Brexit: Antecedentes, consecuencias y paradojas (i)

“Es un día absolutamente hermoso. El lago es muy azul, las colinas parecen una postal, y las únicas manchas en el paisaje son las preferencias británicas sobre las que paso la mayor parte de la noche soñando…un gran número del gabinete británico no derramarían lágrimas si la negociación se rompiera por completo”

Seguramente al leer estas palabras, pensemos que las ha expresado algún burócrata de Bruselas durante las negociaciones del Brexit. En cambio se atribuyen al negociador estadounidense en las negociaciones del GATT el el 30 septiembre de 1947.

A principios de año publiqué este artículo sobre los antecedentes del  Brexit y las posibles consecuencias para España. En una serie de entradas voy a resumir los argumentos que se exponían y actualizarlos al paso de de actualidad. Empecemos por los antecedentes.

Podríamos acotar el primer antecedentes del Brexit en uno de los hitos en que conformarían la economía de finales del siglo XX y principios del XX: La firma del GATT (hoy OMC)  como recordábamos en este post. El GATT impuso la política de la “nación más favorecida” (NMF). A partir de entonces cualquier privilegio concedido a un país tendría que ser concedido inmediata e incondicionalmente a todas las partes contratantes del GATT. El principio de la NMF  ha resultado fundamental en el impulso del comercio internacional.

En su último libro, Straight talk on trade, el economista Dani Rodrik, defiende que concepto de la NMF es uno de los pocas políticas económicas que han cambiado (para mejor) la estructura económica de los países (junto con el impuesto a la renta, las pensiones, el seguro de depósitos bancarios, los requisitos laborales para los beneficiarios de la asistencia social, las transferencias condicionales, la independencia del banco central y comercio de cuotas de contaminación).

Sin embargo, las crónicas del proceso negociador del GATT (ver este post) revelan como el concepto de NMF, que acabó favoreciendo a todos lo miembros e impulsando en comercio más “justo”, creó una brecha entre los dos principales negociadores británicos y estadounidenses. Precisamente por la posición del Reino Unido en contra del principio de la “nación más favorecida” (NMF), que defendían los estadounidenses, que acabarían imponiéndose.

Si las negociaciones sobre la salida del Reino Unido nos parecen arduas, las del GATT no fueron menos. Según la nota de prensa de las Naciones Unidas 1947 las negociaciones para llegar al acuerdo fue intensa y rápida (sobre todo si la comparamos con los plazos actuales para la firma de acuerdos de integración o desintegación como el Brexit): “La conclusión de tantas negociaciones simultáneas y de tan amplio alcance en poco más de seis meses es en sí toda una proeza”.

Los negociadores de Estados Unidos, y del Reino Unido, mantenían un profundo desacuerdo sobre el nivel de ambición que debían alcanzar las negociaciones del GATT. De hecho, según las crónicas sobre como se fraguó el acuerdo (disponibles aquí) señalan que los americanos amenazaron con abandonar las negociaciones.

¿Qué pasó, entonces? ¿Cómo lograron superar esas profundas diferencias? Tres hechos: primero unas pequeñas concesiones a los británicos que se superaron años más tarde. Segundo, el Plan Marshall por el que los EEUU se comprometían a ayudar en la reconstrucción de Europa. Y por último: el temor a que URSS se beneficiara de la división entre socios.

Los argumentos del RU en su oposición al NFM hace 70 años resuenan hoy en las posturas del los defensores del Brexit: la pérdida discrecional para imponer un arancel como protección a la industria doméstica. Pero en cambio, las soluciones también: concesiones, programas de gasto y pragmatismo.

Si el primer antecedente del Brexit es su tradicional oposición a la integración económica, el segundo lo podríamos cercar en su desconfianza particular en torno a la Unión Europea, con un un punto de inflexión el 16 septiembre de 1992. En ese  “miércoles negro” el Reino Unido abandonó el recientemente creado Sistema Monetario Europeo. Tras la reunificación alemana, Bundesbank aumentando los tipos de interés cerca del 10%, muy por encima de los tipos de interés oficiales del Banco de Inglaterra por lo que la libra acabó depreciándose un 10% con respecto al marco. La factura estimada se cifra entre 4.000 y 6.000 millones de euros para las cuentas de los bancos centrales, frustrando cualquier intento de una mayor integración financiera del Reino Unido con Europa.

Estos episodios históricos contribuyen a entender las causas económicas del escepticismo británico respecto a la Unión Europea. Pero como no todo es historia económica, desde la ciencia política se apuntan otros factores decisivos: un análisis coste-beneficio, el nacionalismo y la información suministrada a los electores (ver este enlace).   Por ejemplo, hay encuestas (por ejemplo esta) que señalan una mayor proporción de apoyo al Brexit entre los votantes que han experimentado una competencia directa de empresas o productos chinos.  Es decir, el que el Brexit se enmarcaría la ola de reacciones paradójicas a la globalización, de la que hablaremos en la siguiente entrada.

Un curso especial

Ni para España ni para el conjunto de Europa el curso se presenta fácil. Lo decíamos aquí mismo cuando comenzaba, hace un mes. Lo acontecido desde entonces confirma el pronóstico.

