Una larga paciencia

Fue Jacques Delors quien definió así el proyecto de una Europa unida. Bien lo sabía él que tuvo que encargar el Informe Cecchini, “El coste de la no Europa”, para convencer a los descreídos de las ventajas de seguir apostando por la unión, y eso que su doble mandato al frente de la Comisión, entre los años 80 y 90, ahora se considera una de las etapas de mayor aliento.

Hoy tenemos más razones que hace una semana o que hace un año para no ser pesimistas. El 4 de marzo ha aportado una fundamental: luz verde a la Gran Coalición, a un gobierno de coalición cuyo programa, previamente pactado, tiene como eje central el reforzamiento de la Unión Europea. Las primeras reacciones por parte de Bruselas han sido rotundas en este sentido y, desde luego, la del presidente Macron: el ambicioso plan de “refundación” dibujado por este tendrá más posibilidades de comenzar a hacerse realidad. No hay alternativa al eje franco-alemán.

Puede objetarse que el otro “recuento” del pasado día 4, el correspondiente a la jornada electoral italiana, apunta en la dirección opuesta, dada la victoria relativa de los partidos de corte populista y antieuropeo a uno y otro extremo del abanico político (“populismo contra populismo”). Si el resultado en Alemania cabe traducirlo con los términos de estabilidad y reimpulso proeuropeista, el de Italia respondería a lo contrario. Pero el peso de uno y otro país es muy diferente, y además está por ver cómo discurren las cosas en una tierra donde nada tiende nunca a ser definitivo… y menos en política (casi la mitad de los diputados han cambiado de grupo parlamentario en la legislatura recién clausurada). Ahí la pauta habitual es gobierno difícil de formar y de corta duración (64 gobiernos se han sucedido en 70 años desde la proclamación de la República a finales de 1947). Roma sabe hacer filigranas en situaciones políticas enrevesadas, aunque desde la perspectiva económica la cuestión sea más preocupante: desde 2001 a 2016, el crecimiento del PIB de Italia es igual a cero, con descenso (un 5 por 100) de la renta por habitante (“piano piano non si va lontano”, advierte con agudeza el Informe Mensual más reciente de CaixaBank).

Con un poco más de perspectiva temporal, el contraste es todavía más acusado. A comienzos de 2017, las zonas de sombra predominaban: las formaciones declaradamente eurófobas se reunían en Coblenza anticipando probables victorias en Holanda y Francia; desde Londres se apostaba jactanciosamente por un Brexit duro; la suerte de Grecia seguía pendiendo de un hilo, y la economía del conjunto de la eurozona no permitía alegrías. En cambio, un año después los puntos de luz se multiplican: las convocatorias electorales no han tenido los resultados esperados por los ultras; las negociaciones para la salida del Reino Unido están limando aristas; los más retrasados de la clase en la eurozona, Grecia y Portugal, levantan cabeza, y se registran tasas apreciables de crecimiento económico en casi todos los países de la UE, una sincronización muy poco habitual. Si algo está demostrando Europa es, ciertamente, capacidad de resistencia.

Hay que desear que lo sea también de superación y que se aprovechen las circunstancias propicias. “Es bajo el sol, no bajo la lluvia, cuando hay que reparar el tejado de la casa” ha dicho la jefa del FMI, Christine Lagarde, y no estaba pensando en la Antártida.

La tormenta perfecta

La tormenta perfecta

Los días 9 y 10 de noviembre de 2017 se celebraron las XXXII Jornadas sobre Economía Española. En ellas se hizo balance de los retos actuales de la Unión Europea en varios aspectos: su crecimiento económico a largo plazo, la innovación tecnológica, la llegada de la cuarta revolución industrial, las políticas monetaria, fiscal y comercial, el sector financiero… Tuve el honor de participar en una de las mesas redondas. Aprendí muchísimo de las brillantes intervenciones de mis compañeros de mesa, Asunción Prats y Daniel Fuentes, y también preparando mi propia intervención, un inventario de los costes sociales de la crisis de deuda de la zona euro y su desigual distribución entre los países acreedores y los deudores. De ese inventario se hizo eco muy generosamente nuestro compañero Álvaro Anchuelo en una entrada previa en (bAg) (¡gracias, Álvaro!). Esta otra me ayuda a seguir compartiendo lo aprendido.

Sabemos que las crisis económicas no son neutrales en términos de distribución de la renta y que la Gran Recesión ha tenido un impacto especialmente regresivo: desempleo y moderación salarial, desigualdad de la renta y pobreza, donde destaca la infantil por sus consecuencias a largo plazo. Sus efectos han sido especialmente graves en los países endeudados pues no pudieron usar el timón del gasto social y los estabilizadores automáticos para corregir el rumbo de los acontecimientos. Se vieron en el centro de “la tormenta perfecta” de la desigualdad, zarandeados por el vendaval de la recesión bajo los rayos de los recortes. Y han salido “tocados” de ella. Les costará recuperar sus niveles de renta, bienestar y confianza.

