Dos homenajes

El azar ha querido que solo tres días hayan separado dos acontecimientos políticos de altura presentados como sendos actos de homenaje, uno en España y otro a escala de toda Europa. Entre nosotros, con ocasión de conmemorar el cuadragésimo aniversario de las primeras elecciones libres, que franqueó los pasos subsiguientes de la Transición; en el Parlamento Europeo, al tributársele un emocionado y singular reconocimiento al excanciller Helmut Kohl, fallecido dos semanas antes. Ambas solemnes convocatorias, tan cercanas entre sí, invitan a subrayar su respectivo significado y también a hacer alguna comparación.

El acto de la Eurocámara, magistralmente diseñado —“el protocolo es la semiótica de la política”, se ha recordado con acierto—, reuniendo a decenas de líderes y personalidades con proyección internacional, ha cumplido a la perfección un doble cometido. Por lo pronto, poner en valor el aporte del excanciller a la historia reciente de Europa, en tanto que gran protagonista de ese episodio capital que une la caída del muro de Berlín (9 de noviembre de 1989) y la unificación de Alemania (3 de diciembre de 1990), para desembocar un año después en la desintegración de la URSS (22 de diciembre), ofreciendo con ello un nuevo horizonte a la larga docena de países durante décadas privados de libertad. Si en su primera etapa en la cancillería, Helmut Kohl ya había coprotagonizado junto al presidente Mitterrand otro acto (23 de septiembre de 1984) con enorme carga simbólica para lo que es hoy la Unión Europea —el recuerdo de las víctimas mortales de la batalla de Verdún: 360.000 franceses y 325.000 alemanes—, en el ecuador de su mandato se erigió como el gran impulsor de la integración europea, con un papel central en el Tratado de Maastricht (1992) y el dibujo de la unión monetaria. Reconocer todo ello ha servido a la vez —el otro fin perseguido con el funeral de Estado en Estrasburgo— como apoyo a quienes, con Merkel y Macron al frente, se proponen ahora relanzar el proyecto común, alentados por el veredicto muy unánime de unas urnas en contra de los partidos y movimientos eurófobos. Un doble objetivo, pues, plenamente logrado.

¿Puede decirse lo mismo del acto de las Cortes? Solo en parte. Aunque sobradamente justificado —aquel 15 de junio de 1977 quedará siempre como una fecha memorable de la España contemporánea—, las carencias detectadas le han restado de algún modo trascendencia. De un lado, se ha perdido la oportunidad de subrayar abiertamente el más notorio y fructífero rasgo de nuestras cuatro décadas más recientes: la estabilidad, sobre todo en los dos planos, institucional y social, que han devenido fundamentales para los logros —también los económicos— de la democracia española. De otro lado —y volvemos al tema de las formas, a la cuestión protocolaria—, la clamorosa ausencia del Rey emérito —cuya actuación resultó del todo imprescindible para hacer posible lo que se conmemoraba—, una ausencia difícilmente explicable que ha empañado la merecida celebración.

Dos homenajes bien oportunos pero no igualmente resueltos. Dos ocasiones propicias para afirmar deseables apuestas pero con desigual aprovechamiento.

La rentabilidad de la inversión en el largo plazo: el caso de EE.UU., 1975-2017

En esta entrada del Blog se compara la rentabilidad nominal a largo plazo (horizonte de 42 años de la inversión) de tres activos alternativos: vivienda, acciones y oro. En este caso, nuestros ahorros se invertirán en dos activos de EE.UU. y en un activo internacional.

En concreto, en el gráfico adjunto (hacer clic para verlo más grande) se muestra la evolución de los índices de precios representativos de tres activos seleccionados para el periodo enero de 1975-junio de 2017:

– Wilshire US Real Estate Investment Trust Total Market Index (Wilshire US REIT): Es un Fondo de Inversión en Bienes Raíces (inmobiliario) de EE.UU. y es un subconjunto del índice Wilshire US Real Estate Securities IndexSM (Wilshire US RESI). Es muy útil para aproximar la inversión inmobiliaria directa al excluir los activos cuyo valor no siempre están vinculados al valor de los bienes raíces subyacentes. Este índice recoge la reinversión de los dividendos de esta cartera.

– Wilshire 5000 Total Market Index: Es el indicador más aceptado para medir la evolución del mercado de renta variable de los EE.UU. y registra el rendimiento de todos los valores de renta variable incluidos en el índice (3818 valores desde el 30 de julio de 2014). Este índice recoge la reinversión de los dividendos en esta cartera.

– Gold Fixing Price London Bullion Market: Es el principal indicador internacional de la evolución del precio del oro. El precio se fija cada día a las 15 horas de Londres.

De las cifras del gráfico se deduce que en el largo plazo la rentabilidad nominal de la vivienda y de las acciones son bastante similares y muy superiores a la inversión en oro.

Unión Bancaria Europea: un paso adelante, dos pasos atrás

El 1 de junio de 2017 la Comisión Europea comunicaba los términos del acuerdo alcanzado con el gobierno italiano en relación al rescate del Monte dei Paschi. En síntesis, y contraviniendo el principio básico de la Directiva Comunitaria de Recuperación y Resolución Bancaria (evitar que los contribuyentes sufraguen los costes de las crisis bancarias), la Comisión acepta que de forma excepcional y preventiva se recapitalice con fondos públicos el citado banco argumentado que se trata de un apoyo de carácter temporal a una entidad en principio solvente. Dado que la entidad reconoció públicamente una mala comercialización de esos productos acepta también que las autoridades italianas no impongan en la práctica quitas a los tenedores de títulos de deuda júnior (subordinados y preferentes). Son pues evidentes las diferencias con el caso español, en donde el mecanismo de compensación se creó a posteriori y tuvo además que ser defendido y valorado caso por caso.