En la UE, dos focos de perturbaciones han cobrado fuerza en las últimas semanas mientras sigue el forcejeo en las negociaciones por el Brexit. El situado en el Este y el que, al Sur, radica en Italia. Allí, Polonia y Hungría encaran desafiantes procedimientos disciplinarios por parte de la Comisión y del Parlamento europeo ante el riesgo de violación grave de valores fundamentales del proyecto común; instancia sancionadora que supone una radical y grave novedad en la historia que arranca del Tratado de Roma hace ya más de sesenta años. Son dos países muy significados de esa orla oriental del mapa, con gran capacidad de arrastre y proyección sobre terceros, como ocurre en Rumanía, a tenor de la preocupación expresada desde Bruselas muy recientemente (cambios legislativos que también en este caso socavan la separación de poderes y el castigo de la corrupción). Es como una mancha de aceite que se extiende por ese lado del corazón de Europa.

Por su parte, “el órdago presupuestario” del gobierno populista italiano, encarándose con las autoridades de la eurozona, abre otra brecha en un edificio todavía frágil. El gobierno de la Liga y el Movimiento 5 Estrellas no da puntada sin hilo: las promesas demagógicas que reflejan sus números responden a un meditado cálculo electoral, con la esperanza de conseguir excelentes réditos en las elecciones europeas del próximo mes de mayo, alzándose de paso con el liderazgo de todo el variopinto frente populista que conforman fuerzas y partidos repartidos por todo el continente. Un envite de primera magnitud para una zona euro todavía vulnerable y necesitada de completar su arquitectura institucional; Juncker lo ha expresado sin rodeos: conceder “un trato especial” a Italia —como se demanda desde Roma— supondría “el fin del euro”.

También en nuestro solar el otoño arranca denso. Con Cataluña sin perder nunca plano, a la precariedad del apoyo parlamentario que el gobierno comprueba repetidamente, se suma ahora una convocatoria electoral —la del 2 de diciembre en Andalucía— que contribuirá a tensar más un clima político enrarecido por pugilatos cortoplacistas y ganancias fáciles de opinión, al margen de objetivos de alcance y de políticas que atiendan al interés general. No ayudará a clarificar el panorama y a reducir incertidumbres. Como no lo hace, por supuesto, esa “exuberancia declarativa” (Serrano Sanz) de ministros y altos cargos que se ha convertido en todo un estilo gubernamental: anuncios y globos sonda, muchas veces contradictorios, que transmiten desconfianza en vez de credibilidad, desánimo en vez de impulso, mientras los problemas de fondo se aplazan sin fecha, ya sean los referentes al sistema de pensiones o al mercado de trabajo, ya sean los que conciernen a la Administración pública o a la formación y el capital humano. Como si todo se fiara a la inercia de un crecimiento económico, a pesar de las inequívocas señales que indican su desaceleración, cuando la política económica —y particularmente la fiscal— se ha quedado con muy escaso margen para intervenir dado el elevado nivel de endeudamiento público (98%).

Comienzo intenso, en definitiva, para un curso que va a ser toda una reválida.

Europa: prioridades

Las cumbres europeas dejan casi siempre mal regusto. Las propuestas que en cada ocasión se anticipan casi nunca se traducen finalmente en acuerdos, y los resultados quedan lejos de las expectativas. La que ha cerrado el mes de junio no es una excepción. Tras ambiciosos propósitos por parte de la Comisión, y algún líder, el balance parece magro, predominando las valoraciones que tildan de raquítico el pacto sobre inmigración y enjuician negativamente el aplazamiento hasta diciembre de los avances en todo lo relativo a la unión bancaria y presupuestaria.

 Cabe, sin embargo, introducir algunos matices que atemperan esa interpretación. Los aportan, de un lado, dos novedades en la antesala misma de la cumbre bruselense. Una, la Declaraciónde Meseberg, el 19 de junio, donde la canciller Merkel y el presidente Macron han reafirmado su voluntad de completar la Unión Económica y Monetaria (presupuesto propio para la eurozona, incluido), todo “un plan de profundización, con alcance político” que supone de paso recuperar el eje París-Berlín. La otra novedad, previa también al cónclave de presidentes, ha sido la carta de intenciones firmada el 25 de junio por 9 países, una “iniciativa de intervención europea” para actuar conjuntamente en misiones de interés general, también de tipo civil, buena prueba de la prioridad que la UE está obligada a dar en el terreno de la defensa, y no solo por razón del repliegue de la desafección, cada día más evidente, del “amigo americano”. A finales del año pasado se constituyó el “Marco de cooperación permanente” (PESCO, por sus siglas en inglés), con la participación de 25 países; ahora un grupo significativo -un “núcleo duro” en el que está España e incluye al Reino Unido- da un paso resuelto adelante para atender especialmente misiones militares en el exterior.

