Las paradojas del Brexit, por Juan A. Vázquez García

No es momento para dramatizar, pero no se puede desconocer la gravedad que supone el Brexit. Como si se tratase de una alineación desfavorable de los astros en este solsticio de verano, los rescoldos de la hoguera de San Juan nos han dejado una decisión de alcance tan grave como desconocido e imprevisible.

En el desenlace ha tenido mucho que ver la conjunción de frivolidad y descaro, de mentira y amoralidad, con que han actuado muchos políticos, de la vieja y la nueva hornada, que han convertido a la sociedad en rehén de sus particulares juegos de tronos. También la deriva de una UE en retroceso, desconcertada, paralizada y burocratizada.

Pero lo que me llama más poderosamente la atención son las paradojas a las que puede conducir este episodio del Brexit. La primera de ellas es de orden político: ya se ve que suplantar la democracia representativa por la democracia directa del “derecho a decidir” conduce a referendos de devastadores efectos, capaces de producir bandazos de consecuencias imprevisibles, de dividir todo por mitades, de fracturar sociedades, de convertir en determinantes del futuro a los que ya solo tienen pasado y de marcar por leves fronteras porcentuales decisiones irreversibles por generaciones.

La segunda paradoja muestra el potencial destructivo de los populismos de uno y otro extremo, el engaño de simplificar lo complejo, de enmascarar las realidades con ensoñaciones, de promover revoluciones de sonrisas que se van quedando heladas a lo largo de un trayecto sin ruta fijada y con rumbo que se admite desconocer sin reparo. En ese viaje hacia lo desconocido hay tanto de irresponsabilidad en quiénes lo promueven como de simpleza en quiénes lo secundan con un reflejo de perdedores de la globalización que emprenden una huida hacia delante que no es más que una vuelta atrás, que buscan refugio en mundos reconocibles y, para ellos más seguros, que han dejado de existir y, por más que lo pretendan, ya no van a volver.

La tercera paradoja es económica y se cifra en los costes innecesarios que pagaremos todos (los entusiastas del Brexit en primer lugar) y en las falsas promesas de estar mejor que solo conducen a estar peor. Son muchos los potenciales efectos negativos a medio plazo en el ámbito comercial, de las incertidumbres financieras, de los riesgos económicos o de las expectativas empresariales. Pero basta comprobar, ya en tan solo los primeros días, la pérdida de capitalización de las empresas, la depreciación de la libra, la volatilidad de los mercados, el descalabro de las bolsas, las subidas de las primas de riesgo, el activismo de los Bancos Centrales inyectando liquidez y, en fin, la pérdida de riqueza de todos (no solo de los ricos sino de las clases medias). Es posible que al final el temporal amaine, que el tiempo pase y se encuentre para el Reino Unido algún tipo de encaje o asociación con la UE que limite los daños del Brexit. Pero existe también el serio riesgo de que, apenas salidos de una crisis que ha estado en el origen de todo, nos adentremos en una nueva crisis como desenlace de este desdichado proceso.

Y la cuarta paradoja, es la de una pretendida afirmación de la soberanía nacional que puede derivar precisamente en la fragmentación de esa soberanía, que puede conducir a un Reino (des)Unido, al singular caso de una Escocia votando independencia para mantenerse en la UE (y de paso dando alas a Cataluña) y al enorme riesgo de un contagio que podría truncar definitivamente ese sueño que fue Europa, que con todas las imperfecciones que se quiera nos ha permitido vivir décadas de paz y de prosperidad. ¿Se imaginan lo que ocurriría con un nuevo referéndum para la salida de Francia (el Frexit) como el que ya propugna Marine Le Pen?

Siento no haber llegado a tiempo de quemar los malos augurios en la hoguera de San Juan. No me consuelan los argumentos del tipo de ¡que se vayan los que nunca han llegado a estar del todo! y, aunque quisiera creerlo, no me llegan a convencer los mensajes bienintencionados de que esto servirá para reforzar la cohesión o refundar lo que vaya quedando de la UE. Yo no estaré tranquilo mientras sigan celebrando el Brexit personajes como Farage, Le Pen, Trump o Putin, pero aun así no quiero caer en la desesperanza.

Juan A. Vázquez

                                                                        Universidad de Oviedo

Dos puntos de inflexión

Es lo que suponen —o podrían suponer— los resultados del 23 y del 26J. Siempre es aconsejable distanciarse de lo que acontece antes de proceder a valoraciones, pero la doble sorpresa que han deparado las consultas de la semana pasada incita a pronunciarse.

El triunfo de los partidarios del “Brexit” corta, desde luego, un proceso que después de seis décadas parecía irreversible: la construcción de la unión europea, ampliando sucesivamente el número de países y de competencias. En ese sentido, más que una curva en el camino es una vuelta atrás. Un club cuyo problema hasta ahora, con relación al número de socios, era acordar las condiciones y el calendario de quienes solicitaban ingresar en él, se enfrenta abruptamente a que uno de ellos –y no el menos importante, por cierto- opta por desvincularse, impulsando con ello de paso eventuales apetencias análogas entre quienes quedan dentro.