Pocos días después, el 6 de junio para ser exactos, asistíamos al estreno de la Junta Única de Resolución. Tras ser declarado “failing or likely to fail” por el BCE, y ante la falta de soluciones privadas, la Junta interviene por razones de interés público el Banco Popular y lo “vende” por un euro al Santander. Accionistas, tenedores de bonos contingentes convertibles (CoCoS) y de títulos de deuda subordinada lo pierden todo; depositantes y bonistas sénior quedan por el contrario totalmente protegidos.

El 23 de junio la Junta Única de Resolución vuelve a actuar para hacer frente a la crisis del Veneto Banca y Banca Populare de Vicenza. Tras ser consideradas, como en el caso anterior, entidades “failing or likely to fail” por el BCE, la Junta decide que no se dan en este caso las condiciones para que proceda su intervención. Esto es, dado el reducido tamaño de las entidades citadas se considera que su caída no supone un riesgo para el sistema y se remite pues el caso al Banco de Italia para que en su calidad de autoridad nacional de resolución proceda a su liquidación ordenada aplicando las normas de insolvencia italianas. Buscando reforzar la estabilidad de su sistema bancario, y como ya ocurriera en el caso del Monte dei Paschi, las autoridades italianas deciden emplear recursos públicos en la operación de liquidación de los dos bancos venecianos, razón por la cual se ven obligadas a negociar con Bruselas los términos de la operación, que incluye finalmente tres grandes medidas: el traspaso a Intesa Sanpaolo al precio simbólico de un euro de los activos sanos, la concesión a la citada Intesa de recursos y garantías públicas por un importe cercano a los 17.000 millones de euros y la imposición, esta vez sí (visto el trato dispensado a los bonistas júnior del Popular hubiera sido un escándalo no hacerlo!), de pérdidas a los accionistas y acreedores subordinados de las dos entidades liquidadas.

Vista la disparidad de criterios utilizados para solucionar estos tres episodios de crisis bancaria no parece que se haya avanzado mucho en la consecución de un marco de actuación común. La distribución de las cargas entre acreedores y contribuyentes sigue dependiendo en gran medida de la capacidad negociadora (no es lo mismo que los fondos para rescatar un banco los ponga el Estado afectado o los contribuyentes europeos) y de la voluntad de las autoridades nacionales (¿podía el Estado español inyectar fondos públicos en el Popular?, ¿debía hacerlo?). Parece asimismo evidente que es preciso mejorar los sistemas de liquidación (¿tiene sentido utilizar fondos públicos para liquidar entidades consideradas no sistémicas?). Queda asimismo claro lo importante que es para los gobiernos y reguladores honrar los compromisos adquiridos con los bonistas sénior. No en vano, junto con la protección de los depositantes, es lo único que tienen en común los tres episodios de crisis que acabamos de comentar.

Tipos de interés reales y expectativas de inflación en EE.UU., 2003-2017

En los últimos años, la emisión de bonos indiciados a la inflación (o protegidos contra la inflación) ha experimentado un fuerte crecimiento en los principales mercados de deuda pública. Los bonos indiciados más conocidos son los emitidos por el Tesoro de los EE.UU. Se trata de los bonos de deuda pública conocidos como Treasury InflationProtected Securities (TIPS).

La característica principal de los bonos indiciados es que su rendimiento se encuentra protegido ante la inflación futura, ya que se compensa al comprador tanto en los cupones como en el capital invertido (al vencimiento) por la pérdida de poder adquisitivo ocasionada por la inflación. De este modo, mientras en los bonos de deuda pública “convencionales” su rentabilidad vendría determinada por el tipo de interés nominal en los bonos indiciados a la inflación la rentabilidad vendría determinada por los tipos de interés reales.

En la literatura económica se ha sugerido desde mediados de la década de los noventa el uso de los bonos indiciados para medir el tipo de interés real y las expectativas de inflación de los mercados financieros. Dicha descomposición tiene como justificación teórica la conocida ecuación de Fisher, la cual determina que el rendimiento nominal de un bono se puede aproximar por la suma del tipo de interés real requerido y la tasa de inflación esperada como promedio durante el periodo de vida del título hasta el vencimiento: R= rπe. [1] Por ello, los bonos indiciados son uno de los instrumentos (junto a las encuestas de expectativas macroeconómicas) que utilizan los bancos centrales para el seguimiento de las expectativas de inflación a largo plazo dentro de su estrategia global de política monetaria.

En el primer gráfico se muestra la senda temporal de la rentabilidad nominal de los bonos de deuda pública “convencionales” a 5 años (5-Year Treasury Constant Maturity Rate) y la rentabilidad de los TIPS equivalentes a 5 años (5-Year Treasury Inflation-Indexed Security) que aproxima al tipo de interés real. En el segundo gráfico se ha calculado el diferencial  o spread entre el bono convencional y el TIPS (5-Year Breakeven Inflation Rate) que aproxima la inflación esperada en los próximos 5 años.

Los tipos de interés negativos son imposibles en los bonos de deuda pública convencionales, porque ello implicaría que el inversor recupera menos dinero del que ha invertido. Sería más lógico dejar el dinero en la cuenta corriente sin remuneración alguna. Sin embargo, sí son posibles tipos de interés negativos en los bonos indiciados con la inflación, ya que en este caso la remuneración no es el tipo de interés nominal (R) sino el tipo de interés real ( re).

Es en en este contexto donde ha surgido otra anomalía monetaria derivada de la crisis financiera internacional de 2007-2008. Por primera vez desde el inicio de la emisión de bonos indiciados contra la inflación a 5 años (enero de 2003) la rentabilidad de estos bonos se situaron por debajo de cero en septiembre de 2010. Desde esa fecha, los tipos de interés de los TIPS a 5 años han cotizado con tipos de interés negativos en numerosas ocasiones, alcanzando el mínimo en septiembre de 2012.

