Evolución de la participación de la remuneración de los asalariados en el PIB de los EE.UU., 1947-2015

En el gráfico adjunto (hacer click sobre el mismo para verlo más grande) se muestra la evolución histórica de la participación de la remuneración de los asalariados en el PIB de los EE.UU. para el periodo 1947-2015.

Los datos nos indican que hay clara tendencia desde 1947 a la actualidad a una caída en la participación de la remuneración de los asalariados en el PIB en los EE.UU. El máximo se sitúa en 1970 con el 51,7% de la remuneración de los asalariados en el PIB y el mínimo histórico se ha situado en el 42% en 2011, en plena crisis financiera y económica. El último dato publicado para 2015 registra una ligera recuperación (44,3%) desde el mínimo de 2011.

Pero de estos datos no se puede derivar un caída de las rentas de los hogares. Este descenso se puede compensar con una subida de otras rentas que no sean remuneración de los asalariados, por ejemplo, pensiones, rentas de los trabajadores autónomos, alquileres, dividendos, y otras rentas del capital percibidas por los hogares.

Desigualdad de la renta y evolución del mercado de valores en EE.UU., 1947-2013

Recientes estudios han constatado empíricamente el aumento constante de la desigualdad de la renta en los EE.UU. desde los años setenta del siglo XX [1]. Uno de los principales factores que explica este fenómeno son las diferencias en la composición de las rentas de los ricos y de los pobres. Desde el punto de vista estadístico, menos del 20% de los hogares norteamericanos tienen acciones, y estas familias son en su mayoría de clase alta. Y ello produce una dicotomía, ya que los ricos reciben la mayor parte de sus ingresos del mercado de valores (plusvalías, opciones sobre acciones y dividendos), mientas que la clase media y la clase pobre reciben la mayor parte de sus ingresos de las rentas del trabajo o de las pensiones. En última instancia, las clases altas se beneficiarían de los períodos de bonanza del mercado de valores, mientras que el resto de la población no.

El coeficiente de Gini se utiliza para medir la desigualdad en la renta, dentro de un país, pero puede utilizarse para medir cualquier forma de distribución desigual. El coeficiente de Gini es un número entre 0 y 1, donde 0 se corresponde con la perfecta igualdad (todos las personas tienen los mismos ingresos) y donde el valor 1 se corresponde con la perfecta desigualdad (una persona tiene toda los ingresos y los demás ninguno). Desde el punto de vista económico, la distribución de la renta empeoraría cuando el valor del índice de Gini fuera aumentado en el tiempo.

En el gráfico adjunto se muestra la evolución temporal para el periodo 1947-2013 de los precios de las acciones en la Bolsa de Nueva York (medidos por el índice S&P 500) y del coeficiente de Gini de los hogares de  EE.UU. que aproxima la desigualdad de la renta.

Las cifras muestran como la escalada del mercado de valores y el crecimiento de la desigualdad coinciden desde 1970 y que la alta correlación positiva entre ambas variables ha continuado hasta ahora. En concreto, el coeficiente de Gini ha aumentado desde el 0,394 en 1970 al 0,482 en 2013, mientras que el índice S&P 500 pasó de 92 en 1977 a 1476 en 2007 (aumento del 1500%) y entre 2007 y 2013 pasó de 1476 a 1848 (aumento del 25%).

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[1] Un excelente resumen de los trabajos y la metodología utilizada en los estudios de la desigualdad de la renta recientes puede verse en el artículo de Owyang, M. T. y Shell, H.G.  (2016): “Measuring Trends in Income Inequality”, Federal Reserve Bank of St. Louis The Regional Economist, April, 24 (2), pp. 4-5.

El impacto de Embarazada a los 16

Si me pidieran nombrar algún programa de televisión cutre, seguramente elegiría Gandia Shore de la cadena MTV. Para estar seguro de mi elección antes de escribir este post he seguido durante un par de episodios de reposición, las andanzas de Ylenia, Cristina “Core”, Alberto “Clavelitos”, y compañía, y he disipado todas mis dudas. Con estos precedentes, resulta difícil creer que otro docu-reality de esta cadena, Embarazada a los 16, pueda tener algún efecto positivo en el comportamiento de los jóvenes. Sin embargo, según un estudio realizado por los profesores Kearney y Levine, y publicado en el American Economic Review, sí lo ha tenido.

Como su título sugiere, Embarazada a los 16 es una serie que en cada capítulo cuenta las vicisitudes de una adolescente que se ha quedado embarazada. La serie quiere subrayar las dificultades a las que se enfrentan las jóvenes durante el embarazo y los primeros meses de vida del bebé. Los estudios señalan que las madres adolescentes no son más pobres por haber sido madres a una edad temprana; más bien, ser madres adolescentes es una consecuencia de las peores condiciones de vida en que vivían estas adolescentes. Sin embargo, dichos estudios concluyen que los hijos de las madres adolescentes tienen desventajas sociales y económicas frente a los hijos de mujeres más maduras, especialmente si estas tienen un mayor nivel educativo y están casadas. Por estas razones, se considera que reducir el número de madres adolescentes es positivo.

Embarazada a los 16 se estrenó en Junio de 2009 en Estados Unidos. Gracias a sus buenos índices de audiencia, la serie ha tenido cinco temporadas y ha generado dos spin-offs: Teen Mom I y Teen Mom II, donde se sigue documentando la vida de algunas de las jóvenes que aparecieron en la primera y segunda temporada de Embarazada a los 16.