En esta entrada quisiera incidir con más detalle que en mi presentación durante las jornadas en el papel de las políticas fiscales de la Austeridad en la desigualdad de la renta de los hogares en países del Sur de la Unión Europea, los llamados PIGS. Seriamente afectados por la Gran Recesión y rescatados, directa o indirectamente, en los tiempos más convulsos de la Crisis del Euro, recibieron con los MOU (memorandum of understanding) un libro de recetas macroeconómicas cuyos efectos ya se están conociendo. Se ha comprobado que los costes de la crisis de deuda en la zona euro están siendo soportados casi en exclusividad por los países deudores: durante la aplicación de los rescates, los acreedores les han sometido a extraordinarias medidas de ajuste interno y reformas, sin concesiones – quitas – a cambio, salvo en los casos de Grecia y Chipre (Frieden y Walter, 2017). La aceptación, por parte de los endeudados, de las exigencias de los acreedores, así como de sus consecuencias (recesión, desempleo y desigualdad) han derivado en fuertes conflictos sociales en el seno de los primeros pero también entre países los primeros y los segundos. Los endeudados, según explican Frieden y Walter, surgen al optar sus gobiernos con más firmeza por la austeridad que por reformas estructurales – financieras, laborales y de política de la competencia – que representaban una amenaza a los privilegios de grupos políticamente bien representados. En cuanto al conflicto entre países acreedores y deudores por la reforma de la gobernanza fiscal europea, ha quedado soterrado por la urgencia y gravedad de otros asuntos que reclaman una respuesta unitaria, como el Brexit y, añado yo, la crisis de los refugiados, si bien en este caso la respuesta, si se puede llamar así, ha quedado lejos de ser unitaria.

Recientemente, una serie de ejercicios de simulación fiscal nos han enseñado que buena parte de los incrementos de la desigualdad en los países mediterráneos durante la Gran Recesión responden, no al ciclo en sí, sino a la consolidación fiscal (Matsaganis & Leventi, 2014). Esto es especialmente cierto en Grecia, algo menos en España, y más suave en Italia y Portugal donde, en 2012, la política fiscal contribuyó a reducir la desigualdad.

Los primeros estudios sobre el impacto de los recortes en la desigualdad solían poner el acento en los recortes sociales, sobre todo en prestaciones sociales monetarias, los más fáciles de medir. Permiten advertir que la consolidación fiscal es en gran medida responsable de las restricciones a la liquidez en las familias durante la Gran Recesión, en especial porque los recortes en las prestaciones sociales afectaron a los hogares que ya tenían serias restricciones de este tipo, algo que no sucede en igual medida cuando el ajuste se realiza vía incrementos en la carga fiscal (directa e indirecta). Cuando se incorporan, junto a la reducción de los salarios del sector público, al análisis del impacto de la consolidación fiscal durante la crisis, se advierte en cambio cierta progresividad en la aplicación inicial de los recortes (Paulus et al, 2017).

Se ve así la conveniencia de diferenciar entre los efectos de la política fiscal a corto plazo, de primer y de segundo orden, y los de largo plazo (Perez y Matsaganis, 2017): los primeros recogen la progresividad de las medidas de recorte antes mencionadas; los segundos ya permiten contemplar el impacto multiplicador de los recortes en el consumo, la actividad económica y las rentas primarias derivadas de ésta, y son claramente regresivos. Los efectos a largo plazo responden a la reducción de la productividad y, por tanto, del crecimiento, resultantes de la menor inversión en educación, sanidad e infraestructuras. Aún es muy pronto para valorarlos, pero podemos imaginar el impacto regresivo que tendrá este tipo de recortes, pues amenazan la igualdad de oportunidades.

Aunque ha servido en algunos casos de catalizador para abordar reformas pendientes, la crisis económica ha supuesto un brusco cambio de rumbo en la construcción de un Estado de Bienestar en el sur de Europa. Como resultado, son cada vez mayores las diferencias en cobertura y protección en los sistemas de bienestar en los países del Centro y del Norte de la Unión Europea (Guillén et al., 2016). Además, la reacción de las autoridades comunitarias a la crisis lleva a los analistas a abandonar cualquier esperanza de una respuesta social coordinada a las crisis económicas del fututo, lo que a largo plazo significará menor convergencia en renta y calidad de vida de los hogares en los Estados Miembros. Parece que no hemos aprendido nada de esta tormenta.

 

Para saber más:

Frieden, J., & Walter, S. (2017). Understanding the Political Economy of the Eurozone Crisis. Annual Review of Political Science, 20. 371-390.

Guillén Rodríguez, A. M., González Begega, S., & Luque Balbona, D. (2016). Austeridad y ajustes sociales en el Sur de Europa. La fragmentación del modelo de bienestar mediterráneo. Revista Española de Sociología, 25 (2): 261-272.

Matsaganis, M., & Leventi, C. (2014). The distributional impact of austerity and the recession in Southern Europe. South European Society and Politics, 19(3), 393-412.

Paulus, A., Figari, F., & Sutherland, H. (2016). The design of fiscal consolidation measures in the European Union: distributional effects and implications for macro-economic recovery. Oxford Economic Papers, 69(3), 632-654.

Perez, S. A., & Matsaganis, M. (2017). The Political Economy of Austerity in Southern Europe. New Political Economy (doi: https://doi.org/10.1080/13563467.2017.1370445).

Inoportunidad

Junto a todo lo demás, la explosión del problema catalán, por sus posibles efectos sobre la reputación exterior de España, puede recortar (¿arruinar?) la magnífica posibilidad que esta tiene ahora de incorporarse al grupo de países que liderarán el deseado reimpulso de la Unión Europea.