Con más detalle, en septiembre del 2012, los bonos de deuda pública convencionales a 5 años cotizaban con una rentabilidad del 0,67% (R), mientras que la rentabilidad de los bonos equivalentes TIPS a 5 años cotizaban con una rentabilidad del -1,47% (re). Está rentabilidad negativa supone que los inversores que adquieren estos activos demandan una rentabilidad “segura” (se “conforman” con una rentabilidad) de 1,47 puntos porcentuales por debajo de la tasa de inflación media esperada hasta el vencimiento del TIPS. En definitiva, si se cumple el Efecto Fisher, los mercados estarían anticipando que la tasa de inflación americana se iba a situar en los siguientes 5 años en una media de al menos el 2,14%  (πe ).

Los últimos datos disponibles correspondientes finales mayo de 2017 muestran que los bonos de deuda pública convencionales a 5 años tenían una rentabilidad del 1,82% (R), mientras que la rentabilidad de los bonos equivalentes TIPS a 5 años era del +0,08% ( re). En definitiva, si se cumple el Efecto Fisher, los mercados estarían anticipando en este caso que la tasa de inflación americana se podría situar en los próximos 5 años en una media de al menos el 1,74% ( πe ). En este caso, los inversores que adquieren estos activos demandan una rentabilidad “segura” con rentabilidad cero hasta el vencimiento del TIPS.

Por último, destacar los cambios estructurales registrado en el comportamiento paralelo del diferencial o spread (5-Year Breakeven Inflation Rate).

Por un lado, desde julio de 2008 y hasta el 16 de enero de 2009, el diferencial fue cayendo hasta pasar a niveles negativos. En este periodo, los inversores esperaban que la tasa de inflación sería negativa en los próximos cinco años, es decir, estaban anticipando la posibilidad de un periodo de deflación o caída generalizada de los niveles de precios en la economía americana.

Por otro lado, la introducción entre finales del 2008 y el primer trimestre de 2009 del primer programa QE-1 de compra masiva de bonos de deuda pública (y otros activos) por parte de la Reserva Federal provocó el cambio de tendencia del diferencial. Desde entonces -y sobre todo desde el anuncio de la introducción del nuevo programa QE-2- se ha registrado un cambio de expectativas en la tasa de inflación futura. En consecuencia, las posibilidades de deflación se alejaron y el diferencial se volvió positivo como consecuencia del temor de un repunte de la tasa de inflación futura. En esta situación nos encontramos en la actualidad.

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[1] Sobre el significado económico de la ecuación fisher, véase el artículo Bajo-Rubio, O., Díaz-Roldán, C. y Esteve, V. (2010): “Testing the Fisher effect in the presence of structural change: A case study of the UK, 1966-2007”, Economic Issues, Vol. 15, Part 2, 1-16.

Laudatory speech for Prof. Bergstrand

In 1676 Sir Isaac Newton coined the expression: “standing on the shoulders of giants”, which is still used by Google scholar as its motto. There’s not a more appropriate aphorism to describe Dr. Bergstrand: “If I have seen further, it is by standing on the shoulders of giants.” For several reasons, and not the obvious one related to his height (although Nobel laureate Angus Deaton might disagree).

First, Prof. Bergstrand stands on the shoulders of gigantic giants like Robert Baldwin and André Sapir. His great- gran mentors include names like Paul Samuelson, Ludwig von Mises and John Maynard Keynes.

Second, Prof. Bergstrand has devoted most of his academic career to Newtonian economics. He has been “married” to the gravity equation nearly as long as to his wife: 39 years.  In doing so, he has set the theoretical and empirical foundations, along with other giants, of the gravity equation of trade.

Third, Prof. Bergstrand is an academic giant in at least three ways. The scientific community has been lucky to read in the major journals his insights on international trade flows, economic integration agreements, foreign direct investment, and multinational firms, which have led to a better understanding of international economics. His work has escaped the golden walls of universities and have shape today’s trade policy. He worked with the European Commission between 2007-2009 on the initial economic analyses on the TTIP. He was one of the 15 experts selected to advise the Council of Economic Advisors and the US Trade Representative’s Office on the TPP (Trans-Pacific Partnership) agreement at the White House in May and September 2016.

The teaching dimension of success academics is frequently shadowed by their research accomplishment, which in the case of Dr. Bergstrand’s is immense. His work has been cited more 12,000 times, and his 30 most cited papers have cited more than 30 citations. This is not the case of Dr. Bergstrand who is also chalk giant. Three days ago, some of us had the opportunity to attend his course in international economics. Although he made us sweat in some exercises, we discovered an excellent teacher, as you will shortly appreciate. I’m convinced that he has left a print in most of the 10,000 students who have attended his lectures in the University of Notre Dame.

Fourth, Prof. Bergstrand is a communication giant. He’s been only four days in Valencia and he’s all over the news. If you search him in google news, you can read about his thoughts in local newspapers like Las Provincias, La Vanguardia, Valencia Plaza and international media like CNN and much more which we cannot find about because google news is banned in Spain.

Last but not least, Dr. Bergstrand is smiling giant. After google scholar, google news, please try google images. You won’t find a single photo we’re he is not smiling. Aside from this cross-sectional evidence, I’ve always seen him smiling, when not laughing. This denotes a positive, charming and generous giant. Evidence to support this hypothesis is found hidden in page 20 of his CV (20!) we can read about his community service. It is really astonishing that he has had the time to serve as Elder and Church Council President, Council Vice-President, Financial Secretary and member of the Investment Committee and Financial Committee.

If we are to see further, it is by standing on the shoulders of giants like Jeff.