Para analizar el impacto de la serie, Kearney y Levine utilizan los datos de audiencia de la serie entre las jóvenes de 12 a 24 años en los Estados Unidos, y analizan si los cambios en la audiencia están relacionados con variaciones en la tasa de fertilidad de las chicas de 15 a 19 años. Los autores utilizan diferentes técnicas para asegurar que están capturando una relación causal. Su conclusión es que un aumento de la audiencia en un 1% provoca una reducción de la tasa de fertilidad entre las adolescentes de un 2,3%. Los análisis muestran también que el programa habría contribuido en un 25% a la reducción total en la tasa de fertilidad de las adolescentes durante el periodo analizado.

Tras estimar el impacto de Embarazada a los 16, los autores se preguntan por qué las jóvenes que ven este programa reducen la probabilidad de ser madres adolescentes. Los autores argumentan que el programa, al subrayar las dificultades que tienen las madres adolescentes, provoca que los jóvenes quieran recabar más información sobre métodos anticonceptivos y sobre el aborto. De hecho, los autores muestran que tras la emisión de un episodio aumentan de forma notable las búsquedas en Internet y las menciones en Twitter de estos términos. Aunque el estudio no tiene datos para probarlo, teniendo en cuenta la reducción en el número de abortos entre las jóvenes estadounidenses, los autores señalan que el mecanismo más probable haya sido un mayor uso de métodos anticonceptivos.

El trabajo de Kearny y Levine pone de manifiesto que los programas de televisión pueden influir de forma notable sobre los comportamientos de las personas. Embarazada a los 16, a pesar de utilizar elementos de lo que se conoce como telebasura, ha tenido una influencia positiva al reducir el número de embarazos entre las adolescentes. ¿Tendrá también Gandia Shore algún efecto positivo entre los jóvenes que yo no soy capaz de ver?

Los mercados de bonos de deuda pública mundial en tasas de rentabilidad nominales negativas: ¿burbuja en el horizonte?

El Banco Central Europeo y el Banco de Japón siguen estrechando la liquidez del mercado de bonos de deuda pública con sus nuevos programas de expansión cuantitativa en los que se realizan compras masivas de estos valores de renta fija con el objetivo de estimular sus economías. A ello se une la fuerte demanda de la banca internacional de bonos de deuda pública con el objetivo de cumplir los requisitos de capital. Por último, como la situación de las bolsas de valores en el mundo se ha vuelto tan impredicible, los inversores siguen viendo a la deuda pública como el único refugio en el que salvaguardarse de la fuerte tormenta que podría venir en un futuro más o menos cercano en la renta variable.

Esta fuerte (triple) demanda alimenta el círculo vicioso de falta de oferta de bonos de deuda pública, subidas de precios y bajada de rentabilidades nominales. Ello ha generado una enorme burbuja en el mercado de bonos de deuda pública por lo que los inversores se enfrentan a enormes pérdidas en su cartera si las rentabilidades suben en gran medida y bruscamente. Con más detalle, un aumento de medio punto porcentual supondría unas pérdidas de alrededor de 1,6 billones de dólares en el mercado global de bonos de deuda pública, según estimaciones de Bank of America Corp.

En el siguiente gráfico se muestra que las rentabilidades nominales (medias) de la deuda pública en los mercados mundiales han caído desde +4,3% en junio de 2006 hasta el +1,3% abril de 2016.

Pero el signo mayor de la burbuja del mercado de bonos de deuda pública es que en la actualidad hay más de 8 billones de dólares (1 trillón americano = 1 billón europeo) en los mercados secundarios con rentabilidades negativas, tal y como se puede observar el el siguiente gráfico.

Tal como muestra el gráfico, la mayor parte de los bonos de deuda pública con rentabilidades negativas son de Japón, 5,6 billones de dólares, el 70% del total del mercado mundial. Pero esto no es extraño ya que el Banco de Japón es el banco central que más ha expandido su balance comprando bonos de deuda pública nacional. En la actualidad el bono de deuda pública a 10 años se sitúa en rentabilidades negativas (-0,11%), mientras que el bono a 30 años tiene un rendimiento extremadamente bajo (y peligroso) del +0,29%. Esto significa que los inversores están pagando el gobierno nipón para mantener su dinero durante diez años, y quien mantiene su dinero en bonos de deuda pública durante 30 años recibe un +0,29% anual.

En el caso de España, los títulos de deuda pública con rentabilidades negativas alcanzan ya los 151.000 millones de dólares (ver gráfico).

Otros signos de la burbuja latente del mercado de bonos de deuda pública provienen de las nuevas emisiones de algunos países. Por ejemplo, Francia emitió bonos de deuda pública a 50 años en abril pasado (no emitía desde 2010), mientras que Irlanda emitió en marzo pasado su primeros bonos de deuda pública con vencimiento a 100 años (¡atención 2116!) por un montante de 100 millones de euros y al +2,35% de interés).

En síntesis, los inversores siguen comprando bonos soberanos porque piensan que la rentabilidad nominal seguirá cayendo y el valor de su cartera seguirá subiendo en el corto plazo. El problema surgirá cuando comiencen a subir los tipos de interés de las nuevas emisiones, se produzcan ventas masivas (y simultáneas) y su cartera pierda valor. Y estas pérdidas aparecerán en mayor medida cuando mayores sean las subidas de tipos.