Todo un “shock”. No puede restársele importancia. Sí, en cambio, puede aprovecharse para hacer de él un auténtico punto de inflexión en la trayectoria seguida por la UE en los últimos años, tan titubeante. Primero fue el largo “impasse” institucional a consecuencia de la frustración del Tratado Constitucional tras el rechazo —en sendos referendos, por cierto— de Francia y Holanda. Acto seguido, el impacto económico y social de la Gran Recesión, cuando comenzaba a digerirse la adhesión de doce nuevos países y a rodar una moneda sin apoyaturas. Entre medias, el fiasco de la “Primavera árabe”, con recurrentes estallidos del “gran magma islámico” —según la metáfora orteguiana—, que convierte al flanco sur de Europa en una frontera vulnerable, con letales impactos también tierra adentro. Casi simultáneamente, tensiones conflictivas en la frontera oriental, tras la anexión de Crimea por Rusia. Todos, como el propio triunfo del Brexit, acontecimientos no previstos —aunque quizá no imprevisibles—, que han zarandeado un proceso que tiempo atrás, consumada la unificación de Alemania, parecía tener el camino expedito. Con el resultado conjunto de avances entrecortados y siempre un poco agónicos, perdiendo en el camino crecientes proporciones de opinión ciudadana, que hoy bascula del euroescepticismo a la eurofobia. Por eso el 23J debe ser un punto de inflexión. O fortalecerse o morir. Más que nunca, el aliento político —paz y metas comunes de libertad y progreso— que está en la base de lo que hoy es la Unión Europea, tiene que adquirir fuerza suficiente para desbrozar una senda que, en términos retrospectivos, tan buenos réditos ha dado ya a tres generaciones de europeos y que, si se mira hacia delante, es la única que puede salvar de la irrelevancia a la UE —y no solo a cada uno de los países que la integran— en un mundo global cuyo centro de gravedad se aleja cada vez más de nuestro continente.

Como constituiría otro pronunciado viraje el que los resultados del 26J se proyectaran sobre el mapa electoral europeo. La pérdida de votos de las candidaturas abiertamente populistas refuta el supuesto crecimiento imparable de las fuerzas de ese signo, que en tantos casos —aquí y en toda Europa— mezclan reivindicaciones domésticas con rechazo de la mundialización y la democracia. Lo ocurrido en España como pauta a seguir: otro deseable punto de inflexión.

Paradojas e Imposibilidades: del Brexit al Sorpasso

¿Se acuerdan de la pregunta último referéndum en el que se nos invitó a votar? Probablemente no, pero Wikipedia tiene la memoria que nos falta: ¿Aprueba usted el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa? España, como Fuenteovejuna respondió que sí (y todos a una). Pero resulta que los Holandeses dijeron que no y ahí sigue la constitución Europea, durmiendo el sueño de los justos.

Muy probablemente ni Holandeses ni Españoles nos leímos atentamente la constitución europea antes de votarla y tampoco teníamos una idea clara de cómo nos iba a influir. Al igual que los británicos con su particular “Brexit”, votamos por inercia, por tradición o simplemente porque pensábamos que individualmente nos iría mejor o peor con más integración Europea.

La falta de información, capacidad de compresión o de previsión pueden propiciar situaciones injustas y comprometidas para un amplio espectro de la población. Por ejemplo, hoy se constata la profunda injusticia del Brexit para los escoceses, irlandeses del norte, londinenses y jóvenes británicos, que votaron mayoritariamente por permanecer en Europa.

La organización del sistema de votación puede conducir a situaciones injustas o socialmente ineficientes. Lo sabemos desde el siglo XVII cuando Condorcet publicó su ensayo sobre la paradoja de la votación.  Consecuentemente, la mayoría de democracias parlamentarias (desde la revolución francesa) han implementado mecanismos de control para evitar situaciones injustas. Por ejemplo, el sistema bicameral, las segundas vueltas o una mayoría cualificada para cambiar leyes orgánicas.

Sucede además que la suma de preferencias individuales no tiene que coincidir necesariamente con las preferencias de toda la sociedad, que son mucho más complejas. El problema se complica especialmente cuando ampliamos el número de alternativas posibles. En nuestro país, hasta hace dos elecciones teníamos tan solo dos partidos con posibilidades realistas de gobierno. En este caso las preferencias sociales representaban bastante bien las preferencias individuales (salvando los problemas de desinformación). Una mayoría estaba contenta y la minoría no tanto, pero se podía alcanzar un sistema relativamente justo.

En cambio, ahora podemos elegir entre cuatro alternativas con alternativas reales de gobernar. No se puede calificar de sorpresa el resultado electoral cuando tan solo ha cambiado ligurmente con respecto a las anteriores elecciones la distribución dentro de los bloques, pero no la varianza entre grupos. Tampoco nos puede sorprender si tenemos en cuenta el artículo de premio Nobel Arrow “A Difficulty in the Concept of Social Welfare” (1950). En definitiva, lo que demuestra Arrow es que es imposible agregar las preferencias individuales con más de tres alternativas sin violar principios básicos de justicia social como la existencia de un sistema democrático.