En memoria de William J. Baumol

El día 4 de este mes de mayo de 2017 falleció el prestigioso economista William Baumol a los 95 años de edad. Nacido en febrero de 1922 en el South Bronx de New York, entonces un enclave de la izquierda social y política norteamericana que más tarde sería bautizado con el nombre de Fort Apache, como a él le gustaba recordar, fue un lector temprano de Karl Marx que compartió los estudios de economía con los de ciencias sociales, historia y matemáticas. Después de trabajar en el Departamento de Agricultura del Gobierno Federal y hacer el servicio militar, en 1947, accedió al programa de doctorado de la London School of Economics, que sólo era seguido por norteamericanos, y en apenas tres meses pasó a formar parte de la plantilla de esa universidad, de la mano de Lionel Robbins y Jacob Viner, con quienes estableció una afable y estrecha relación. En 1949, recién doctorado, William Baumol se incorporó a la Universidad de Princeton, donde desplegó una intensa actividad docente e investigadora hasta 1992, año en que pasó a ser profesor emérito. Pero, buscando un alumnado más diverso y volver a vivir en Nueva York, trasladó en 1971 una parte importante de su actividad a la New York University, en la que trabajó hasta su retiro hace sólo un par de años. Es interesante el recorrido biográfico que ofrece la amplia entrevista concedida al economista Alan B. Krueger en el año 2000 para el Journal of Economic Perspectives (aquí)

William Baumol  compaginó una notable ortodoxia en sus análisis, que extendió a una sorprendente variedad de ámbitos de la economía, con una profunda admiración hacia Karl Marx, a quien consideraba el único economista que, junto con Joseph Schumpeter, comprendió la fuerza transformadora del capitalismo. En sus últimos libros rendiría un especial tributo a ambos autores. Prueba de su respeto al marxismo es la discusión con Paul Samuelson acerca del problema de la transformación de los valores en precios (Michael Roberts la resume aquí).

Entre sus múltiples trabajos, siempre guiados por un afán de introducir nuevos enfoques o perspectivas en el tratamiento de los problemas (como la existencia de economías de escala en la producción), destacan el  desarrollado conjuntamente con James Tobin al principio de la década de 1950, acerca de la demanda de dinero por parte de la población (modelo Baumol-Tobin), el dedicado a la enfermedad de costes de los servicios, en 1966, el de los mercados contestables, publicado en 1982, y diversos ensayos sobre el empresario y la innovación, que corresponden sobre todo al período posterior a 1990, aunque recojan una temprana preocupación ya puesta de relieve en un  artículo publicado en la AER en 1968. Comentaré brevemente los tres últimos, y en especial el tercero, que atrajo la atención de varios economistas españoles y animó a quien escribe este texto a realizar dos estancias cortas en NYU durante los años 2000 y 2001.

La enfermedad de costes de los servicios (Baumol´s cost disease) nace de un estudio sobre la situación de las artes en EE.UU. en la primera mitad de la década de 1960. Ayudado por William Bowen, Baumol descubrió que diversas actividades de servicios, como la educación, la sanidad o las artes son por naturaleza muy intensivas en trabajo, y admiten pocas mejoras en la productividad de éste. La subida de los salarios en las manufacturas, apoyada sobre el notable avance de la productividad del trabajo conseguido en ellas, se traslada a esas actividades de servicios (vía mercado de trabajo), encareciéndolas y haciendo que absorban una parte creciente del gasto de las familias.  Por tanto, en una economía avanzada, se espera que los precios de  los alimentos, los coches o los teléfonos móviles se reduzcan con respecto a los de la educación, la sanidad, el cuidado de los niños, los servicios legales, los conciertos, o la peluquería. El gráfico adjunto, tomado del artículo escrito por Timothy B. Lee (aquí), muestra que en efecto así ha sido en los últimos cuarenta años. Como una parte de estos servicios son de provisión pública, su encarecimiento afecta el presupuesto público, que tiende a crecer. En el sector privado, algunos de los servicios afectados por esta misma enfermedad tienden a desaparecer, como las reparaciones de aparatos domésticos, o algunas actividades de entretenimiento, que son sustituidas por nuevos bienes (salas de cines por películas en vídeos), y otros en cambio, tienden a expandirse, debido a una demanda creciente procedente de familias que gastan menos proporción de su renta en bienes manufacturados. De esta manera, el encarecimiento de todos los servicios que pueden considerarse “estancados” en su productividad no es sino la otra cara de la prosperidad.

Una primera conclusión que se extrae del análisis de Baumol es que el presupuesto de gasto público tiende a crecer en las sociedades desarrolladas, pero no por una creciente ineficiencia de los funcionarios, como con frecuencia sostienen los críticos del Estado. Una segunda es que conforme se abaratan los bienes, las familias disponen de más renta para dedicarla a los servicios intensivos en mano de obra, expandiendo su demanda y producción. Mirando al futuro, en fin, cabría extraer una conclusión adicional, que conforme se extienda la robotización y automatización en la industria y en algunos servicios avanzados, tenderá a crecer la demanda de los servicios intensivos en mano de obra, cada vez más depositarios del grueso del empleo de la población. Pero al mismo tiempo, puede esperarse que  la dinámica salarial responda menos a los impulsos de la productividad de unas manufacturas que cada vez pesan menos en el empleo total. De hecho, se cuenta ya con indicios de ello para los años anteriores a la crisis en España, como muestra el siguiente gráfico adjunto. En los años de recesión, los recortes de los salarios a los funcionarios, primero,  y su congelación posterior,  condicionan mucho la dinámica de los salarios en el conjunto de los servicios.

Otra de las brillantes aportaciones de William Baumol es la teoría de los mercados contestables. Estos son mercados en los que no existen barreras a la entrada y la salida de empresas, por lo que, aunque la oferta esté concentrada en un número reducido de productores, debido a la existencia de economías de escala, el equilibrio del mercado a largo plazo se produce allí donde el precio iguala al mínimo del coste medio total y no hay beneficio alguno, más allá de la remuneración normal del capital. Este tipo de mercado consigue simultanear un reducido grupo de empresas oferentes con el logro de un equilibrio idéntico al de los mercados de competencia perfecta.

Sin embargo, aunque existen bastantes mercados con una elevada concentración de la oferta, que es el dato de realidad que el modelo descrito quiere captar ante todo, no parece haber muchos en los que no existan barreras a la entrada y a la salida de empresas. La propia innovación, a la que W. Baumol dedicó tanta atención, constituye una barrera a la entrada. No obstante, en su principal trabajo dedicado al análisis sistemático de ella (The Free Market Innovation Machine, analyzing the growth miracle of capitalism, Princeton University Press, 2002), el autor se defiende de esta objeción, señalando que la innovación actual se caracteriza por su “rutinización”, su conversión en una actividad habitual más de la empresa, lo que afecta tanto a la empresa incumbente como a la nueva empresa entrante en un mercado (en Revista de Economía Aplicada, vol 10, nº 30, pp. 187-200, puede encontrarse la reseña que en su día hice de este libro). La estrategia actual de las grandes empresas de externalizar su innovación a start ups podría quizá favorecer la contestabilidad de los mercados.