Los precios de las exportaciones españolas

La literatura ha puesto de manifiesto que existen grandes diferencias entre las empresas exportadoras (Bernard et al., 2007 y 2012). En el margen extensivo, estas diferencias se manifiestan en el número de productos exportados y en el número de mercados a los que exporta la empresa. En el margen intensivo, diferentes estudios han mostrado que existen notables diferencias en el precio de exportación que fijan las empresas para un producto (Manova y Zhang, 2012). Las diferencias en el precio de exportación no se producen solamente entre empresas, sino también dentro de la propia empresa. En concreto, las empresas, para un mismo producto, fijan un precio de exportación más alto en los destinos más alejados y con mayor renta per cápita.

En un trabajo, realizado con Juan de Lucio, Raúl Mínguez y Francisco Requena, hemos analizado la variación de los precios de exportación entre las empresas españolas, y dentro de las empresas españolas. Para realizar este estudio hemos combinado los datos de transacciones de exportación a nivel de empresa de Aduanas para el año 2014, con los datos de SABI. Para poder unir estas bases de datos hemos utilizado el Directorio de Empresas Exportadoras e Importadoras de la Cámara de España. Para analizar todos los componentes de la variación en los precios de exportación, hemos elegido las empresas manufactureras que exportan un producto a más de un destino (multi-destino), y que realizan más de una transacción por producto y destino (multi-transacción). Calculamos los precios de exportación dividiendo el valor de la transacción por la cantidad vendida (en kilogramos o unidades, según la disponibilidad de información). La muestra incluye a 1,586 empresas manufactureras, que representan el 26% del total de las exportaciones que realizan las empresas manufactureras multi-destino y multi-transacción.

Al igual que en estudios realizados para otros países, hallamos notables diferencias en el precio de exportación de un producto[1] entre las empresas exportadoras españolas; y también dentro de cada empresa para sus diferentes destinos. Además, gracias al carácter transaccional de nuestra base de datos, encontramos grandes diferencias en el precio de exportación entre las transacciones que una empresa realiza de un producto a un mismo destino. De hecho, este nuevo componente de la variación de precios, que no había sido identificado en estudios anteriores, es el que más contribuye, con un 45%, a las diferencias en los precios de exportación.[2]

Para explicar este nuevo componente nos apoyamos en el modelo presentado en Baldwin y Harrigan (2011). Según este modelo, las empresas más productivas exportan productos de mayor calidad y obtienen más beneficios. En nuestro trabajo, extendemos este modelo considerando que las empresas más productivas exportan, además, un mayor rango de calidades de un mismo producto.

Esta extensión genera tres predicciones que contrastamos empíricamente con nuestra muestra de empresas exportadoras españolas. En primer lugar, el modelo predice que las empresas más productivas tienen un precio (medio) de exportación más alto. Las estimaciones econométricas confirman que las empresas españolas con una mayor productividad total de los factores fijan precios de exportación más altos. Esta relación positiva entre precios de exportación y productividad se mantiene cuando controlamos otros factores como el tamaño de la empresa o el salario medio de los trabajadores.

En segundo lugar, el modelo predice que el precio (medio) de exportación será más alto en destinos más alejados de España. Como los costes de exportación son mayores cuanto más alejado esté el destino, la empresa solamente obtendrá beneficios en este destino si exporta las variedades de mayor calidad. Nuestras estimaciones confirman esta predicción. Tomando como referencia Portugal, el precio de exportación de las empresas españolas se eleva en un 4,2% cuando exportan al resto de países europeos, en un 7,6% cuando exportan a países africanos y de Oriente Medio, y en un 12% cuando exportan a países del continente americano y del resto de Asia. Asimismo, nuestras estimaciones muestran que el precio medio de las exportaciones es superior en los mercados con una mayor renta per cápita.

En tercer lugar, el modelo predice que las empresas más productivas exportan un mayor rango de calidades de un mismo producto. Para aproximar el rango de calidades, calculamos la desviación estándar de los precios de exportación, y el número de transacciones con diferentes precios para cada producto y destino. Para ambas variables, encontramos una relación positiva y estadísticamente significativa entre la productividad total de los factores y el rango de calidades.

Para contrastar la robustez de nuestros resultados, siguiendo a Khandewal et al. (2013), estimamos una medida directa de calidad y volvemos a estimar todas las ecuaciones econométricas con esta nueva variable. Los resultados no varían.

Nuestro estudio muestra que las empresas españolas más productivas exportan productos de mayor calidad, y un mayor rango de calidades por producto. Además, las empresas españolas ajustan el rango de calidad a las características del destino. En concreto, la calidad exportada, y consecuentemente el precio de venta, es superior en destinos más lejanos y en mercados con una mayor renta per cápita.

 

 

Referencias

Baldwin, R. y Harrigan, J. (2011). “Zeros, quality, and space: Trade theory and trade evidence”, American Economic Journal: Microeconomics, 3(2):60-88.

Bernard, A.B., J.B. Jensen, S.J. Redding y P.K. Schott (2007). “Firms in International Trade”, Journal of Economic Perspectives, 21, 3, 105-130.

Bernard, A.B., J.B. Jensen, S.J. Redding y P.K. Schott (2012). “The Empirics of Firm Heterogeneity and International Trade”, Annual Review of Economics, 4, 283-313.

Khandelwal, A. K., Schott, P. K., y Wei, S.-J. (2013). “Trade liberalization and embedded institutional reform: Evidence from Chinese exporters”, American Economic Review, 103(6):2169-2195.

Manova, K. y Zhang, Z. (2012). “Export prices across firms and destinations”, The

Quarterly Journal of Economics, 127(1):379-436.

