el horizonte?

El Banco Central Europeo y el Banco de Japón siguen estrechando la liquidez del mercado de bonos de deuda pública con sus nuevos programas de expansión cuantitativa en los que se realizan compras masivas de estos valores de renta fija con el objetivo de estimular sus economías. A ello se une la fuerte demanda de la banca internacional de bonos de deuda pública con el objetivo de cumplir los requisitos de capital. Por último, como la situación de las bolsas de valores en el mundo se ha vuelto tan impredicible, los inversores siguen viendo a la deuda pública como el único refugio en el que salvaguardarse de la fuerte tormenta que podría venir en un futuro más o menos cercano en la renta variable.

Esta fuerte (triple) demanda alimenta el círculo vicioso de falta de oferta de bonos de deuda pública, subidas de precios y bajada de rentabilidades nominales. Ello ha generado una enorme burbuja en el mercado de bonos de deuda pública por lo que los inversores se enfrentan a enormes pérdidas en su cartera si las rentabilidades suben en gran medida y bruscamente. Con más detalle, un aumento de medio punto porcentual supondría unas pérdidas de alrededor de 1,6 billones de dólares en el mercado global de bonos de deuda pública, según estimaciones de Bank of America Corp.

En el siguiente gráfico se muestra que las rentabilidades nominales (medias) de la deuda pública en los mercados mundiales han caído desde +4,3% en junio de 2006 hasta el +1,3% abril de 2016.

Pero el signo mayor de la burbuja del mercado de bonos de deuda pública es que en la actualidad hay más de 8 billones de dólares (1 trillón americano = 1 billón europeo) en los mercados secundarios con rentabilidades negativas, tal y como se puede observar el el siguiente gráfico.

Tal como muestra el gráfico, la mayor parte de los bonos de deuda pública con rentabilidades negativas son de Japón, 5,6 billones de dólares, el 70% del total del mercado mundial. Pero esto no es extraño ya que el Banco de Japón es el banco central que más ha expandido su balance comprando bonos de deuda pública nacional. En la actualidad el bono de deuda pública a 10 años se sitúa en rentabilidades negativas (-0,11%), mientras que el bono a 30 años tiene un rendimiento extremadamente bajo (y peligroso) del +0,29%. Esto significa que los inversores están pagando el gobierno nipón para mantener su dinero durante diez años, y quien mantiene su dinero en bonos de deuda pública durante 30 años recibe un +0,29% anual.

En el caso de España, los títulos de deuda pública con rentabilidades negativas alcanzan ya los 151.000 millones de dólares (ver gráfico).

Otros signos de la burbuja latente del mercado de bonos de deuda pública provienen de las nuevas emisiones de algunos países. Por ejemplo, Francia emitió bonos de deuda pública a 50 años en abril pasado (no emitía desde 2010), mientras que Irlanda emitió en marzo pasado su primeros bonos de deuda pública con vencimiento a 100 años (¡atención 2116!) por un montante de 100 millones de euros y al +2,35% de interés).

En síntesis, los inversores siguen comprando bonos soberanos porque piensan que la rentabilidad nominal seguirá cayendo y el valor de su cartera seguirá subiendo en el corto plazo. El problema surgirá cuando comiencen a subir los tipos de interés de las nuevas emisiones, se produzcan ventas masivas (y simultáneas) y su cartera pierda valor. Y estas pérdidas aparecerán en mayor medida cuando mayores sean las subidas de tipos.

Los precios de las exportaciones españolas

La literatura ha puesto de manifiesto que existen grandes diferencias entre las empresas exportadoras (Bernard et al., 2007 y 2012). En el margen extensivo, estas diferencias se manifiestan en el número de productos exportados y en el número de mercados a los que exporta la empresa. En el margen intensivo, diferentes estudios han mostrado que existen notables diferencias en el precio de exportación que fijan las empresas para un producto (Manova y Zhang, 2012). Las diferencias en el precio de exportación no se producen solamente entre empresas, sino también dentro de la propia empresa. En concreto, las empresas, para un mismo producto, fijan un precio de exportación más alto en los destinos más alejados y con mayor renta per cápita.

En un trabajo, realizado con Juan de Lucio, Raúl Mínguez y Francisco Requena, hemos analizado la variación de los precios de exportación entre las empresas españolas, y dentro de las empresas españolas. Para realizar este estudio hemos combinado los datos de transacciones de exportación a nivel de empresa de Aduanas para el año 2014, con los datos de SABI. Para poder unir estas bases de datos hemos utilizado el Directorio de Empresas Exportadoras e Importadoras de la Cámara de España. Para analizar todos los componentes de la variación en los precios de exportación, hemos elegido las empresas manufactureras que exportan un producto a más de un destino (multi-destino), y que realizan más de una transacción por producto y destino (multi-transacción). Calculamos los precios de exportación dividiendo el valor de la transacción por la cantidad vendida (en kilogramos o unidades, según la disponibilidad de información). La muestra incluye a 1,586 empresas manufactureras, que representan el 26% del total de las exportaciones que realizan las empresas manufactureras multi-destino y multi-transacción.

Al igual que en estudios realizados para otros países, hallamos notables diferencias en el precio de exportación de un producto[1] entre las empresas exportadoras españolas; y también dentro de cada empresa para sus diferentes destinos. Además, gracias al carácter transaccional de nuestra base de datos, encontramos grandes diferencias en el precio de exportación entre las transacciones que una empresa realiza de un producto a un mismo destino. De hecho, este nuevo componente de la variación de precios, que no había sido identificado en estudios anteriores, es el que más contribuye, con un 45%, a las diferencias en los precios de exportación.[2]

Para explicar este nuevo componente nos apoyamos en el modelo presentado en Baldwin y Harrigan (2011). Según este modelo, las empresas más productivas exportan productos de mayor calidad y obtienen más beneficios. En nuestro trabajo, extendemos este modelo considerando que las empresas más productivas exportan, además, un mayor rango de calidades de un mismo producto.

Esta extensión genera tres predicciones que contrastamos empíricamente con nuestra muestra de empresas exportadoras españolas. En primer lugar, el modelo predice que las empresas más productivas tienen un precio (medio) de exportación más alto. Las estimaciones econométricas confirman que las empresas españolas con una mayor productividad total de los factores fijan precios de exportación más altos. Esta relación positiva entre precios de exportación y productividad se mantiene cuando controlamos otros factores como el tamaño de la empresa o el salario medio de los trabajadores.