Una amplia literatura discutió durante el decenio de 1980 si el mercado de las líneas aéreas reunía las características de perfectamente contestable, dadas sus reducidas barreras a la entrada y salida. La posibilidad de que lo fuera favorecería su liberalización en EE.UU., porque la regulación gubernamental, limitativa de la entrada de nuevas compañías,  constituía de hecho una barrera artificial al funcionamiento del mercado. Hoy  en día, éste es un mercado muy liberalizado, sometido a una feroz competencia que se traduce en niveles reducidos de beneficios para una buena parte de las compañías.

Centrándonos ahora en los estudios sobre innovación, ha de comenzarse situando su análisis en el marco del libre mercado. William Baumol, atribuye el milagro de las economías capitalistas a la competencia generada por el libre mercado, verdadera máquina del crecimiento. Como Marx y Engels, W. J. Baumol cree que el libre mercado genera leyes inexorables que obligan a los que en él actúan. La primera de ellas es la de innovar. Siguiendo a Schumpeter, reclama un papel central para la innovación en el seno del análisis económico. En el estudio  de sus principales facetas, que despliega en el libro ya citado, The Free Market Innovation Machine, repite de tiempo en tiempo, y a modo de lema, su convencimiento, que muchos economistas compartimos, de que la innovación pertenece al corazón del análisis económico, más que a su periferia, a la que a menudo se le relega. Consigue demostrar que, con la innovación como centro, la potencialidad del análisis microeconómico se incrementa y crece la capacidad de comprensión de la dinámica competitiva de los mercados. De esta forma, además cobra fuerza otra de las premisas más importantes del pensamiento de William Baumol, de clara influencia schumpeteriana, a saber,  que la innovación, y no los precios, constituye el centro del análisis microeconómico.

De la mano de la innovación, se llega al estudio del empresario y el emprendimiento, en el que la contribución de Baumol resulta especialmente disruptiva. En su  artículo “Entrepreneurship: Productive, Unproductive and Destructive (Journal of Political Economy, 1990, vol. 98, nº 5, Parte 1, pp. 893-921), que la editorial del Colegio de Economistas de Madrid incorporó en la traducción española del libro Mercados perfectos y virtud natural (Colegio de Economistas-Celeste Ediciones, 1993),  William Baumol irrumpe en la amplia, y a menudo infructuosa, literatura dedicada al empresariado con un quiebro genial en el planteamiento tradicional de la investigación sobre este tema. Propone dejar de discutir sobre la oferta de empresarios y analizar las razones por las que éstos se asignan a unas u otras actividades, ampliando al mismo tiempo la lista que de ellas ofreciera Schumpeter. En su opinión, la oferta de empresarios viene dada por el conjunto de “personas con ingenio y creatividad para encontrar los cauces que acrecientan su propia riqueza, poder y prestigio”. Así definida, la oferta no es el problema, y por ello puede muy bien considerarse dada. La preocupación de los economistas ha de centrarse en conocer cuáles son los factores que favorecen que la oferta potencial se convierta una oferta real de empresarios productivos, en lugar de improductivos e incluso destructivos. La respuesta reside en el marco de incentivos al emprendimiento y la creación de empresas que la sociedad ofrece. Por ejemplo, la España de la autarquía favoreció más al estraperlista y al contratista del Estado que al empresario innovador y productivo. Para ilustrar su tesis, Baumol repasa todos los múltiples desincentivos que, a lo largo de la historia, han desanimado la innovación y el surgimiento de nuevos empresarios. La principal conclusión que puede extraerse de su análisis es que cuando en una nación o en una región se dice “aquí no hay empresarios”, inmediatamente debe revisarse el marco social y regulatorio que desanima su surgimiento, pues es en éste donde reside el problema.

Podemos concluir resaltando que William Baumol fue un brillante economista orientado al análisis aplicado, algo que él achacaba al ambiente izquierdista en el que se crió. En la entrevista mencionada al comienzo de este artículo señala: “No estoy interesado en la economía como pura abstracción sino en cómo puede ayudar a eliminar la pobreza y a solucionar todos los problemas que vemos y reconocemos. Creo que sin un análisis sistemático basado, a ser posible, en datos, estadísticos, históricos o de otro tipo, podemos acabar haciendo cosas que parecen racionales pero que más tarde lamentamos”. También fue un economista sensible a los principales problemas sociales. Enfrentado con la profunda crisis mundial vivida durante los últimos nueve años, en una reciente entrevista concecida a Antonio Guarino y Maurizio Iacopetta (aquí) señalaba lo siguiente: “Soy muy consciente de todos los grandes problemas que afectan a la sociedad capitalista, la desigualdad, el desempleo, el deterioro medioambiental.  Mi tesis es que el capitalismo es un mecanismo único en realizar una sóla tarea: crear innovaciones, aplicar esas innovaciones y usarlas para crecer”.

Hace tres años, en 2014, le solicité que colaborara en el número 25 de la  revista Mediterráneo Económico dedicado a las reformas necesarias para albergar un nuevo modelo económico para España. Con gran generosidad, nos envió un artículo titulado “Hacia el crecimiento sostenido. Argumentos a favor de una política racional para combatir la recesión” (aquí). En él muestra sus preocupaciones ante la crisis, apostando por las políticas keynesianas para salir de ella, la solidaridad entre los países del centro y la periferia de la UE y las medidas para favorecer el emprendimiento y el empresariado.

¿Ha muerto la distancia?