En su teorema de la imposibilidad, Arrow añade también el principio de la independencia de alternativas indiferentes. Este último principio asegura que la preferencia social entre dos alternativas depende exclusivamente de las preferencias individuales entre ellas. Por ejemplo, si la aparición de un tercer candidato no altera las preferencias individuales con respecto a los candidatos ya existentes, no se deberá alterar el resultado electoral. Individualmente, todos lo que participamos en la votación teníamos clara nuestra preferencia acerca del candidato que debería gobernar durante la próxima legislatura. Sin embargo, el resultado final vuelve a reflejar una imposibilidad; en este caso para gobernar de manera estable durante cuatro años.

El propio diseño de votación, el número de alternativas, la claridad de las preguntas (y de las consecuencias) pueden influir en el resultado de las votaciones, que pueden arrojar, bajo ciertas circunstancias, unas situaciones absurdas, paradójicas y con un alto grado de injusticia social.

El coste económico de las falsificaciones

Todos estamos acostumbrados a vivir rodeados de productos falsificados: el top manta, los mercadillos, o las páginas web que nos permiten comprar productos de precios inalcanzables a un coste irrisorio.

En todo este contexto la pregunta que como economistas deberíamos hacernos es ¿Cuánto le cuesta a una economía todas estas gangas? La respuesta no es tan fácil y la obtención de una aproximación fiable “para cuantificar aquello que por su propia naturaleza se quiere ocultar” supone todo un desafío debido a la falta de consenso en torno a la manera más adecuada para la obtención de datos sobre la falsificación y la piratería en los distintos sectores de la economía productiva.

De momento no hay respuesta definitiva pero en la Oficina Europea de Armonización del Mercado Interior (OHIM por sus siglas en inglés, OAMI por sus siglas en español, sita en Alicante), a través del Observatorio Europeo de las Vulneraciones de los Derechos de la Propiedad Intelectual se está trabajando en ello. El objetivo de un conjunto de estudios aplicados a distintos sectores, y que se irán publicando a lo largo de los próximos 18 meses, es poner de manifiesto el efecto tan negativo de la falsificación y la piratería en la economía de la Unión Europea.

En el primer estudio de esta serie,  El coste económico de las vulneraciones de los derechos de PI en el sector de la cosmética y de la higiene personal, realizado por Nathan Wajsman y Carolina Arias, los resultado, para el período 2007-2011) son demoledores: alrededor de 4.700 millones de euros de ingresos anuales (el 7,8% de las ventas del sector) y más de 50.000 empleos se pierden al año en el sector cosmético por las falsificaciones en la Unión Europea. Si, además, tenemos en cuenta  los efectos sobre otros sectores y sobre la recaudación pública, las pérdidas en el sector se elevan hasta los 9.500 millones de euros, en términos recaudatorios a unos 1.700 millones de euros (incluye IVA, renta, sociedades y cotizaciones a la Seguridad Social) y en términos de empleo a unos 80 000 puestos de trabajo.

Por países es España una de las grandes perjudicadas,  pues se pierde anualmente el 17,1 % de las ventas del sector, es decir, más de 949 millones de euros. En este grupo de cabeza, y con un impacto superior al 15%, se encuentran Portugal, Bélgica, Chipre, Letonia, Bulgaria, Lituania y Grecia, que es el país con mayor impacto. Por debajo del 10%, se encuentran: Italia con pérdidas del 7,9%, Francia del 7,6%, Reino Unido del 6%, Alemania del 3,9 % y Finlandia entorno al 1% (el país con menor impacto).

Este trabajo invita, cuando menos, a la reflexión.

LA UNION BANCARIA EN MARCHA

La Unión Bancaria (UB) acaba de iniciar su andadura: no hay mal que por bien no venga. Se trata, en efecto, de una de las pocas contrapartidas favorables de la larga crisis económica y financiera que está sufriendo la eurozona. Del carácter en gran medida existencial de esa crisis, en la medida en que ha llegado a cuestionar el diseño de la Unión Monetaria, la supremacía de las consideraciones políticas a las especificaciones técnicas, como las que sugería el paradigma de las “zonas monetarias óptimas”. Y otras exigencias complementarias como la existencia de una unión fiscal y la unión bancaria que ahora nace. Constituye de hecho una vía de perfeccionamiento la dinámica de integración monetaria.

La evaluación global a la banca – la revisión de la calidad de los activos y las pruebas de resistencia- cuyos resultados han sido conocidos hace quince días constituían la condición necesaria para que el Banco Central Europeo (BCE) asumiera, a partir del pasado día 4, la máxima responsabilidad del Mecanismo Único de Supervisión (MUS), el primero de los cuatro pilares de esa vía de fortalecimiento de la todavía incompleta Unión Monetaria de Europa (UME).  Junto a esa supervisión común,  la UB descansa en una normativa común, un mecanismo único de resolución de crisis bancarias y un sistema de protección o  seguro de depósitos bancarios homogéneo. En un documento reciente del grupo “europeG” puede encontrase más detalle sobre su estructura.