 La Cumbre ha estado precedida, pues, de esas dos no menores aportaciones al proyecto común, algo que no debe pasarse por algo. Como tampoco el mérito de haberse alcanzado en ella algún acuerdo, aunque fuera de mínimos, dada la división interna entre los reunidos: entre populistas xenófobos y el resto; entre inmovilistas de la unión monetaria y reformadores… Y lo convenido tiene, desde luego, algún relieve. Lo tiene, por lo pronto, comenzar a poner el foco en la migración, pues va a ser uno de los principales retos que la UE tiene por delante, y con carácter de permanencia. La frustrada “primavera árabe”, con sus secuelas de desestructuración política, guerras civiles y enfrentamientos tribales, junto con el atraso económico y la explosión demográfica de África –un continente que aumentará su población un 150 por cien en las próximas tres décadas, mientras Europa reducirá la suya originaria en un 15 por cien-, obligan a toda Europa a mirar de otra forma al Mediterráneo y hacia allí. Desde aquel lado de ese mar compartido, todo el territorio de la UE parece “un inmenso campo de golf”, dijo hace ya muchos años un destacado líder argelino, y hoy sigue siendo así para millones y millones de hombres y mujeres que temen por sus vidas y están dispuestos a arriesgarla por encontrar mejores oportunidades. Para el espacio común de libertad, seguridad y bienestar que es la UE es crucial, consecuentemente, tanto una política de migración compartida como una estrategia de cooperación que aliente políticas regionales y locales de desarrollo en empleo y formación en los países africanos. Lo primero presupone el control común de fronteras y un sistema también común de asilo y acogida. Lo segundo es vital para estabilizar los flujos inmigratorios y la demanda inagotable de peticionarios de refugio y trabajo. Lo convenido en Bruselas solo tiene alcance en el corto plazo –“centros de control” “plataformas en países de origen”-, pero si se considera un comienzo, algo es, y no poco.

 En suma, la botella quizá no esté medio vacía: se concede un poco más de tiempo a la reforma de la zona euro y se marcan prioridades tan obligadas como oportunas. Ya dijo Jacque Delors, con buen conocimiento de causa, que la integración europea es voluntad y pragmatismo, pero sobre todo “una larga paciencia”.

 

Tiempos interesantes

Estaba descontado que junio, hasta cerrarse con la cumbre prevista para los días 28 y 29, iba a ser un mes intenso en el escenario europeo. En la medida que quiera aprovecharse ese cónclave para completar la Unión Bancaria y para avanzar en un presupuesto para la eurozona y en la mutualización de la deuda, las tensiones entre los partidarios de pasos resueltos (Bruselas y París) y los que exigen rigurosas pruebas de responsabilidad antes de ofrecer mayor solidaridad (“los nórdicos”, liderados por Holanda) habrán de aumentar y explicitarse, añadiendo presión a un ambiente ya notoriamente caldeado por dentro (el deshinibido autoritarismo que se impone en las “democracias iliberales” del Este, con Hungría y Polonia abriendo la marcha) y por fuera (las amenazas provenientes de la política comercial de Trump y de su denuncia del acuerdo nuclear con Irán). Un mes sin margen para el aburrimiento, era previsible. No se esperaba, en cambio, el refuerzo que aportarían Italia y España.

El de allí es superlativo, una auténtica crisis institucional: gobiernos abortados y cuestionamiento de la máxima magistratura del Estado y del propio marco constitucional. Cualquiera que sea el desenlace, lo ya hecho e intentado asegura turbulencias. Por ejemplo, el contenido del “Contratto per il governo del cambiamento” suscrito por las dos formaciones mayoritarias (populistas de izquierda y ultraderecha nacionalista y xenófoba), antagónicas aunque ambas de inspiración eurofóbica, fijando las líneas del Ejecutivo que hubiera encabezado Conte (la broma era advertir que no se trataba del entrenador del Chelsea F.C.). Si bien se dejaban aparcados inicialmente algunos de los designos más radicales (referéndum para salir del euro y rechazo de los criterios de Maastricht), se mantenía una larga serie de propuestas tan inconsistentes como contradictorias: ¿cómo lograr simultáneamente expansión del gasto público y reducciones de ingresos fiscales cuando los dos rasgos sobresalientes de la economía son el exceso de deuda y un crecimiento raquítico cuando no inexistente? Italia, conviene recordarlo, no es Grecia (cuyo PIB es equivalente al de la Comunidad de Madrid); la italiana es la tercera economía de la eurozona.

A la vez, aquí, entre nosotros, la caldera ha alcanzado el punto de ebullición cuando menos se esperaba. En lugar de luz verde para una legislatura que parecía tener asegurada su segunda mitad tras el paso de los Presupuestos por el Congreso de los Diputados, semáforo en rojo. Mal momento escogió el Ministro de Economía, Román Escolano, el pasado 24 de mayo, para ponderar la condición de España como “ancla de estabilidad política” en Europa: un día después la incertidumbre se enseñoreó de nuevo del escenario nacional. Un brusco “cambio de rasante” que no va a hacer fácil la conducción, justo cuando dar continuidad a la recuperación exigiría abordar reformas de gran calado —en educación, en pensiones, en el mercado de trabajo, en economía digital, en transición energética, en articulación del mercado interior…— que demandan tanta pericia como aplomo al volante.

Lo dicho: vienen semanas movidas. Es imposible no recordar la vieja maldición china: “Que vivas en tiempos interesantes”.

Presupuesto europeo

En la semana que alberga el “Día de Europa” (9 de mayo), no estará de más recordar algunos de los principales retos que hoy tiene ante sí la Unión. Las nuevas prioridades recogidas en el proyecto presupuestario para el período 2021-2027 que acaba de presentar la Comisión (2 de mayo) son elocuentes a este respecto: defensa, seguridad, fronteras, inmigración.