En segundo lugar, el modelo predice que el precio (medio) de exportación será más alto en destinos más alejados de España. Como los costes de exportación son mayores cuanto más alejado esté el destino, la empresa solamente obtendrá beneficios en este destino si exporta las variedades de mayor calidad. Nuestras estimaciones confirman esta predicción. Tomando como referencia Portugal, el precio de exportación de las empresas españolas se eleva en un 4,2% cuando exportan al resto de países europeos, en un 7,6% cuando exportan a países africanos y de Oriente Medio, y en un 12% cuando exportan a países del continente americano y del resto de Asia. Asimismo, nuestras estimaciones muestran que el precio medio de las exportaciones es superior en los mercados con una mayor renta per cápita.

En tercer lugar, el modelo predice que las empresas más productivas exportan un mayor rango de calidades de un mismo producto. Para aproximar el rango de calidades, calculamos la desviación estándar de los precios de exportación, y el número de transacciones con diferentes precios para cada producto y destino. Para ambas variables, encontramos una relación positiva y estadísticamente significativa entre la productividad total de los factores y el rango de calidades.

Para contrastar la robustez de nuestros resultados, siguiendo a Khandewal et al. (2013), estimamos una medida directa de calidad y volvemos a estimar todas las ecuaciones econométricas con esta nueva variable. Los resultados no varían.

Nuestro estudio muestra que las empresas españolas más productivas exportan productos de mayor calidad, y un mayor rango de calidades por producto. Además, las empresas españolas ajustan el rango de calidad a las características del destino. En concreto, la calidad exportada, y consecuentemente el precio de venta, es superior en destinos más lejanos y en mercados con una mayor renta per cápita.

 

 

Referencias

Baldwin, R. y Harrigan, J. (2011). “Zeros, quality, and space: Trade theory and trade evidence”, American Economic Journal: Microeconomics, 3(2):60-88.

Bernard, A.B., J.B. Jensen, S.J. Redding y P.K. Schott (2007). “Firms in International Trade”, Journal of Economic Perspectives, 21, 3, 105-130.

Bernard, A.B., J.B. Jensen, S.J. Redding y P.K. Schott (2012). “The Empirics of Firm Heterogeneity and International Trade”, Annual Review of Economics, 4, 283-313.

Khandelwal, A. K., Schott, P. K., y Wei, S.-J. (2013). “Trade liberalization and embedded institutional reform: Evidence from Chinese exporters”, American Economic Review, 103(6):2169-2195.

Manova, K. y Zhang, Z. (2012). “Export prices across firms and destinations”, The

Quarterly Journal of Economics, 127(1):379-436.

 

 

[1] Definidos a 8 dígitos de la Nomenclatura Combinada.

[2] Las diferencias entre empresas contribuyen en un 18%, y las diferencias para una empresa entre destinos en un 22%. El porcentaje restante está explicado por las covarianzas de los componentes.

 

PRECARIA ESTABILIDAD FINANCIERA EN EUROPA

Menor crecimiento económico y mayores riesgos de inestabilidad financiera caracterizarán a la economía mundial en los próximos meses. De la segunda, ya tuvimos avances a partir del pasado agosto y de forma más explícita en el comportamiento de los mercados de acciones en los dos primeros meses de este año. Pero no pueden descartarse episodios adicionales.

Los recientes informes del FMI, y en especial el Global Financial Stability Report (GFSR), documentan ampliamente ese tipo de amenazas, advirtiendo de la intensificación de los riesgos desde que hizo pública la anterior edición, en octubre de 2015. Lo ha hecho de forma particular en las economías avanzadas, condicionadas por unas previsiones de crecimiento decepcionantes y una consecuente erosión de la confianza, que sigue aumentando la aversión al riesgo en la adopción de decisiones de inversión. Pero las economías emergentes, a diferencia de lo que ocurrió durante buena parte de la crisis, han agudizado su debilidad y la capacidad para contagiar al conjunto de la economía global. Las consecuencias de las tensiones en los mercados emergentes sobre los mercados de acciones y de divisas explican más de una tercera parte de las variaciones en los rendimientos de los activos financieros.

Y es que la herencia de la crisis sigue siendo pesada y de difícil asimilación, particularmente en la eurozona. Las terapias adoptadas no han sido siempre las adecuadas, y cuando lo han sido, como en el caso de la política monetaria, su instrumentación ha sido tardía. Con independencia de otras secuelas en la economía real, la eurozona está expuesta a tensiones en sus sistemas financieros: en los bancos y en algunas compañías de seguros.

A pesar del reforzamiento de su base de capital, del aumento de la liquidez y la reestructuración de los balances, algunos bancos siguen siendo vulnerables, especialmente aquellos que mantienen carteras de crédito dañadas por la crisis. La elevada morosidad es el principal reflejo de esas secuelas. En el conjunto de la eurozona a finales de junio eran más de 900.000 millones de euros los préstamos morosos, de los que 360.000 millones corresponden a los italianos, con una manifiesta insuficiencia de capital en algunos de ellos. Con posterioridad a la divulgación del GFSR, el 11 de abril, las instituciones financieras italianas han decidido la creación de un fondo para auxiliar a los bancos en peligro, aquellos susceptibles de generar una crisis sistémica. De la suficiencia de ese fondo hay razones para el escepticismo.

Pero más allá de la calidad de los activos, el FMI destaca como principal problema el exceso de capacidad en ese sector, cuestionando los propios modelos de negocio de las entidades. Cabría añadir que esa especialización de banca al por menor coexiste difícilmente con bajos ritmos de crecimiento económico, elevado desempleo, y tipos de interés históricamente reducidos. No está exento de riesgos el funcionamiento de un sistema financiero con tipos de interés nulos o negativos para los instrumentos de mayor calidad crediticia, como los bonos de tesoros de las economías centrales.

Los mercados de acciones siguen dando muestras del escepticismo con el que contemplan la capacidad para generar tasas de rentabilidad aceptables, no solo las correspondientes a la actividad de intermediación bancaria tradicional, sino igualmente las derivadas de la gestión de activos o mediación en los mercados de capitales. El Fondo destaca los niveles excepcionalmente bajos de rentabilidad sobre activos de los bancos europeos cuando se comparan con los estadounidenses, y de ello dan cuenta los descuentos de la cotización bursátil sobre el valor contable de algunos bancos. Esta misma semana volvían a recortarse los beneficios estimados de la banca europea y con ellos las cotizaciones de sus acciones.

Las amenazas sobre la solvencia de algunos bancos son claras, como son las dudas sobre la posibilidad de satisfacer las nuevas exigencias reguladoras derivadas de Basilea III, en especial en algunas entidades generadoras de riesgos sistémicos. La percepción de que sobran bancos esta asumida.

