Tiempos interesantes

Estaba descontado que junio, hasta cerrarse con la cumbre prevista para los días 28 y 29, iba a ser un mes intenso en el escenario europeo. En la medida que quiera aprovecharse ese cónclave para completar la Unión Bancaria y para avanzar en un presupuesto para la eurozona y en la mutualización de la deuda, las tensiones entre los partidarios de pasos resueltos (Bruselas y París) y los que exigen rigurosas pruebas de responsabilidad antes de ofrecer mayor solidaridad (“los nórdicos”, liderados por Holanda) habrán de aumentar y explicitarse, añadiendo presión a un ambiente ya notoriamente caldeado por dentro (el deshinibido autoritarismo que se impone en las “democracias iliberales” del Este, con Hungría y Polonia abriendo la marcha) y por fuera (las amenazas provenientes de la política comercial de Trump y de su denuncia del acuerdo nuclear con Irán). Un mes sin margen para el aburrimiento, era previsible. No se esperaba, en cambio, el refuerzo que aportarían Italia y España.

El de allí es superlativo, una auténtica crisis institucional: gobiernos abortados y cuestionamiento de la máxima magistratura del Estado y del propio marco constitucional. Cualquiera que sea el desenlace, lo ya hecho e intentado asegura turbulencias. Por ejemplo, el contenido del “Contratto per il governo del cambiamento” suscrito por las dos formaciones mayoritarias (populistas de izquierda y ultraderecha nacionalista y xenófoba), antagónicas aunque ambas de inspiración eurofóbica, fijando las líneas del Ejecutivo que hubiera encabezado Conte (la broma era advertir que no se trataba del entrenador del Chelsea F.C.). Si bien se dejaban aparcados inicialmente algunos de los designos más radicales (referéndum para salir del euro y rechazo de los criterios de Maastricht), se mantenía una larga serie de propuestas tan inconsistentes como contradictorias: ¿cómo lograr simultáneamente expansión del gasto público y reducciones de ingresos fiscales cuando los dos rasgos sobresalientes de la economía son el exceso de deuda y un crecimiento raquítico cuando no inexistente? Italia, conviene recordarlo, no es Grecia (cuyo PIB es equivalente al de la Comunidad de Madrid); la italiana es la tercera economía de la eurozona.

A la vez, aquí, entre nosotros, la caldera ha alcanzado el punto de ebullición cuando menos se esperaba. En lugar de luz verde para una legislatura que parecía tener asegurada su segunda mitad tras el paso de los Presupuestos por el Congreso de los Diputados, semáforo en rojo. Mal momento escogió el Ministro de Economía, Román Escolano, el pasado 24 de mayo, para ponderar la condición de España como “ancla de estabilidad política” en Europa: un día después la incertidumbre se enseñoreó de nuevo del escenario nacional. Un brusco “cambio de rasante” que no va a hacer fácil la conducción, justo cuando dar continuidad a la recuperación exigiría abordar reformas de gran calado —en educación, en pensiones, en el mercado de trabajo, en economía digital, en transición energética, en articulación del mercado interior…— que demandan tanta pericia como aplomo al volante.

Lo dicho: vienen semanas movidas. Es imposible no recordar la vieja maldición china: “Que vivas en tiempos interesantes”.

Indicador de coyuntura: Mayo 2018

El Ind-ALDE se ha actualizado para el mes de abril con los datos publicados hasta febrero de renta, hasta marzo de producción industrial y ventas, y hasta abril de afiliados. Una vez incorporados los nuevos datos, el valor del indicador en abril es de 3,8, algo inferior al que tomó en marzo de 5,1.

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Atendiendo a las tasas de crecimiento interanuales, los indicadores individuales que forman parte del Ind-ALDE han mostrado una tendencia a la baja. La producción industrial cayó en marzo un 3,5% frente a la subida de 2,7% en febrero. Por su parte, la renta y los afiliados subieron un 4,2% en febrero y un 2,9% en abril, a un menor ritmo que sus crecimientos de 5,0% en enero y 3,6% en marzo, respectivamente. El único indicador que no mostró síntomas de agotamiento fue en de las ventas, que creció tanto en febrero como en marzo un 3,4%.