 

 

[1] Definidos a 8 dígitos de la Nomenclatura Combinada.

[2] Las diferencias entre empresas contribuyen en un 18%, y las diferencias para una empresa entre destinos en un 22%. El porcentaje restante está explicado por las covarianzas de los componentes.

 

La evolución de la brecha salarial entre hombres y mujeres

(Esta entrada también ha sido publicada recientemente en el blog Politikon)

Que las mujeres cobran menos que los hombres en cualquier economía es un hecho que está ampliamente documentado (veáse aquí evidencia para los países de la Unión Europea y aquí para los de la OCDE), algo que, como es lógico, despierta una gran preocupación por su posible origen discriminatorio. No es de extrañar, por lo tanto, que el análisis del origen de la brecha salarial por género haya recibido una gran atención en el análisis económico (se pueden encontrar excelentes revisiones recientes de esta cuestión en Blau y Kahn, 2016 y Ponthieux y Meurs, 2015). Gracias a ello, en la actualidad contamos con una amplia literatura que, a la vez que nos permite conocer cada vez mejor el origen de esa brecha, nos muestra también que existen ciertas cuestiones que son muy relevantes en relación con el origen de este fenómeno para las que aún no existen suficientes respuestas.

Determinantes de las diferencias salariales entre hombres y mujeres: factores explicativos tradicionales y nuevos

La aproximación tradicional al análisis de la brecha salarial por género ha consistido en análisis empíricos basados en la descomposición mediante técnicas econométricas (la estándar es la de Oaxaca-Blinder) de las diferencias de salarios medios de hombres y  mujeres en dos partes diferenciadas (puede encontrarse una explicación más detallada sobre esta cuestión en esta entrada de Sara de la Rica). Una parte deriva del hecho de que hombres y mujeres pueden diferir en características asociadas a su productividad, como el nivel educativo o la experiencia laboral. La otra reflejaría en qué medida hombres y mujeres con las mismas características son objeto de un tratamiento salarial diferente (esta sería la parte “no explicada” de la brecha y  mediría, a priori, los efectos de la discriminación salarial contra las mujeres).

Gracias a este tipo de análisis sabemos que un factor que tradicionalmente ha sido un origen destacado de la desventaja salarial de las mujeres ha sido su peor dotación relativa de capital humano (derivada de los tradicionalmente menores niveles educativos y la menor experiencia laboral acumulada en el mercado de trabajo), si bien ésta es una circunstancia cuya importancia se ha reducido enormemente con el paso del tiempo. Conocemos, asimismo, que una parte significativa de los menores salarios relativos de las mujeres se debe a su segregación en segmentos del mercado de trabajo mal remunerados, ya que las mujeres trabajan en mayor medida en ocupaciones y empresas que remuneran comparativamente peor a su fuerza de trabajo. Finalmente, sabemos que, incluso cuando se controla por un amplio conjunto de factores que, además del capital humano, incluye características de los puestos de trabajo y las empresas, existe una parte de la brecha salarial por género que no es posible explicar, lo que sugiere que de forma general se remunera peor a las mujeres que a hombres que son igualmente productivos (al menos a ojos de los investigadores, con la información que podemos utilizar en nuestros análisis).

Así, en el caso concreto de España, la diferencia en el salario por hora promedio se sitúa en los últimos años en torno al 20% según la principal fuente sobre salarios para nuestro país, la Encuesta de Estructura Salarial del INE. El análisis de descomposición de la brecha salarial con los microdatos de esa encuesta en este artículo de Murillo y Simón (2014) muestra que si bien las mujeres asalariadas españolas no tienen peores dotaciones de capital humano que los hombres (de hecho, por ejemplo, su nivel educativo es mayor en promedio), resultan muy penalizadas salarialmente por el hecho de trabajar en peores empleos (lo que explicaría 5 de los 20 puntos porcentuales de diferencia en los salarios medios) y, especialmente, en peores empresas (este elemento explicaría 8 de los 20 puntos). La parte restante de la brecha (7 de los 20 puntos) correspondería a diferencias salariales con un carácter intraempresa, lo que revela que en promedio las empresas españolas pagan un 7% menos a las mujeres en relación con hombres que tienen exactamente sus mismas características productivas y trabajan en puestos de trabajo similares en sus mismas empresas.

Aun cuando los análisis basados en descomposiciones ofrecen evidencia cuantitativa de mucho interés sobre los factores que determinan la brecha salarial, tienen el gran hándicap de que no proporcionan información sobre los motivos de las diferencias observadas en esos factores. Así, por  ejemplo, una cuestión todavía no resuelta es si la segregación de las mujeres en peores ocupaciones se debe a una preferencia relativa de las mujeres por ocupaciones que, aunque estén asociadas a peores remuneraciones, presentan ciertas características deseables en términos de otras condiciones laborales (como un menor esfuerzo físico), o, alternativamente, si se debe a un fenómeno de discriminación. Esta discriminación puede tener un carácter directo (si los empresarios prefirieran no contratar a mujeres para empleos “masculinos” por prejuicios o por motivos de discriminación estadística) o indirecto (si las expectativas sociales y familiares, por una parte, y la mayor carga de trabajo en el ámbito familiar y de cuidado de niños y personas dependientes, por otra, indujeran a las mujeres a elegir estudios y empleos “femeninos” que permitieran conciliar mejor la vida laboral y familiar).