Una llamada de atención no menos relevante es la dirigida a las compañías de seguros de vida, que también han contribuido al aumento del riesgo sistémico, aunque en menor medida que los sistemas bancarios. No es nueva la inquietud, pero las señales que emergieron al caer los tipos de interés ahora se intensifican consecuentes con la exposición de ese ramo de seguros. La importancia de este sector es difícil pasarla por alto: son importantes inversores institucionales que disponen en sus balances de una importante proporción de los activos financieros de todo el mundo, ampliamente diversificados y con mayoritarios vencimientos a largo plazo, lo que constituye una vía de compensación de las perturbaciones de los mercados financieros. Pero aunque durante la crisis mostraron mayor resistencia que las entidades bancarias (excepción hecha de algunas quiebras importantes, como la de la estadunidense AIG), la composición de riesgos asociada al entorno actual ha generado inquietud.

Con independencia de otras, la mayor fuente de exposición actual deriva del nivel excepcionalmente bajo de los tipos de interés en el ramo de seguros de vida. Las prometidas tasas de rentabilidad en sus contratos a largo plazo exceden a las correspondientes con que remuneran activos financieros suficientemente solventes, especialmente bonos del tesoro y aquellos otros empresariales con el “grado de inversión” necesario. Esa diferencia puede estar obligando la búsqueda de mayores rendimientos por aquellas compañías con compromisos de rentabilidad mínima a sus asegurados, con la consiguiente exposición a mayores riesgos. Nuevamente es el caso de las compañías europeas, el muy fragmentado sector de las alemanas de forma destacada, con una elevada proporción de pólizas con garantías a largo plazo, ya advertido por el propio FMI en su informe de hace un año.

La conclusión general es que la contribución del sector de vida al riesgo sistémico ha aumentado, aunque menos que el sector bancario. Y esa exposición, y las correspondientes necesidades de capital, seguirá siendo elevada mientras el horizonte de tipos de interés bajos se prolongue. Por eso serán cada día más vinculantes las pruebas de stress que pongan de manifiesto la suficiencia de capital, la capacidad de respuesta a perturbaciones adicionales en los mercados financieros.

Esa precaria estabilidad financiera tampoco favorecerá la adaptación a exigencias adicionales como las valoraciones de empresas, incluidos operadores financieros, derivadas de las exigencias medioambientales emergidas en la pasada Cumbre de Paris. Se trata de nuevas formas de exposición a riesgos no precisamente nuevos, aunque haya sido recientemente cuando la percepción de irreversibilidad de esas exigencias medioambientales han requerido metodologías especificas, tendentes a llevar a cabo ajustes valorativos que pueden tener impacto significativo en los recursos propios de algunas entidades financieras.

La situación no es solo un aviso a los supervisores, sino también a los gobiernos, a las instituciones europeas, para que instrumenten políticas económicas tendentes a fortalecer el crecimiento, a estimular una demanda deprimida y a eliminar los riesgos deflacionistas. En este punto el GFSR no puede por menos que coincidir con otros análisis que contemplan como cercanas las posibilidades de estancamiento secular en la eurozona. En ausencia de políticas fortalecedoras de la demanda agregada, emergerá más riesgo e inestabilidad financiera y, a su vez, más debilidad real. Y con ello, menores posibilidades para restaurar los daños de la crisis, incluido el infringido sobre la propia dinámica de integración europea.

(Diario El País, 08/05/2016)

La evolución de la brecha salarial entre hombres y mujeres

(Esta entrada también ha sido publicada recientemente en el blog Politikon)

Que las mujeres cobran menos que los hombres en cualquier economía es un hecho que está ampliamente documentado (veáse aquí evidencia para los países de la Unión Europea y aquí para los de la OCDE), algo que, como es lógico, despierta una gran preocupación por su posible origen discriminatorio. No es de extrañar, por lo tanto, que el análisis del origen de la brecha salarial por género haya recibido una gran atención en el análisis económico (se pueden encontrar excelentes revisiones recientes de esta cuestión en Blau y Kahn, 2016 y Ponthieux y Meurs, 2015). Gracias a ello, en la actualidad contamos con una amplia literatura que, a la vez que nos permite conocer cada vez mejor el origen de esa brecha, nos muestra también que existen ciertas cuestiones que son muy relevantes en relación con el origen de este fenómeno para las que aún no existen suficientes respuestas.

Determinantes de las diferencias salariales entre hombres y mujeres: factores explicativos tradicionales y nuevos

La aproximación tradicional al análisis de la brecha salarial por género ha consistido en análisis empíricos basados en la descomposición mediante técnicas econométricas (la estándar es la de Oaxaca-Blinder) de las diferencias de salarios medios de hombres y  mujeres en dos partes diferenciadas (puede encontrarse una explicación más detallada sobre esta cuestión en esta entrada de Sara de la Rica). Una parte deriva del hecho de que hombres y mujeres pueden diferir en características asociadas a su productividad, como el nivel educativo o la experiencia laboral. La otra reflejaría en qué medida hombres y mujeres con las mismas características son objeto de un tratamiento salarial diferente (esta sería la parte “no explicada” de la brecha y  mediría, a priori, los efectos de la discriminación salarial contra las mujeres).

Gracias a este tipo de análisis sabemos que un factor que tradicionalmente ha sido un origen destacado de la desventaja salarial de las mujeres ha sido su peor dotación relativa de capital humano (derivada de los tradicionalmente menores niveles educativos y la menor experiencia laboral acumulada en el mercado de trabajo), si bien ésta es una circunstancia cuya importancia se ha reducido enormemente con el paso del tiempo. Conocemos, asimismo, que una parte significativa de los menores salarios relativos de las mujeres se debe a su segregación en segmentos del mercado de trabajo mal remunerados, ya que las mujeres trabajan en mayor medida en ocupaciones y empresas que remuneran comparativamente peor a su fuerza de trabajo. Finalmente, sabemos que, incluso cuando se controla por un amplio conjunto de factores que, además del capital humano, incluye características de los puestos de trabajo y las empresas, existe una parte de la brecha salarial por género que no es posible explicar, lo que sugiere que de forma general se remunera peor a las mujeres que a hombres que son igualmente productivos (al menos a ojos de los investigadores, con la información que podemos utilizar en nuestros análisis).

Así, en el caso concreto de España, la diferencia en el salario por hora promedio se sitúa en los últimos años en torno al 20% según la principal fuente sobre salarios para nuestro país, la Encuesta de Estructura Salarial del INE. El análisis de descomposición de la brecha salarial con los microdatos de esa encuesta en este artículo de Murillo y Simón (2014) muestra que si bien las mujeres asalariadas españolas no tienen peores dotaciones de capital humano que los hombres (de hecho, por ejemplo, su nivel educativo es mayor en promedio), resultan muy penalizadas salarialmente por el hecho de trabajar en peores empleos (lo que explicaría 5 de los 20 puntos porcentuales de diferencia en los salarios medios) y, especialmente, en peores empresas (este elemento explicaría 8 de los 20 puntos). La parte restante de la brecha (7 de los 20 puntos) correspondería a diferencias salariales con un carácter intraempresa, lo que revela que en promedio las empresas españolas pagan un 7% menos a las mujeres en relación con hombres que tienen exactamente sus mismas características productivas y trabajan en puestos de trabajo similares en sus mismas empresas.