Vayamos por partes. Las últimas semanas han sido pródigas en mensajes de aliento para el proyecto común europeo. Primero Juncker y después Macron han sido muy explícitos, revistiendo de buscada solemnidad en cada caso sus declaraciones. El presidente de la Comisión eligió el plenario del Parlamento de Estrasburgo, con ocasión del discurso sobre el Estado de la Unión, para reclamar máxima ambición “ahora que hace buen tiempo”, esto es, los buenos indicadores que arroja la recuperación económica; una “agenda de máximos” que involucre a todos los socios: moneda única para los Veintisiete, conversión del Mecanismo de Estabilidad (Mede) en un Fondo Monetario Europeo, presupuesto para la eurozona y superministro de Finanzas del euro, unión bancaria completada con un fondo de garantía de depósitos común y un fondo de resolución de bancos, ampliación del acuerdo (Schegen) sobre libre circulación de personas, junto con propuestas para afrontar el desempleo (20 millones de parados) y el flujo migratorio. Macron, a su vez, sólo quince días después, seleccionó la noble y hermosa sede de La Sorbona en el centro del viejo París, y con su encendida retórica también pidió la creación de un Fondo Monetario Europeo, un superministro de Finanzas y un presupuesto del euro, pronunciándose a favor de la unión fiscal al tiempo que desgranaba una batería de medidas en materia migratoria, militar y medioambiental.

A continuación, sin apenas pausa, la cumbre informal celebrada en Tallin al terminar septiembre ha servido de espaldarazo a ambos pronunciamientos: no para contenidos concretos —“todavía no hay que hablar de los detalles”, advirtió Angela Merkel—, pero sí en espíritu y propósito: “Europa no puede seguir igual”, sentenció también Merkel con rotundidad.

Y bien, ese no poco enfático relanzamiento del proyecto europeo, si comenzara efectivamente a materializarse, brindaría una excelente ocasión para que España elevase el listón de sus aspiraciones. En una Unión Europea sin el Reino Unido, España tiene muchas bazas para sumarse al “núcleo duro” que normalmente acogerá a Alemania, Francia, Italia y Holanda. La fortaleza de nuestro crecimiento económico nos ha devuelto aprecio y crédito en el exterior. Una oportunidad de oro, quizá equivalente a la que, tres décadas atrás, representó la adhesión al club comunitario, cuando alcanzar lo que había sido un anhelo intergeneracional actuó como palanca de superación.

Durante largos años, Europa ha constituido uno de los vértices del “triángulo virtuoso” —la estabilidad y el entendimiento del acuerdo como “bien democrático” han sido los otros dos— que ha propiciado en la democracia española la modernización económica y social y la apertura exterior; ahora, el coliderar el “renacimiento” de la integración continental puede ser también un formidable revulsivo. Si la eclosión independentista en Cataluña lo obstaculizara, todos los españoles, incluidos los catalanes, perderíamos mucho: además de reprobable, inoportuna.

¿Hacia dónde va la UE? del “Eurexit” a “Con el viento a favor”

El 13 de septiembre pasado el Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Junckers, pronunció en Estrasburgo el Discurso del Estado de la Unión de 2017, como es tradición en estas fechas.

El estado de ánimo en la UE, según el Presidente, es muy diferente al de hace un año, cuando el resultado del referéndum del Brexit todavía no se había metabolizado por completo, ni por los líderes ni por los ciudadanos europeos, y la sensación era que se avecinaba un tsunami en forma de Eurexit  (salida de más países). Hoy ese peligro parece conjurado, la UE ha asumido que puede sobrevivir sin Reino Unido y se ha embarcado en la negociación de su salida con una contundencia  y firmeza que quizá no esperaban al otro lado del Canal. Por supuesto, a la UE le encantaría que Reino Unido volviera, pero también sabe que el país británico ha expresado sus preferencias, es el principal perdedor del Brexit, y la vida es muy larga.

El tono del discurso del Presidente fue optimista, y la frase estrella de Junckers, The wind is back in Europe’s sails. Navegamos con el viento a favor.

En su opinión, estamos en un momento adecuado para reformar la UE y convertirla en una organización más unida, fuerte y democrática.

Esta afirmación, en principio, no es excesivamente informativa, ya que el número de veces que la hemos escuchado de labios de mandatarios de la Unión es asintóticamente infinita. No obstante, y aunque no lo parezca a primera vista, en este caso se produce en un contexto algo especial: va en la línea del trabajo de Bruselas en los últimos meses y, en particular, de las cinco alternativas que dibujó Junker el 1 de marzo pasado (en un ambiente mucho más sombrío), cuando presentó el Libro Blanco sobre el futuro de Europa. Este documento  planteaba diversas estrategias para superar el impasse en el que estaba sumida de facto la UE y  orientar su marcha hasta 2025. Los cinco escenarios esbozados eran los siguientes:

  1. Reconvertir la UE a un mercado común
  1. Seguir como estamos
  2. Avanzar en la integración a varias velocidades
  3. Dar más poder a Bruselas en aquellas áreas donde aporta valor añadido y devolverlo en otras en las que las soluciones nacionales son más eficientes.
  4. Opción federalista: una UE muy integrada, con Unión Bancaria, Fiscal e incluso eurobonos.

El 25 de marzo, varias semanas más tarde, los líderes de los 27 países de la UE celebraron el 60 aniversario del Tratado de Roma y renovaron su intención de trabajar por reformar la UE y hacerla más fuerte, resistente y unida. Dicho sea de paso, también era un modo de curarse en salud frente a la petición formal de Reino Unido de abandonar la Unión, que se juzgaba inminente, y que en efecto se recibió en Bruselas el 29 de marzo.