Recordemos que en el desencadenamiento de ese horizonte de integración bancaria, el papel de España ha sido importante. Fue la crisis de su sistema bancario, la necesidad de rescate sectorial con el fin de fortalecer la capitalización del mismo, y la disposición del “memorando de entendimiento” que guio la condicionalidad correspondiente, los que actuaron como catalizadores de esa unión. Al igual que en el conjunto de las economías periféricas, el circulo vicioso entre el deterioro de las cotizaciones de la deuda pública y la calidad de los activos bancarios denunciaba el carácter incompleto de la UME.

La aplicación de la supervisión única, si se ajusta a  su correcta definición, significará un fortalecimiento de la credibilidad de la información concerniente a los bancos. No solo de la correspondiente a esas 130 entidades de crédito consideradas “significativas” que ya son objeto de supervisión directa por el BCE, sino a las casi 6.000 existentes en la eurozona. El sesgo nacional en la regulación y supervisión dejará de ser un elemento de desconfianza en la comunidad inversora, especialmente en momentos de mayor tensión o inestabilidad que es cuando puede emerger la percepción de “captura del supervisor”.

La importancia de esa homogeneización  es tanto mayor cuanto más importante es el peso de los bancos en la canalización de los activos y pasivos financieros de las familias, empresas y administraciones públicas. En la Unión Europea la intermediación bancaria tradicional representa más del 300% del PIB, muy por encima del existente en otras economías avanzadas.

Resultado de esas nuevas tareas es el fortalecimiento institucional del BCE. El denominado Consejo de Supervisión quedará subordinado al todopoderoso Consejo de Gobierno del BCE, el responsable de la definición de la política monetaria de la eurozona. No hay razones para dudar de la eficacia de la satisfacción de esos dos cometidos, la política monetaria y la supervisión bancaria, que la experiencia ha demostrado compatibles en otras instituciones. Con todo, no faltarán suspicacias en algunos países del núcleo de la eurozona acerca de ese renovado poder del BCE. Lo que es necesario es que esta institución de muestras de la agilidad decisional suficiente para que esa concentración funcional quede avalada por los resultados.

El inicio ha sido satisfactorio, como lo demuestran las exigencias técnicas aplicadas en la “evaluación global” de los bancos, la mayoría de ellos objeto de supervisión directa por el MUS, cuyos resultados hemos conocido hace dos semanas.  Han sido examinados 130 bancos de los 18 países de la eurozona, más los de Lituania, representativos del 82% de los activos ponderados por riesgo del conjunto del área monetaria. Junto a Italia, España ha sido con quince el país con mayor número de bancos examinados. Las necesidades de capital adicional detectadas en el conjunto de la eurozona son fácilmente asumibles, desde luego en España. El 50% de las entidades europeas tiene un capital regulatorio superior al 12%

Ya no es el momento de discusión detallada acerca de las especificaciones técnicas de esa evaluación, sino de cuestionarse hasta qué punto la fase que se ha iniciado la pasada semana se traducirá no solo en la evitación de futuras crisis bancarias, sino en mayor crecimiento económico. O, dicho de otra forma, hasta qué punto el horizonte ahora abierto estará acompañado de una completa normalización del funcionamiento de los sistemas bancarios: de crecimiento del crédito y reducción de la fragmentación financiera en el seno del área.

En condiciones normales, los resultados de la evaluación de la salud bancaria y la asunción de responsabilidades del BCE deberían mejorar la precepción de los inversores y reducir la aversión al riesgo que los propios bancos siguen manteniendo.

Pero la realidad es que las condiciones económicas en la eurozona no son hoy las más propicias. El crecimiento económico es muy reducido porque la demanda esta desplomada, el desempleo demasiado elevado y la inflación demasiado próxima a esa frontera deflacionista que mantuvo a la economía japonesa paralizada durante más de una década. En las economías periféricas, ese cuadro se combina con un elevado endeudamiento de las familias y de las empresas, especialmente las de pequeña y mediana dimensión. Son precisamente este tipo de empresas, más importantes en términos de generación de producción y empleo, las que sufren mayores costes financieros que las equivalentes de los países del núcleo del área monetaria.

Tampoco es un factor favorecedor de la normalización crediticia la concentración resultante en el propio sector bancario. La capacidad de negociación de los prestatarios más dependientes de la financiación bancaria se ha reducido de forma considerable como consecuencia del aumento en el grado de concentración. Desde luego en España, donde el número de “entidades significativas” ha pasado de 45 a las 15 evaluadas. Lejos de darse por ultimada esa consolidación, las autoridades europeas parecen empeñadas en favorecer la simplificación adicional del censo fomentando fusiones transfronterizas. En la dirección de ese afianzar el carácter verdaderamente paneuropeo de las mayores entidades bancarias actuarían eventuales limitaciones a las inversiones en deuda pública del país de origen de los bancos.