Aun cuando los análisis basados en descomposiciones ofrecen evidencia cuantitativa de mucho interés sobre los factores que determinan la brecha salarial, tienen el gran hándicap de que no proporcionan información sobre los motivos de las diferencias observadas en esos factores. Así, por  ejemplo, una cuestión todavía no resuelta es si la segregación de las mujeres en peores ocupaciones se debe a una preferencia relativa de las mujeres por ocupaciones que, aunque estén asociadas a peores remuneraciones, presentan ciertas características deseables en términos de otras condiciones laborales (como un menor esfuerzo físico), o, alternativamente, si se debe a un fenómeno de discriminación. Esta discriminación puede tener un carácter directo (si los empresarios prefirieran no contratar a mujeres para empleos “masculinos” por prejuicios o por motivos de discriminación estadística) o indirecto (si las expectativas sociales y familiares, por una parte, y la mayor carga de trabajo en el ámbito familiar y de cuidado de niños y personas dependientes, por otra, indujeran a las mujeres a elegir estudios y empleos “femeninos” que permitieran conciliar mejor la vida laboral y familiar).

Ante las limitaciones de los análisis tradicionales, en la literatura relacionada con la brecha salarial por género han aparecido recientemente nuevas líneas de investigación que extienden el análisis de los factores explicativos “tradicionales” (los cuales incluyen las diferencias en capital humano, la segregación en peores puestos de trabajo y empresas, las diferencias en la carga de trabajo familiar y la discriminación) a “nuevos” factores explicativos, incidiendo en la posible existencia de diferencias entre hombres y mujeres en rasgos psicológicos o habilidades no cognitivas que pudieran influir en sus resultados laborales a través de sus preferencias o actitudes. Sin ánimo de ser exhaustivos (para una detallada revisión de las investigaciones relacionadas con estas cuestiones, véanse Bertrand, 2011 y Bertrand y Duflo, 2016), la incipiente evidencia obtenida hasta ahora sugiere que hombres y mujeres pudieran presentar en términos generales diferencias significativas en algunas estas cuestiones. Así, si bien las mujeres presentan ventajas en ciertas áreas, como las relaciones interpersonales, los hombres parecen presentar una menor aversión al riesgo y una mayor propensión a negociar y a competir, lo que podría favorecer sus salarios relativos a través de diversos canales, incluyendo la elección de ocupaciones y campos de estudio con mejores remuneraciones. En cualquier caso, cabe destacar que ciertos estudios muestran que el impacto de estos elementos en la explicación de la brecha salarial es, no obstante, cuantitativamente moderado.

La evolución en el tiempo de la brecha salarial por género

Una cuestión especialmente relevante en relación con la brecha salarial por género es si se trata de un fenómeno que con el tiempo tiende a reducirse o si, por el contrario, tiene un carácter persistente. Precisamente a esta cuestión intentan dar respuesta dos investigaciones recientes desarrolladas por algunos de los principales expertos mundiales en el análisis de la brecha salarial de género. Así, Olivetti y Petrongolo (2016) documentan cómo, en un contexto donde en la mayoría de los países avanzados se han producido mejoras muy significativas en los logros laborales de las mujeres en el último siglo, en el caso concreto de los salarios se observa en líneas generales una clara tendencia hacia la reducción significativa de la brecha salarial por género para las últimas décadas. Blau y Kahn (2016) profundizan en el análisis de esta cuestión para el caso concreto de Estados Unidos, mostrando que si bien la brecha salarial se ha reducido muy significativamente en las últimas décadas en este país, el ritmo de reducción se ha ido aminorando con el paso del tiempo, lo que sugiere que parte de la misma tiene un carácter persistente. En relación con la influencia de los factores explicativos “tradicionales”, estos autores muestran que las diferencias en las dotaciones relativas de capital humano son cada vez menos relevantes (debido a la mejora relativa de los niveles educativos y la experiencia laboral de las mujeres); que la segregación de las mujeres en peores ocupaciones y empresas es un factor que todavía tiene un gran impacto cuantitativo en la brecha; que las diferencias de género en la división familiar del trabajo ejercen todavía un impacto muy relevante (un indicio relevante en este sentido es que tener hijos está asociado a una penalización salarial para las mujeres y a salarios más altos para los hombres) y que la parte de la brecha no explicada por las características asociadas a la productividad, si bien se reduce con el tiempo, presenta un carácter persistente.

En el caso concreto de España, las carencias de la información estadística existente para nuestro país impiden analizar adecuadamente la evolución de la brecha salarial por género en las últimas décadas, por lo que los análisis existentes se centran en su evolución más reciente. La evidencia que obtenemos en Murillo y Simón (2014) para la primera década del actual milenio a partir de las últimas olas de la Encuesta de Estructura Salarial muestra que durante la expansión económica, en la línea de lo observado para otros países avanzados, la brecha salarial por género se redujo significativamente (entre 2002 y 2006 la diferencia entre hombres y mujeres en el salario por hora se redujo del 20,4% al 18,2%), pero que la llegada de la crisis económica truncó está tendencia (entre 2006 y 2010 la diferencia aumentó significativamente, hasta el 22,5%). El aumento de la brecha salarial con la crisis se debió básicamente a un efecto de composición dado que, como la destrucción de empleo en los años iniciales de la crisis se centró en hombres con baja cualificación, las características productivas de los hombres que permanecieron empleados mejoraron comparativamente. Otro impacto reseñable de la crisis económica es la aparición por primera vez en nuestro país de un perfil creciente de la brecha salarial a lo largo de la distribución de salarios, y por lo tanto comparativamente más desfavorable para las mujeres más cualificadas. Este escenario es coincidente con el fenómeno de techo de cristal que ya se había observado en muchos otros países avanzados, pero nunca anteriormente para España.

 

¿Qué ha ocurrido en los últimos años con la brecha salarial en España? Según la Encuesta Anual de Estructura Salarial, entre 2010 y 2013 la brecha en salarios por hora entre hombres y mujeres aumentó significativamente, en más de dos puntos porcentuales. En principio, son varios los cambios que se han producido en los últimos años en la evolución del empleo y en la determinación de los salarios que hipotéticamente podrían haber perjudicado los salarios relativos de las mujeres españolas y, en consecuencia, explicar este hallazgo. Así, por ejemplo, es probable que las mujeres que se han incorporado en los últimos años a la fuerza laboral desde la inactividad forzadas por un efecto de trabajador añadido tengan comparativamente menos experiencia laboral y un nivel de cualificación inferior, “empeorando” con ello las características del conjunto de las mujeres empleadas. En el mismo sentido, es posible que la mayor flexibilidad salarial y el mayor margen de discrecionalidad de las empresas en la fijación de los salarios asociados a la reforma laboral de 2012 hayan perjudicado al colectivo más vulnerable, el de las mujeres, en la medida en que hayan permitido a las empresas acentuar el tratamiento salarial diferenciado por género. El análisis detallado del motivo del incremento reciente de la brecha salarial en nuestro país es una cuestión en consecuencia de gran interés, que debería ser necesariamente objeto de investigación. Dicho análisis, desafortunadamente, está condicionado por la información estadística disponible, por lo que será necesario esperar a que estén disponibles públicamente a finales de este mismo año los microdatos de la ola de 2014 de la Encuesta Anual de Estructura Salarial.