Ante las limitaciones de los análisis tradicionales, en la literatura relacionada con la brecha salarial por género han aparecido recientemente nuevas líneas de investigación que extienden el análisis de los factores explicativos “tradicionales” (los cuales incluyen las diferencias en capital humano, la segregación en peores puestos de trabajo y empresas, las diferencias en la carga de trabajo familiar y la discriminación) a “nuevos” factores explicativos, incidiendo en la posible existencia de diferencias entre hombres y mujeres en rasgos psicológicos o habilidades no cognitivas que pudieran influir en sus resultados laborales a través de sus preferencias o actitudes. Sin ánimo de ser exhaustivos (para una detallada revisión de las investigaciones relacionadas con estas cuestiones, véanse Bertrand, 2011 y Bertrand y Duflo, 2016), la incipiente evidencia obtenida hasta ahora sugiere que hombres y mujeres pudieran presentar en términos generales diferencias significativas en algunas estas cuestiones. Así, si bien las mujeres presentan ventajas en ciertas áreas, como las relaciones interpersonales, los hombres parecen presentar una menor aversión al riesgo y una mayor propensión a negociar y a competir, lo que podría favorecer sus salarios relativos a través de diversos canales, incluyendo la elección de ocupaciones y campos de estudio con mejores remuneraciones. En cualquier caso, cabe destacar que ciertos estudios muestran que el impacto de estos elementos en la explicación de la brecha salarial es, no obstante, cuantitativamente moderado.

La evolución en el tiempo de la brecha salarial por género

Una cuestión especialmente relevante en relación con la brecha salarial por género es si se trata de un fenómeno que con el tiempo tiende a reducirse o si, por el contrario, tiene un carácter persistente. Precisamente a esta cuestión intentan dar respuesta dos investigaciones recientes desarrolladas por algunos de los principales expertos mundiales en el análisis de la brecha salarial de género. Así, Olivetti y Petrongolo (2016) documentan cómo, en un contexto donde en la mayoría de los países avanzados se han producido mejoras muy significativas en los logros laborales de las mujeres en el último siglo, en el caso concreto de los salarios se observa en líneas generales una clara tendencia hacia la reducción significativa de la brecha salarial por género para las últimas décadas. Blau y Kahn (2016) profundizan en el análisis de esta cuestión para el caso concreto de Estados Unidos, mostrando que si bien la brecha salarial se ha reducido muy significativamente en las últimas décadas en este país, el ritmo de reducción se ha ido aminorando con el paso del tiempo, lo que sugiere que parte de la misma tiene un carácter persistente. En relación con la influencia de los factores explicativos “tradicionales”, estos autores muestran que las diferencias en las dotaciones relativas de capital humano son cada vez menos relevantes (debido a la mejora relativa de los niveles educativos y la experiencia laboral de las mujeres); que la segregación de las mujeres en peores ocupaciones y empresas es un factor que todavía tiene un gran impacto cuantitativo en la brecha; que las diferencias de género en la división familiar del trabajo ejercen todavía un impacto muy relevante (un indicio relevante en este sentido es que tener hijos está asociado a una penalización salarial para las mujeres y a salarios más altos para los hombres) y que la parte de la brecha no explicada por las características asociadas a la productividad, si bien se reduce con el tiempo, presenta un carácter persistente.

En el caso concreto de España, las carencias de la información estadística existente para nuestro país impiden analizar adecuadamente la evolución de la brecha salarial por género en las últimas décadas, por lo que los análisis existentes se centran en su evolución más reciente. La evidencia que obtenemos en Murillo y Simón (2014) para la primera década del actual milenio a partir de las últimas olas de la Encuesta de Estructura Salarial muestra que durante la expansión económica, en la línea de lo observado para otros países avanzados, la brecha salarial por género se redujo significativamente (entre 2002 y 2006 la diferencia entre hombres y mujeres en el salario por hora se redujo del 20,4% al 18,2%), pero que la llegada de la crisis económica truncó está tendencia (entre 2006 y 2010 la diferencia aumentó significativamente, hasta el 22,5%). El aumento de la brecha salarial con la crisis se debió básicamente a un efecto de composición dado que, como la destrucción de empleo en los años iniciales de la crisis se centró en hombres con baja cualificación, las características productivas de los hombres que permanecieron empleados mejoraron comparativamente. Otro impacto reseñable de la crisis económica es la aparición por primera vez en nuestro país de un perfil creciente de la brecha salarial a lo largo de la distribución de salarios, y por lo tanto comparativamente más desfavorable para las mujeres más cualificadas. Este escenario es coincidente con el fenómeno de techo de cristal que ya se había observado en muchos otros países avanzados, pero nunca anteriormente para España.

 

¿Qué ha ocurrido en los últimos años con la brecha salarial en España? Según la Encuesta Anual de Estructura Salarial, entre 2010 y 2013 la brecha en salarios por hora entre hombres y mujeres aumentó significativamente, en más de dos puntos porcentuales. En principio, son varios los cambios que se han producido en los últimos años en la evolución del empleo y en la determinación de los salarios que hipotéticamente podrían haber perjudicado los salarios relativos de las mujeres españolas y, en consecuencia, explicar este hallazgo. Así, por ejemplo, es probable que las mujeres que se han incorporado en los últimos años a la fuerza laboral desde la inactividad forzadas por un efecto de trabajador añadido tengan comparativamente menos experiencia laboral y un nivel de cualificación inferior, “empeorando” con ello las características del conjunto de las mujeres empleadas. En el mismo sentido, es posible que la mayor flexibilidad salarial y el mayor margen de discrecionalidad de las empresas en la fijación de los salarios asociados a la reforma laboral de 2012 hayan perjudicado al colectivo más vulnerable, el de las mujeres, en la medida en que hayan permitido a las empresas acentuar el tratamiento salarial diferenciado por género. El análisis detallado del motivo del incremento reciente de la brecha salarial en nuestro país es una cuestión en consecuencia de gran interés, que debería ser necesariamente objeto de investigación. Dicho análisis, desafortunadamente, está condicionado por la información estadística disponible, por lo que será necesario esperar a que estén disponibles públicamente a finales de este mismo año los microdatos de la ola de 2014 de la Encuesta Anual de Estructura Salarial.

