La agricultura ecológica: posición de España a nivel mundial, por José Colino Sueiras

El modelo de producción agraria dominante en el mundo ha dado lugar a un sistema intensivo que, con el empleo masivo de todo tipo de insumos, tiene entre sus objetivos maximizar los rendimientos por unidad de superficie. Frente al mismo, se va abriendo una alternativa –la agricultura ecológica– que propicia prácticas con un alto grado de biodiversidad, vela por la preservación de los recursos naturales y emplea inputs orgánicos en vez de pesticidas químicos, fertilizantes de síntesis, antibióticos y todo tipo de aditivos, que no sólo son perjudiciales para el medio ambiente, sino también para la salud pública. Aclaremos que cuando hablamos de agricultura ecológica nos referimos a la actividad desarrollada por explotaciones que han sido inscritas en un registro público y cuyas prácticas productivas son controladas y certificadas por las autoridades competentes. El examen se restringirá a las producciones vegetales, al no proporcionar información la fuente citada en el gráfico sobre las animales.

En los últimos tres lustros, la superficie agraria ecológica certificada (SAEC) mundial se ha cuadriplicado, al pasar de 11,0 a 43,7 millones de Has entre 1999 y 2014. Todavía sigue siendo marginal, puesto que en 2014 tan sólo suponía el 1,0% de la superficie agraria utilizada (SAU). Pero el mercado mundial de alimentos ecológicos progresa a un fuerte ritmo, con un crecimiento medio anual acumulado del 11,7% en euros corrientes a lo largo del periodo citado. En 2014, las ventas de alimentos ecológicos certificados –frescos y transformados– alcanzaron una cifra de 80.000 millones de €, concentrándose de forma prácticamente exclusiva en los países desarrollados. En números redondos, la cuota de USA se eleva a un tercio y la de la UE al 30%, absorbiendo conjuntamente Alemania y Francia la mitad de las ventas en el mercado interior europeo. La media mundial del consumo por habitante de alimentos ecológicos se situó en la modesta cifra de 11 € en 2014. Suiza lidera la clasificación con 221 €, seguida por Luxemburgo, Dinamarca, Suecia, Liechtenstein, Austria, Alemania, USA, Canadá y Francia. España ocupa la duodécima posición en cuanto al volumen de ventas, con una participación del 1,25% en el total mundial, descendiendo nueve puestos más en lo que concierne a gasto per cápita: 21 €. En fin, la conexión entre renta por habitante y gasto per cápita en alimentos y bebidas ecológicas es obvia. Baste señalar que, en UE-28, el coeficiente de correlación lineal entre el PIB per cápita y el gasto por habitante en alimentos ecológicos se elevó a 0,73 en 2014.

No ocurre lo mismo por el lado de la oferta, donde España desempeña un papel mucho más destacado. Al no existir datos sobre producción, sólo podemos dar cuenta de la misma mediante la SAEC. Pues bien, en 2014, España encabezó con 1,7 millones de Has, la clasificación en UE-28, seguida a cierta distancia de Italia, con una superficie de 1,4 millones. Es más, en ese mismo año, España era el quinto país del mundo con mayor SAEC, por detrás de Australia, Argentina, USA y China, que tienen una superficie agraria total muy superior. El componente ecológico de la SAU española se cifró en un 6,9%, levemente por encima del 5,7% de UE-28, promedio que Italia (10,8%) está cerca de doblar. En USA y China tal fracción ronda el 0,5%.

Ciñéndonos a los aprovechamientos que figuran en el gráfico, en dos cultivos permanentes de honda tradición –olivar y viñedo–, nuestro sector agrario ocupa la primera posición a nivel mundial, la segunda en legumbres secas, la quinta en cítricos y la sexta en hortalizas. No obstante, dejemos constancia de que el grado de diversificación de la SAEC española es sensiblemente inferior a la italiana, lo que puede ser ilustrado mediante el siguiente dato: la extensión conjunta destinada a los cultivos orgánicos de cítricos, hortalizas y frutales de clima templado en Italia más que triplica a la del sector agrario español.

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Italia es el primer exportador mundial de alimentos ecológicos: 1.260 millones de € en 2014. España se sitúa en la cuarta posición (725 millones), por detrás de Holanda y USA. La mayor parte de nuestras ventas al exterior son materias primas que se transforman –o simplemente se envasan– por empresas foráneas. Así, no es de extrañar que, por Ha de SAEC, las exportaciones españolas se limiten a 425 €, mientras que en Italia ascienden a algo más del doble, elevándose a la astronómica cifra de 16.000 € en Holanda, lo que no es más que un fiel reflejo de la función de intermediación que también en este terreno ejerce el país neerlandés en el comercio internacional. Pese a esa importante carencia, el Ministerio de Agricultura estima que el superávit español en el comercio exterior de alimentos y bebidas ecológicos se elevó a 360 millones de € en 2014, lo que supuso un tasa de cobertura del 200%. Todas las previsiones apuntan a un fuerte crecimiento del mercado mundial, incluido el doméstico, en los próximos años. La oferta interior, apoyada por la subvenciones de la PAC y espoleada por la demanda exterior, ha sido capaz de ocupar un aventajado puesto en este nicho creciente del comercio internacional. Es razonable pensar que lo seguirá ejercitando y es de esperar que, por el esfuerzo combinado de los agentes privados y de los gestores públicos, se alcance un mayor grado de diversificación y de transformación de la producción agraria de alimentos y bebidas ecológicos.