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Presupuesto europeo

En la semana que alberga el “Día de Europa” (9 de mayo), no estará de más recordar algunos de los principales retos que hoy tiene ante sí la Unión. Las nuevas prioridades recogidas en el proyecto presupuestario para el período 2021-2027 que acaba de presentar la Comisión (2 de mayo) son elocuentes a este respecto: defensa, seguridad, fronteras, inmigración.

El primero de esos objetivos tiene una doble razón de ser. Por una parte, las amenazas que provienen de la renacida ambición hegemónica de la Rusia de Putin (¡el cuarto mandato recién estrenado de una presidencia “imperial”!), con multiplicadas pruebas de su agresividad, tanto en la realidad física (desde las repúblicas bálticas a Crimea y los Balcanes) como en la virtual (interferencias cibernéticas en unos u otros comicios electorales). Un riesgo estratégico, ciertamente, con el que no se contaba. Y al que habrá que hacer frente, y esta es la segunda razón justificativa, aportando recursos mucho más cuantiosos que los hasta ahora manejados, dado que “el amigo americano” no está por la labor de seguir asumiendo la inmensa mayoría de los gastos que la defensa de Europa requiere. El nuevo Secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo, lo ha dicho sin tapujos: los aliados europeos en la OTAN tienen que pagar la parte correspondiente del importe total de la factura. Desde su creación, pronto hará setenta años (fue en abril de 1949), la Alianza Atlántica se ha sostenido básicamente en el esfuerzo económico de Estados Unidos, descargando de ese peso a los europeos; un alivio del que se han beneficiado los generosos (absoluta y comparativamente) Estados del bienestar que ya forman parte de la identidad de la mayor parte de la Europa unida.

Nada lo revela mejor que este contraste: el 50 por ciento del gasto mundial de defensa lo asume Estados Unidos, mientras Europa absorbe el 50 por ciento del gasto social total. Se trata de si no revertir al menos corregir el desequilibrio: cuando Estados Unidos, China o Rusia dedican entre un 5 y un 10 por ciento del PIB a la defensa, Europa no puede mantener presupuestos minúsculos por debajo —o muy por debajo, en bastantes casos— del 2 por ciento. Una prioridad insoslayable.

Como lo es, intramuros, la seguridad, ese otro nombre de la paz. La “sacudida del gran magma islámico” que Ortega vaticinara en 1937 (en el “Prólogo para franceses” de “La rebelión de las masas”) ha dejado en suelo europeo, a rebufo de la frustrada “primavera árabe”, la marca temible del terrorismo yihadista, cuya neutralización exigirá, no solo reforzar la cooperación de los servicios de inteligencia, sino también significativas atenciones presupuestarias.

Algo muy parecido, en fin, cabe señalar respecto de la gestión de fronteras y de la inmigración. Europa es, cuando se la mira desde el otro lado del Mediterráneo, la tierra prometida —con muchas oportunidades de trabajo y población decreciente— para millones y millones de personas que, como refugiados o inmigrantes, buscan alternativas de vida y empleo. Europa, dicho de otro modo, no puede ignorar la pobreza y los conflictos de África, y menos aún la explosión demográfica en curso (un aumento del 150 por ciento en tres décadas, hasta cerca de los 2.500 millones de personas) y ello ha de reflejarse en las cifras presupuestarias.

La evolución del crecimiento de la productividad del trabajo en EE.UU., 1953-2017

El último informe Economic Report of the President 2018 elaborado por el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca (CEA) dedica un apartado al análisis del crecimiento de la productividad del trabajo de la economía de EE.UU. desde una perspectiva histórica.

En el primer gráfico la línea azul representa la evolución temporal de la productividad del trabajo de la economía de EE.UU. para el periodo 1953-2017, definida como la producción por hora trabajada (sin incluir la agricultura). La línea roja representa la tendencia a largo plazo de la productividad del trabajo. La serie muestra que la productividad del trabajo en EE.UU. creció desde 2007 muy por debajo de la media histórica del 2,2%.