El precio por llegar tarde ¿un chiste?

Hay pocas cosas más serias que un buen chiste. Por ello, el último viernes de febrero me puse una corbata cuando subí en el AVE en dirección a Madrid a contar chistes. Como ya expliqué hace algún tiempo aquí, los académicos no somos muy de corbatas. De hecho, las jornadas de docencia de ALDE en las que presenté la comunicación “Economía con humor” ha sido la segunda vez que me he puesto una corbata para subir a la tarima de un congreso. La primera vez fue cuando mis directores de tesis me dijeron (con seriedad) que en los congresos de economía se estilaba la corbata. Y con traje, chaqueta y corbata me planté en primera comunicación ante un auditorio de atónitos profesores en tejanos y camisetas. Por suerte es más fácil desprenderse de la corbata cuando sobra que echarla de menos cuando hace falta.

Pero esta ocasión merecía una buena corbata de seda con su nudo Windsor.  El que les escribe se ha curtido a explicando el teorema del límite central en clase o comunicando resultados de regresiones en congresos científicos. Nuestro ámbito de acción suele ser más sosegado, solitario y reflexivo. Era la primera vez que intentaba hacer reír conscientemente a un auditorio de pares (en clase los alumnos se ríen más). Tampoco he participado nunca en una tertulia radiofónica, pero tengo la sensación que hacer reír a 30 profesores debe ser una sensación parecida a la de discutir de economía con periodistas de mensajes telegráficos. Señores del club de la comedia y tertulianos, se han ganado mi respeto (más los primeros que los segundos).

En mi defensa diré que hacer reír a un grupo de economistas académicos no es una tarea fácil. Primero, el auditorio no tiene la misma predisposición que ante un monólogo. También descubrí luego con asombro que incluso hay profesores que se toman muy en serio la innovación docente. Y claro, cuando dije en tono chistoso que la mayoría de nosotros estábamos allí para rellenar la casilla correspondiente de la ANECA no les hizo ninguna gracia.

Tengo mala memoria para los nombres y para los chistes. No es una característica necesariamente negativa, ya que siempre me da pie a romper el silencio incomodo y preguntar algo (aunque sea el nombre). También me puedo reír varias veces del mismo chiste como si fuera la primera vez. Por ello tenía preparado un amplio repertorio de chistes de economistas que he ido recopilando desde hace cursos en mis clases (los mejores chistes de economistas los pueden encontrar aquí, aquí y aquí).

Mis alumnos me ayudan a mantenerme al día en materia de chistes. Mis clases suelen ser a primera hora y no hay nada como un buen chiste para empezar con buen pie el día. Sin embargo las clases econometría de las 08:00 se enfrentan a dos dilemas clásicos de la física: la teoría de la relatividad de Einstein y la paradoja de Schrondinger. Primero, el tiempo es relativo (pero suele ser más relativa retrasándose que adelantándose). Segundo, si no hay nadie en clase para recibir la materia impartida, existe una indefinición sobre si la clase está dada o no.

La manera más efectiva de contrarrestar las fuerzas de la entropía que nos abocan a un retraso siempre creciente es contar un chiste. Es decir, un sencillo sistema de incentivos mediante el cual el alumno tiene que asumir el coste por llegar tarde y  pagar un precio: subirse a la tarima y hace reír a sus compañeros. Lo que empezó como una broma, ha acabado siendo una de las mejores maneras para atajar los retraso, mejorar el ambiente en clase y reforzar competencias (como hablar en público, capacidad de síntesis; ver gráfico). Como diría Kierkegaard, la risa es la contradicción indolora.

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Llegar tarde es una práctica habitual en la sociedad española (universidad incluida). Más del 60% de los alumnos han llegado tarde alguna vez y hay un alto número de retrasos sistemáticos (ver figura).

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La impuntualidad no es un chiste, aunque lo a veces lo parezca. Ser impuntual no tiene apenas repercusiones, en parte por la alta tolerancia al retraso y el escaso escarnio social. Según el profesor de INSEAD Erin Meyer somos unos de los países más impuntuales del mundo con un elavado coste social y económico (The Culture Map: Breaking Through the Invisible Boundaries of Global Business).

Para qué queremos construir un AVE, ¿para seguir llegando más rápido tarde? (Aunque del AVE ya hablamos anteriormente aquí). Mitigar la impuntualidad desde la universidad puede contribuir a disminuir su incidencia negativa en la sociedad y en la economía.

El comercio internacional cada vez crece menos

Durante el periodo 1970-2013 las exportaciones de bienes y servicios en el mundo se multiplicaron por diez, mientras que el PIB mundial solamente se multiplicó por cuatro. El mayor crecimiento relativo del comercio internacional es uno de los más claros indicadores del proceso de globalización que ha experimentado la economía mundial durante las últimas décadas. En concreto, si las exportaciones suponían alrededor del 13% del PIB mundial en el año 1970, para 2013 ya suponían casi el 30%.