El discurso de Juncker del pasado 13 de septiembre plantea una combinación de los escenarios mencionados más arriba –  de hecho, el mismo lo ha llamado “escenario 6”-  y se materializa en unas serie de propuestas, como crear el puesto de ministro de Economía y Finanzas para la UE, continuar la firma de acuerdos y  la ampliación de la UE y de la eurozona, unificar Presidente de la Comisión y del Consejo, aligerar la toma de decisiones de algunos organismos y establecer un mayor control sobre el mercado laboral.

Pasemos a examinar con detalle algunas de estas propuestas.

Juncker ha anunciado que, una vez que el CETA ha comenzado a funcionar, se abren una serie de negociaciones para llegar a acuerdos de libre comercio con Nueva Zelanda y Australia (no creo que esta idea guste mucho en Downing Street, por cierto), y se proyecta hacer algo similar con México y algunos países de América Latina (lo que sí será muy bien recibido al otro lado del Atlántico).

La ampliación de la UE se concreta en la inclusión en el espacio Schengen de Bulgaria y Rumanía, y en el futuro de Croacia. En este mandato no se espera el acceso de nuevos miembros a la UE, pero sí en el siguiente: en este sentido, se espera continuar la expansión hacia los Balcanes. No se contempla, en cambio, un tema más espinoso: la inclusión de Turquía.

En paralelo, se pretende que más países se integren en el euro.

A mi modo de ver, la integración de nuevos socios es positiva. Para la UE en general se amplía el tamaño del mercado, aunque sabemos bien que en cuestiones de comercio internacional, puede producirse el tan temido trade diversion, el aumento de la competencia con países que no eran rivales cuando estaban fuera de la UE pero sí pueden serlo cuando no tienen que pagar aranceles en frontera. Y esa competencia reducirá en alguna medida la cuantía de los productos que hoy exportan los 27. Por otra parte, hemos comprobado estos años cómo la inclusión en la UE beneficia poco a poco a los recién llegados en términos económicos, de estabilidad política y de consolidación de la rule of law. Praga y Varsovia hace 20 años son muy diferentes a la Praga y Varsovia de hoy. Y así pasa también  con Bucarest, Sofía… y otros miembros recientes.

En relación con el euro, no estoy tan segura de estar totalmente a favor de una ampliación. La historia de la política monetaria del BCE y de la moneda única ha sido muy turbulenta en los últimos tiempos. El BCE ha comprobado que, si ya es difícil designar una política monetaria adecuada para 12 o 14 miembros, lo es mucho más para 19. Por otra parte, no es lo mismo hacerlo en tiempos de expansión que  de turbulencias. A este respecto, somos muchos los que pensamos que los tipos del BCE han sido (y siguen siendo) demasiado bajos durante demasiado tiempo, con consecuencias deletéreas durante la crisis para muchos de los países del euro, sobre todo aquellos que padecieron en mayor medida la burbuja inmobiliaria. Por supuesto, hay que ser extremadamente riguroso con los criterios de adhesión de nuevos países, para evitar otro fiasco como el griego. Y el BCE debe afinar mucho en su forma de llevar a cabo la política económica para conseguir la cuadratura del círculo y que sus medidas sean efectivas de Helsinki a Ljubljana, de Dublín a Lisboa, lo que hasta el momento no se ha conseguido.

Sobre las reformas en las instituciones de la UE, tampoco tengo opinión de momento. Puede ser buena idea unificar el Presidente de la Comisión y el Consejo. Se conseguirá reducir la dispersión y los tiempos muertos, se obtendrá más coordinación y eficacia en el seguimiento de las prioridades, y se ahorrará en funcionarios, asesores y estructura.

Ahora bien, ¿hasta qué punto es necesario ampliar la nómina de Bruselas con un superministro de Economía y Finanzas? Si tenemos en cuenta que ya existe un Comisario con rango de Vicepresidente para el euro y el diálogo social, la estabilidad financiera, los servicios financieros y el mercado de capitales; otra Comisaria para Comercio; otro para Empleo, Crecimiento, Inversión y Competitividad; otro para Presupuestos y recursos humanos; otro para Asuntos Económicos y Financieros, fiscalidad y aduanas, y podríamos ampliar la lista… más bien lo que parece es que, más que un nuevo ministro, lo que se necesita es poner orden en la Comisión, reorganizar competencias, evitar duplicidades, y agrupar comisariados, que luego, a su vez, podrán tener hacia abajo la estructura orgánica que se crea necesario. Pero, visto así, el organigrama de la Comisión más bien parece una macedonia de Ministros, Secretarios de Estado y Directores Generales, todos ellos llamados Comisarios, que una estructura bien ponderada, ágil y efectiva. Pero claro, ningún país quiere perder su valioso sitio en la Comisión, con lo que nos encontramos ante un problema complejo. En todo caso, para mejorar una estructura no es necesario añadir a una inmensa variedad de puestos otro más, en mi modesta intención. Creo que en este punto, relacionado con la eficiencia y la reducción de burocracia y gasto en estructura, echaremos de menos a los británicos.