Por eso es igualmente importante que, además de vigilar las prácticas de los oferentes, la existencia de competencia suficiente, se avance en la extensión de modalidades de financiación no bancaria. Esa es una de las condiciones para minimizar el alcance de eventuales crisis bancarias, con independencia de que los pilares de la Unión Bancaria estén bien asentados. La otra es que la eurozona abandone la cercanía a ese escenario adverso simulado en los “stress test”, mediante el estímulo a la demanda agregada. Por ejemplo, mediante la rápida anticipación de los programas de inversión pública ya previstos por el nuevo Presidente de la Comisión Europea, además de actuaciones adicionales de estímulo monetario del BCE similares a las aplicadas en las economías estadounidense y británica, con envidiables registros de crecimiento y empleo.

Diario El País (8 de noviembre de 2014)

Una agenda para Europa

Son los objetivos, es el programa lo que importa, más que los nombres de quienes integrarán la próxima Comisión Europea, el nuevo Ejecutivo comunitario cuya toma de posesión está prevista para dentro de pocas semanas (1 de noviembre), después de un largo proceso de gestación, que alcanza su clímax en el examen de los candidatos por la Eurocámara. Lo principal ahora, dicho de otro modo, es acertar con la agenda de las instituciones europeas en la legislatura que se inicia.

Una legislatura crucial, probablemente, por la suma de factores y acontecimientos que en pocos meses han coincidido: dentro, los resultados de las elecciones del pasado 25 de mayo, expresando el alto grado de descontento y contestación ciudadana respecto a una situación sin nervio político y mediocres resultados económicos; fuera, en la frontera oriental, el conflicto de Ucrania y, al sur, en territorios de Siria e Irak, el desafío del Estado Islámico. La suma de todo ello le está dando a 2014, sin duda, un relieve especial: un año de aniversarios redondos en la Europa del siglo XX (comienzo de las dos Guerras Mundiales y caída del Muro de Berlín: 100, 75 y 25 años, respectivamente), parece así aportar suficientes hechos de envergadura para tener su propia entidad histórica, planteando en todo caso prioridades inexcusables. Tres son muy obvias: economía, defensa y energía.

La primera para contrarrestar la desafección de una generación en riesgo de malograrse y las pulsiones populistas (y nacionalistas) avivadas por las secuelas de la crisis. Evitar, desde luego, un tercer episodio recesivo, pero sobre todo encontrar una senda de crecimiento que reduzca el desempleo y asegure los niveles del sistema de protección social que es santo y seña del modelo europeo de bienestar. La segunda —defensa— para contrarrestar la vulnerabilidad de las fronteras europeas ante la recuperada agresividad de la potencia rusa y el terrorismo islámico, esa otra forma no convencional de guerra en nuestros días. La UE gasta poco comparativamente en defensa y lo gasta mal, sosteniendo ejércitos nacionales de corte westfaliano que han perdido sentido al consolidarse la unión continental. La tercera —energía— para contrarrestar una gran dependencia con más amenazas en el nuevo escenario geoestratégico. Una política energética común que suponga unificar normas reguladoras, planificación de inversiones en infraestructuras para multiplicar las conexiones internas, adquisiciones centralizadas a terceros, un adecuado mix energético. Una PEC que pueda llegar a codearse con la PAC.

Tres entradas principales para una agenda que ha de dedicar también lugar destacado a la política migratoria común (3.000 vidas se ha cobrado en lo que va de año la travesía del Mediterráneo entre quienes, procedentes de aquella ribera, ven en esta el cielo de sus esperanzas) y una política exterior mejor definida y más activa, para combatir el peligro de una creciente irrelevancia global (bienvenida sea, en este punto, la remisión a las Cortes por nuestro Consejo de Ministros de la primera “Estrategia de Acción Exterior” de la democracia española, con serias y ambiciosas propuestas en lo que respecta, precisamente, a la Unión Europea). Es la suerte toda del proyecto europeo lo que está en juego.

Obligada evocación

Durante este mes de julio y en el agosto que le sucederá, la actualidad transcurrirá hace cien años. No es un juego de palabras; es un imperativo intelectual y ético. Lo que se fraguó entonces ha provocado las mayores hecatombes y tragedias que conoce la historia europea y, por extensión, la de todo el mundo en buena medida. Obligada ha sido por eso la sobria pero emotiva conmemoración de los líderes de la UE en el simbólico escenario de Ypres, la ciudad belga testigo de cruentas batallas y de la utilización por primera vez de armas químicas.

Fue todo un mundo el que se precipitó al abismo a partir del magnicidio de Sarajevo. Aquella Europa de “la edad de oro de la seguridad” y de la estabilidad, de fe en los avances científicos y tecnológicos ininterrumpidos, de mejoras sustanciales en las condiciones de vida, donde se llegó a creer que “el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz” (S. Zweig), dio paso abruptamente al espanto que fue la I Guerra Mundial y, como frutos tempranos o tardíos de esta, a la revolución soviética, a décadas de radical inestabilidad social, a “la era de las tiranías” en el propio suelo europeo (E. Halévy), a la segunda gran conflagración mundial y a un largo rosario de secuelas que llegan hasta los conflictos y guerras que hoy sufren los países de Oriente Medio, cuyas fronteras fueron dibujadas caprichosamente al rebufo de “los cañones de agosto” (B. Tuchman). No se trata de una ficción, sino de la realidad.