El primero de esos objetivos tiene una doble razón de ser. Por una parte, las amenazas que provienen de la renacida ambición hegemónica de la Rusia de Putin (¡el cuarto mandato recién estrenado de una presidencia “imperial”!), con multiplicadas pruebas de su agresividad, tanto en la realidad física (desde las repúblicas bálticas a Crimea y los Balcanes) como en la virtual (interferencias cibernéticas en unos u otros comicios electorales). Un riesgo estratégico, ciertamente, con el que no se contaba. Y al que habrá que hacer frente, y esta es la segunda razón justificativa, aportando recursos mucho más cuantiosos que los hasta ahora manejados, dado que “el amigo americano” no está por la labor de seguir asumiendo la inmensa mayoría de los gastos que la defensa de Europa requiere. El nuevo Secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo, lo ha dicho sin tapujos: los aliados europeos en la OTAN tienen que pagar la parte correspondiente del importe total de la factura. Desde su creación, pronto hará setenta años (fue en abril de 1949), la Alianza Atlántica se ha sostenido básicamente en el esfuerzo económico de Estados Unidos, descargando de ese peso a los europeos; un alivio del que se han beneficiado los generosos (absoluta y comparativamente) Estados del bienestar que ya forman parte de la identidad de la mayor parte de la Europa unida.

Nada lo revela mejor que este contraste: el 50 por ciento del gasto mundial de defensa lo asume Estados Unidos, mientras Europa absorbe el 50 por ciento del gasto social total. Se trata de si no revertir al menos corregir el desequilibrio: cuando Estados Unidos, China o Rusia dedican entre un 5 y un 10 por ciento del PIB a la defensa, Europa no puede mantener presupuestos minúsculos por debajo —o muy por debajo, en bastantes casos— del 2 por ciento. Una prioridad insoslayable.

Como lo es, intramuros, la seguridad, ese otro nombre de la paz. La “sacudida del gran magma islámico” que Ortega vaticinara en 1937 (en el “Prólogo para franceses” de “La rebelión de las masas”) ha dejado en suelo europeo, a rebufo de la frustrada “primavera árabe”, la marca temible del terrorismo yihadista, cuya neutralización exigirá, no solo reforzar la cooperación de los servicios de inteligencia, sino también significativas atenciones presupuestarias.

Algo muy parecido, en fin, cabe señalar respecto de la gestión de fronteras y de la inmigración. Europa es, cuando se la mira desde el otro lado del Mediterráneo, la tierra prometida —con muchas oportunidades de trabajo y población decreciente— para millones y millones de personas que, como refugiados o inmigrantes, buscan alternativas de vida y empleo. Europa, dicho de otro modo, no puede ignorar la pobreza y los conflictos de África, y menos aún la explosión demográfica en curso (un aumento del 150 por ciento en tres décadas, hasta cerca de los 2.500 millones de personas) y ello ha de reflejarse en las cifras presupuestarias.

Una larga paciencia

Fue Jacques Delors quien definió así el proyecto de una Europa unida. Bien lo sabía él que tuvo que encargar el Informe Cecchini, “El coste de la no Europa”, para convencer a los descreídos de las ventajas de seguir apostando por la unión, y eso que su doble mandato al frente de la Comisión, entre los años 80 y 90, ahora se considera una de las etapas de mayor aliento.

Hoy tenemos más razones que hace una semana o que hace un año para no ser pesimistas. El 4 de marzo ha aportado una fundamental: luz verde a la Gran Coalición, a un gobierno de coalición cuyo programa, previamente pactado, tiene como eje central el reforzamiento de la Unión Europea. Las primeras reacciones por parte de Bruselas han sido rotundas en este sentido y, desde luego, la del presidente Macron: el ambicioso plan de “refundación” dibujado por este tendrá más posibilidades de comenzar a hacerse realidad. No hay alternativa al eje franco-alemán.

Puede objetarse que el otro “recuento” del pasado día 4, el correspondiente a la jornada electoral italiana, apunta en la dirección opuesta, dada la victoria relativa de los partidos de corte populista y antieuropeo a uno y otro extremo del abanico político (“populismo contra populismo”). Si el resultado en Alemania cabe traducirlo con los términos de estabilidad y reimpulso proeuropeista, el de Italia respondería a lo contrario. Pero el peso de uno y otro país es muy diferente, y además está por ver cómo discurren las cosas en una tierra donde nada tiende nunca a ser definitivo… y menos en política (casi la mitad de los diputados han cambiado de grupo parlamentario en la legislatura recién clausurada). Ahí la pauta habitual es gobierno difícil de formar y de corta duración (64 gobiernos se han sucedido en 70 años desde la proclamación de la República a finales de 1947). Roma sabe hacer filigranas en situaciones políticas enrevesadas, aunque desde la perspectiva económica la cuestión sea más preocupante: desde 2001 a 2016, el crecimiento del PIB de Italia es igual a cero, con descenso (un 5 por 100) de la renta por habitante (“piano piano non si va lontano”, advierte con agudeza el Informe Mensual más reciente de CaixaBank).

Con un poco más de perspectiva temporal, el contraste es todavía más acusado. A comienzos de 2017, las zonas de sombra predominaban: las formaciones declaradamente eurófobas se reunían en Coblenza anticipando probables victorias en Holanda y Francia; desde Londres se apostaba jactanciosamente por un Brexit duro; la suerte de Grecia seguía pendiendo de un hilo, y la economía del conjunto de la eurozona no permitía alegrías. En cambio, un año después los puntos de luz se multiplican: las convocatorias electorales no han tenido los resultados esperados por los ultras; las negociaciones para la salida del Reino Unido están limando aristas; los más retrasados de la clase en la eurozona, Grecia y Portugal, levantan cabeza, y se registran tasas apreciables de crecimiento económico en casi todos los países de la UE, una sincronización muy poco habitual. Si algo está demostrando Europa es, ciertamente, capacidad de resistencia.