El crecimiento de la productividad del trabajo se puede descomponer en tres factores: a) el aumento de la dotación del capital por hora trabajada o intensificación del capital (capital deepening); b) el aumento de las habilidades por trabajador o composición del trabajo (labor composition); c) y el aumento de progreso técnico o de la eficiencia de la economía, que técnicamente se conoce como la productividad total de los factores que se mide como un residuo (total factor productivity).

En el siguiente gráfico se representa la descomposición del crecimiento de la productividad del trabajo en EE.UU. para los subperiodos 1953-2007 y 2007-2016.

De las cifras del gráfico anterior se pueden extraer algunas conclusiones importantes. En primer lugar, en el periodo 2007-2016 se produce una importante caída de la tasa de crecimiento de la productividad del trabajo respecto a 1953-2007, al pasar del 2,25% en el primer subperiodo al 1,17% de tasa anual media acumulativa del segundo subperiodo.

En segundo lugar, el crecimiento medio de la productividad del trabajo en el subperiodo 1953-2007 (2,25%) se impulsó por el aumento de la dotación de capital por hora trabajada en 0,9 puntos porcentuales, por el aumento de la composición del trabajo en 0,2 puntos porcentuales y por el aumento de la productividad total de los factores en 1,15 puntos porcentuales, mientras que en el subperiodo 2007-2016 el crecimiento medio de la productividad del trabajo (1,17%) se impulsó por el aumento de la dotación de capital por hora trabajada en 0,5 puntos porcentuales, por el aumento de la composición del trabajo en 0,27 puntos porcentuales y por el aumento de la productividad total de los factores en 0,4 puntos porcentuales.

En tercer lugar, destacar la pérdida del peso del crecimiento de la dotación de capital en el avance de la productividad del trabajo en el segundo subperiodo (0,5 puntos porcentuales frente a 0,9 puntos porcentuales del primer subperiodo). Aun cuando la recuperación de la economía americana estaba en marcha desde 2010 hasta 2015, el papel de la intensificación del capital en relación con el crecimiento de la productividad del trabajo fue negativo. Según los datos disponibles, en los años 2014 y 2015 un trabajador americano tenía menos dotación de capital a su disposición que en 2010, y esto es la primera que ocurría durante un período de cinco años desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Desde el punto de vista económico, estos datos sugieren que la inversión en capital fijo neta (la inversión en capital fijo bruta menos la depreciación) no ha sido suficiente para hacer crecer la dotación de capital por trabajador al mismo ritmo que el aumento de las horas trabajadas.

Finalmente, en el lado positivo, destacar la contribución de la composición laboral en el crecimiento de la productividad del trabajo desde 2007, en relación con el primer subperiodo.

Indicador de coyuntura: Marzo 2018

Antes de comenzar la entrada, es interesante destacar que algunos de los indicadores individuales han sufrido cambios en la metodología seguida para su construcción y presentación. El INE ha publicado el Índice de Producción Industrial por primera vez en base 2015, aunque este cambio no afecta al indicador agregado porque la producción industrial se usa en tasas interanuales. Por su parte, la Agencia Estatal de Administración Tributaria ha realizado cambios en la metodología de elaboración del Índice de Ventas de las Grandes Empresas. El efecto de los cambios sobre el indicador de ventas se puede apreciar en el gráfico siguiente que muestra las tasas interanuales.

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El Ind-ALDE se ha actualizado para el mes de marzo con los datos publicados hasta febrero de producción industrial, ventas y renta, y hasta febrero de afiliados. Una vez incorporados los nuevos datos, el valor del indicador en febrero es de 4,7, algo inferior al que tomó en enero de 4,9.

Es importante aclarar que el cambio en la metodología del cálculo de las ventas no afecta a la capacidad del Ind-ALdE para detectar los cambios de tendencia del ciclo económico. El único efecto significativo es el pequeño aumento en el nivel del indicador compuesto después de la recuperación tras la Gran Recesión.