Como escribían Keith Head y Thierry Mayer hace algunos años, si uno se pasea por la sección de empresa de una librería se encuentra con títulos como “El Mundo sin fronteras” o “La distancia ha muerto”. Estos libros defienden que las nuevas tecnologías de la comunicación han eliminado las distancias y, ahora, podemos trabajar y comunicarnos desde cualquier parte del mundo.

Sin embargo, algunas tendencias que observamos en nuestras sociedades no casan bien con esta conclusión. Por ejemplo, las ciudades han crecido en población durante los últimos años y las personas están dispuestas a pagar precios muy altos por el alquiler o la compra de una vivienda en algunas ciudades. Asimismo, la introducción de las nuevas tecnologías de la información no ha hecho descender los viajes de negocio.

Estas tendencias se explican si la comunicación cara a cara todavía tiene un efecto muy positivo sobre la productividad. Un trabajo reciente, realizado por Diego Battiston, Jordi Blanes i Vidal y Tom Kirchmaier, utiliza las llamadas a la policía de Manchester para comprobar si realmente la comunicación cara a cara mejora la productividad. Cuando una persona llama a la policía de Manchester, un operador recibe la llamada y abre un parte de incidente en el que describe cuál es el problema. Este parte aparece en la pantalla del coordinador de la policía de la zona en que se ha producido el suceso. El coordinador de zona, tras leer el parte, decide a qué agente o agentes asignar el suceso. La productividad se mide por el tiempo que transcurre entre el momento en que el coordinador de zona recibe el parte y se produce la asignación del agente. Cuanto menor sea el tiempo transcurrido, mayor será la productividad del servicio.

Un elemento interesante de este estudio es que en algunas ocasiones el operador que recibe la llamada y el coordinador de zona están en la misma sala. En esos casos, existe la posibilidad de que el coordinador de zona se acerque al operador para recabar cara a cara una mayor información sobre el incidente. Los autores muestran que cuando el operador de la llamada y el coordinador de zona están en la misma sala el tiempo necesario para asignar un agente es menor; es decir, poder comunicarse cara a cara mejora la productividad.

¿Por qué el poder hablar cara a cara mejora la productividad? Los autores apuntan diferentes motivos. En primer lugar, como todos sabemos, hablar es una forma muy eficiente de comunicarnos. En segundo lugar, el lenguaje no verbal añade información al lenguaje verbal, información que en muchos casos sería difícil de transmitir por escrito. En tercer lugar, al hablar podemos utilizar términos coloquiales que ofrecen mucha información sobre lo que está ocurriendo, que necesitarían de más desarrollo si los tuviésemos que explicar con términos más formales (los autores señalan, además, que no está bien visto utilizar términos coloquiales por escrito). Los autores confirman estas ideas al comprobar que la productividad de la comunicación cara a cara es mayor cuando el incidente es más complejo de explicar, cuando es más urgente, y cuando los coordinadores de zona tienen más carga de trabajo.

Por tanto, si tienen que decir algo importante a su compañero de trabajo, olvídense del correo y del whatsapp, y comuníquenlo cara a cara. Será mucho más eficiente.

La ley de Engel en EE.UU.: la caída del gasto en alimentación y bebidas en proporción al PIB, 1947-2016

La ley de Engel es una observación empírica, realizada por primera vez en 1857 por el estadístico alemán Ernst Engel, que observó que, con un conjunto dado de gustos y preferencias de los consumidores, si aumentaban la rentas de los hogares, la proporción de la renta gastada en alimentos disminuía. O lo que es los mismo, la elasticidad-renta de la demanda de alimentos es inferior a 1. La ley de Engel no implica que el gasto en alimentos se mantenga sin cambios a medida que aumenta la renta, sino que sugiere que los hogares aumentan sus gastos en alimentos, en proporción, menos de lo que aumentan sus rentas.

La elasticidad-renta de la demanda se define como la variación de la cantidad demandada de un bien o servicio ante una variación en la renta del consumidor, sin que se produzcan cambios en los precios ni en otras variables. O lo que es lo mismo, la elasticidad-renta de la demanda mide el cambio porcentual en la demanda de un bien asociado a un cambio del 1% en la renta del consumidor. En función de la elasticidad-renta de la demanda podemos clasificar los bienes y servicios en normales e inferiores.

Por un lado, los bienes y servicios normales poseen una elasticidad-renta de la demanda positiva, lo que supone que un aumento o disminución de la renta conlleva un aumento o disminución proporcional de la demanda del bien o servicio. A su vez los bienes y servicios normales se clasifican en bienes y servicios de primera necesidad (o necesarios) y de lujo.

En primer lugar, la demanda de los bienes y servicios de primera necesidad, cuya elasticidad-renta es inferior a 1, responde de manera moderada a cambios en la renta del consumidor. Los bienes y servicios de primera necesidad se siguen demandando aunque disminuya la renta del consumidor, es decir, tienen una elasticidad-renta es baja. Esto se debe a que el consumidor adquiere la cantidad que necesita de estos bienes y servicios sin que importe mucho que su renta suba o baje. Ejemplos de estos bienes y servicios de primera necesidad son la alimentación, la ropa, los zapatos, la electricidad y las bebidas, entre otros.

En segundo lugar, los bienes superiores o de lujo, cuya elasticidad-renta es superior a 1, responde de manera más acentuada a cambios en la renta del consumidor, es decir, suelen tener una elevada elasticidad-renta. Ejemplos de estos bienes y servicios superiores o de lujo son  los productos de ocio, los viajes de vacaciones, los restaurantes de lujo, los barcos deportivos, coches y motos de gama alta y las actividades deportivas, artísticas y los espectáculos, entre otros.

Por otro lado, los bienes y servicios  inferiores tienen una elasticidad-renta de la demanda negativa. En este caso, en un bien o servicio inferior un aumento de la renta origina una disminución de la demanda del bien o servicio. O viceversa, los bienes y servicios inferiores son aquellos que cuando disminuye la renta aumenta su demanda. Un ejemplo de bien inferior es la comida rápida o el billete de autobús. En última instancia, si una persona tiene un aumento en la renta, compra menos comida rápida o utiliza menos el autobús.