Indicador de coyuntura: Abril 2016

El Ind-ALDE se ha actualizado para el mes de marzo con los datos publicados hasta febrero de ventas y producción industrial, y hasta marzo de renta y de afiliados. El indicador sigue estancado en torno a los valores que ha tomado durante el año 2015. Una vez incorporados los nuevos datos, el valor del indicador en marzo es de 2,4, marginalmente superior al valor de febrero de 2,2.

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Atendiendo a las tasas de crecimiento interanuales, la mitad de los indicadores individuales que forman parte del Ind-ALdE repiten los valores registrados en el mes anterior mientras que la otra mitad mejoran el dato. La producción industrial y las ventas crecen en febrero 5,9% y 2,1%, frente a los valores que presentaron en enero de 0,7% y 1,5%. Por su parte, la renta y los afiliados crecen 4,9% y 2,6% tanto en febrero como en marzo.

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El precio por llegar tarde ¿un chiste?

Hay pocas cosas más serias que un buen chiste. Por ello, el último viernes de febrero me puse una corbata cuando subí en el AVE en dirección a Madrid a contar chistes. Como ya expliqué hace algún tiempo aquí, los académicos no somos muy de corbatas. De hecho, las jornadas de docencia de ALDE en las que presenté la comunicación “Economía con humor” ha sido la segunda vez que me he puesto una corbata para subir a la tarima de un congreso. La primera vez fue cuando mis directores de tesis me dijeron (con seriedad) que en los congresos de economía se estilaba la corbata. Y con traje, chaqueta y corbata me planté en primera comunicación ante un auditorio de atónitos profesores en tejanos y camisetas. Por suerte es más fácil desprenderse de la corbata cuando sobra que echarla de menos cuando hace falta.

Pero esta ocasión merecía una buena corbata de seda con su nudo Windsor.  El que les escribe se ha curtido a explicando el teorema del límite central en clase o comunicando resultados de regresiones en congresos científicos. Nuestro ámbito de acción suele ser más sosegado, solitario y reflexivo. Era la primera vez que intentaba hacer reír conscientemente a un auditorio de pares (en clase los alumnos se ríen más). Tampoco he participado nunca en una tertulia radiofónica, pero tengo la sensación que hacer reír a 30 profesores debe ser una sensación parecida a la de discutir de economía con periodistas de mensajes telegráficos. Señores del club de la comedia y tertulianos, se han ganado mi respeto (más los primeros que los segundos).

En mi defensa diré que hacer reír a un grupo de economistas académicos no es una tarea fácil. Primero, el auditorio no tiene la misma predisposición que ante un monólogo. También descubrí luego con asombro que incluso hay profesores que se toman muy en serio la innovación docente. Y claro, cuando dije en tono chistoso que la mayoría de nosotros estábamos allí para rellenar la casilla correspondiente de la ANECA no les hizo ninguna gracia.

Tengo mala memoria para los nombres y para los chistes. No es una característica necesariamente negativa, ya que siempre me da pie a romper el silencio incomodo y preguntar algo (aunque sea el nombre). También me puedo reír varias veces del mismo chiste como si fuera la primera vez. Por ello tenía preparado un amplio repertorio de chistes de economistas que he ido recopilando desde hace cursos en mis clases (los mejores chistes de economistas los pueden encontrar aquí, aquí y aquí).

Mis alumnos me ayudan a mantenerme al día en materia de chistes. Mis clases suelen ser a primera hora y no hay nada como un buen chiste para empezar con buen pie el día. Sin embargo las clases econometría de las 08:00 se enfrentan a dos dilemas clásicos de la física: la teoría de la relatividad de Einstein y la paradoja de Schrondinger. Primero, el tiempo es relativo (pero suele ser más relativa retrasándose que adelantándose). Segundo, si no hay nadie en clase para recibir la materia impartida, existe una indefinición sobre si la clase está dada o no.

La manera más efectiva de contrarrestar las fuerzas de la entropía que nos abocan a un retraso siempre creciente es contar un chiste. Es decir, un sencillo sistema de incentivos mediante el cual el alumno tiene que asumir el coste por llegar tarde y  pagar un precio: subirse a la tarima y hace reír a sus compañeros. Lo que empezó como una broma, ha acabado siendo una de las mejores maneras para atajar los retraso, mejorar el ambiente en clase y reforzar competencias (como hablar en público, capacidad de síntesis; ver gráfico). Como diría Kierkegaard, la risa es la contradicción indolora.

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Llegar tarde es una práctica habitual en la sociedad española (universidad incluida). Más del 60% de los alumnos han llegado tarde alguna vez y hay un alto número de retrasos sistemáticos (ver figura).

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La impuntualidad no es un chiste, aunque lo a veces lo parezca. Ser impuntual no tiene apenas repercusiones, en parte por la alta tolerancia al retraso y el escaso escarnio social. Según el profesor de INSEAD Erin Meyer somos unos de los países más impuntuales del mundo con un elavado coste social y económico (The Culture Map: Breaking Through the Invisible Boundaries of Global Business).

Para qué queremos construir un AVE, ¿para seguir llegando más rápido tarde? (Aunque del AVE ya hablamos anteriormente aquí). Mitigar la impuntualidad desde la universidad puede contribuir a disminuir su incidencia negativa en la sociedad y en la economía.

El comercio internacional cada vez crece menos

Durante el periodo 1970-2013 las exportaciones de bienes y servicios en el mundo se multiplicaron por diez, mientras que el PIB mundial solamente se multiplicó por cuatro. El mayor crecimiento relativo del comercio internacional es uno de los más claros indicadores del proceso de globalización que ha experimentado la economía mundial durante las últimas décadas. En concreto, si las exportaciones suponían alrededor del 13% del PIB mundial en el año 1970, para 2013 ya suponían casi el 30%.