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Atendiendo a las tasas de crecimiento interanuales, los indicadores individuales que forman parte del Ind-ALDE han mostrado una tendencia dispar. La producción industrial y la renta crecieron más en enero (3,9% y 5,0%) que en diciembre (3,1% y 4,3%). Por su parte, las ventas creció menos en enero (3,2%) que en diciembre (3,5%) y los afiliados crecieron menos en febrero (3,2%) que en enero (2,8%).

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Esperanza de vida al nacer en España versus otros países avanzados, 1960-2015

La esperanza de vida al nacer indica el número de años que un recién nacido viviría si los patrones de mortalidad registradas en el momento de su nacimiento se mantuvieran iguales durante toda su vida.

La base de datos World Development Indicators del Banco Mundial ha actualizado recientemente los datos de la esperanza de vida al nacer en el mundo para el año 2015. Los datos más actualizados y con más detalle de España se pueden ver en el portal del INE.

En el primer gráfico (hacer clic sobre el mismo para verlo más grande) se muestra la evolución temporal entre 1960 y 2015 de la esperanza de vida al nacer en el conjunto mundial, en España y en tres grandes economías de la OCDE no europeas (EE.UU., Japón y Canadá).

La esperanza de vida al nacer mundial ha pasado de 52,6 años en 1960 a 71,8 años en 2015. España es uno de los países del mundo con mayor esperanza de vida, con 83,4 años a finales de 2015, muy cerca ya de Japón, que registra 83,8 años. Nuestro país supera a EE.UU. y Canadá, con una esperanza de vida al nacer en 2015 de 78,7 y 82,1 años, respectivamente.

En el segundo gráfico se compara la evolución en el mismo periodo de la esperanza de vida al nacer de España y de las otras cuatro principales economías de la Unión Europea.

España es el segundo país de la Unión Europea con mayor esperanza de vida a finales de 2015 casi al mismo nivel de Italia (83,5 años). Nuestro país supera a Francia (82,6 años), al Reino Unido (81,6) y a Alemania (81 años).

¿Pero cuales son los problemas económicos que genera esta mejora en la esperanza de vida al nacer?

Esta tendencia de aumento de la esperanza de vida al nacer lleva aparejada un mayor gasto en sanidad y en cuidados y dependencia, y una posible insostenibilidad de los sistemas de pensiones públicos.

¿CUANTA GLOBALIZACIÓN?

La llegada de Donald Trump a la presidencia de EE. UU. ha renovado la atención de propios y extraños a la economía sobre las ventajas del libre comercio y el alcance o supremacía de este objetivo sobre otros de política económica nacional. Que haya sido el responsable de la mayor economía del mundo, del país que ha liderado la extensión del libre mercado como fundamento en el que asentar la organización política de las naciones, le confiere a la discusión una dimensión especial. El presidente estadounidense no solo ha decidido de forma unilateral imponer aranceles a determinadas importaciones, desde lavadoras al aluminio pasando por el acero y los paneles solares, sino que ha denunciado acuerdos comerciales regionales y ninguneado de forma manifiesta a la principal institución multilateral, la Organización Mundial de Comercio (OMC). Lo ha hecho apelando a la “seguridad nacional”, interpretando por su cuenta y riesgo la normativa de su país y las excepciones también previstas en las normas de la OMC.

No es la primera vez que un presidente de EEUU eleva aranceles sobre las importaciones. Todos ellos lo han hecho, pero de forma destacada Ronald Reagan, el principal defensor de las formas más puras de liberalismo económico. La principal diferencia entre las decisiones de sus predecesores y la adoptada ahora es la ausencia de negociación o de la mínima interlocución con sus socios comerciales y los destinatarios de esas penalizaciones. Pero la posición que hoy ocupa EE. UU. en la economía mundial, su poder relativo, es menor: ahora son mayores los riesgos de que ese unilateralismo se traduzca en respuestas de los países agraviados que se asemejen al inicio de una guerra comercial en toda regla. Una confrontación que no tiene por qué ganar EE. UU, como Donald Trump anticipaba en Twitter, desde luego el conjunto de sus trabajadores. En mayor medida si tenemos en cuenta que el respaldo a posiciones proteccionistas, la contestación a la globalización se encuentra hoy más extendida bajo diversas formas de nacionalismo. Desde extracciones políticas distintas muchas posiciones coinciden en la conveniencia de limitar una dinámica de globalización sin apenas restricciones y, en todo caso, sin la necesaria cooperación entre países para asegurar una gobernación suficiente.