Como siempre, no sabemos si estas ideas se materializarán, ni con cuánta rapidez, ni con cuánta contundencia… Todo lo relacionado con la  UE no deja de ser en parte una caja negra. En todo caso, me quedo con el tono optimista y positivo de Junckers, mucho más alentador que el  gris y brumoso del año pasado.

Capacidad de resistencia

Es como si el viento hubiera cambiado de dirección en apenas unas semanas; me refiero a Europa.

Hace tan solo un trimestre, antes de las elecciones en Holanda, el catastrofismo imperaba, celebrando los eurófobos la inesperada ayuda que les iba a brindar el nuevo inquilino de la Casa Banca (“el Brexit será una maravilla; habrá otras salidas de la UE”), cuando apenas encontraban eco las voces más templadas que seguían apostando por la “utopía razonable” de cuyo acto fundacional, el Tratado de Roma, se cumplieron en marzo sesenta años. “Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de apasionada intensidad”: la visión poética que un día describió Yeats parecía del todo precisa.

Pero, en contra de lo anticipado por tanto “pesimismo complacido” (la expresión es de Claudio Magris), no siempre sucede lo peor. En los Países Bajos, el partido extremista y xenófobo de Wilders ha visto frustradas en marzo sus expectativas de victoria. En Alemania, la suma de votos de los proeuropeos (democristianos y socialdemócratas, liberales y verdes) alcanza porcentajes muy altos (cerca del 90 por 100 en Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado y con más potencial influencia en las elecciones generales, las previstas para septiembre). Y en Francia, Macron, el candidato más partidario de la integración (“europeísta radical”, le espeto Marine Le Pen en el momento álgido del debate televisado que ambos sostuvieron) ha ganado mucho más holgadamente de lo que casi nadie auguraba. Las señales que emite la cargada agenda electoral de 2017 indicarían, por tanto, un reflujo del populismo más conservador y de corte nacionalista, no concediendo posiciones mayoritarias para las opciones que han blasonado su beligerancia “antieuropeista”.

Hay más, y tanto en el ámbito institucional como en el propio de la sociedad civil. En éste, por ejemplo, iniciativas convocando a la ciudadanía en apoyo al proyecto integrador, como la que bajo el lema “Pulso de Europa” idearon un puñado de jóvenes alemanes en Frankfurt a finales del año pasado y que ya está siendo secundado en un centenar de ciudades de una docena de países europeos. Y en aquel, donde se sitúan las propuestas y realizaciones políticas, al menos dos novedades importantes. Primera, el cierre de filas de los 27 frente a Londres en la estrategia negociadora de la salida del club; una marcada sintonía (“gracias por unirnos, Brexit”, se ha escrito con agudeza) a la que no estamos ciertamente acostumbrados tras los sonados desencuentros en torno a los “rescates”, a los planes de ajuste y recortes, o la acogida y el reparto de refugiados. Segunda, la declarada voluntad de acometer empeños durante largo tiempo bloqueados (por el Reino Unido, precisamente, bastantes de ellos): culminación de la unión bancaria, avances en la coordinación presupuestaria y primer pergeño de la Europa de la Defensa y la Seguridad, y también de la Europa Social.

Ya lo predijo uno de los padres fundadores, Jean Monnet: “Europa se hará en las crisis”. Que viene a ser lo mismo que pensaba Jacques Delors al hablar, también en tono tan resignado como sabio, de “la larga paciencia” que exige el proyecto europeo.

Domingos de mayo

El azar lo ha querido: los resultados electorales de los tres próximos domingos de este mes de mayo tendrán una influencia enorme, acaso decisiva, en la suerte de la Unión Europea, por un lado, y de la actual legislatura española, por otro. El 7, el 14 y el 21.

El primero constituye una fecha crucial. La dinámica de la elección presidencial a doble vuelta y la intensidad de toda la larga campaña han hecho de Francia un observatorio privilegiado para medir la fuerza del movimiento populista que capilariza una buena parte del espacio político europeo, cuestionando abiertamente el proyecto de integración europea, cuando no abogando sin tapujos por su desarticulación. Eurofobia, que no es mero escepticismo o desconfianza en las ventajas de la unión —el descreimiento que se trató de combatir al final de los años ochenta con el informe Cecchini, “El coste de la no-Europa”—, y que tampoco se limita, como un decenio antes, a alertar de los riesgos de euroesclerosis por la pérdida de competitividad de las economías maduras del continente; ahora se trata de un rechazo frontal que alimenta actitudes coincidentes en su beligerancia con lo que representa la UE, y tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda. Los ingredientes de tal aversión son diversos: el resorte identitario frente a una caudalosa inmigración, la merma de bienestar y la pérdida de expectativas causadas por una crisis económica cuya responsabilidad se achaca a la globalización, la inseguridad que provoca el terrorismo en el propio territorio, la indignación ante tantas prácticas corruptas… Pero todos coinciden en la desembocadura: un repliegue nacionalista. Hacia Francia, por eso, dirigimos todas las miradas en este comienzo de mayo, pues la suerte de todos depende de lo que ahí resulte. Sin el Reino Unido, la Unión Europea perderá relevancia, pero sin Francia es sencillamente impensable.