Sin embargo, durante los últimos años se ha producido un crecimiento mucho más moderado del comercio internacional. De acuerdo a los datos de la Organización Mundial del Comercio, el crecimiento en los años 2014 y 2015 no superó el 3%, y las previsiones apuntan a que tampoco se supere este porcentaje en el año 2016. Esta desaceleración del crecimiento se debe, en parte, a una menor demanda mundial. Sin embargo, los datos también muestran que, a diferencia de décadas anteriores en el que el comercio crecía muy por encima del PIB, en la actualidad ambas variables crecen de forma similar. ¿Significa esto que hemos alcanzado un estadio en el que el comercio internacional, como porcentaje de la producción, ha llegado a su máximo?

En un reciente libro, editado por la asociación VoxEU, se ha analizado qué factores estructurales pueden explicar que el comercio internacional haya dejado de crecer más rápido que el PIB (en jerga económica, por qué se ha reducido la elasticidad del comercio con relación al PIB). Los autores destacan dos razones para explicar esta desaceleración. En primer lugar, para el comienzo de la segunda década del siglo XXI habría finalizado el proceso de incorporación a la economía mundial de dos grandes zonas que apenas comerciaban con el resto del mundo anteriormente: los países de la Europa Central y del Este, y China. Cuando estas zonas se integran a la economía mundial el comercio crece mucho más rápido que el PIB; sin embargo, una vez finalizado el proceso de integración, el comercio vuelve a crecer al mismo ritmo que el PIB.

En segundo lugar, los autores señalan que durante estos años también habría finalizado el proceso de creación de cadenas de producción globales. Como explicábamos en un post anterior, una de las características del proceso de globalización es que la producción no se realiza en un único país, sino que se divide entre muchos países. Esta división del proceso de producción genera un crecimiento artificial del comercio internacional, ya que este se recoge en valores brutos y no en valores netos. Por ejemplo, imaginemos que en el proceso de producción de una camiseta participan tres países: Estados Unidos (que produce el algodón), Indonesia (que convierte el algodón en tela) y Bangladesh (que corta la tela y la cose, convirtiéndola en una camiseta). Imaginemos también que el valor que añade cada país es de 5€ en cada camiseta. En este ejemplo el valor añadido total que se genera es de 15€ (5€ de algodón + 5€ de tela + 5€ de confección). Sin embargo, el comercio que se genera, al estar medido en valores brutos, es mucho mayor. El algodón que se exporta de Estados Unidos a Indonesia vale 5€; sin embargo, el valor de la exportación de la tela de Indonesia a Bangladesh es 10€, ya que incorpora los 5€ de algodón y los 5€ del valor añadido de convertir el algodón en tela. Si Bangladesh exporta la camiseta a otro país, el valor de la exportación será de 15€. Por tanto, en el proceso de producción de la camiseta se han generado 5€+10€+15€=30€ de comercio internacional, el doble del valor añadido de la camiseta. A medida que se desarrollan las cadenas de producción globales el comercio tenderá a crecer por encima del PIB. Sin embargo, una vez que se haya finalizado el proceso de desarrollo de las cadenas, el comercio volverá a crecer al mismo ritmo que el PIB.

¿Debemos preocuparnos por la reducción en el crecimiento del comercio? Como señala Bernard Hoekman en el capítulo introductorio del libro, a corto plazo el menor crecimiento del comercio internacional es una mala noticia para las empresas, como muchas españolas, que se han apoyado en las exportaciones para compensar la caída del mercado doméstico. A largo plazo, Hoekman sostiene que los efectos pueden ser negativos, ya que el comercio es una vía de transmisión del conocimiento y empuja a los países a especializarse en aquello en lo que son más productivos. Paul Krugman, en cambio, no está muy preocupado por esta caída. En un post publicado hace ya dos años, sostenía que la caída del crecimiento del comercio internacional era un proceso natural de agotamiento de las variables que habían permitido un gran crecimiento anteriormente.

Hace algunos años, los profesores Keith Head y Thierry Mayer, calcularon que si no hubiera ninguna barrera al comercio internacional, la economía mundial alcanzaría un porcentaje de exportaciones cercano al 90% del PIB mundial. Todavía estamos muy lejos de esa cifra. Por ello, yo creo que todavía el comercio tiene mucho recorrido para crecer por encima del PIB y que estamos lejos de un escenario en el que la economía mundial haya alcanzado su máximo grado de globalización.

CALIDAD EMPRESARIAL Y PROSPERIDAD

Con la “nueva normalidad “económica emergente tras la crisis parece asumirse que el crecimiento económico va a quedar muy por debajo del potencial en muchas economías durante demasiado tiempo. Este ha sido erosionado por la caída en la acumulación de todas las formas de capital, por el aumento del desempleo estructural y el no menos explícito descenso en la Productividad Total de los Factores (PTF). El envejecimiento demográfico o la ampliación de la desigualdad, tampoco favorecerá el crecimiento tendencial, en ausencia de avances significativos en la productividad.

La mejora de las condiciones de vida de la población, de ascenso del PIB por habitante, depende en gran medida del comportamiento de la productividad de la economía. Y en el crecimiento de esta, la reducción de los que trabajan, del número de horas que lo hacen o del salario de los mismos no es precisamente la forma más sana de conseguirlo. Ni la más sostenible. Lo más conveniente es que las mejoras vengan determinadas por la PTF, ese componente de la productividad que representa la contribución al crecimiento del PIB adicional a las aportaciones de las horas de trabajo, de las habilidades de los trabajadores o de la dotación de capital físico. Captura el progreso tecnológico y, desde luego la eficiencia en la producción.

Las evidencias más recientes siguen revelando caídas de la productividad en muchas economías, aun cuando las diferencias entre ellas sean notables. En la eurozona el descenso a partir del inicio de la crisis ha sido más acusado, quedando España en las posiciones más rezagadas tanto en manufacturas como en servicios, tal como se ilustraba en una investigación del FMI (“A Sector-Level Perspective on Productivity Trends in Advanced Economies”), de marzo 2015. Aquéllos países que han registrado una mayor convergencia real, en avances de su renta por habitante, lo han hecho a través de aumentos sostenidos en la PTF, avalando la presunción de que el crecimiento económico en las próximas décadas dependerá cada vez más de mejoras en ese componente. Para ello, la apertura al exterior, la acumulación de capital basado en el conocimiento, las estrechamente relacionadas inversión en I+D y la capacidad empresarial, son esenciales. Sin embargo, la OCDE, en un trabajo reciente (“The Future of Productivity”) advierte que la difusión del conocimiento no puede darse por garantizada: va a depender en gran mediad de las capacidades empresariales para captarla.

En la medida en que la PTF refleja la eficiencia con que los factores de la producción son utilizados, las mejoras organizativas en las empresas y, muy especialmente, la calidad de la función empresarial, de la gestión, desempeñan un papel central. Lo hacen facilitando la absorción y aplicación de nuevas ideas, la asimilación de innovaciones, pero también en la más amplia función de combinación y coordinación de todos los factores que operan en la empresa. El ejemplo con mayor vigencia y más amplio respaldo empírico es el aprovechamiento de las posibilidades asociadas a la extensión de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), de las ventajas que depara la “cuarta revolución industrial” en torno a la creciente digitalización.