Los derroteros por los que ahora discurre el debate sobre el libre comercio han dejado a los economistas algo esquinados, como la propia dimisión del principal asesor económico del presidente Trump, Gary Cohn, ha puesto de manifiesto. Es en este punto en el que es útil la revisión del trabajo de Dani Rodrik y, en concreto, su último libro, “Straight Talk on Trade. Ideas for a sane world economy”. Al profesor de Harvard no le duelen prendas a la hora de responsabilizar en gran medida a los economistas de la llegada al poder de Donald Trump. En concreto, de no haber asumido con el suficiente rigor algunas de las consecuencias de lo que hace un par de décadas denominó, la “hiperglobalización”. “De haber abandonado desde los años ochenta los principios centrales de la profesión convirtiéndose en cheerleaders de la globalización”, considerándola un fin en sí mismo, sin cuestionar algunas de sus más dañinas contrapartidas sobre el bienestar. En realidad, Rodrik ya había anticipado mucho antes de que la investigación empírica lo avalara que la globalización descontrolada y las aplicaciones tecnológicas en las empresas serían los principales determinantes del crecimiento de la desigualdad en la distribución de la renta.

Aviso al lector que no conozca los trabajos de Rodrik que no es en modo alguno un proteccionista al uso, aun cuando se pueda deducir esa impresión de la formulación de su conocido “trilema ineludible de la moderna economía global”: democracia, soberanía nacional y avances en la globalización son incompatibles. “Has Globalization Gone Too Far?”, era el título de aquel libro de 1997. Siendo controvertidas algunas de sus afirmaciones, la intención general de su obra no es otra que la de conseguir en el entramado de relaciones comerciales y financieras internacionales un equilibrio entre apertura económica y bienestar: entre “juego limpio” en el comercio internacional y eficiencia económica. Por eso, el principal argumento de sus análisis y propuestas está referido en última instancia a la gobernación de esa dinámica de integración comercial y financiera internacional.

El fundamento de su crítica al actual estado de cosas es la subordinación de las decisiones comerciales a la protección de las empresas, en lugar de a conseguir el beneficio de la mayoría de la población. El actual proceso de globalización, la agenda económica en la mayoría de los países avanzados, habría estado controlada por las grandes corporaciones. Ello se pone de manifiesto en el contenido de los acuerdos comerciales, bilaterales o regionales, de los que mas de 500 se han suscrito desde la Segunda Guerra Mundial, la amplia mayoría desde que la OMC reemplazó al GATT, en 1995. Esos sesgos se revelan en una investigación del propio Rodrik que acaba de difundir el National Bureau of Economic Research, “What Do Trade Agreements Really Do?. Según la misma, los acuerdos comerciales, que actualmente van más allá de la imposición de aranceles y cuotas, son el resultado de la búsqueda de rentas, de conductas interesadas por parte de las compañías multinacionales bien conectadas, que bajo la etiqueta de “libre comercio” pueden generar resultados redistributivos adversos y perdidas   de bienestar. Los ámbitos fundamentales en los que esas regulaciones y armonizaciones se concretan son los derechos de la propiedad intelectual, los flujos de capital transfronterizos, los procedimientos para la resolución de disputas y la armonización de estándares regulatorios.

Es verdad que “determinados tipos de ventajas competitivas socavan la legitimidad del comercio internacional”, ya sean las manejadas por multinacionales provenientes de economías avanzadas o aquellas otras de las emergentes. Entre esas ventajas distantes del “juego limpio” se encuentra el deterioro del medio ambiente, el empleo infantil o, en general, la vulneración de los derechos de los trabajadores. Es un hecho que resulta poco menos que imposible distinguir donde los bajos salarios son el resultado de baja productividad o de la violación de derechos esenciales. Fue precisamente la reacción al dumping del acero chino en las que se basaron los aranceles impuestos por la UE a las importaciones de acero, mucho antes de que Trump lo decidiera unilateralmente.

