La primera de tres

En el calendario de la Unión Europea, 2019 trae al menos tres fechas cruciales para la suerte de todo el proyecto común: mucho de su futuro dependerá, en efecto, de lo que entre el final de marzo y el de octubre se dirima. Tal vez, a lo largo de la laboriosa construcción de la Europa integrada, nunca antes se había producido en tan acotado tramo temporal —apenas siete meses— tal coincidencia de citas decisivas.

 Son conocidas, aunque no estén igualmente presentes en el diario caudal informativo. De la que menos se habla por ahora cerrará el mes de octubre, al finalizar entonces el mandato de Mario Draghi al frente del Banco Central Europeo. La gestión de Dragui ha sido poco menos que providencial para evitar lo peor en los episodios más graves de la crisis económica, con actuaciones decisivas para salvar el euro. En la historia de la Eurozona, siempre se considerará un hito aquella comparecencia suya a mediados de 2012 —casi recién llegado a la presidencia— cuando se comprometió públicamente a hacer lo que fuera necesario para superar una situación crítica, transmitiendo una inusitada capacidad de persuasión: “…y, créanme, será suficiente”. No es indiferente, desde luego, quien presida el BCE; basta recordar los azarosos años precedentes a la jefatura de este docto romano, elegante y firme. Y conviene tener presente que el dilema hoy planteado entre mantener la laxitud de la política monetaria y la “normalización” financiera (alza de tipos, neutralización de la expansión cuantitativa), probablemente alcance un punto álgido cuando se produzca el relevo en la presidencia.

 Antes, con la primavera avanzada, elegiremos a quienes nos representarán durante el próximo quinquenio en el Parlamento Europeo. Una elección que esta vez se plantea como un pulso entre quienes apuestan por dar continuidad a lo construido, con unos u otros propósitos de reforma y mejora, y quienes confiesan sin pudor su “eurofobia”, esa suerte de antieuropeismo que se cultiva con no poca pasión desde tribunas y plataformas populistas, mezclando en muchas ocasiones xenofobia y pulsiones antidemocráticas. Como no se puede descartar que tales posiciones favorables a volver a una Europa con marcadas fronteras —y monedas— nacionales alcancen en el Parlamento de Estrasburgo una “minoría de bloqueo” (235 sobre los 705 asientos, vacíos ya los que corresponderán al Reino Unido), el 26 de mayo será otra cita crucial.

 Y ya mismo, antes de que termine este mes de marzo, la primera de las tres, que no solo a Jean-Claude Juncker le produce “fatiga”: el Brexit, cuando el día 29 se cumplan los dos años de la solicitud formal por parte del gobierno de Theresa May para ejecutar el mandato del referéndum de junio de 2016, en el que “una escasa mayoría de votantes británicos eligió la nostalgia por el siglo XIX sobre lo que les pudiera prometer el siglo XXI” (Joshka Fischer). Ahora toca contener la respiración: comenzó con acentos épicos (“Brexit is Brexit”, acuérdense), pero ha discurrido después con tonos más bien melodramáticos cuando no de comedia de enredo, con el riesgo —si terminara el plazo fijado sin acuerdo— de provocar un enorme caos económico e inseguridad jurídica. ¡Vivir para ver!

 

En “modo elecciones”

Desde el comienzo del pasado otoño, este es el “ajuste” en que hemos colocado nuestro smartphone nacional. A partir de la precampaña andaluza, el mes de septiembre, no es otro, en efecto, el tono dominante en el escenario político español, marcando movimientos y declaraciones, actuaciones y discursos. El denso calendario electoral que abrió Andalucía y que se prolongará con una triple cita fija en mayo (europeas, y locales y autonómicas de régimen general) y otras pendientes de señalar (generales y, quizá también, en alguna Comunidad Autónoma de régimen particular), lo condiciona todo. Campaña electoral permanente: casi nada en 2019 podrá escapar a tal sino. Su protagonismo deja en la sombra o en un plano muy secundario cualesquiera otras circunstancias, comenzando por el “listado bastante largo” de riesgos que a escala global y europea detecta Draghi y los temores expresados por Lagarde, para continuar por los toques de atención que insistentemente transmiten ciertos indicadores económicos, propios y ajenos.