Esa necesaria asimilación de la difusión del conocimiento exige adaptaciones en la organización y en los procesos decisionales de las empresas que no siempre encuentran la capacidad y habilidades necesarias de quien las gobierna. Y ahí radica una de las principales diferencias en términos de progreso y prosperidad de las distintas economías.

Tener buenos o malos empresarios, o directivos empresariales, no es neutral. Si esto era fácil de intuir, varias investigaciones le dan respaldo empírico suficiente. Entre otras, la de D. Andrews y B. Westmore (“Managerial Capital and Business R&D as Enablers of Productivity Convergence”, OCDE, 2014), destaca la evidencia de que el ritmo de crecimiento de la PTF de una economía esta positivamente relacionada con la calidad de su “capital gerencial”. Y esta explica una parte significativa de las diferencias en PTF entre las economías más avanzadas y el resto, así como las diferencias entre distintas empresas en el seno de las economías. Al menos la mitad de la diferencia en el crecimiento de la productividad entre EEUU y Europa entre 1995 y 2004 es explicada por la existencia en el primero de capacidades de gestión empresarial superiores.

El trabajo difundido hace unos meses por N. Bloom, R Sadun y J V Reenen (“Management as a Technology”), después de revisar datos de 10.000 empresas manufactureras correspondientes a 30 países, concluye que aproximadamente una cuarta parte de las diferencias existentes en la productividad entre países pueden ser atribuidas a diferencias en la calidad gerencial. Asumen la idea que las formas de gestión empresarial, son como una tecnología, en términos de su contribución al aumento de la PTF. Pero también verifican que la calidad de la gestión empresarial depende en gran medida del grado de competencia de los mercados en los que operan las empresas. La asociación positiva de la calidad de la gestión con la edad y dimensión de las empresas es otra conclusión relevante.

La posición de España en el trabajo de Andrews y Westmore no es muy favorable. La contribución de la PTF al aumento del PIB por habitante ya era de las más bajas bastantes años antes de la crisis; en realidad constituyó un drenaje en todo el periodo 2000 y 2011. Y reducida, tanto en términos absolutos como en comparación con otros países, ha sido también la inversión en I+D de las empresas españolas entre 1986 y 2008. En los indicadores de calidad gerencial las posiciones tampoco son buenas: España queda en la posición 18ª del World Management Survey correspondiente a 2014. Como consecuencia de esas menores contribuciones de la calidad gerencial y de la inversión empresarial en capital tecnológico, en el ejercicio de proyección a 2060 del PIB por habitante de varios países, el español es de los que menos avanza, apenas el 15%.

Por muy escépticos que seamos acerca de la fiabilidad de proyecciones a tan largo plazo, si convendría asumir que prestar atención al fortalecimiento de la PTF, a la generación de ese colesterol bueno del crecimiento, debería ser un propósito prioritario. La mejora de la calidad empresarial es una de las condiciones necesarias para facilitar la difusión del conocimiento en que se sustentará esas mejoras de la eficiencia. Atenderla es poco costosa en términos convencionales, presupuestarios, y sus resultados podemos observarlos a un plazo no muy largo. La observación de William Baumol acerca de la generación de incentivos sociales para que a la función empresarial se asignen talentos, o la no menos tópica de J.M. Keynes sugiriendo la distinción entre empresarios y logreros, sigue siendo pertinentes para la disposición de ese intangible.

Con todo, no es necesario insistir mucho en que a ello pueden contribuir igualmente otras formas de fortalecimiento de la productividad igualmente amparadas en la experiencia. La calidad de la regulación y de las instituciones, la suficiente oxigenación competitiva en todos los mercados, la inversión privada y pública en I+D y, no menos importante, la educación. Aquella afirmación que hiciera Paul Krugman hace más de 20 años – “la productividad no es todo, pero a largo plazo es casi todo”- ha encontrado en esta larga resaca de la crisis su más importante valedor.

(Diario El País, 27/03/2016)

La sofisticación de las exportaciones españolas, por Elisa Álvarez y Josefa Vega

Nuestras compañeras de la Universidad de Valladolid, Elisa Álvarez López y Josefa Vega Crespo, nos envían esta nueva entrada que actualiza los cálculos acerca de la sofisticación de las exportaciones españolas, utilizando datos de 2014.

Junto a una oferta cada vez más adaptada a la demanda mundial, y la incorporación de un creciente número de empresas de elevada productividad media, la rápida expansión de las exportaciones españolas en los últimos años se explica también por el aumento del nivel de calidad de los productos y por su diferenciación con respecto a los de los rivales.

Una de las formas de aproximarse a este último aspecto es a través del cálculo del nivel de sofisticación de las exportaciones, siguiendo los trabajos del equipo de investigadores que encabezan Ricardo Hausmann y Cesar A. Hidalgo (Hausmann y Klinger, 2007; Hidalgo et alia, 2007). Minondo y Requena (2012) ofrecieron un primer acercamiento a este asunto, utilizando una desagregación de seis dígitos de las estadísticas de comercio exterior, que, con los mismos datos de base,  se transformó en una versión más agregada en Myro et alia (2013).  Aquí se poresenta un análisis más completo y actualizado, referido a 2014 y partiendo de una desagregación de cuatro dígitos de los datos.

El análisis de la sofisticación de los productos exportados- en el que se aúnan aspectos como su contenido tecnológico, su diseño, su diferenciación o el prestigio de la marca- se basa en la idea de que el nivel de renta asociado a las exportaciones de un país aproxima el nivel de productividad obtenido en su producción. En consecuencia, a escala mundial, es posible medir la productividad media conseguida en un bien a través de la productividad del conjunto de los países que lo exportan, ponderada por el peso relativo de cada uno de ellos en dicho bien. Un valor más elevado de este indicador, denominado PRODY, implica que el producto del que se trate precisa de las ventajas en la dotación factorial, tecnología y comportamiento individual de las economías con superior renta por habitante. Su expresión es la siguiente : Sofisticacion 6

donde Sij,t denota la participación del producto i en las exportaciones totales del país j en el año t  y Yj,t es la renta por habitante del país j en ese año.