Las críticas de Rodrik a diversos aspectos de la actual dinámica de globalización van acompañadas de propuestas, unas más defendibles que otras, pero siempre animadas por la reducción de la fragilidad del actual sistema económico global. Por situar las relaciones comerciales y financieras “dentro de las fronteras de las instituciones que regulan, estabilizan y legitiman a los mercados”. Todo ello en aras de reducir las inseguridades e inequidades en la población que la dinámica actual está creando, y el aprovechamiento de estas por planteamientos demagógicos que disponen de un predicamento insospechado hace unos años. Algunos de ellos erigiendo todo tipo de barreras y dificultando el correcto funcionamiento de las instituciones multilaterales, sin dejar de invocar el libre comercio. Frente a ello, Dani Rodrik, al proponer una suerte de refundación de los acuerdos de Bretton Woods, que dotaron de reglas a la economía global a partir de la Segunda Guerra Mundial, no deja de ser un pragmático que hoy ya no está tan solo como el mismo cree. Conviene releerlo.

(Diario El País 18/03/2018)

Una larga paciencia

Fue Jacques Delors quien definió así el proyecto de una Europa unida. Bien lo sabía él que tuvo que encargar el Informe Cecchini, “El coste de la no Europa”, para convencer a los descreídos de las ventajas de seguir apostando por la unión, y eso que su doble mandato al frente de la Comisión, entre los años 80 y 90, ahora se considera una de las etapas de mayor aliento.

Hoy tenemos más razones que hace una semana o que hace un año para no ser pesimistas. El 4 de marzo ha aportado una fundamental: luz verde a la Gran Coalición, a un gobierno de coalición cuyo programa, previamente pactado, tiene como eje central el reforzamiento de la Unión Europea. Las primeras reacciones por parte de Bruselas han sido rotundas en este sentido y, desde luego, la del presidente Macron: el ambicioso plan de “refundación” dibujado por este tendrá más posibilidades de comenzar a hacerse realidad. No hay alternativa al eje franco-alemán.

Puede objetarse que el otro “recuento” del pasado día 4, el correspondiente a la jornada electoral italiana, apunta en la dirección opuesta, dada la victoria relativa de los partidos de corte populista y antieuropeo a uno y otro extremo del abanico político (“populismo contra populismo”). Si el resultado en Alemania cabe traducirlo con los términos de estabilidad y reimpulso proeuropeista, el de Italia respondería a lo contrario. Pero el peso de uno y otro país es muy diferente, y además está por ver cómo discurren las cosas en una tierra donde nada tiende nunca a ser definitivo… y menos en política (casi la mitad de los diputados han cambiado de grupo parlamentario en la legislatura recién clausurada). Ahí la pauta habitual es gobierno difícil de formar y de corta duración (64 gobiernos se han sucedido en 70 años desde la proclamación de la República a finales de 1947). Roma sabe hacer filigranas en situaciones políticas enrevesadas, aunque desde la perspectiva económica la cuestión sea más preocupante: desde 2001 a 2016, el crecimiento del PIB de Italia es igual a cero, con descenso (un 5 por 100) de la renta por habitante (“piano piano non si va lontano”, advierte con agudeza el Informe Mensual más reciente de CaixaBank).

Con un poco más de perspectiva temporal, el contraste es todavía más acusado. A comienzos de 2017, las zonas de sombra predominaban: las formaciones declaradamente eurófobas se reunían en Coblenza anticipando probables victorias en Holanda y Francia; desde Londres se apostaba jactanciosamente por un Brexit duro; la suerte de Grecia seguía pendiendo de un hilo, y la economía del conjunto de la eurozona no permitía alegrías. En cambio, un año después los puntos de luz se multiplican: las convocatorias electorales no han tenido los resultados esperados por los ultras; las negociaciones para la salida del Reino Unido están limando aristas; los más retrasados de la clase en la eurozona, Grecia y Portugal, levantan cabeza, y se registran tasas apreciables de crecimiento económico en casi todos los países de la UE, una sincronización muy poco habitual. Si algo está demostrando Europa es, ciertamente, capacidad de resistencia.