Era presumible que el final de esta Legislatura (la XII de la España democrática) no iba a ser fácil con un Gobierno en minoría en el Congreso de los Diputados y la enrevesada aritmética de votos que necesita para sostenerse, cuando el curso de los acontecimientos en el desafío independentista parece fuera de control en muchos aspectos, y en primer término dentro de la misma Cataluña. Un difícil final que está acarreando costes tan significativos como el bloqueo en la renovación de órganos institucionales del mayor rango, como son los del poder judicial. Pero es el poblado horizonte electoral lo que está provocando una suerte de “inflamación”, responsable de llamativas mudanzas –y también tribulaciones– en los partidos y del endurecimiento y radicalización de mensajes, como si la “bronca constante” fuera el hábitat de los interlocutores políticos (un medio natural bien distinto, afortunadamente, del que da cobijo a la inmensa mayor parte de la ciudadanía española).

La política económica –medidas que se adoptan, intenciones que se confiesan– no queda al margen, por supuesto, de la situación. La “exuberancia normativa” que revela el Boletín Oficial solo es comparable con la “declarativa” de los responsables de unos y otros Ministerios con competencias económicas. Todo dominado por las prisas: se revierten reformas (en el terreno del mercado laboral o de la gestión de los fondos para la formación, las más recientes) y se adoptan o anticipan medidas sin conocer el alcance de sus efectos (señaladamente, en el ámbito industrial y energético, por una parte, y en el fiscal, por otra). El colofón, unos Presupuestos Generales cuya consistencia han cuestionado razonadamente la AIReF, primero, y luego el Banco de España, poco después, por cierto, de que en la tribuna de Davos el presidente Sánchez afirmara su convicción de que “este presupuesto es el inicio de una historia de éxito, de una nueva era de España…”.

Estamos en “modo electoral”, no hay duda. Dejémoslo ahí, olvidándonos por un momento de la advertencia que Lawrence Freedman, un buen experto en estrategia, anota en su más reciente libro: “la historia la hacen personas que no saben qué va a pasar a continuación”.

 

2019: mejor, posiblemente

Tan mal nos lo están poniendo que se anima uno a apostar por darle la vuelta al título de esa película en que Jack Nicholson hace más que nunca de sí mismo (“Peor, imposible”). Graves perturbaciones comerciales y financieras, frenazo brusco de la economía mundial, caídas a plomo de las cotizaciones bursátiles… con una honda recesión en puertas. La guerra comercial entre Estados Unidos y China, junto con el giro en la política monetaria de los Bancos centrales, cuando la deuda global alcanza un volumen enorme (equivalente al 300 por ciento del PIB mundial), se sitúan en la base de las anunciadas tribulaciones, que para los europeos se agudizarán por razón de un Brexit “duro” y la crisis política e institucional con que amenaza el ascenso de movimientos populistas. Los agoreros vuelven a pisar con fuerza. Tales son, en efecto, los vaticinios más generalizados, tanto internacionales como domésticos, con muy pocas excepciones, entre las que cabe destacar el “Informe Mensual” de CaixaBank, fechado el pasado diciembre, donde, a contracorriente, se apunta un 2019 con “buenas perspectivas”.

 Este es también el sentido de nuestra apuesta, y en los dos planos ahora contemplados. Primero, a escala general. Cierta desaceleración, sí, pero nada que recuerde a la Gran Recesión. La Administración Trump y las autoridades chinas, velando antes que nada por sus respectivos propios intereses, alcanzarán, más pronto que tarde, un acuerdo, despejando el comercio internacional de las tensiones sobrevenidas en la segunda mitad del año pasado. La economía de los Estados Unidos seguirá con un ritmo alto, y aunque el crecimiento de China pierda algo de su habitual brío, otros grandes países emergentes —India, Indonesia, México, por ejemplo— van a mantener registros más que notables. Además, tanto Jerome Powell en la FED como Mario Draghi en el BCE demuestran, con sus recientes llamadas a la calma, estar al quite.

