¿Hacia dónde va la UE? del “Eurexit” a “Con el viento a favor”

El 13 de septiembre pasado el Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Junckers, pronunció en Estrasburgo el Discurso del Estado de la Unión de 2017, como es tradición en estas fechas.

El estado de ánimo en la UE, según el Presidente, es muy diferente al de hace un año, cuando el resultado del referéndum del Brexit todavía no se había metabolizado por completo, ni por los líderes ni por los ciudadanos europeos, y la sensación era que se avecinaba un tsunami en forma de Eurexit  (salida de más países). Hoy ese peligro parece conjurado, la UE ha asumido que puede sobrevivir sin Reino Unido y se ha embarcado en la negociación de su salida con una contundencia  y firmeza que quizá no esperaban al otro lado del Canal. Por supuesto, a la UE le encantaría que Reino Unido volviera, pero también sabe que el país británico ha expresado sus preferencias, es el principal perdedor del Brexit, y la vida es muy larga.

El tono del discurso del Presidente fue optimista, y la frase estrella de Junckers, The wind is back in Europe’s sails. Navegamos con el viento a favor.

En su opinión, estamos en un momento adecuado para reformar la UE y convertirla en una organización más unida, fuerte y democrática.

Esta afirmación, en principio, no es excesivamente informativa, ya que el número de veces que la hemos escuchado de labios de mandatarios de la Unión es asintóticamente infinita. No obstante, y aunque no lo parezca a primera vista, en este caso se produce en un contexto algo especial: va en la línea del trabajo de Bruselas en los últimos meses y, en particular, de las cinco alternativas que dibujó Junker el 1 de marzo pasado (en un ambiente mucho más sombrío), cuando presentó el Libro Blanco sobre el futuro de Europa. Este documento  planteaba diversas estrategias para superar el impasse en el que estaba sumida de facto la UE y  orientar su marcha hasta 2025. Los cinco escenarios esbozados eran los siguientes:

  1. Reconvertir la UE a un mercado común
  1. Seguir como estamos
  2. Avanzar en la integración a varias velocidades
  3. Dar más poder a Bruselas en aquellas áreas donde aporta valor añadido y devolverlo en otras en las que las soluciones nacionales son más eficientes.
  4. Opción federalista: una UE muy integrada, con Unión Bancaria, Fiscal e incluso eurobonos.

El 25 de marzo, varias semanas más tarde, los líderes de los 27 países de la UE celebraron el 60 aniversario del Tratado de Roma y renovaron su intención de trabajar por reformar la UE y hacerla más fuerte, resistente y unida. Dicho sea de paso, también era un modo de curarse en salud frente a la petición formal de Reino Unido de abandonar la Unión, que se juzgaba inminente, y que en efecto se recibió en Bruselas el 29 de marzo.

El discurso de Juncker del pasado 13 de septiembre plantea una combinación de los escenarios mencionados más arriba –  de hecho, el mismo lo ha llamado “escenario 6”-  y se materializa en unas serie de propuestas, como crear el puesto de ministro de Economía y Finanzas para la UE, continuar la firma de acuerdos y  la ampliación de la UE y de la eurozona, unificar Presidente de la Comisión y del Consejo, aligerar la toma de decisiones de algunos organismos y establecer un mayor control sobre el mercado laboral.

Pasemos a examinar con detalle algunas de estas propuestas.

Juncker ha anunciado que, una vez que el CETA ha comenzado a funcionar, se abren una serie de negociaciones para llegar a acuerdos de libre comercio con Nueva Zelanda y Australia (no creo que esta idea guste mucho en Downing Street, por cierto), y se proyecta hacer algo similar con México y algunos países de América Latina (lo que sí será muy bien recibido al otro lado del Atlántico).

La ampliación de la UE se concreta en la inclusión en el espacio Schengen de Bulgaria y Rumanía, y en el futuro de Croacia. En este mandato no se espera el acceso de nuevos miembros a la UE, pero sí en el siguiente: en este sentido, se espera continuar la expansión hacia los Balcanes. No se contempla, en cambio, un tema más espinoso: la inclusión de Turquía.

En paralelo, se pretende que más países se integren en el euro.