Hay que desear que lo sea también de superación y que se aprovechen las circunstancias propicias. “Es bajo el sol, no bajo la lluvia, cuando hay que reparar el tejado de la casa” ha dicho la jefa del FMI, Christine Lagarde, y no estaba pensando en la Antártida.

Indicador de coyuntura: Febrero 2018

El Ind-ALDE se ha actualizado para el mes de diciembre con los datos publicados hasta diciembre de ventas, producción industrial y renta, y hasta enero de afiliados. Una vez incorporados los nuevos datos, el valor del indicador en enero es de 2,4, similar al que tomó en diciembre de 2,5.

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Atendiendo a las tasas de crecimiento interanuales, los indicadores individuales que forman parte del Ind-ALdE han mostrado una tendencia dispar. La producción industrial y las ventas crecieron menos en diciembre (2,8% y 3,0%) que en noviembre (4,9% y 3,6%). Por su parte, la renta creció más en diciembre (4,3%) que en noviembre (4,0%) y los afiliados crecieron más en enero (3,5%) que en diciembre (3,3%).

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Convergencia en la Eurozona, ¿será alguna vez real?

La convergencia real supone no sólo mejorar, sino hacer las cosas mejor que los demás.

Recientemente se confirmó que el crecimiento de la economía española fue en 2017 de un 3.1%. Aunque la cifra es provisional, resulta algo tranquilizadora, pues de ello depende la recaudación impositiva y, en principio, el cumplimiento de la cifra de déficit público y la salida de España del Procedimiento de Déficit Excesivo. Sin embargo, junto con el crecimiento del PIB español se anunció el del resto de la Eurozona y de la UE, que fue en ambos casos del 2.5%. Y la previsión es que España crezca alrededor de esa cifra (un 2.4%) en 2018, acabándose el más reciente (y breve) episodio de convergencia para la economía española… cuando más falta hacía que éste fuera prolongado.

Hace unos años se habló mucho de convergencia, vinculada ésta al cumplimiento de los denominados “criterios de Maastricht” que se adoptaron con el fin de determinar qué países pueden formar parte de la Unión Monetaria Europea. Estos criterios siguen aplicándose a los países que aún no son socios y fueron fruto de un acuerdo “ad hoc” más que el resultado de un análisis basado en la teoría económica. De hecho, la “Teoría de las Áreas Monetarias Óptimas” incluye una serie de requisitos que nada tienen que ver con los famosos criterios de convergencia.

En la actualidad, la falta de relevancia económica de los dichos criterios (a los que se denomina “nominales”, pues se referían a inflación, tipos de cambio y tipos de interés nominales, además de déficit y deuda pública) se reconoce abiertamente por la propia Comisión Europea. Por ese motivo, está sobre la mesa una propuesta de la Comisión Europea para la creación de un “Fondo de Acceso al Euro”, con el fin dar asistencia técnica e incluso financiera a los países candidatos. Esta propuesta, realizada en el discurso sobre el Estado de la Unión, se ha concretado en una nota publicada en octubre. Según la Comisión, los criterios de Maastricht no reflejan lo que ocurre en la economía real y ello puede comprometer la capacidad de los países para beneficiarse del euro. Diversos aspectos, como la reforma de los mercados de trabajo y de los mercados de bienes y servicios, se recogieron de manera laxa en la gobernanza de la Eurozona a través de mecanismo abiertos de coordinación. Sin embargo, estos mecanismos se mostraron insuficientes y dichas reformas estructurales no se abordaron por la mayoría de los países miembros a principios de los años 2000, que es cuando se deberían haber realizado. Ahora la Comisión insiste en la importancia de la competitividad y de mejorar el funcionamiento de las instituciones y de los mercados, algo que aún está pendiente en muchos de los miembros de la Eurozona.