 En la Eurozona, a su vez, que tienda a confirmarse un patrón de crecimiento algo más moderado que en los ejercicios más cercanos —solo “algo”: décima arriba, décima abajo— no debe interpretarse en negativo; la tasa de paro es baja, y el buen pulso de la demanda doméstica está compensando el menor dinamismo de las exportaciones. El Brexit —más que melodrama, ópera bufa en algunos momentos—, en la víspera hoy de su comprometido paso por el Parlamento de Westminster, tendrá finalmente el desenlace razonable que avalan siglos de depurada diplomacia británica y el diligente desempeño en este caso de la Comisión y del Consejo europeos. Buena nota para estos, que también se la merecen por la capacidad disuasoria que han hecho valer ante desafíos “iliberales” (en Polonia y Hungría) o “populistas” (en Italia, con motivo del Presupuesto), al tiempo que el auge de fuerzas políticas extremistas está encontrando en las urnas la respuesta de avances muy apreciables de partidos confesadamente proeuropeos y moderados (en Alemania, en Holanda, en Austria).

 No faltan razones, consecuentemente, para combatir el catastrofismo, esa variante histriónica de la mirada pesimista sobre lo que nos rodea, y que tan poco ayuda a superar dificultades.

De España hablaremos otro día.

 

Imprevisibilidad

Nos esforzamos en ejercicios de prospectiva para estar en mejores condiciones de afrontar el tiempo por venir, y anticipamos calendarios alardeando de conocer, e incluso dominar, el curso de lo que vendrá. Y, sin embargo, una y otra vez, la realidad nos sorprende desbordando los cauces esperados y dejando en papel mojado mucho de lo anunciado. Son muy frecuentemente sucesos del todo imprevistos los que acaban creando situaciones hasta poco antes insospechadas. No hay que retrotraerse a fechas lejanas para comprobarlo. En el escenario europeo, ¿quién a comienzos de 2016 anticipó lo que el referéndum de junio en el Reino Unido traería consigo, o quien doce meses más tarde apostaba por Macron como vencedor de las elecciones presidenciales francesas? Todavía más cerca, ¿quién al iniciarse 2018, reciente aún la recompuesta gran coalición en Alemania, previó que el año terminaría cediendo Angela Merkel la presidencia de su partido (CDU)? Toda cautela es poca a la hora de avanzar acontecimientos. La imprevisibilidad viaja siempre con nosotros, bien lo constata cada uno en su propia vida.

 Haremos bien, consecuentemente, reservando un amplio margen a lo inesperado al dirigir la vista hacia el 2019 que aguarda a Europa. Gravitarán sobre este, desde luego, en el plano político, las elecciones al Parlamento, concebidas por los partidos eurófobos como un referéndum sobre la continuidad misma de la UE, y en el plano económico, la retirada de estímulos por parte del BCE, dejando atrás gradualmente la política monetaria ultraexpansiva (relajación cuantitativa y tipos de interés cero), con el adiós en noviembre de quien se ha erigido en el más firme baluarte del euro: Mario Draghi. Sabemos también que durante el próximo año la UE tendrá que pechar con las “democracias iliberales” del Este, una vez abiertos los procedimientos de infracción o sancionadores por el Parlamento de Estrasburgo (a Hungría) y la Comisión (a Polonia), y que tendrá que vérselas con la sostenida actitud desafiante del gobierno de coalición populista italiano, ya sea por el Presupuesto o por la política migratoria o por lo que se tercie.

 Pero lo imprevisible no dejará de comparecer en la agenda, y acaso con peso superior a cualquier otro registro. Lo que estos días estamos contemplando es revelador. De un lado, el caótico devenir del Brexit en el propio Reino Unido, incierto hoy, más de lo que nadie había supuesto, el desenlace final. De otro, la crisis —“revuelta”, “conflicto”, “revolución”, como quiera llamársele— de los “chalecos amarillos” en Francia, un movimiento ciudadano de protesta que no estaba ciertamente previsto y que ha dejado, tras cuatro señaladas jornadas desde el pasado 17 de noviembre, un desolador balance en costes humanos y materiales; movimiento de protesta que obedece a múltiples factores (de “malestar” social generalizado se habla para resumir), de organización informal y difícilmente canalizable por ello mismo, que tendrá repercusiones también impredecibles fuera de las fronteras francesas —¡estemos atentos!— y con una carga potencial de desestabilización social y política de primer orden en el curso de los próximos meses.