En el gráfico adjunto presentamos la ratio de los gastos de los hogares de EE.UU. en alimentos y bebidas (en % del PIB) para el periodo 19476-2016.

Esta relación está prácticamente en continuo descenso, con la excepción de los períodos de recesión (señalados con las barras verticales grises) cuando las rentas de los hogares caen más de lo habitual en los ciclos de mayor desempleo o de reducción significativa de las horas trabajadas. ¡La Ley de Engel sigue viva desde 1857!

La dependencia de las industrias manufactureras (y de los Estados) de EE.UU. de las importaciones de bienes intermedios del resto del mundo

El Presidente Trump ha iniciado una nueva política comercial proteccionista basada en dos ejes: (1) la no firma de nuevos Tratados de Libre Comercio y la salida o renegociación de los existentes; (2) y la posible imposición de aranceles y de otras barreras no arancelarias a las importaciones de bienes del resto del mundo. El objetivo es recuperar el empleo perdido durante décadas en la industria manufacturera norteamericana. Pero está política comercial puede tener efectos negativos para algunas industrias manufactureras y para algunos Estados de EE.UU. [1]

En el primer gráfico se muestra la evolución de la participación del empleo no agrícola del sector manufacturero en el total del empleo no agrícola de la economía de EE.UU. desde enero de 1950 hasta febrero de 2017. Las cifras certifican que la caída de la participación del empleo manufacturero es un proceso que se inició en los años 50 del siglo XX y desde entonces no cambiado la tendencia. Esta ratio ha descendido desde el 30,2% en enero de 1950 hasta el 8,5% de febrero de 2017.

El empleo tradicional en una fabrica ya no es el trabajo típico en la actualidad de un estadounidense. El sector industrial manufacturero que proporcionaba tres de cada diez puestos de trabajo no agrícolas en el inicio de la década de 1950 y uno de cada cuatro puestos de trabajo no agrícolas en el inicio de la década de 1970, hoy ofrece menos de uno de cada once ocupaciones no agrícolas. Proporcionalmente, EE.UU. ha perdido casi dos tercios del empleo manufacturero en relación al empleo total desde 1971.

Los efectos negativos sobre las industrias manufactureras de las medidas propuestas por la nueva Administración de EE.UU. provienen de la fuerte dependencia de bienes intermedios que podría llevar al encarecimiento de los bienes finales e incluso provocar problemas de abastecimiento a corto plazo de las cadenas de suministro.

En el siguiente gráfico se presenta para el año 2014 la participación de los bienes intermedios y de las materias primas importadas del resto del mundo en el VAB total de las diferentes industrias manufactureras de los EE.UU. Las cifras muestran la fuerte dependencia del exterior del conjunto de la industria (20,3%) y de algunas de las más relevantes ramas industriales manufactureras. Se sitúan por encima de la media nacional, el sector del petróleo y carbón (43,5%), otros equipos de transporte (25,8%), ordenadores y electrónica (24,5%), vehículos de motor y piezas (23,2%), maquinaria (21,5%) y equipos electrónicos (20,9%).

La dependencia de las importaciones de cada rama industrial manufacturera no afecta por igual a todos los Estados de EE.UU., ya que la estructura industrial no es homogénea. Los Estados que están más afectados son aquellos que tienen una mayor concentración en su estructura industrial de las ramas manufactureras con cuotas de importaciones de bienes intermedios y de materias primas más altas. En el siguiente gráfico se puede observar como los Estados más dependientes son Louisiana, Wyoming, Montana, Hawaii, Texas, New Mexico, Alaska, Oklahoma, Kansas, Washington, Ohio, Utah, Illinois, Minnesota y Michigan, entre otros.

El discurso de Trump podría ser también válido para la industria manufacturera alemana que ha seguido la misma tendencia de EE.UU. desde 1970, y no por ello el Gobierno alemán pide más proteccionismo comercial. El siguiente gráfico muestra la evolución de la participación del empleo del sector manufacturero en el total del empleo de la economía alemana de 1970 a 2015.

Las cifras confirman también que la caída de la participación del empleo manufacturero alemán es un proceso que se ha agudizado desde los años 70 del siglo XX y desde entonces tampoco ha cambiado la tendencia. Esta ratio ha descendido desde el 39,5% en 1970 hasta el 18,9% a finales de 2015.

El sector industrial manufacturero alemán proporcionaba cuatro de cada diez puestos de trabajo en el inicio de la década de 1970 y hoy ofrece menos de dos de cada diez ocupaciones. Proporcionalmente, Alemania ha perdido más de la mitad del empleo manufacturero en relación al empleo total desde 1970 (frente a los dos tercios de pérdida del empleo manufacturero norteamericano), pero a diferencia de EE.UU. la industria manufacturera alemana ha invertido más recursos relativos en innovación, ingeniería, diseño y en potenciar la formación profesional ligadas a las empresas.

El Gobierno de EE.UU. debería imitar a la industria manufacturera alemana e incentivar la innovación, la ingeniería, el diseño y la cualificación de la mano de obra, y dejar de lado el neoproteccionismo comercial.

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[1] Al contrario, la liberalización del comercio global y la importación de bienes intermedios y de materias primas más baratos mejora la competitividad de las empresas y aumenta las exportaciones de los países. Al respecto véase el estudio, ECB (2017): “The impact of global value chain participation on current account balances – a global perspective”, Economic Bulletin, issue 2, March, European Central Bank.

Ecosistema apto para innovadores?

Tras mi participación en una conferencia sobre innovación y emprendedores en el Banco Central Europeo (BCE), veo oportuno compartir las que parecen ser las claves hacia el éxito en el proceso innovador. La conferencia ha sido organizada  por Diego Rodríguez Palenzuela del BCE y Catherine Fazio del MIT (Massachusetts Institute of Technology) y nos ha dado la posibilidad de interactuar con los diferentes actores que participan directa o indirectamente en el largo camino por el que se transforman las ideas en nuevos productos.