En realidad es la convergencia real la que interesa desde el punto de vista de los ciudadanos, pues con ella se mide si nos acercamos en términos de bienestar o riqueza relativa a los países más avanzados de nuestra área. La convergencia real suele medirse en PIB per capita e igualando la capacidad adquisitiva. Recientemente el “think-tank” CEPS ha analizado la evolución de la convergencia real desde la creación del euro, distinguiendo por diferentes grupos de países y desagregado por regiones. El Gráfico 1 muestra la llamada “convergencia beta”, es decir, si en un período determinado las regiones que partían de un menor PIB per cápita han crecido más rápido que las demás. En dicho gráfico las regiones que han convergido en el período 2000-2015 son las que se encuentran en cuadrante superior izquierdo, puesto que partían de una riqueza por debajo de la media (eje horizontal) y han crecido más rápido que la media. También en la parte superior, pero a la derecha, estarán las regiones que, partiendo por encima de la media, han crecido también más que la media. En la parte inferior del gráfico están las regiones de crecimiento negativo. Como puede verse, son las regiones de los países periféricos (triángulos verdes) las que salen peor paradas, puesto tanto aquellas con menor como con mayor renta han experimentado un crecimiento total negativo, empeorando su situación. La única excepción en toda la UE es el País Vasco (un triángulo verde situado un poco por encima del eje horizontal y cerca del 120% de la renta media europea). Convergen (puntos rojos) la mayor parte de los países de Europa Central y Oriental (PECO), mientras que los resultados son variados en las regiones de los países del noroeste (Alemania, Dinamarca, Países Bajos, Países Nórdicos, etc.). En general se mantienen por encima de la media, pero un buen grupo tiene crecimiento negativo.

Gráfico 1: Convergencia beta por regiones europeas. 2000-2015.

Países de Europa central (rojo), periferia (verde) y Noroeste de Europa (negro)

 

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Fuente: CEPS(2018)

 

 Es cierto que los resultados habrían sido distintos si hubiésemos dividido el período en dos bloques (antes y después de la crisis). Con el fin de poder ver la evolución de España, he confeccionado un gráfico que compara la evolución del PIB per cápita en España y Alemania, utilizando también datos en paridad del poder de compra (Gráfico 2). Como puede verse, las crisis del petróleo y el aumento del desempleo de los años 80 abrieron la brecha entre ambos países antes de la entrada en la UE en 1986. Sin embargo, dicha brecha se mantiene prácticamente constante hasta el inicio del milenio: sólo con la entrada en la Eurozona ésta se va cerrando (España va convergiendo en términos reales hacia Alemania). La crisis financiera internacional ha vuelto a ampliar la brecha. Desde 2014 (éste es el último dato del gráfico) España ha crecido sustancialmente más que Alemania y ha compensado una parte del diferencial, pero éste sigue siendo preocupante. ¿Por qué? Pues porque para converger es necesario crecer sistemáticamente y durante muchos años a una tasa mayor que el país al que queremos alcanzar. No lo hemos logrado, ni siquiera lo hicimos de forma decidida con la entrada en la UE. Hay un problema claro de falta de eficiencia y margen para mejorar. Seguimos necesitando reformas, eliminar duplicidades, repartir las competencias de forma eficiente y organizar adecuadamente nuestras instituciones. Aunque el nivel de vida en nuestro país haya aumentado y sea difícil reconocer, con ojos de hoy, la España de la Transición, los demás países también se han modernizado y han seguido avanzando. La convergencia real supone no sólo mejorar, sino hacer las cosas mejor que los demás. Siento dar malas noticias: aún no lo hemos logrado y queda mucho por hacer. La política debería favorecer la consecución de los cambios necesarios y no actuar como freno a los mismos.

Gráfico 2: Evolución de la renta per cápita en paridad del poder de compra, España y Alemania 1950-2014

 

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Fuente: Penn World Tables (2018) y elaboración propia

 

Valencia Plaza (5/2/2018)

 

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