 Hay visitas que, además de no tocar el timbre (como en aquella obra de teatro) y no estar invitadas, acaban por dominar la reunión.

 

Riesgo mayor

No es otro que horadar las instituciones, su debilitamiento, todo lo que contribuye a su deslegitimación social. Y en eso estamos. La calidad de una democracia, la solvencia económica y la reputación exterior de un país pasan por la fortaleza y la estabilidad de su tejido institucional, con el deseable corolario de seguridad jurídica. Fortaleza y estabilidad institucional: condición necesaria para el progreso duradero, para el despliegue de potencias creativas en las sociedades abiertas, el mejor lubricante de inversiones y proyectos empresariales. Por eso las últimas semanas están dando motivo para tocar el timbre de alarma. En dos frentes lo sucedido es altamente significativo: en el del poder judicial, una de las patas que sostienen toda la arquitectura del Estado, y en el de la Monarquía, su clave de bóveda en la Constitución de 1978. La simultaneidad de los acontecimientos aporta un plus de relevancia.

Nada que no se sepa, desde luego. De un lado, los nocivos efectos de la sentencia de la Sala Tercera del Tribunal Supremo sobre el pago de los impuestos derivados de las hipotecas, y del deficiente manejo posterior de la situación de desconcierto y caos originada. Los “estragos” más inmediatos de tal pronunciamiento han sido bien patentes: caídas en las cotizaciones bursátiles de las principales entidades financieras —pérdidas repartidas entre un millón y medio de accionistas, no se olvide— y freno a la concesión de nuevas hipotecas, además de la perturbación que introduce en la planificación y gestión de firmas bancarias. Lo peor, sin embargo, puede tener mayor recorrido. La atracción de inversores nacionales y foráneos será sin duda sensible a la imprevisibilidad del ordenamiento jurídico que ello supone. Más grave aún, pues afecta a instituciones básicas, es, por una parte, las dudas que siembra sobre la cualificación y modo de proceder del tribunal superior; por otra parte, las paladas de mala opinión que arroja sobre la imagen pública de nuestras entidades financieras, justo cuando su relegitimación social, tras los varapalos sufridos durante la crisis económica, encontraba de nuevo amplio apoyo, con reconocimientos también internacionales del más alto nivel (como el todavía reciente de Euromoney obtenido por CaixaBank, prolongando en su caso una serie que abarca ya más de un lustro).

La ofensiva contra la Monarquía es un segundo frente. Aquí se apunta, sin duda, al centro neurálgico del cuerpo constitucional, a lo que vertebra institucionalmente al “régimen del 78”, como despectivamente nombran a nuestro sistema de derechos y libertades quienes lo consideran periclitado, bien desde posiciones del nacionalismo radical, bien desde fuerzas políticas declaradamente republicanas, opuestas a la institución monárquica. Una particular “pinza”, que jalea el tópico de una institución “caduca y antidemocrática”, a despecho del papel y el prestigio que en la Europa de nuestro tiempo han adquirido las monarquías parlamentarias democráticas —es el modelo español también— asentadas en bastantes de los países más prósperos y avanzados del continente.

Atentos, pues, a los embates que tienen como objetivo zonas sensibles del entramado institucional. No es un juego inocente.

Un curso especial

Ni para España ni para el conjunto de Europa el curso se presenta fácil. Lo decíamos aquí mismo cuando comenzaba, hace un mes. Lo acontecido desde entonces confirma el pronóstico.