Y no fue la lucha de clases preconizada desde la mitad del ochocientos lo que prendió la mecha, sino el nacionalismo. El reforzado nacionalismo con ansias hegemónicas de las grandes potencias y el nacionalismo irredento de las naciones sin Estado. Uno y otro confluyeron provocando el incendio. Un arrogante espíritu belicista nutría la cultura política común de los principales países que se enfrentarán en el campo de batalla, y entre los nacionalismos sofocados el fervor místico (o fanático, como se prefiera) encontraba su medio natural. La combinación fue catastrófica.

Consecuentemente, la I Guerra Mundial supuso el comienzo del final del liderazgo europeo. Después de cuatro siglos de hegemonía, desde la era de los descubrimientos hasta la segunda revolución industrial, la posición de Europa no pudo dejar de retroceder. Perdida la fe en su propia civilización, el viejo continente cedió el cetro del poder y la influencia. El verano de 1914 traza la principal línea divisoria. Será Estados Unidos, reafirmada su potencia militar e industrial con ocasión de la guerra, quien tomará el relevo: en la Conferencia de Paz de París (1919), el Presidente Wilson es ya el protagonista indiscutido.

Obligada evocación, pues, que tiene que servir para valorar bien lo que tenemos: esta Europa que avanza laboriosamente en su proceso de unión económica y política. A muchos les parece algo muy prosaico, y no pocos lo contemplan con deje despectivo. Pero con la perspectiva que brinda la efemérides el juicio ha de ser inequívoco. Europa ha conseguido levantarse apostando por la reconciliación, la paz y la cooperación: desenlace, tan inesperado como venturoso, para un siglo durante tanto tiempo aciago. Al fin, una “utopía razonable” y, con esfuerzo, realizable.

¿Cómo Podemos explicarlo?

¿Cómo puede aparecer de improvisto un nuevo contendiente diferenciado de la competencia en un mercado dominado por un duopolio? Cualquier estudiante de economía avispado podría relacionar esta cuestión con tres referencias fundamentales: Hotelling (1929), Coase (1937) y Schumpter (1934).

Supongamos que dos organizaciones suministran al mercado un producto indiferenciado, como agua mineral (en la versión del paper) o helados (en la versión libro de texto). Según Hotelling, el equilibrio se alcanza mediante una distribución  geográfica del mercado desde el centro. Es más, ninguno de los dos tiene incentivos para diferenciarse, ni en productos ni en ubicación. Hotelling reparó en la inercia en las preferencias personales. Pocos son los consumidores que cambian de marca ante pequeñas variaciones en las características de las commodities. Los hábitos, las preferencias personales así como posibles costes de cambio hacen que la mayor parte de nosotros cambiamos poco de compañía telefónica… o de voto.

Parece ahora evidente que lo que la prensa llama bipartidismo es para los economistas un caso clásico de duopolio encerrado en el bucle de Hotelling, como ya se apuntaba hace algún tiempo aquí. Hotelling nos ayuda a entender también otros fenómenos curiosos, como por qué ninguna universidad española se encuentra entre las 200 mejores del mundo.  Parafraseando al el matemático y economista americano, estamos ante una situación que produce programas progresistas para votantes de izquierdas y programas conservadores para votantes de derechas, pero todos los programas se parecen demasiado. La frase con la que el matemático y economista americano acaba su seminal paper lo dice casi todo: “cider is too homogenous”! El voto en España sigue el patrón de Hotelling.El siguiente gráfico muestra como PP y PSOE han llevado su carrito de helados al centro y se han repartido su mercado entre norte y sur:

Ante esta situación idílica y estable, ¿cómo pueden aparecer terceros en discordia? Más allá de los fallos en el razonamiento de Hotelling (d’Aspremont, et al., 1979), la respuesta más sencilla la encontramos en el artículo “The Nature of the Firm” de Coase en 1937. Las organizaciones incurren unos costes de gestión internos a medida que crecen, por lo que presentan unos rendimientos decrecientes en su función de emprendimiento. Los mastodontes incrementan la propensión a cometer errores por parte de sus dirigentes. Por estas razones, no pueden  crecen indefinidamente y aparecen otros competidores.

¿Y por qué nadie lo vio venir? Schumpter (1934) aseguraba que de las organizaciones establecidas no surgen las  innovaciones disruptivas. Son precisamente los nuevos actores los que cambian las reglas del juego. De la estructura, los estatutos y la inercia pueden surgir pequeñas variaciones de productos o discursos, pero rara vez un cambio de programa.

Puede que la irrupción de partidos como Podemos en España, Syriza en Grecia o el movimiento cinco estrellas en Italia obedezca también a otros factores- que nos deberán explicar sociólogos o historiadores. Pero para un economista, lo realmente sorprendente es que nos sigan sorprendiendo fenómenos que conocemos bien desde hace casi un siglo.

Recuperación incompleta y desigual

En este año, según todas las previsiones, las economías avanzadas crecerán más que en el pasado, compensando el menor dinamismo de las emergentes. Incluso Japón verificará definitivamente los resultados de las dos primeras flechas de la “Abenomics”: estímulos fiscales, expansión monetaria y las menos visibles reformas estructurales.