A continuación, siete días más tarde, otra prueba con no poca significación: las elecciones en el Estado de Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado (dieciocho millones) de Alemania. Ahí se calibrarán las probabilidades de que Alternativa para Alemania (AfD), el extremista partido xenófobo y antieuropeista, alcance en septiembre una significativa cuota de representantes en el Bundestag. Hoy no parece que sean altas, pero la mera posibilidad de su entrada en el parlamento federal es inquietante. La integración de Alemania en Europa es el fundamento más sólido de la estabilidad del orden de postguerra y del entero desarrollo del proyecto de unión; si se revirtiera aquella, las consecuencias tendrían una enorme trascendencia.

La tercera cita, en el tercer domingo: las elecciones primarias a la secretaría general del PSOE. En este caso, lo que está en el alero es —repitámoslo— la viabilidad de la legislatura. No llega esa consulta en buen momento, pues mientras sube el PIB baja la moral, erosionada por la oleada de noticias sobre la corrupción, creando un ambiente de opinión que influirá en quienes se acerquen ese día a votar. Y el resultado puede ser determinante: con la victoria de Pedro Sánchez, es un suponer, la moción de censura anunciada —se ha escrito con acierto— dejaría de ser una fantasmada… y tal vez, incluso con los presupuestos generales encarrilados, los españoles tuviésemos que ir a las urnas en pleno verano.

Europa, horas difíciles

Podría haber sido tiempo de festivas celebraciones: 25º aniversario del Tratado de Maastricht (7 de febrero) y 60º del fundacional Tratado de Roma (25 de marzo), pero las circunstancias aconsejan conmemoraciones de baja intensidad. Las tensiones se acumulan para una Unión Europea que lleva años haciendo frente a problemas sobrevenidos: la factura social de la severa crisis económica y de los programas drásticos de austeridad, el frustrado desenlace de la “Primavera árabe”, que ha revertido en turbulencias de todo tipo en el flanco sur del continente (desde guerras civiles a Estados fallidos, desde el terrorismo a la “crisis de los refugiados”), y probada debilidad en la frontera oriental, con episodios de presión militar (países bálticos) o abiertamente bélicos (Ucrania). Súmese a todo ello el “Brexit” —tampoco estaba agendado— y el cable que desea echar el presidente Trump jaleando a los partidarios de renunciar al proyecto comunitario, al que conoce como “el Consorcio” por si hubiera alguna duda. Cumplimos años rodeados de enemigos, ha dicho una voz señera de la propia UE. Sensación generalizada de vulnerabilidad, que alimenta, por una parte, el repliegue nacionalista y de xenofobia y, por otra, caída del apoyo ciudadano a la integración política, tal vez paralela a la pérdida de fe en ella por parte de las élites.

Resultado: horas difíciles. El populismo que predica el desmantelamiento del edificio compartido, con o sin moneda común, está presto para dos pujas electorales de máxima trascendencia: en Holanda el 15 de este mes de marzo; en Francia, a dos vueltas, entre el final de abril y el comienzo de mayo. En ambas citas las probabilidades de victoria del Partido para la Libertad, en un caso, y el Frente Nacional, en otro, no dejan de crecer semana a semana. La coincidencia con el radicalismo autoritario y nacionalista del Gobierno ultraconservador polaco y con la ofensiva similar en Hungría del primer ministro Orbán, no es casual, como no lo es la impotencia hasta ahora demostrada por la Comisión Europea para frenar ambas derivas. Tampoco nadie clama por impedir la erección de vallas y muros con objeto de taponar la ruta de los Balcanes, ese tortuoso pasillo que canaliza la mayor parte de los flujos inmigratorios: tierras de Hungría, Eslovenia, Macedonia y Austria; de militarizar las fronteras respectivas se habló en la Conferencia que reunió hace poco en Viena, sin apenas luz y taquígrafos, a 15 países europeos. Por su parte, Grecia sigue en la cuerda floja, mientras entra en escena ruidosamente —como acostumbra— una Italia con el mapa político cada vez más fragmentado y con un sistema bancario con una formidable carga desestabilizadora para toda la eurozona. De “crisis existencial” ha hablado Juncker.

Tanto es así que España, en ese marco, se erige hoy, hasta cierto punto, como contrafuerte. La “modesta” estabilidad gubernamental —se ha escrito— vale su peso en oro en los mercados de Bruselas y Berlín. La economía mantiene un tono vigoroso, comparativamente alto. Y la sociedad —lo mejor de todo entre nosotros— sigue esquivando tentaciones extremistas, sin organizaciones con peso de signo xenófobo o antieuropeo, y expresando de muy diversas formas apertura y capacidad receptiva, solidaridad y actitud acogedora. Contra tantos derrotistas, hoy la “anomalía” española en Europa ¡es por virtud y no por defecto!

Citas trascendentes

Pocas veces el calendario europeo ha venido tan cargado de citas con marcada trascendencia para todos. En apenas diez meses, las consultas electorales previstas, junto a otros hechos de envergadura, condicionarán los derroteros de la UE en su conjunto.

Para comenzar, esta misma semana dos elecciones cuyos respectivos desenlaces no deberían dejar indiferente a nadie. En Austria, la definitiva elección del presidente (definitiva porque está precedida de dos intentos fallidos: uno por impugnación de los resultados declarados, otro por defectuosa preparación material (¡el pegamento de los sobres!, imaginemos lo que se hubiera oído por aquí en caso de producirse algo similar…), con muchas posibilidades de que en esta ocasión salga elegido el candidato de ultraderecha, Norbert Hofer. En Italia, el referéndum para votar la propuesta de reforma de la Constitución que el gobierno consiguió aprobar pero no con el apoyo de los dos tercios del Parlamento, lo que ha obligado a la consulta popular, concebida como plebiscito personal por parte de Matteo Renzi, que tendrá que atenerse a las consecuencias.