En la UE, dos focos de perturbaciones han cobrado fuerza en las últimas semanas mientras sigue el forcejeo en las negociaciones por el Brexit. El situado en el Este y el que, al Sur, radica en Italia. Allí, Polonia y Hungría encaran desafiantes procedimientos disciplinarios por parte de la Comisión y del Parlamento europeo ante el riesgo de violación grave de valores fundamentales del proyecto común; instancia sancionadora que supone una radical y grave novedad en la historia que arranca del Tratado de Roma hace ya más de sesenta años. Son dos países muy significados de esa orla oriental del mapa, con gran capacidad de arrastre y proyección sobre terceros, como ocurre en Rumanía, a tenor de la preocupación expresada desde Bruselas muy recientemente (cambios legislativos que también en este caso socavan la separación de poderes y el castigo de la corrupción). Es como una mancha de aceite que se extiende por ese lado del corazón de Europa.

Por su parte, “el órdago presupuestario” del gobierno populista italiano, encarándose con las autoridades de la eurozona, abre otra brecha en un edificio todavía frágil. El gobierno de la Liga y el Movimiento 5 Estrellas no da puntada sin hilo: las promesas demagógicas que reflejan sus números responden a un meditado cálculo electoral, con la esperanza de conseguir excelentes réditos en las elecciones europeas del próximo mes de mayo, alzándose de paso con el liderazgo de todo el variopinto frente populista que conforman fuerzas y partidos repartidos por todo el continente. Un envite de primera magnitud para una zona euro todavía vulnerable y necesitada de completar su arquitectura institucional; Juncker lo ha expresado sin rodeos: conceder “un trato especial” a Italia —como se demanda desde Roma— supondría “el fin del euro”.

También en nuestro solar el otoño arranca denso. Con Cataluña sin perder nunca plano, a la precariedad del apoyo parlamentario que el gobierno comprueba repetidamente, se suma ahora una convocatoria electoral —la del 2 de diciembre en Andalucía— que contribuirá a tensar más un clima político enrarecido por pugilatos cortoplacistas y ganancias fáciles de opinión, al margen de objetivos de alcance y de políticas que atiendan al interés general. No ayudará a clarificar el panorama y a reducir incertidumbres. Como no lo hace, por supuesto, esa “exuberancia declarativa” (Serrano Sanz) de ministros y altos cargos que se ha convertido en todo un estilo gubernamental: anuncios y globos sonda, muchas veces contradictorios, que transmiten desconfianza en vez de credibilidad, desánimo en vez de impulso, mientras los problemas de fondo se aplazan sin fecha, ya sean los referentes al sistema de pensiones o al mercado de trabajo, ya sean los que conciernen a la Administración pública o a la formación y el capital humano. Como si todo se fiara a la inercia de un crecimiento económico, a pesar de las inequívocas señales que indican su desaceleración, cuando la política económica —y particularmente la fiscal— se ha quedado con muy escaso margen para intervenir dado el elevado nivel de endeudamiento público (98%).

Comienzo intenso, en definitiva, para un curso que va a ser toda una reválida.

Europa: prioridades

Las cumbres europeas dejan casi siempre mal regusto. Las propuestas que en cada ocasión se anticipan casi nunca se traducen finalmente en acuerdos, y los resultados quedan lejos de las expectativas. La que ha cerrado el mes de junio no es una excepción. Tras ambiciosos propósitos por parte de la Comisión, y algún líder, el balance parece magro, predominando las valoraciones que tildan de raquítico el pacto sobre inmigración y enjuician negativamente el aplazamiento hasta diciembre de los avances en todo lo relativo a la unión bancaria y presupuestaria.

 Cabe, sin embargo, introducir algunos matices que atemperan esa interpretación. Los aportan, de un lado, dos novedades en la antesala misma de la cumbre bruselense. Una, la Declaraciónde Meseberg, el 19 de junio, donde la canciller Merkel y el presidente Macron han reafirmado su voluntad de completar la Unión Económica y Monetaria (presupuesto propio para la eurozona, incluido), todo “un plan de profundización, con alcance político” que supone de paso recuperar el eje París-Berlín. La otra novedad, previa también al cónclave de presidentes, ha sido la carta de intenciones firmada el 25 de junio por 9 países, una “iniciativa de intervención europea” para actuar conjuntamente en misiones de interés general, también de tipo civil, buena prueba de la prioridad que la UE está obligada a dar en el terreno de la defensa, y no solo por razón del repliegue de la desafección, cada día más evidente, del “amigo americano”. A finales del año pasado se constituyó el “Marco de cooperación permanente” (PESCO, por sus siglas en inglés), con la participación de 25 países; ahora un grupo significativo -un “núcleo duro” en el que está España e incluye al Reino Unido- da un paso resuelto adelante para atender especialmente misiones militares en el exterior.