A pesar de ser el origen de la crisis, la más acertada combinación de decisiones, a fuer de su mayor flexibilidad relativa, convertirá a la economía estadounidense en la más expansiva de las avanzadas. La reducción del desempleo, principal objetivo de las políticas económicas, ha pasado del 10% en el otoño de 2009 al 7% actual. Esta tasa de paro no es, sin embargo, satisfactoria: el presidente de la Reserva Federal ha señalado hace unos días, en la reunión anual de la Asociación Económica Americana, que refleja por si sola que la “recuperación es incompleta”. Un cuadro algo distinto del que tenemos más cerca.

La eurozona será un año más la región con un crecimiento más tibio y peores registros de empleo. No se anticipa una variación de PIB muy superior al 1% y reducciones significativas del desempleo desde el 12% actual. Con una tasa de inflación históricamente baja, del 0,7% en diciembre, el riesgo de japonización, advertido en estas páginas hace algunas semanas, dispone hoy de mayor virtualidad. Y también de mayor respaldo académico.

Ha sido el exsecretario del Tesoro estadounidense y profesor en Harvard, Larry Summers, el que ha contribuido a que la idea de “estancamiento secular” renueve su vigencia. Aunque en su conferencia del pasado noviembre, en un seminario del Fondo Monetario Internacional (FMI), fuera la economía de su país la principal referencia, es obvio que sus advertencias son de aplicación a la mayoría de las avanzadas. Desde luego a la eurozona.

El crecimiento económico y el del empleo de la mayoría de las economías avanzadas seguirán evolucionando por debajo de su potencial. En realidad, ya venían haciéndolo desde años antes del inicio de la crisis, a pesar del mantenimiento de tipos de interés reales negativos. A los obstáculos a un crecimiento suficiente ahora habría que añadir las secuelas dejadas por la crisis. De forma mucho más explícita que antes de 2008, el reducido crecimiento coexistirá con unas políticas monetarias que disponen de un margen de maniobra mucho menor. La continuidad de estas, sin embargo, no garantiza la mejora significativa de las condiciones crediticias, pero sí abona la emergencia de nuevas burbujas en los precios de los activos propiciatorias de crisis financieras como la que estamos tratando de superar.

Por eso es razonable que Summers proponga como alternativa al excesivo protagonismo que en esas condiciones tendrá la inversión financiera, el fomento de la inversión productiva. Políticas que restauren una situación en la que coincida un suficiente crecimiento económico con tipos de interés igualmente razonables. En concreto, más inversión pública y mayores incentivos a la inversión empresarial. Esa sugerencia para Estados Unidos tendría también una mayor virtualidad en la eurozona.

Sin estímulos a la demanda en aquellas economías con capacidad de maniobra en sus finanzas públicas, como es el caso de Alemania, las consideradas periféricas apenas podrán avanzar en la mejora de sus principales desequilibrios: el desempleo y el endeudamiento privado y público. Y no podrá certificarse la superación de la crisis, como ha recordado el presidente del Banco Central Europeo (BCE) a quienes tratan de echar las campanas al vuelo de forma prematura.

Como es sabido, tras una crisis financiera la fase de recuperación es particularmente compleja: está condicionada por un difícil proceso de desapalancamiento y de saneamiento de los balances de todos los agentes económicos. Desde luego de los propios bancos. Y esto es particularmente relevante en una de las economías más bancarizadas, como la española. El crédito sigue contrayéndose y la natalidad empresarial neta tampoco asciende. Además, la sobrecarga de la construcción residencial ha sido tan importante antes de la crisis que su capacidad para contribuir a la recuperación económica, como ocurrió en otras fases, seguirá siendo muy limitada.

En 2014, el ritmo de crecimiento previsto para nuestra economía, en el entorno del 1%, no permitirá una significativa reducción del desempleo ni el fortalecimiento de la solvencia de familias y empresas. El primero sigue provocando caídas de la renta disponible que no favorecen una reducción del endeudamiento compatible con la recuperación del consumo, principal componente de nuestro PIB. Sin su dinamismo, la recaudación tributaria y, en definitiva, el saneamiento de las finanzas públicas, no avanzarán suficientemente. Recuperación tibia e incompleta que tampoco frenará la ampliación de la desigualdad en la distribución de la renta y de la riqueza que esta crisis está acentuando.

Políticas fiscales insuficientemente distributivas aplicadas en las décadas previas a la crisis ya habían ensanchado esa brecha en la distribución de la renta y de la riqueza. La gestión de la crisis las ha ampliado notablemente. Es verdad que ha ocurrido en la práctica totalidad de las economías avanzadas, pero las consecuencias en España son más inquietantes, dado el nivel de endeudamiento de las familias de menor renta. Además, la continuidad de reducciones en el gasto público seguirá afectando de forma más adversa a las familias con menor renta y riqueza.