A mi modo de ver, la integración de nuevos socios es positiva. Para la UE en general se amplía el tamaño del mercado, aunque sabemos bien que en cuestiones de comercio internacional, puede producirse el tan temido trade diversion, el aumento de la competencia con países que no eran rivales cuando estaban fuera de la UE pero sí pueden serlo cuando no tienen que pagar aranceles en frontera. Y esa competencia reducirá en alguna medida la cuantía de los productos que hoy exportan los 27. Por otra parte, hemos comprobado estos años cómo la inclusión en la UE beneficia poco a poco a los recién llegados en términos económicos, de estabilidad política y de consolidación de la rule of law. Praga y Varsovia hace 20 años son muy diferentes a la Praga y Varsovia de hoy. Y así pasa también  con Bucarest, Sofía… y otros miembros recientes.

En relación con el euro, no estoy tan segura de estar totalmente a favor de una ampliación. La historia de la política monetaria del BCE y de la moneda única ha sido muy turbulenta en los últimos tiempos. El BCE ha comprobado que, si ya es difícil designar una política monetaria adecuada para 12 o 14 miembros, lo es mucho más para 19. Por otra parte, no es lo mismo hacerlo en tiempos de expansión que  de turbulencias. A este respecto, somos muchos los que pensamos que los tipos del BCE han sido (y siguen siendo) demasiado bajos durante demasiado tiempo, con consecuencias deletéreas durante la crisis para muchos de los países del euro, sobre todo aquellos que padecieron en mayor medida la burbuja inmobiliaria. Por supuesto, hay que ser extremadamente riguroso con los criterios de adhesión de nuevos países, para evitar otro fiasco como el griego. Y el BCE debe afinar mucho en su forma de llevar a cabo la política económica para conseguir la cuadratura del círculo y que sus medidas sean efectivas de Helsinki a Ljubljana, de Dublín a Lisboa, lo que hasta el momento no se ha conseguido.

Sobre las reformas en las instituciones de la UE, tampoco tengo opinión de momento. Puede ser buena idea unificar el Presidente de la Comisión y el Consejo. Se conseguirá reducir la dispersión y los tiempos muertos, se obtendrá más coordinación y eficacia en el seguimiento de las prioridades, y se ahorrará en funcionarios, asesores y estructura.

Ahora bien, ¿hasta qué punto es necesario ampliar la nómina de Bruselas con un superministro de Economía y Finanzas? Si tenemos en cuenta que ya existe un Comisario con rango de Vicepresidente para el euro y el diálogo social, la estabilidad financiera, los servicios financieros y el mercado de capitales; otra Comisaria para Comercio; otro para Empleo, Crecimiento, Inversión y Competitividad; otro para Presupuestos y recursos humanos; otro para Asuntos Económicos y Financieros, fiscalidad y aduanas, y podríamos ampliar la lista… más bien lo que parece es que, más que un nuevo ministro, lo que se necesita es poner orden en la Comisión, reorganizar competencias, evitar duplicidades, y agrupar comisariados, que luego, a su vez, podrán tener hacia abajo la estructura orgánica que se crea necesario. Pero, visto así, el organigrama de la Comisión más bien parece una macedonia de Ministros, Secretarios de Estado y Directores Generales, todos ellos llamados Comisarios, que una estructura bien ponderada, ágil y efectiva. Pero claro, ningún país quiere perder su valioso sitio en la Comisión, con lo que nos encontramos ante un problema complejo. En todo caso, para mejorar una estructura no es necesario añadir a una inmensa variedad de puestos otro más, en mi modesta intención. Creo que en este punto, relacionado con la eficiencia y la reducción de burocracia y gasto en estructura, echaremos de menos a los británicos.

Como siempre, no sabemos si estas ideas se materializarán, ni con cuánta rapidez, ni con cuánta contundencia… Todo lo relacionado con la  UE no deja de ser en parte una caja negra. En todo caso, me quedo con el tono optimista y positivo de Junckers, mucho más alentador que el  gris y brumoso del año pasado.

EUROPA EN CRISIS

Europa se encuentra hoy inmersa en una crisis general, que se extiende no sólo al ámbito económico, sino también al social y al político. Este es un uno de los temas que, entre otros,  se ha discutido en el workshop organizado por el IGLP de Harvard y el ICEI de la Universidad Complutense de Madrid que se ha celebrado la pasada semana en la ciudad financiera del Banco Santander, en Madrid.