 La Cumbre ha estado precedida, pues, de esas dos no menores aportaciones al proyecto común, algo que no debe pasarse por algo. Como tampoco el mérito de haberse alcanzado en ella algún acuerdo, aunque fuera de mínimos, dada la división interna entre los reunidos: entre populistas xenófobos y el resto; entre inmovilistas de la unión monetaria y reformadores… Y lo convenido tiene, desde luego, algún relieve. Lo tiene, por lo pronto, comenzar a poner el foco en la migración, pues va a ser uno de los principales retos que la UE tiene por delante, y con carácter de permanencia. La frustrada “primavera árabe”, con sus secuelas de desestructuración política, guerras civiles y enfrentamientos tribales, junto con el atraso económico y la explosión demográfica de África –un continente que aumentará su población un 150 por cien en las próximas tres décadas, mientras Europa reducirá la suya originaria en un 15 por cien-, obligan a toda Europa a mirar de otra forma al Mediterráneo y hacia allí. Desde aquel lado de ese mar compartido, todo el territorio de la UE parece “un inmenso campo de golf”, dijo hace ya muchos años un destacado líder argelino, y hoy sigue siendo así para millones y millones de hombres y mujeres que temen por sus vidas y están dispuestos a arriesgarla por encontrar mejores oportunidades. Para el espacio común de libertad, seguridad y bienestar que es la UE es crucial, consecuentemente, tanto una política de migración compartida como una estrategia de cooperación que aliente políticas regionales y locales de desarrollo en empleo y formación en los países africanos. Lo primero presupone el control común de fronteras y un sistema también común de asilo y acogida. Lo segundo es vital para estabilizar los flujos inmigratorios y la demanda inagotable de peticionarios de refugio y trabajo. Lo convenido en Bruselas solo tiene alcance en el corto plazo –“centros de control” “plataformas en países de origen”-, pero si se considera un comienzo, algo es, y no poco.

 En suma, la botella quizá no esté medio vacía: se concede un poco más de tiempo a la reforma de la zona euro y se marcan prioridades tan obligadas como oportunas. Ya dijo Jacque Delors, con buen conocimiento de causa, que la integración europea es voluntad y pragmatismo, pero sobre todo “una larga paciencia”.

 

Tiempos interesantes

Estaba descontado que junio, hasta cerrarse con la cumbre prevista para los días 28 y 29, iba a ser un mes intenso en el escenario europeo. En la medida que quiera aprovecharse ese cónclave para completar la Unión Bancaria y para avanzar en un presupuesto para la eurozona y en la mutualización de la deuda, las tensiones entre los partidarios de pasos resueltos (Bruselas y París) y los que exigen rigurosas pruebas de responsabilidad antes de ofrecer mayor solidaridad (“los nórdicos”, liderados por Holanda) habrán de aumentar y explicitarse, añadiendo presión a un ambiente ya notoriamente caldeado por dentro (el deshinibido autoritarismo que se impone en las “democracias iliberales” del Este, con Hungría y Polonia abriendo la marcha) y por fuera (las amenazas provenientes de la política comercial de Trump y de su denuncia del acuerdo nuclear con Irán). Un mes sin margen para el aburrimiento, era previsible. No se esperaba, en cambio, el refuerzo que aportarían Italia y España.