A partir del PRODY, se halla el índice de sofisticación de las exportaciones de los países (EXPY), que resulta útil para conocer qué productos favorecen el ascenso de su complejidad media. Se calcula como la suma del valor PRODY de los productos exportados por el país, ponderada la participación de cada uno de ellos en las ventas totales del país, esto es:Sofisticacion 4

La información que se ha utilizado para calcular estas expresiones en este trabajo procede de la base de datos Trade Map, suministrada por el International Trade Centre, que se nutre fundamentalmente de la base Comtrade de Naciones Unidas. Se han extraído valores nominales de las exportaciones con un nivel de desagregación de cuatro dígitos según la nomenclatura del Sistema Armonizado de Designación y Codificación de Mercancías en su versión de 2012 (SA-2012), que diferencia 1.258 partidas. A su vez, los productos considerados se han agrupado en 24 sectores de actividad por medio de la correspondencia establecida entre la SA-2012 y la Clasificación Industrial Internacional Uniforme (CIIU-Rev.3). Por otro lado, los datos de PIB por habitante en paridades de poder de compra se han obtenido de la base World Development Indicators editada por el Banco Mundial.

Con arreglo a los valores PRODY obtenidos, cabe distribuir los productos considerados en cinco grupos ordenados de menor a mayor nivel de sofisticación, de modo que en el quinto quintil se reúnen los productos más sofisticados. Como puede comprobarse en el Cuadro 1, dentro de este segmento de superior sofisticación, cerca de la tercera parte de los productos se encuadran en el sector de la química, al que, a distancia, siguen maquinaria y equipo mecánico, instrumentos médicos, ópticos y de precisión y metálicas básicas como las actividades que aglutinan un mayor número de partidas de elevada complejidad. Asimismo, y excepción hecha de metálicas básicas, los sectores mencionados, junto con productos farmacéuticos, presentan la mayor cantidad de productos entre los cincuenta con un valor PRODY más alto.

 

Sofisticación 1

 

España obtiene un índice de sofisticación de sus exportaciones, un valor de EXPY, de 23.830 $ PPC,  algo más bajo que el de Alemania o Francia (26.674 y 26.206 $ PPC, respectivamente) e incluso que el de Italia (25.226 $ PPC). Este menor valor guarda relación con su menor renta per cápita, pues existe una relación apreciable por países entre niveles de sofisticación y niveles de renta per cápita, como puede verse en el Gráfico 1, donde el valor que corresponde a España aparece marcado en rojo.

 

Sofisticación-gráfico

 

Aún así, casi la mitad de las exportaciones españolas (el 46,6%) se clasifican en los quintiles Q4 (media-alta sofisticación) y Q5 (alta sofisticación). Esto puede verse en el Cuadro 2 (con un click sobre el se amplía), en el que aparecen marcados en gris los sectores con ventaja comparativa revelada en la exportación, definida, siguiendo a Balassa, como el peso relativo de un sector  en el total de las exportaciones españolas, comparado con el mismo ratio para el mundo. Entre paréntesis se recoge el número de subsectores en los que se asienta esa ventaja. El mayor peso comercial corresponde al quintil Q4, de sofisticación media alta, lo que fundamentalmente obedece a que el sector con una presencia más destacada en el patrón exportador español, vehículos de motor, concentra en él por encima del 80 por 100 de sus ventas. A ello se une la aportación de otras actividades con una -aunque inferior- significativa entidad en nuestra estructura comercial, que también agrupan aquí una proporción relevante de sus ventas (entre el 50 y el 70 por 100) maquinaria y equipo mecánico, maquinaria y aparatos eléctricos, productos farmacéuticos y medicamentos y otro material de transporte. Además, las industrias de maquinaria mecánica y farmacéutica, junto con la química -resaltadas anteriormente por incluir un mayor número de productos altamente sofisticados- localizan en el quintil Q5 un porcentaje notable de sus envíos al exterior (más de la tercera parte en el caso de la química, el tercer sector en importancia en la exportación española).

Sofisticacion f2

Algunos sectores potentes de la exportación española, que deberían seguir aumentando peso en el total de las ventas exteriores en los próximos años, no son de alta sofisticación, como los alimentos, bebidas y tabaco o el textil y la confección, de forma que no es en absoluto deseable que todo el patrón de exportación gire en torno a los más sofisticados. Por otra parte, los productos de estos sectores si pueden diferenciarse y poseer diversas calidades, pero el análisis efectuado de sofisticación difícilmente alcanzará a reflejar estos aspectos.

 

Referencias

-Hausmann, R. y Klinger, B. (2007): “The Structure of the Product Space and the Evolution of Comparative Advantage”, CID Working Paper, nº 146.

-Hidalgo, C.A; Klinger, B.; Barabási, A.L. y Hausmann, R.(2007): The product space conditions the development of nations, Science, vol. 317, nº 5837, pp. 482-487.

-Minondo, A. y Requena, F. (2012): “Análisis de competitividad de las exportaciones españolas. Un enfoque shift-share a nivel de producto”, Economistas, nº 130, pp. 63-75.

-Myro, R.; Álvarez, E. ; Rodriguez, D.; Fernández-Otheo, C. y Vega Crespo, J.(2013): Fortalezas competitivas y sectores clave en la exportación española, Instituto de Estudios Económicos, Madrid.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La evolución del tipo de interés real en EE.UU., 1962-2015

El tipo de interés real medio de los bonos de deuda pública con vencimiento a 10 años en la economía de los EE.UU. se ha situado en el +2,4% anual para el periodo 1962-2015, lo que supone una rentabilidad muy atractiva para un inversor que hubiera mantenido y reinvertido década tras década sus ahorros en este bono.

En el primer gráfico se muestra la evolución temporal de la rentabilidad nominal de los bonos de deuda pública con vencimiento a 10 años y de la tasa de variación anual del IPC general para todos los consumidores urbanos (como medida de la tasa de inflación), mientras que en el segundo gráfico se representa el tipo de interés real como el diferencial o spread entre estas dos variables.

Aunque el tipo de interés real medio en la economía de los EE.UU. para el periodo 1962-2015 se ha situado en el +2,4% (línea roja), ha habido años por encima de la media y años por debajo de la media, tanto con valores positivos como negativos. También existe una gran divergencia entre las décadas con menor inflación y las de alta inflación, divergencias provocadas por las diferentes primas de riesgo por inflación (inflation-risk premium) exigidas por los inversores en las rentabilidades nominales de los bonos.

En el siguiente cuadro hemos agrupado la evolución media del tipo de interés real por décadas (segunda columna). Aunque su medias no son homogéneas, en todas las décadas la rentabilidad real media de los bonos de deuda púbica a 10 años ha sido positiva.

En la década de los 2010 con Ben Bernanke y Janet Yellen como Presidentes de la Reserva Federal de EE.UU. el tipo de interés real medio se ha situado en niveles históricamente bajos del +0,8%. Ello se debe sin duda a las caídas históricas de los rendimientos nominales de los bonos de deuda pública a 10 años y de las primas de riesgo por inflación, propiciadas por la política monetaria expansiva y por la reducción sin precedentes de la tasa de inflación media de esta década (+1,7%).

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