Sin embargo, durante los últimos años se ha producido un crecimiento mucho más moderado del comercio internacional. De acuerdo a los datos de la Organización Mundial del Comercio, el crecimiento en los años 2014 y 2015 no superó el 3%, y las previsiones apuntan a que tampoco se supere este porcentaje en el año 2016. Esta desaceleración del crecimiento se debe, en parte, a una menor demanda mundial. Sin embargo, los datos también muestran que, a diferencia de décadas anteriores en el que el comercio crecía muy por encima del PIB, en la actualidad ambas variables crecen de forma similar. ¿Significa esto que hemos alcanzado un estadio en el que el comercio internacional, como porcentaje de la producción, ha llegado a su máximo?

En un reciente libro, editado por la asociación VoxEU, se ha analizado qué factores estructurales pueden explicar que el comercio internacional haya dejado de crecer más rápido que el PIB (en jerga económica, por qué se ha reducido la elasticidad del comercio con relación al PIB). Los autores destacan dos razones para explicar esta desaceleración. En primer lugar, para el comienzo de la segunda década del siglo XXI habría finalizado el proceso de incorporación a la economía mundial de dos grandes zonas que apenas comerciaban con el resto del mundo anteriormente: los países de la Europa Central y del Este, y China. Cuando estas zonas se integran a la economía mundial el comercio crece mucho más rápido que el PIB; sin embargo, una vez finalizado el proceso de integración, el comercio vuelve a crecer al mismo ritmo que el PIB.

En segundo lugar, los autores señalan que durante estos años también habría finalizado el proceso de creación de cadenas de producción globales. Como explicábamos en un post anterior, una de las características del proceso de globalización es que la producción no se realiza en un único país, sino que se divide entre muchos países. Esta división del proceso de producción genera un crecimiento artificial del comercio internacional, ya que este se recoge en valores brutos y no en valores netos. Por ejemplo, imaginemos que en el proceso de producción de una camiseta participan tres países: Estados Unidos (que produce el algodón), Indonesia (que convierte el algodón en tela) y Bangladesh (que corta la tela y la cose, convirtiéndola en una camiseta). Imaginemos también que el valor que añade cada país es de 5€ en cada camiseta. En este ejemplo el valor añadido total que se genera es de 15€ (5€ de algodón + 5€ de tela + 5€ de confección). Sin embargo, el comercio que se genera, al estar medido en valores brutos, es mucho mayor. El algodón que se exporta de Estados Unidos a Indonesia vale 5€; sin embargo, el valor de la exportación de la tela de Indonesia a Bangladesh es 10€, ya que incorpora los 5€ de algodón y los 5€ del valor añadido de convertir el algodón en tela. Si Bangladesh exporta la camiseta a otro país, el valor de la exportación será de 15€. Por tanto, en el proceso de producción de la camiseta se han generado 5€+10€+15€=30€ de comercio internacional, el doble del valor añadido de la camiseta. A medida que se desarrollan las cadenas de producción globales el comercio tenderá a crecer por encima del PIB. Sin embargo, una vez que se haya finalizado el proceso de desarrollo de las cadenas, el comercio volverá a crecer al mismo ritmo que el PIB.

¿Debemos preocuparnos por la reducción en el crecimiento del comercio? Como señala Bernard Hoekman en el capítulo introductorio del libro, a corto plazo el menor crecimiento del comercio internacional es una mala noticia para las empresas, como muchas españolas, que se han apoyado en las exportaciones para compensar la caída del mercado doméstico. A largo plazo, Hoekman sostiene que los efectos pueden ser negativos, ya que el comercio es una vía de transmisión del conocimiento y empuja a los países a especializarse en aquello en lo que son más productivos. Paul Krugman, en cambio, no está muy preocupado por esta caída. En un post publicado hace ya dos años, sostenía que la caída del crecimiento del comercio internacional era un proceso natural de agotamiento de las variables que habían permitido un gran crecimiento anteriormente.

Hace algunos años, los profesores Keith Head y Thierry Mayer, calcularon que si no hubiera ninguna barrera al comercio internacional, la economía mundial alcanzaría un porcentaje de exportaciones cercano al 90% del PIB mundial. Todavía estamos muy lejos de esa cifra. Por ello, yo creo que todavía el comercio tiene mucho recorrido para crecer por encima del PIB y que estamos lejos de un escenario en el que la economía mundial haya alcanzado su máximo grado de globalización.

La evolución del tipo de interés real en EE.UU., 1962-2015

El tipo de interés real medio de los bonos de deuda pública con vencimiento a 10 años en la economía de los EE.UU. se ha situado en el +2,4% anual para el periodo 1962-2015, lo que supone una rentabilidad muy atractiva para un inversor que hubiera mantenido y reinvertido década tras década sus ahorros en este bono.

En el primer gráfico se muestra la evolución temporal de la rentabilidad nominal de los bonos de deuda pública con vencimiento a 10 años y de la tasa de variación anual del IPC general para todos los consumidores urbanos (como medida de la tasa de inflación), mientras que en el segundo gráfico se representa el tipo de interés real como el diferencial o spread entre estas dos variables.

Aunque el tipo de interés real medio en la economía de los EE.UU. para el periodo 1962-2015 se ha situado en el +2,4% (línea roja), ha habido años por encima de la media y años por debajo de la media, tanto con valores positivos como negativos. También existe una gran divergencia entre las décadas con menor inflación y las de alta inflación, divergencias provocadas por las diferentes primas de riesgo por inflación (inflation-risk premium) exigidas por los inversores en las rentabilidades nominales de los bonos.