El de allí es superlativo, una auténtica crisis institucional: gobiernos abortados y cuestionamiento de la máxima magistratura del Estado y del propio marco constitucional. Cualquiera que sea el desenlace, lo ya hecho e intentado asegura turbulencias. Por ejemplo, el contenido del “Contratto per il governo del cambiamento” suscrito por las dos formaciones mayoritarias (populistas de izquierda y ultraderecha nacionalista y xenófoba), antagónicas aunque ambas de inspiración eurofóbica, fijando las líneas del Ejecutivo que hubiera encabezado Conte (la broma era advertir que no se trataba del entrenador del Chelsea F.C.). Si bien se dejaban aparcados inicialmente algunos de los designos más radicales (referéndum para salir del euro y rechazo de los criterios de Maastricht), se mantenía una larga serie de propuestas tan inconsistentes como contradictorias: ¿cómo lograr simultáneamente expansión del gasto público y reducciones de ingresos fiscales cuando los dos rasgos sobresalientes de la economía son el exceso de deuda y un crecimiento raquítico cuando no inexistente? Italia, conviene recordarlo, no es Grecia (cuyo PIB es equivalente al de la Comunidad de Madrid); la italiana es la tercera economía de la eurozona.

A la vez, aquí, entre nosotros, la caldera ha alcanzado el punto de ebullición cuando menos se esperaba. En lugar de luz verde para una legislatura que parecía tener asegurada su segunda mitad tras el paso de los Presupuestos por el Congreso de los Diputados, semáforo en rojo. Mal momento escogió el Ministro de Economía, Román Escolano, el pasado 24 de mayo, para ponderar la condición de España como “ancla de estabilidad política” en Europa: un día después la incertidumbre se enseñoreó de nuevo del escenario nacional. Un brusco “cambio de rasante” que no va a hacer fácil la conducción, justo cuando dar continuidad a la recuperación exigiría abordar reformas de gran calado —en educación, en pensiones, en el mercado de trabajo, en economía digital, en transición energética, en articulación del mercado interior…— que demandan tanta pericia como aplomo al volante.

Lo dicho: vienen semanas movidas. Es imposible no recordar la vieja maldición china: “Que vivas en tiempos interesantes”.

Presupuesto europeo

En la semana que alberga el “Día de Europa” (9 de mayo), no estará de más recordar algunos de los principales retos que hoy tiene ante sí la Unión. Las nuevas prioridades recogidas en el proyecto presupuestario para el período 2021-2027 que acaba de presentar la Comisión (2 de mayo) son elocuentes a este respecto: defensa, seguridad, fronteras, inmigración.

El primero de esos objetivos tiene una doble razón de ser. Por una parte, las amenazas que provienen de la renacida ambición hegemónica de la Rusia de Putin (¡el cuarto mandato recién estrenado de una presidencia “imperial”!), con multiplicadas pruebas de su agresividad, tanto en la realidad física (desde las repúblicas bálticas a Crimea y los Balcanes) como en la virtual (interferencias cibernéticas en unos u otros comicios electorales). Un riesgo estratégico, ciertamente, con el que no se contaba. Y al que habrá que hacer frente, y esta es la segunda razón justificativa, aportando recursos mucho más cuantiosos que los hasta ahora manejados, dado que “el amigo americano” no está por la labor de seguir asumiendo la inmensa mayoría de los gastos que la defensa de Europa requiere. El nuevo Secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo, lo ha dicho sin tapujos: los aliados europeos en la OTAN tienen que pagar la parte correspondiente del importe total de la factura. Desde su creación, pronto hará setenta años (fue en abril de 1949), la Alianza Atlántica se ha sostenido básicamente en el esfuerzo económico de Estados Unidos, descargando de ese peso a los europeos; un alivio del que se han beneficiado los generosos (absoluta y comparativamente) Estados del bienestar que ya forman parte de la identidad de la mayor parte de la Europa unida.

Nada lo revela mejor que este contraste: el 50 por ciento del gasto mundial de defensa lo asume Estados Unidos, mientras Europa absorbe el 50 por ciento del gasto social total. Se trata de si no revertir al menos corregir el desequilibrio: cuando Estados Unidos, China o Rusia dedican entre un 5 y un 10 por ciento del PIB a la defensa, Europa no puede mantener presupuestos minúsculos por debajo —o muy por debajo, en bastantes casos— del 2 por ciento. Una prioridad insoslayable.

Como lo es, intramuros, la seguridad, ese otro nombre de la paz. La “sacudida del gran magma islámico” que Ortega vaticinara en 1937 (en el “Prólogo para franceses” de “La rebelión de las masas”) ha dejado en suelo europeo, a rebufo de la frustrada “primavera árabe”, la marca temible del terrorismo yihadista, cuya neutralización exigirá, no solo reforzar la cooperación de los servicios de inteligencia, sino también significativas atenciones presupuestarias.