El segundo acto, en primavera, arrancando con un mes de marzo que puede acoger hasta tres acontecimientos mayores: uno, el final de la política expansiva del Banco Central Europeo y sus compras masivas de deuda pública; dos, la invocación por la primera ministra británica —si la resolución judicial pendiente no lo impide— del artículo 50 del Tratado de la Unión, con el inicio oficial de las negociaciones para la salida del Reino Unido; tres, las elecciones parlamentarias el día 15 en los Países Bajos, donde Geert Wilders, al frente del extremista y antiislámico Partido por la Libertad, tiene opciones reales de conseguir suficiente porción de votos para encabezar un gobierno de coalición. Y pocas semanas después, mes y medio después, entre el final de abril y el 7 de mayo, las dos vueltas de las elecciones presidenciales en Francia, con un acrecido Frente Nacional de Marine Le Pen que enfatiza su discurso rupturista de choque —contra la Unión, contra el euro, contra las directrices de la Comisión y el Parlamento—, en línea con el del ultraderechista líder holandés. (Tómese nota: Francia y Holanda, los dos países firmantes del fundacional Tratado de Roma que rechazaron también en referéndum el Tratado Constitucional.).

El tercer acto —prescindiendo ahora de los comicios que tendrán lugar asimismo durante 2017 en Hungría, Croacia, Lituania, Rumanía y República Checa— se desarrollará en tierras germánicas cuando llegue el otoño, con la amenaza de que el partido netamente populista Alternativa para Alemania —creado en 2013 para oponerse a los rescates financieros a países como Grecia y Portugal y que ha desplegado luego un ideario centrado en la identidad nacional, encontrando en el rechazo a los programas de acogida de refugiados la más potente catapulta— consiga una significativa representación a escala nacional, una vez que ya está presente en nueve parlamentos regionales.

No nos esperan meses aburridos, ciertamente, con Trump, además, asumiendo desde los primeros compases de enero la presidencia de los Estados Unidos.

Convendrá, por ello, aprovechar al máximo las oportunidades que la nueva legislatura brinda a la política en España. El reparto de fuerzas en el Congreso de los Diputados, en vez de un obstáculo, puede ser el necesario revulsivo para alcanzar acuerdos sobre grandes problemas que deben afrontarse sin pérdida de tiempo y que se han demostrado irresolubles sin pactos de amplio espectro: la reforma del sistema educativo es un buen ejemplo. Sobre el encaje constitucional de Cataluña, el sistema de pensiones, la financiación autonómica, la reforma de la justicia o el saneamiento de la vida pública no se aportarán soluciones pragmáticas y duraderas sin negociación entre las principales fuerzas políticas con representación parlamentaria. Es la hora propicia para demostrar capacidad en la búsqueda de puntos de coincidencia al servicio de intereses generales. Y hay que apretar el paso. Siempre el primer año marca el recorrido de toda la legislatura. Combatamos a los agoreros que nos anuncian una legislatura corta y perdida: la suerte no está echada y hay condiciones para conseguir avances importantes en algunos de los campos citados. En democracia, la responsabilidad es de todos.

Las paradojas del Brexit, por Juan A. Vázquez García

No es momento para dramatizar, pero no se puede desconocer la gravedad que supone el Brexit. Como si se tratase de una alineación desfavorable de los astros en este solsticio de verano, los rescoldos de la hoguera de San Juan nos han dejado una decisión de alcance tan grave como desconocido e imprevisible.

En el desenlace ha tenido mucho que ver la conjunción de frivolidad y descaro, de mentira y amoralidad, con que han actuado muchos políticos, de la vieja y la nueva hornada, que han convertido a la sociedad en rehén de sus particulares juegos de tronos. También la deriva de una UE en retroceso, desconcertada, paralizada y burocratizada.

Pero lo que me llama más poderosamente la atención son las paradojas a las que puede conducir este episodio del Brexit. La primera de ellas es de orden político: ya se ve que suplantar la democracia representativa por la democracia directa del “derecho a decidir” conduce a referendos de devastadores efectos, capaces de producir bandazos de consecuencias imprevisibles, de dividir todo por mitades, de fracturar sociedades, de convertir en determinantes del futuro a los que ya solo tienen pasado y de marcar por leves fronteras porcentuales decisiones irreversibles por generaciones.

La segunda paradoja muestra el potencial destructivo de los populismos de uno y otro extremo, el engaño de simplificar lo complejo, de enmascarar las realidades con ensoñaciones, de promover revoluciones de sonrisas que se van quedando heladas a lo largo de un trayecto sin ruta fijada y con rumbo que se admite desconocer sin reparo. En ese viaje hacia lo desconocido hay tanto de irresponsabilidad en quiénes lo promueven como de simpleza en quiénes lo secundan con un reflejo de perdedores de la globalización que emprenden una huida hacia delante que no es más que una vuelta atrás, que buscan refugio en mundos reconocibles y, para ellos más seguros, que han dejado de existir y, por más que lo pretendan, ya no van a volver.