Hay que desear que lo sea también de superación y que se aprovechen las circunstancias propicias. “Es bajo el sol, no bajo la lluvia, cuando hay que reparar el tejado de la casa” ha dicho la jefa del FMI, Christine Lagarde, y no estaba pensando en la Antártida.

La tormenta perfecta

La tormenta perfecta

Los días 9 y 10 de noviembre de 2017 se celebraron las XXXII Jornadas sobre Economía Española. En ellas se hizo balance de los retos actuales de la Unión Europea en varios aspectos: su crecimiento económico a largo plazo, la innovación tecnológica, la llegada de la cuarta revolución industrial, las políticas monetaria, fiscal y comercial, el sector financiero… Tuve el honor de participar en una de las mesas redondas. Aprendí muchísimo de las brillantes intervenciones de mis compañeros de mesa, Asunción Prats y Daniel Fuentes, y también preparando mi propia intervención, un inventario de los costes sociales de la crisis de deuda de la zona euro y su desigual distribución entre los países acreedores y los deudores. De ese inventario se hizo eco muy generosamente nuestro compañero Álvaro Anchuelo en una entrada previa en (bAg) (¡gracias, Álvaro!). Esta otra me ayuda a seguir compartiendo lo aprendido.

Sabemos que las crisis económicas no son neutrales en términos de distribución de la renta y que la Gran Recesión ha tenido un impacto especialmente regresivo: desempleo y moderación salarial, desigualdad de la renta y pobreza, donde destaca la infantil por sus consecuencias a largo plazo. Sus efectos han sido especialmente graves en los países endeudados pues no pudieron usar el timón del gasto social y los estabilizadores automáticos para corregir el rumbo de los acontecimientos. Se vieron en el centro de “la tormenta perfecta” de la desigualdad, zarandeados por el vendaval de la recesión bajo los rayos de los recortes. Y han salido “tocados” de ella. Les costará recuperar sus niveles de renta, bienestar y confianza.

En esta entrada quisiera incidir con más detalle que en mi presentación durante las jornadas en el papel de las políticas fiscales de la Austeridad en la desigualdad de la renta de los hogares en países del Sur de la Unión Europea, los llamados PIGS. Seriamente afectados por la Gran Recesión y rescatados, directa o indirectamente, en los tiempos más convulsos de la Crisis del Euro, recibieron con los MOU (memorandum of understanding) un libro de recetas macroeconómicas cuyos efectos ya se están conociendo. Se ha comprobado que los costes de la crisis de deuda en la zona euro están siendo soportados casi en exclusividad por los países deudores: durante la aplicación de los rescates, los acreedores les han sometido a extraordinarias medidas de ajuste interno y reformas, sin concesiones – quitas – a cambio, salvo en los casos de Grecia y Chipre (Frieden y Walter, 2017). La aceptación, por parte de los endeudados, de las exigencias de los acreedores, así como de sus consecuencias (recesión, desempleo y desigualdad) han derivado en fuertes conflictos sociales en el seno de los primeros pero también entre países los primeros y los segundos. Los endeudados, según explican Frieden y Walter, surgen al optar sus gobiernos con más firmeza por la austeridad que por reformas estructurales – financieras, laborales y de política de la competencia – que representaban una amenaza a los privilegios de grupos políticamente bien representados. En cuanto al conflicto entre países acreedores y deudores por la reforma de la gobernanza fiscal europea, ha quedado soterrado por la urgencia y gravedad de otros asuntos que reclaman una respuesta unitaria, como el Brexit y, añado yo, la crisis de los refugiados, si bien en este caso la respuesta, si se puede llamar así, ha quedado lejos de ser unitaria.

Recientemente, una serie de ejercicios de simulación fiscal nos han enseñado que buena parte de los incrementos de la desigualdad en los países mediterráneos durante la Gran Recesión responden, no al ciclo en sí, sino a la consolidación fiscal (Matsaganis & Leventi, 2014). Esto es especialmente cierto en Grecia, algo menos en España, y más suave en Italia y Portugal donde, en 2012, la política fiscal contribuyó a reducir la desigualdad.

Los primeros estudios sobre el impacto de los recortes en la desigualdad solían poner el acento en los recortes sociales, sobre todo en prestaciones sociales monetarias, los más fáciles de medir. Permiten advertir que la consolidación fiscal es en gran medida responsable de las restricciones a la liquidez en las familias durante la Gran Recesión, en especial porque los recortes en las prestaciones sociales afectaron a los hogares que ya tenían serias restricciones de este tipo, algo que no sucede en igual medida cuando el ajuste se realiza vía incrementos en la carga fiscal (directa e indirecta). Cuando se incorporan, junto a la reducción de los salarios del sector público, al análisis del impacto de la consolidación fiscal durante la crisis, se advierte en cambio cierta progresividad en la aplicación inicial de los recortes (Paulus et al, 2017).

Se ve así la conveniencia de diferenciar entre los efectos de la política fiscal a corto plazo, de primer y de segundo orden, y los de largo plazo (Perez y Matsaganis, 2017): los primeros recogen la progresividad de las medidas de recorte antes mencionadas; los segundos ya permiten contemplar el impacto multiplicador de los recortes en el consumo, la actividad económica y las rentas primarias derivadas de ésta, y son claramente regresivos. Los efectos a largo plazo responden a la reducción de la productividad y, por tanto, del crecimiento, resultantes de la menor inversión en educación, sanidad e infraestructuras. Aún es muy pronto para valorarlos, pero podemos imaginar el impacto regresivo que tendrá este tipo de recortes, pues amenazan la igualdad de oportunidades.