Entre los participantes se encontraban, no solo profesores del MIT  y otras universidades de renombre de varias disciplinas como ciencias políticas, organización de empresas, economía, nanotecnología, ingeniería; sino también políticos y representantes de instituciones, un parlamentario de Israel, representantes de la Comisión Europea, del Banco Europeo de Inversiones, de las Naciones Unidas,  y como no, emprendedores de varios países y representantes de consorcios relacionados con la innovación.

Paso a elaborar brevemente cuales son los retos, especialmente en los países de la Unión Europea, y las posibles soluciones que han sido planteadas y ardorosamente discutidas en los distintos paneles de expertos. Programa y Webcast están disponibles en el sitio: https://www.ecb.europa.eu/pub/conferences/html/20170313_fostering_innovation.en.html.

El primer reto es como conseguir incentivar a las empresas europeas para que innoven y para que sean capaces, no solo de crear nuevos productos, sino también de conservar el proceso de producción en la región y crecer en tamaño para pasar a ocupar un lugar en el mercado global. Aparentemente los europeos parecen tener una ventaja comparativa en “incremental innovation” mientras que los Estadunidenses la tienen en innovaciones disruptivas y son capaces de crecer tras una de estas invenciones y de llegar a “ocupar” un lugar en el mercado global, mientras que los europeos tienden a vender las start-ups antes de que alcancen un tamaño considerable.

Un estudio realizado por el Banco Europeo de Inversiones muestra que los mayores obstáculos a la innovación según las empresas europeas son la incertidumbre político-económica y las regulaciones del mercado de trabajo y las relacionadas con la creación de empresas, así como también la falta de trabajadores cualificados. Sin embargo, contrariamente a lo esperado, el acceso al crédito y los impuestos parecen sólo afectar a las empresas jóvenes y no a todas. Estos resultados no difieren mucho de los que hemos obtenido en un trabajo reciente realizado para los países MENA (Norte de África y Medio Oriente) en el que se analizaban los obstáculos para incrementar las ventas de las empresas y su productividad (http://www.femise.org/en/articles-en/tax-reform-in-egypt-could-make-its-companies-more-efficient/).

Otro reto planteado es que algunos de los indicadores tradicionalmente utilizados para medir la innovación, y en especial la inversión en I+D, puede que no sean los más adecuados hoy en día, y que debamos pensar en como medir la difusión de las nuevas tecnologías a través de datos relativos al proceso de adopción y uso de las mismas. La creación y desarrollo de nuevos productos parece estar más bien acelerada por la interacción entre “el sistema” “los emprendedores” y el “capital”, que es lo que expertos del MIT denominan el “ecosistema” innovador.

Finalmente, hoy día asistimos como espectadores impasibles a dos fenómenos socio-económicos. Primero, al proceso de cambio demográfico, que implica el envejecimiento de la población en Europa y el consecuente aumento de la tasa de dependencia. Segundo, a la persistencia de elevadas tasas de desempleo, en particular entre los jóvenes, llegando a alcanzar figuras de dos dígitos que superan el 30 por cien en algunas regiones del sur de España, Grecia o Italia. El problema está relacionado con la falta de programas adecuados de educación vocacional y con el hecho de que las universidades parecen haberse quedado “obsoletas” siendo incapaces de formar a los jóvenes para las profesiones del futuro.

Las soluciones a estos retos no son ni obvias ni homogéneas para todos. En primer lugar, el MIT a creado un programa, “Regional Entrepreneurship Aceleration Program” (REAP), cuyo principal objetivo es colaborar con distintas regiones en distintos continentes para incentivar y acelerar su progreso económico y social a través del desarrollo de ideas y su transformación en nuevos productos. En España, como ejemplo más próximo, participan Andalucía, Valencia y la comunidad de Madrid. La idea es crear un “ecosistema” apropiado para fomentar y acelerar la creación de empresas innovadoras, así como también darles el apoyo institucional y financiero adecuado para que sobrevivan en el mercado.

En segundo lugar, distintos estudios indican que la “clave” para innovar no está tan relacionado con la inversión en I+D, sino más bien con los procesos de interacción entre los distintos actores implicados, todavía no está claro si lo que debemos medir es la existencia de “clústers” o de regiones innovadoras o si, dado que el “ecosistema” es la unidad relevante para el proceso innovador, tal vez se requiera delimitar cuál es la unidad geográfica apropiada, si es que la hay, o si debemos definir “ecosistemas digitales”.

En tercer lugar, dado que los actores más importantes en el proceso de desarrollar nuevas ideas son las personas y  su educación y formación, cabe plantear cómo transformar los sistemas educativos con el uso de las nuevas tecnologías, dada la información que tenemos de una carencia de individuos formados para las profesiones del futuro. La educación debe pasar a dar una mayor importancia a enseñar como resolver problemas en todas las instancias, comenzando por la educación pre-escolar. Además, las personas tienen hoy la posibilidad, todavía infrautilizada, de asistir a cursos online ofrecidos por las mejores universidades del mundo y en los temas más variados. Tal vez se deba pasar a construir portafolios individualizados de acuerdo con las ventajas comparativas de la región donde se desea realizar un proyecto o crear una empresa. Para ello, las instituciones internacionales, nacionales y regionales juegan un papel de creciente importancia para contribuir a la existencia de un “ecosistema” apropiado que eduque a sus ciudadanos desde edades tempranas y los prepare para desarrollar ideas y crear los incentivos necesarios para acoger a los emprendedores y acompañarlos hacia el éxito.

Finalmente, no cabe duda que el proceso de innovación es disruptivo y que el miedo al futuro y a la falta de empleos adecuados está al orden del día. Hago aquí una reflexión para que observemos la historia y pasemos a pensar que una revolución industrial es un proceso en el que ciertamente se destruyen empleos, pero también se crean otros nuevos, y en profesiones de las cuales todavía ni siquiera sabemos de su existencia. Seamos pues techno-optimistas y pongamos los medios para que el proceso de cambio sea lo menos disruptivo posible.

 

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