José Colino Sueiras es Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Murcia

Agricultura y emisión de gases invernadero, por José Colino Sueiras

El sector agrario tiene indiscutibles externalidades positivas, pero no es oro todo lo que reluce. El proceso de intensificación de las labores agrarias ha dado lugar a nocivos efectos sobre el entorno natural. Para aproximarnos a esta cuestión, nos centraremos en la migración de gases invernadero. Recuérdese que la estrategia Europa 2020 plantea como uno de sus objetivos básicos que, respecto al nivel de 1990, la emisión se reduzca un 20% en el conjunto de la UE.

Utilizaremos como referencia los datos del último bienio con información disponible en Eurostat, 2013-2014, para suavizar las notables oscilaciones interanuales del VAB agrario. Pues bien, en UE-28, la aportación del sector agrario al VAB total se limitó a un 1,4%, elevándose a un 10,4% su participación en la emisión de gases. Las cifras españolas respectivas son 2,3% y 8,2%. Por tanto: a) La agricultura es una actividad altamente intensiva en gases invernadero; b) En España lo es sensiblemente menos que en el conjunto de UE-28.

Profundicemos en esta cuestión a través de un primer indicador: Emisión de gases por unidad de output. En el citado bienio, por cada mil euros de VAB agrario se emitieron 2,55 Tm de gases. Promedio europeo que, como siempre, alcanza un alto grado de dispersión, desde el mínimo italiano de 0,97 Tm al máximo letón de 11,17 Tm. España es el tercer país con inferior grado de emanación: 1,67 Tm. Sigamos con el segundo indicador: Emisión de gases por unidad de superficie. La cifra europea es de 2,48 Tm por Ha de superficie agraria utilizada. La cifra más baja es la de Rumanía (1,23) y la más elevada es la de Holanda (10,32). La cifra española es, nuevamente, de las más bajas: 1,48 Tm/Ha.

Obvio es que las diferencias entre los dos indicadores anteriores están asociadas a la productividad de la tierra -VAB generado por unidad de superficie-, con un promedio europeo de 1.742 euros por Ha. El muy diverso grado de intensificación da lugar a un amplio rango, con un límite inferior en Letonia, por debajo de la décima parte de tal media, siendo Holanda la que determina el superior, que más que triplica la anterior cifra europea. No es de extrañar, pues, que en términos de output la emisión de gases de la agricultura holandesa sea relativamente baja (70% de la media de UE-28) y se dispare cuando se refiere a la superficie agraria, ocurriendo justamente lo contrario en el caso de Letonia. En España, la productividad de la tierra equivale a la mitad del conjunto de la UE.

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El gráfico superior combina los dos primeros indicadores, concediéndoles salomónicamente la misma ponderación en el dato resultante. Destaca el hecho de que el sector agrario español es el que ofrece un mejor resultado: Base 100 la media de los dos indicadores en UE-28, el dato correspondiente a España es 62,4. Italia, Rumanía, Hungría, Croacia y Grecia presentan, asimismo, valores relativamente bajos. En el otro extremo se emplaza Irlanda, con una media relativa que cuadriplica al registro español. Por su parte, Letonia, Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Malta exhiben cifras que se sitúan en el intervalo 220-250 respecto a UE-28 = 100. Los diecinueve estados miembros con un resultado superior a la media europea forman un grupo con fuerte presencia de los que tienen una elevada renta por habitante, pudiendo concluirse que, en general, poseen sectores agrarios más agresivos desde un punto de vista ambiental lo que, entre otros factores, se debe al mayor peso que, dentro de su estructura productiva, tienen los censos herbívoros, particularmente el bovino.

¿Tiene sentido que, con recursos públicos, se subvencionen actividades agrarias que causan un grave perjuicio al medio ambiente? Si uno de los objetivos de la UE es la lucha contra el cambio climático, su sector agrario debe reducir la emisión de gases invernadero. Por tanto, en el Marco Financiero 2014-2020, hubiese sido sensato plantear que, de forma gradual, las ayudas a la renta instrumentadas por una “reverdecida” PAC se fuesen modulando, de tal forma que los sectores nacionales con un grado de contaminación sensiblemente superior a la media europea fuesen penalizados de forma tan paulatina como creciente.

Lo ilustraremos, por razones de espacio, con Holanda. A lo largo de 2014-2020, su agricultura percibirá una media anual de 402 euros por Ha, un 60% por encima de la media europea de 250 euros. Por otro lado, la migración de gases por unidad de superficie cuadriplica, como se ha visto, a la cifra de UE-28, como consecuencia de un índice de densidad ganadera que alcanza un destacado máximo nacional –3,57 unidades de grandes bovinos (UBM) por Ha– que casi quintuplica al promedio europeo de 0,75. ¿Tiene sentido que, por unidad de superficie, el mayor grado de contaminación se premie con una sobre-subvención financiada por la Hacienda Europea? Si la respuesta se hace en función de los objetivos proclamados en Europa 2020, sólo cabe decir que resulta totalmente inconsistente.

José Colino Sueiras (Universidad de Murcia)

 

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