Aunque ha servido en algunos casos de catalizador para abordar reformas pendientes, la crisis económica ha supuesto un brusco cambio de rumbo en la construcción de un Estado de Bienestar en el sur de Europa. Como resultado, son cada vez mayores las diferencias en cobertura y protección en los sistemas de bienestar en los países del Centro y del Norte de la Unión Europea (Guillén et al., 2016). Además, la reacción de las autoridades comunitarias a la crisis lleva a los analistas a abandonar cualquier esperanza de una respuesta social coordinada a las crisis económicas del fututo, lo que a largo plazo significará menor convergencia en renta y calidad de vida de los hogares en los Estados Miembros. Parece que no hemos aprendido nada de esta tormenta.

 

Para saber más:

Frieden, J., & Walter, S. (2017). Understanding the Political Economy of the Eurozone Crisis. Annual Review of Political Science, 20. 371-390.

Guillén Rodríguez, A. M., González Begega, S., & Luque Balbona, D. (2016). Austeridad y ajustes sociales en el Sur de Europa. La fragmentación del modelo de bienestar mediterráneo. Revista Española de Sociología, 25 (2): 261-272.

Matsaganis, M., & Leventi, C. (2014). The distributional impact of austerity and the recession in Southern Europe. South European Society and Politics, 19(3), 393-412.

Paulus, A., Figari, F., & Sutherland, H. (2016). The design of fiscal consolidation measures in the European Union: distributional effects and implications for macro-economic recovery. Oxford Economic Papers, 69(3), 632-654.

Perez, S. A., & Matsaganis, M. (2017). The Political Economy of Austerity in Southern Europe. New Political Economy (doi: https://doi.org/10.1080/13563467.2017.1370445).

Inoportunidad

Junto a todo lo demás, la explosión del problema catalán, por sus posibles efectos sobre la reputación exterior de España, puede recortar (¿arruinar?) la magnífica posibilidad que esta tiene ahora de incorporarse al grupo de países que liderarán el deseado reimpulso de la Unión Europea.

Vayamos por partes. Las últimas semanas han sido pródigas en mensajes de aliento para el proyecto común europeo. Primero Juncker y después Macron han sido muy explícitos, revistiendo de buscada solemnidad en cada caso sus declaraciones. El presidente de la Comisión eligió el plenario del Parlamento de Estrasburgo, con ocasión del discurso sobre el Estado de la Unión, para reclamar máxima ambición “ahora que hace buen tiempo”, esto es, los buenos indicadores que arroja la recuperación económica; una “agenda de máximos” que involucre a todos los socios: moneda única para los Veintisiete, conversión del Mecanismo de Estabilidad (Mede) en un Fondo Monetario Europeo, presupuesto para la eurozona y superministro de Finanzas del euro, unión bancaria completada con un fondo de garantía de depósitos común y un fondo de resolución de bancos, ampliación del acuerdo (Schegen) sobre libre circulación de personas, junto con propuestas para afrontar el desempleo (20 millones de parados) y el flujo migratorio. Macron, a su vez, sólo quince días después, seleccionó la noble y hermosa sede de La Sorbona en el centro del viejo París, y con su encendida retórica también pidió la creación de un Fondo Monetario Europeo, un superministro de Finanzas y un presupuesto del euro, pronunciándose a favor de la unión fiscal al tiempo que desgranaba una batería de medidas en materia migratoria, militar y medioambiental.

A continuación, sin apenas pausa, la cumbre informal celebrada en Tallin al terminar septiembre ha servido de espaldarazo a ambos pronunciamientos: no para contenidos concretos —“todavía no hay que hablar de los detalles”, advirtió Angela Merkel—, pero sí en espíritu y propósito: “Europa no puede seguir igual”, sentenció también Merkel con rotundidad.

Y bien, ese no poco enfático relanzamiento del proyecto europeo, si comenzara efectivamente a materializarse, brindaría una excelente ocasión para que España elevase el listón de sus aspiraciones. En una Unión Europea sin el Reino Unido, España tiene muchas bazas para sumarse al “núcleo duro” que normalmente acogerá a Alemania, Francia, Italia y Holanda. La fortaleza de nuestro crecimiento económico nos ha devuelto aprecio y crédito en el exterior. Una oportunidad de oro, quizá equivalente a la que, tres décadas atrás, representó la adhesión al club comunitario, cuando alcanzar lo que había sido un anhelo intergeneracional actuó como palanca de superación.

Durante largos años, Europa ha constituido uno de los vértices del “triángulo virtuoso” —la estabilidad y el entendimiento del acuerdo como “bien democrático” han sido los otros dos— que ha propiciado en la democracia española la modernización económica y social y la apertura exterior; ahora, el coliderar el “renacimiento” de la integración continental puede ser también un formidable revulsivo. Si la eclosión independentista en Cataluña lo obstaculizara, todos los españoles, incluidos los catalanes, perderíamos mucho: además de reprobable, inoportuna.

¿Hacia dónde va la UE? del “Eurexit” a “Con el viento a favor”

El 13 de septiembre pasado el Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Junckers, pronunció en Estrasburgo el Discurso del Estado de la Unión de 2017, como es tradición en estas fechas.