La tercera paradoja es económica y se cifra en los costes innecesarios que pagaremos todos (los entusiastas del Brexit en primer lugar) y en las falsas promesas de estar mejor que solo conducen a estar peor. Son muchos los potenciales efectos negativos a medio plazo en el ámbito comercial, de las incertidumbres financieras, de los riesgos económicos o de las expectativas empresariales. Pero basta comprobar, ya en tan solo los primeros días, la pérdida de capitalización de las empresas, la depreciación de la libra, la volatilidad de los mercados, el descalabro de las bolsas, las subidas de las primas de riesgo, el activismo de los Bancos Centrales inyectando liquidez y, en fin, la pérdida de riqueza de todos (no solo de los ricos sino de las clases medias). Es posible que al final el temporal amaine, que el tiempo pase y se encuentre para el Reino Unido algún tipo de encaje o asociación con la UE que limite los daños del Brexit. Pero existe también el serio riesgo de que, apenas salidos de una crisis que ha estado en el origen de todo, nos adentremos en una nueva crisis como desenlace de este desdichado proceso.

Y la cuarta paradoja, es la de una pretendida afirmación de la soberanía nacional que puede derivar precisamente en la fragmentación de esa soberanía, que puede conducir a un Reino (des)Unido, al singular caso de una Escocia votando independencia para mantenerse en la UE (y de paso dando alas a Cataluña) y al enorme riesgo de un contagio que podría truncar definitivamente ese sueño que fue Europa, que con todas las imperfecciones que se quiera nos ha permitido vivir décadas de paz y de prosperidad. ¿Se imaginan lo que ocurriría con un nuevo referéndum para la salida de Francia (el Frexit) como el que ya propugna Marine Le Pen?

Siento no haber llegado a tiempo de quemar los malos augurios en la hoguera de San Juan. No me consuelan los argumentos del tipo de ¡que se vayan los que nunca han llegado a estar del todo! y, aunque quisiera creerlo, no me llegan a convencer los mensajes bienintencionados de que esto servirá para reforzar la cohesión o refundar lo que vaya quedando de la UE. Yo no estaré tranquilo mientras sigan celebrando el Brexit personajes como Farage, Le Pen, Trump o Putin, pero aun así no quiero caer en la desesperanza.

Juan A. Vázquez

                                                                        Universidad de Oviedo

Dos puntos de inflexión

Es lo que suponen —o podrían suponer— los resultados del 23 y del 26J. Siempre es aconsejable distanciarse de lo que acontece antes de proceder a valoraciones, pero la doble sorpresa que han deparado las consultas de la semana pasada incita a pronunciarse.

El triunfo de los partidarios del “Brexit” corta, desde luego, un proceso que después de seis décadas parecía irreversible: la construcción de la unión europea, ampliando sucesivamente el número de países y de competencias. En ese sentido, más que una curva en el camino es una vuelta atrás. Un club cuyo problema hasta ahora, con relación al número de socios, era acordar las condiciones y el calendario de quienes solicitaban ingresar en él, se enfrenta abruptamente a que uno de ellos –y no el menos importante, por cierto- opta por desvincularse, impulsando con ello de paso eventuales apetencias análogas entre quienes quedan dentro.

Todo un “shock”. No puede restársele importancia. Sí, en cambio, puede aprovecharse para hacer de él un auténtico punto de inflexión en la trayectoria seguida por la UE en los últimos años, tan titubeante. Primero fue el largo “impasse” institucional a consecuencia de la frustración del Tratado Constitucional tras el rechazo —en sendos referendos, por cierto— de Francia y Holanda. Acto seguido, el impacto económico y social de la Gran Recesión, cuando comenzaba a digerirse la adhesión de doce nuevos países y a rodar una moneda sin apoyaturas. Entre medias, el fiasco de la “Primavera árabe”, con recurrentes estallidos del “gran magma islámico” —según la metáfora orteguiana—, que convierte al flanco sur de Europa en una frontera vulnerable, con letales impactos también tierra adentro. Casi simultáneamente, tensiones conflictivas en la frontera oriental, tras la anexión de Crimea por Rusia. Todos, como el propio triunfo del Brexit, acontecimientos no previstos —aunque quizá no imprevisibles—, que han zarandeado un proceso que tiempo atrás, consumada la unificación de Alemania, parecía tener el camino expedito. Con el resultado conjunto de avances entrecortados y siempre un poco agónicos, perdiendo en el camino crecientes proporciones de opinión ciudadana, que hoy bascula del euroescepticismo a la eurofobia. Por eso el 23J debe ser un punto de inflexión. O fortalecerse o morir. Más que nunca, el aliento político —paz y metas comunes de libertad y progreso— que está en la base de lo que hoy es la Unión Europea, tiene que adquirir fuerza suficiente para desbrozar una senda que, en términos retrospectivos, tan buenos réditos ha dado ya a tres generaciones de europeos y que, si se mira hacia delante, es la única que puede salvar de la irrelevancia a la UE —y no solo a cada uno de los países que la integran— en un mundo global cuyo centro de gravedad se aleja cada vez más de nuestro continente.

Como constituiría otro pronunciado viraje el que los resultados del 26J se proyectaran sobre el mapa electoral europeo. La pérdida de votos de las candidaturas abiertamente populistas refuta el supuesto crecimiento imparable de las fuerzas de ese signo, que en tantos casos —aquí y en toda Europa— mezclan reivindicaciones domésticas con rechazo de la mundialización y la democracia. Lo ocurrido en España como pauta a seguir: otro deseable punto de inflexión.

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