Menor crecimiento y ampliación de la desigualdad son dos de los resultados de esas políticas fiscales de austeridad a ultranza aplicadas de forma indiscriminada en la eurozona. También desde hace tiempo son visibles otros resultados contrarios a los pretendidos, como el aumento en el stock de esa deuda en relación con los PIB de las economías. Paradójicamente, ahora el aumento de la deuda coexiste con mejoras en su cotización, con descensos en los tipos de interés de la misma. Y es que los mercados de bonos parecen atender mucho más a la disposición de las autoridades a adoptar decisiones excepcionales, como las anunciadas por el presidente del BCE, que a la insistencia en restricciones fiscales en solitario y excesivamente concentradas en el tiempo que dificultan la superación del estancamiento.

Aunque el saneamiento de las finanzas públicas ha de ser un objetivo a medio plazo, la orientación excesivamente contractiva de la política fiscal en el corto plazo es contraproducente, ha destacado Ben Bernanke, en la conferencia citada: “Con las políticas fiscales y monetarias trabajando en direcciones opuestas, la recuperación es más débil de lo que sería en caso contrario”.

Por eso la eurozona, desde luego España, necesita nueva demanda e inversión. En nuestro caso, idealmente inversión extranjera directa, dado el todavía relativamente elevado nivel de apalancamiento de las empresas españolas. Fortaleciendo la capacidad de producción también se hará con el empleo y, a partir de ahí, mejorará la evolución de la deuda de las familias y el consumo. Son vías susceptibles de concretar a poco que la coordinación intracomunitaria funcione. Garantizarían un crecimiento mayor que el ahora previsto en el área monetaria y, no menos importante, el establecimiento de las bases para no ampliar más la desigualdad: la que se está enquistando en la distribución de la renta y de la riqueza en el seno de las economías del sur, y aquella otra entre estas economías y las del norte de Europa. De lo contrario, las hoy moderadamente optimistas previsiones económicas de la región pueden ser contaminadas por tensiones sociales y políticas de más complicada solución.

(Publicado en El País, 19 de enero de 2014)

E la nave va…

Como viene repitiéndose, es muy singular la combinación de señalados aniversarios que reúne este nuevo año: centenario del inicio de la “Gran Guerra” (1914-18), un nombre que se perdería ante la magnitud de la que arrancaría un cuarto de siglo después, la Segunda Guerra Mundial (1939-45), transcurriendo luego media centuria hasta la caída del muro de Berlín, el tercero de los acontecimientos capitales que alcanzan en 2014 un cumpleaños redondo: 100, 75 y 25 años, respectivamente. Una coincidencia que hace justicia a la historia, pues la segunda devastadora conflagración comienza a incubarse al término mismo —un cierre en falso: imposiciones al vencido que se convierten en semillas de un resentimiento agresivo— de la que le antecedió, como fue el desarrollo de esta en el frente oriental —con los resultados adversos cosechados por el ejército ruso— lo que precipitaría la cadena de sucesos que desembocan en la creación de la URSS, abriéndose con ello una era de dominación soviética sobre buena parte de Europa, un alargado tiempo cuyo final lo simbolizará el derribo de la indigna barrera berlinesa. Hay más de causalidad que de azar en la historia trágica que estas efemérides nos recuerdan.

La rememoración a que invitan debe servir, en todo caso, para mejor valorar nuestro presente. Europa quedó asolada dos veces consecutivas, en apenas veinticinco años, por una destrucción física y moral de proporciones inéditas, con muchas decenas de millones de víctimas dentro y fuera de los campos de batalla, y con una larga secuela de limpiezas étnicas, guerras civiles y experiencias dictatoriales. El contraste con lo que luego vendrá no puede ser mayor. Aun con forcejeos, a trancas y barrancas, si se quiere, la construcción de una Europa unida no deja de ser, en el contexto descrito, un auténtico milagro, la “utopía razonable” que gradualmente ha erigido el edificio que hoy acoge a veintiocho países de uno y otro lado. Los sistemas nacionales del bienestar, unidos a las instancias de gobernanza comunitaria, han dotado al viejo continente de una estabilidad social y política nunca antes conocida. La metamorfosis ha sido radical Han cambiado sustancialmente las  relaciones de poder entre los Estados, hoy socios solidarios de un mismo club y, a la vez, ha cambiado nuestra percepción de la seguridad exterior.

Fruto de una “larga paciencia” (Delors), la Unión Europea parece estar hecha, además, a prueba de desánimos (la “euroesclerosis” de hace treinta años, el “euroescepticismo” de ayer, el “eurodesencanto” de hoy) y su avance, aunque tantas veces parsimonioso, no cede. Botones de muestra los tenemos muy a mano, tanto en términos de nuevas incorporaciones (Croacia a la UE y Letonia a la eurozona), como en lo referido al cumplimiento de acuerdos firmados (eliminación de las restricciones para los trabajadores procedentes de Rumanía y Bulgaria) o en el señalamiento de objetivos ambiciosos en el ámbito financiero (las propuestas del Consejo Europeo del pasado diciembre para culminar la arquitectura de la unión bancaria). Y todo ello con el horizonte de las elecciones al Parlamento Europeo que han de celebrarse el próximo mes de mayo, cien años después de que comenzaran a tronar, inclementes, “los cañones de agosto” en 1914. No está mal: el título felliniano que encabeza esta página está justificado.

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