El estado de ánimo en la UE, según el Presidente, es muy diferente al de hace un año, cuando el resultado del referéndum del Brexit todavía no se había metabolizado por completo, ni por los líderes ni por los ciudadanos europeos, y la sensación era que se avecinaba un tsunami en forma de Eurexit  (salida de más países). Hoy ese peligro parece conjurado, la UE ha asumido que puede sobrevivir sin Reino Unido y se ha embarcado en la negociación de su salida con una contundencia  y firmeza que quizá no esperaban al otro lado del Canal. Por supuesto, a la UE le encantaría que Reino Unido volviera, pero también sabe que el país británico ha expresado sus preferencias, es el principal perdedor del Brexit, y la vida es muy larga.

El tono del discurso del Presidente fue optimista, y la frase estrella de Junckers, The wind is back in Europe’s sails. Navegamos con el viento a favor.

En su opinión, estamos en un momento adecuado para reformar la UE y convertirla en una organización más unida, fuerte y democrática.

Esta afirmación, en principio, no es excesivamente informativa, ya que el número de veces que la hemos escuchado de labios de mandatarios de la Unión es asintóticamente infinita. No obstante, y aunque no lo parezca a primera vista, en este caso se produce en un contexto algo especial: va en la línea del trabajo de Bruselas en los últimos meses y, en particular, de las cinco alternativas que dibujó Junker el 1 de marzo pasado (en un ambiente mucho más sombrío), cuando presentó el Libro Blanco sobre el futuro de Europa. Este documento  planteaba diversas estrategias para superar el impasse en el que estaba sumida de facto la UE y  orientar su marcha hasta 2025. Los cinco escenarios esbozados eran los siguientes:

  1. Reconvertir la UE a un mercado común
  1. Seguir como estamos
  2. Avanzar en la integración a varias velocidades
  3. Dar más poder a Bruselas en aquellas áreas donde aporta valor añadido y devolverlo en otras en las que las soluciones nacionales son más eficientes.
  4. Opción federalista: una UE muy integrada, con Unión Bancaria, Fiscal e incluso eurobonos.

El 25 de marzo, varias semanas más tarde, los líderes de los 27 países de la UE celebraron el 60 aniversario del Tratado de Roma y renovaron su intención de trabajar por reformar la UE y hacerla más fuerte, resistente y unida. Dicho sea de paso, también era un modo de curarse en salud frente a la petición formal de Reino Unido de abandonar la Unión, que se juzgaba inminente, y que en efecto se recibió en Bruselas el 29 de marzo.

El discurso de Juncker del pasado 13 de septiembre plantea una combinación de los escenarios mencionados más arriba –  de hecho, el mismo lo ha llamado “escenario 6”-  y se materializa en unas serie de propuestas, como crear el puesto de ministro de Economía y Finanzas para la UE, continuar la firma de acuerdos y  la ampliación de la UE y de la eurozona, unificar Presidente de la Comisión y del Consejo, aligerar la toma de decisiones de algunos organismos y establecer un mayor control sobre el mercado laboral.

Pasemos a examinar con detalle algunas de estas propuestas.

Juncker ha anunciado que, una vez que el CETA ha comenzado a funcionar, se abren una serie de negociaciones para llegar a acuerdos de libre comercio con Nueva Zelanda y Australia (no creo que esta idea guste mucho en Downing Street, por cierto), y se proyecta hacer algo similar con México y algunos países de América Latina (lo que sí será muy bien recibido al otro lado del Atlántico).

La ampliación de la UE se concreta en la inclusión en el espacio Schengen de Bulgaria y Rumanía, y en el futuro de Croacia. En este mandato no se espera el acceso de nuevos miembros a la UE, pero sí en el siguiente: en este sentido, se espera continuar la expansión hacia los Balcanes. No se contempla, en cambio, un tema más espinoso: la inclusión de Turquía.

En paralelo, se pretende que más países se integren en el euro.

A mi modo de ver, la integración de nuevos socios es positiva. Para la UE en general se amplía el tamaño del mercado, aunque sabemos bien que en cuestiones de comercio internacional, puede producirse el tan temido trade diversion, el aumento de la competencia con países que no eran rivales cuando estaban fuera de la UE pero sí pueden serlo cuando no tienen que pagar aranceles en frontera. Y esa competencia reducirá en alguna medida la cuantía de los productos que hoy exportan los 27. Por otra parte, hemos comprobado estos años cómo la inclusión en la UE beneficia poco a poco a los recién llegados en términos económicos, de estabilidad política y de consolidación de la rule of law. Praga y Varsovia hace 20 años son muy diferentes a la Praga y Varsovia de hoy. Y así pasa también  con Bucarest, Sofía… y otros miembros recientes.

En relación con el euro, no estoy tan segura de estar totalmente a favor de una ampliación. La historia de la política monetaria del BCE y de la moneda única ha sido muy turbulenta en los últimos tiempos. El BCE ha comprobado que, si ya es difícil designar una política monetaria adecuada para 12 o 14 miembros, lo es mucho más para 19. Por otra parte, no es lo mismo hacerlo en tiempos de expansión que  de turbulencias. A este respecto, somos muchos los que pensamos que los tipos del BCE han sido (y siguen siendo) demasiado bajos durante demasiado tiempo, con consecuencias deletéreas durante la crisis para muchos de los países del euro, sobre todo aquellos que padecieron en mayor medida la burbuja inmobiliaria. Por supuesto, hay que ser extremadamente riguroso con los criterios de adhesión de nuevos países, para evitar otro fiasco como el griego. Y el BCE debe afinar mucho en su forma de llevar a cabo la política económica para conseguir la cuadratura del círculo y que sus medidas sean efectivas de Helsinki a Ljubljana, de Dublín a Lisboa, lo que hasta el momento no se ha conseguido.