En el siguiente cuadro hemos agrupado la evolución media del tipo de interés real por décadas (segunda columna). Aunque su medias no son homogéneas, en todas las décadas la rentabilidad real media de los bonos de deuda púbica a 10 años ha sido positiva.

En la década de los 2010 con Ben Bernanke y Janet Yellen como Presidentes de la Reserva Federal de EE.UU. el tipo de interés real medio se ha situado en niveles históricamente bajos del +0,8%. Ello se debe sin duda a las caídas históricas de los rendimientos nominales de los bonos de deuda pública a 10 años y de las primas de riesgo por inflación, propiciadas por la política monetaria expansiva y por la reducción sin precedentes de la tasa de inflación media de esta década (+1,7%).

Desarrollo urbano: ¿planificación o generación espontánea?

Como explica William Easterly, profesor de la Universidad de Nueva York, hay dos grandes visiones sobre el desarrollo económico. La primera plantea que el desarrollo económico se puede planificar.  En esta visión, como explicábamos en un post anterior, el desarrollo económico se percibe como un problema técnico. Si se poseen los recursos necesarios y un plan adecuado, el desarrollo se puede lograr. La segunda defiende que el desarrollo es un fenómeno espontáneo, fruto de las decisiones no coordinadas de un gran número de personas. Si se cuenta con un entorno seguro y en el que se cumplan los contratos, las personas tendrán incentivos para invertir en actividades, como la educación o nuevos proyectos empresariales, que impulsen el crecimiento económico.

Como casi todo en la vida, la verdad no está en ninguno de los extremos, sino en algún punto intermedio. Las ciudades son un buen ejemplo para mostrar que hay que combinar planificación y espontaneidad para lograr el desarrollo. Por una parte, para que las ciudades puedan crecer se necesita cierta planificación. Como defiende el profesor Paul Romer, en una ciudad se debe planificar qué porcentaje del espacio se destina al uso público y qué porcentaje al uso privado. El espacio que se destine al uso público debe utilizarse para zonas verdes y para asegurar que muchas personas se puedan mover de forma rápida en la ciudad. Por ejemplo, Romer propone unas vías de circulación suficientemente anchas que permitan el tránsito de autobuses, y que las personas solamente tengan que caminar como máximo medio kilómetro para llegar a una arteria vial. Para ilustrar esta idea Romer, en una conferencia que pronunció a finales del 2014, comparaba la planificación urbana de Nueva York con la de Bangkok. En el primer caso, ya en el año 1811, se definieron cuáles serían las grandes arterias de la ciudad, el espacio público, y qué áreas se destinarían al uso privado (casas y negocios). Ésto permitió un crecimiento ordenado y que la ciudad pudiese absorber una gran densidad de tránsito. En cambio, en el caso de Bangkok, no se planificó el reparto del suelo entre un uso privado o público. Ésto ha provocado que muchas zonas de Bangkok estén alejadas de las arterias principales de tránsito, generando enormes problemas de tráfico. Actualmente, con la construcción de los trenes elevados se está intentando solventar este problema, pero todavía los atascos persisten.

Romer señala que si la distribución del espacio público y privado no se realiza desde el principio, es muy difícil que después, debido a los derechos adquiridos, se pueda cambiar. Por ello, la planificación es importante.

Sin embargo, la historia de la ciudad de Nueva York ilustra también las limitaciones de la planificación. Los profesores Easterly, Freschi y Pennings han analizado la evolución de un barrio de Nueva York, el que se sitúa alrededor de la calle Greene, durante casi cuatro siglos. Como era de esperar, los autores muestran que se han producido grandes cambios en la especialización productiva del barrio. Por ejemplo, durante el siglo XIX el barrio pasó de ser una de las zonas de prostitución más importantes de Nueva York a albergar muchas fábricas textiles. En cambio, durante el siglo XX el barrio se convirtió en una zona de galerías de arte, y actualmente alberga a muchas tiendas de lujo. Aunque es normal que durante un periodo tan extenso se produzcan cambios en la especialización productiva de un barrio, lo que los autores quieren subrayar es que las transformaciones fueron muy distintas a las que se hubiesen predicho en cada momento. Por ejemplo, la primera gran sorpresa sobre cómo evolucionó la ciudad se la hubieran llevado los holandeses. Ante la disyuntiva de ceder Surinam o Nueva York a los británicos en el siglo XVII, los holandeses decidieron ceder Nueva York, ya que esperaban que este territorio fuese mucho menos valioso que el sudamericano. Con relación al barrio, fue también una sorpresa para los residentes acaudalados del barrio que éste se convirtiera en una zona de prostitución en el siglo XIX; y también fue una sorpresa para los habitantes del barrio que las casas de citas se convirtieran más adelante en talleres de confección.

La historia de este barrio neoyorkino, y las sorpresas en su desarrollo, pone de manifiesto que muchas veces es muy difícil planificar en qué se debe especializar un barrio, una región o un país. Por ello, Easterly y sus coautores opinan que es mejor dejar que la iniciativa privada, mediante un proceso de fracasos y triunfos, determine la ruta a seguir.

La historia de la ciudad de Nueva York pone de manifiesto que el desarrollo es fruto de la planificación y de la espontaneidad. Lo importante es saber cuándo debemos aplicar una y cuándo otra.

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