Algo muy parecido, en fin, cabe señalar respecto de la gestión de fronteras y de la inmigración. Europa es, cuando se la mira desde el otro lado del Mediterráneo, la tierra prometida —con muchas oportunidades de trabajo y población decreciente— para millones y millones de personas que, como refugiados o inmigrantes, buscan alternativas de vida y empleo. Europa, dicho de otro modo, no puede ignorar la pobreza y los conflictos de África, y menos aún la explosión demográfica en curso (un aumento del 150 por ciento en tres décadas, hasta cerca de los 2.500 millones de personas) y ello ha de reflejarse en las cifras presupuestarias.

Una larga paciencia

Fue Jacques Delors quien definió así el proyecto de una Europa unida. Bien lo sabía él que tuvo que encargar el Informe Cecchini, “El coste de la no Europa”, para convencer a los descreídos de las ventajas de seguir apostando por la unión, y eso que su doble mandato al frente de la Comisión, entre los años 80 y 90, ahora se considera una de las etapas de mayor aliento.

Hoy tenemos más razones que hace una semana o que hace un año para no ser pesimistas. El 4 de marzo ha aportado una fundamental: luz verde a la Gran Coalición, a un gobierno de coalición cuyo programa, previamente pactado, tiene como eje central el reforzamiento de la Unión Europea. Las primeras reacciones por parte de Bruselas han sido rotundas en este sentido y, desde luego, la del presidente Macron: el ambicioso plan de “refundación” dibujado por este tendrá más posibilidades de comenzar a hacerse realidad. No hay alternativa al eje franco-alemán.

Puede objetarse que el otro “recuento” del pasado día 4, el correspondiente a la jornada electoral italiana, apunta en la dirección opuesta, dada la victoria relativa de los partidos de corte populista y antieuropeo a uno y otro extremo del abanico político (“populismo contra populismo”). Si el resultado en Alemania cabe traducirlo con los términos de estabilidad y reimpulso proeuropeista, el de Italia respondería a lo contrario. Pero el peso de uno y otro país es muy diferente, y además está por ver cómo discurren las cosas en una tierra donde nada tiende nunca a ser definitivo… y menos en política (casi la mitad de los diputados han cambiado de grupo parlamentario en la legislatura recién clausurada). Ahí la pauta habitual es gobierno difícil de formar y de corta duración (64 gobiernos se han sucedido en 70 años desde la proclamación de la República a finales de 1947). Roma sabe hacer filigranas en situaciones políticas enrevesadas, aunque desde la perspectiva económica la cuestión sea más preocupante: desde 2001 a 2016, el crecimiento del PIB de Italia es igual a cero, con descenso (un 5 por 100) de la renta por habitante (“piano piano non si va lontano”, advierte con agudeza el Informe Mensual más reciente de CaixaBank).

Con un poco más de perspectiva temporal, el contraste es todavía más acusado. A comienzos de 2017, las zonas de sombra predominaban: las formaciones declaradamente eurófobas se reunían en Coblenza anticipando probables victorias en Holanda y Francia; desde Londres se apostaba jactanciosamente por un Brexit duro; la suerte de Grecia seguía pendiendo de un hilo, y la economía del conjunto de la eurozona no permitía alegrías. En cambio, un año después los puntos de luz se multiplican: las convocatorias electorales no han tenido los resultados esperados por los ultras; las negociaciones para la salida del Reino Unido están limando aristas; los más retrasados de la clase en la eurozona, Grecia y Portugal, levantan cabeza, y se registran tasas apreciables de crecimiento económico en casi todos los países de la UE, una sincronización muy poco habitual. Si algo está demostrando Europa es, ciertamente, capacidad de resistencia.

Hay que desear que lo sea también de superación y que se aprovechen las circunstancias propicias. “Es bajo el sol, no bajo la lluvia, cuando hay que reparar el tejado de la casa” ha dicho la jefa del FMI, Christine Lagarde, y no estaba pensando en la Antártida.

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