Sobre las reformas en las instituciones de la UE, tampoco tengo opinión de momento. Puede ser buena idea unificar el Presidente de la Comisión y el Consejo. Se conseguirá reducir la dispersión y los tiempos muertos, se obtendrá más coordinación y eficacia en el seguimiento de las prioridades, y se ahorrará en funcionarios, asesores y estructura.

Ahora bien, ¿hasta qué punto es necesario ampliar la nómina de Bruselas con un superministro de Economía y Finanzas? Si tenemos en cuenta que ya existe un Comisario con rango de Vicepresidente para el euro y el diálogo social, la estabilidad financiera, los servicios financieros y el mercado de capitales; otra Comisaria para Comercio; otro para Empleo, Crecimiento, Inversión y Competitividad; otro para Presupuestos y recursos humanos; otro para Asuntos Económicos y Financieros, fiscalidad y aduanas, y podríamos ampliar la lista… más bien lo que parece es que, más que un nuevo ministro, lo que se necesita es poner orden en la Comisión, reorganizar competencias, evitar duplicidades, y agrupar comisariados, que luego, a su vez, podrán tener hacia abajo la estructura orgánica que se crea necesario. Pero, visto así, el organigrama de la Comisión más bien parece una macedonia de Ministros, Secretarios de Estado y Directores Generales, todos ellos llamados Comisarios, que una estructura bien ponderada, ágil y efectiva. Pero claro, ningún país quiere perder su valioso sitio en la Comisión, con lo que nos encontramos ante un problema complejo. En todo caso, para mejorar una estructura no es necesario añadir a una inmensa variedad de puestos otro más, en mi modesta intención. Creo que en este punto, relacionado con la eficiencia y la reducción de burocracia y gasto en estructura, echaremos de menos a los británicos.

Como siempre, no sabemos si estas ideas se materializarán, ni con cuánta rapidez, ni con cuánta contundencia… Todo lo relacionado con la  UE no deja de ser en parte una caja negra. En todo caso, me quedo con el tono optimista y positivo de Junckers, mucho más alentador que el  gris y brumoso del año pasado.

Capacidad de resistencia

Es como si el viento hubiera cambiado de dirección en apenas unas semanas; me refiero a Europa.

Hace tan solo un trimestre, antes de las elecciones en Holanda, el catastrofismo imperaba, celebrando los eurófobos la inesperada ayuda que les iba a brindar el nuevo inquilino de la Casa Banca (“el Brexit será una maravilla; habrá otras salidas de la UE”), cuando apenas encontraban eco las voces más templadas que seguían apostando por la “utopía razonable” de cuyo acto fundacional, el Tratado de Roma, se cumplieron en marzo sesenta años. “Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de apasionada intensidad”: la visión poética que un día describió Yeats parecía del todo precisa.

Pero, en contra de lo anticipado por tanto “pesimismo complacido” (la expresión es de Claudio Magris), no siempre sucede lo peor. En los Países Bajos, el partido extremista y xenófobo de Wilders ha visto frustradas en marzo sus expectativas de victoria. En Alemania, la suma de votos de los proeuropeos (democristianos y socialdemócratas, liberales y verdes) alcanza porcentajes muy altos (cerca del 90 por 100 en Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado y con más potencial influencia en las elecciones generales, las previstas para septiembre). Y en Francia, Macron, el candidato más partidario de la integración (“europeísta radical”, le espeto Marine Le Pen en el momento álgido del debate televisado que ambos sostuvieron) ha ganado mucho más holgadamente de lo que casi nadie auguraba. Las señales que emite la cargada agenda electoral de 2017 indicarían, por tanto, un reflujo del populismo más conservador y de corte nacionalista, no concediendo posiciones mayoritarias para las opciones que han blasonado su beligerancia “antieuropeista”.

Hay más, y tanto en el ámbito institucional como en el propio de la sociedad civil. En éste, por ejemplo, iniciativas convocando a la ciudadanía en apoyo al proyecto integrador, como la que bajo el lema “Pulso de Europa” idearon un puñado de jóvenes alemanes en Frankfurt a finales del año pasado y que ya está siendo secundado en un centenar de ciudades de una docena de países europeos. Y en aquel, donde se sitúan las propuestas y realizaciones políticas, al menos dos novedades importantes. Primera, el cierre de filas de los 27 frente a Londres en la estrategia negociadora de la salida del club; una marcada sintonía (“gracias por unirnos, Brexit”, se ha escrito con agudeza) a la que no estamos ciertamente acostumbrados tras los sonados desencuentros en torno a los “rescates”, a los planes de ajuste y recortes, o la acogida y el reparto de refugiados. Segunda, la declarada voluntad de acometer empeños durante largo tiempo bloqueados (por el Reino Unido, precisamente, bastantes de ellos): culminación de la unión bancaria, avances en la coordinación presupuestaria y primer pergeño de la Europa de la Defensa y la Seguridad, y también de la Europa Social.

Ya lo predijo uno de los padres fundadores, Jean Monnet: “Europa se hará en las crisis”. Que viene a ser lo mismo que pensaba Jacques Delors al hablar, también en tono tan resignado como sabio, de “la larga paciencia” que exige el proyecto europeo.

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