La crisis económica ha puesto de relieve que Europa está lejos de constituir un área monetaria óptima, es decir, un área apropiada para una moneda única. Esto es algo que los economistas ya sabíamos desde hace tiempo, a tenor de los diversos análisis derivados del trabajo seminal de Robert A. Mundell de 1956. Pero el proyecto europeo se justificaba sobre la base de que la optimalidad de un área monetaria se construye también a través del propio proceso de integración económica y monetaria, siempre que los países involucrados participen de un destino común y coincidan en la forma de plantearse y resolver los problemas. Hoy sabemos bien que la Europa unida se encuentra lejos de cumplir este requisito indispensable. Por el contrario, el lograrlo requerirá aún de un esfuerzo muy notable.

En términos económicos, hoy apenas se ha recuperado el PIB anterior a la crisis. En el área euro, esta magnitud sólo alcanzó en 2015 un 0,3% más que en 2008, frente a un 10% más en EE.UU. Alemania, Polonia y algunos países pequeños (Suecia, Irlanda, Malta, Eslovaquia) han conseguido mejores resultados,  superiores a la media, pero España, Portugal, Gracia, Italia, Chipre y Finlandia se encuentran por debajo de los niveles de producción previos a la crisis. En el empleo la recuperación es aún menor, aunque también lo es para EE.UU.

En términos sociales, se ha acelerado la tendencia hacia la desigualdad en la distribución de la renta, en gran parte como producto del aumento del desempleo, y se ha extendido entre una parte importante de la población una actitud de rechazo de la inmigración que ha favorecido el auge de los movimientos políticos involucionistas, contrarios a los valores europeos de solidaridad, integración y libre movilidad de las personas.

En el ámbito político, la capacidad de las autoridades europeas para atajar los diversos problemas y conflictos, comenzando por el importante asunto de la crisis griega, ha sido muy limitada. Alemania ha mostrado una gran resistencia a asumir un liderazgo clarividente y solidario, y el eje franco-alemán, en otro tiempo muy fructífero, apenas ha funcionado,  sin que quepa esperar su pronta reconstrucción. Por ello, puede decirse que la gobernanza europea se encuentra hoy huérfana, reclamando la contribución positiva de todos los países, que no se antoja fácil, dadas las divisiones con respecto al futuro del proyecto comunitario.

Este ha sido el marco propicio  para que Brexit se haya producido y también para que la ya anémica situación de la banca italiana se acentúe, introduciendo más incertidumbre acerca del futuro y ralentizando la recuperación económica. Las previsiones acerca de la evolución del PIB se han reducido al endémico 1.5%, tanto para este año como para el que viene.

Por otra parte, el desconcierto de las autoridades europeas ha alcanzado límites notorios. La falta de soluciones claras a problemas urgentes (los refugiados) y la excesiva preocupación por temas menores (las multas a España y Portugal) amenazan con agravar los conflictos abiertos y con multiplicarlos. El incremento del número de atentados terroristas añade a estos factores el miedo de la población.

En este escenario crítico y confuso, cobra más relieve el considerable avance logrado en la construcción de un área monetaria óptima: la consolidación de un  fuerte y activo Banco Central Europeo, a pesar de las reticencias alemanas. Es esta institución quien ha salvado a Europa de una crisis económica más profunda.

Parece obvio que resulta necesario seguir avanzando con paso firme en la integración europea, primero con la unión bancaria europea, cuya construcción debe ser bien administrada (no provocando heridas en Italia), y después, a través del incremento del presupuesto común, que dote de mayor capacidad de acción a las autoridades comunitarias ante nuevos shocks, simétricos y asimétricos. También mediante la emisión de deuda pública común (eurobonos), como clara señal dirigida a los mercados financieros del compromiso común en la defensa del euro.

Además, es urgente construir una mejor y más transparente gobernanza europea, con un extenso acuerdo entre países, y probablemente, con diferencias en los caminos hacia una mayor integración (dos velocidades). De entrada, ha de buscarse un buen acuerdo con el Reino Unido.

Estas acciones deben ser el centro de una estrategia general dirigida a hacer valer los beneficios de pertenencia a la UE, en lugar de resaltar sus servidumbres, que debe incrementar la seguridad de la población europea, hoy confusa y asustada, y favorecer nuevas cesiones de soberanía nacional en aras de un futuro común.  La  Europa Comunitaria tiene que convertirse en un proyecto no sólo exigente, sino también atractivo, al que más y más países quieran incorporarse  y del que ninguno quiera abdicar.

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