Capacidad de resistencia

Es como si el viento hubiera cambiado de dirección en apenas unas semanas; me refiero a Europa.

Hace tan solo un trimestre, antes de las elecciones en Holanda, el catastrofismo imperaba, celebrando los eurófobos la inesperada ayuda que les iba a brindar el nuevo inquilino de la Casa Banca (“el Brexit será una maravilla; habrá otras salidas de la UE”), cuando apenas encontraban eco las voces más templadas que seguían apostando por la “utopía razonable” de cuyo acto fundacional, el Tratado de Roma, se cumplieron en marzo sesenta años. “Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de apasionada intensidad”: la visión poética que un día describió Yeats parecía del todo precisa.

Pero, en contra de lo anticipado por tanto “pesimismo complacido” (la expresión es de Claudio Magris), no siempre sucede lo peor. En los Países Bajos, el partido extremista y xenófobo de Wilders ha visto frustradas en marzo sus expectativas de victoria. En Alemania, la suma de votos de los proeuropeos (democristianos y socialdemócratas, liberales y verdes) alcanza porcentajes muy altos (cerca del 90 por 100 en Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado y con más potencial influencia en las elecciones generales, las previstas para septiembre). Y en Francia, Macron, el candidato más partidario de la integración (“europeísta radical”, le espeto Marine Le Pen en el momento álgido del debate televisado que ambos sostuvieron) ha ganado mucho más holgadamente de lo que casi nadie auguraba. Las señales que emite la cargada agenda electoral de 2017 indicarían, por tanto, un reflujo del populismo más conservador y de corte nacionalista, no concediendo posiciones mayoritarias para las opciones que han blasonado su beligerancia “antieuropeista”.

Hay más, y tanto en el ámbito institucional como en el propio de la sociedad civil. En éste, por ejemplo, iniciativas convocando a la ciudadanía en apoyo al proyecto integrador, como la que bajo el lema “Pulso de Europa” idearon un puñado de jóvenes alemanes en Frankfurt a finales del año pasado y que ya está siendo secundado en un centenar de ciudades de una docena de países europeos. Y en aquel, donde se sitúan las propuestas y realizaciones políticas, al menos dos novedades importantes. Primera, el cierre de filas de los 27 frente a Londres en la estrategia negociadora de la salida del club; una marcada sintonía (“gracias por unirnos, Brexit”, se ha escrito con agudeza) a la que no estamos ciertamente acostumbrados tras los sonados desencuentros en torno a los “rescates”, a los planes de ajuste y recortes, o la acogida y el reparto de refugiados. Segunda, la declarada voluntad de acometer empeños durante largo tiempo bloqueados (por el Reino Unido, precisamente, bastantes de ellos): culminación de la unión bancaria, avances en la coordinación presupuestaria y primer pergeño de la Europa de la Defensa y la Seguridad, y también de la Europa Social.

Ya lo predijo uno de los padres fundadores, Jean Monnet: “Europa se hará en las crisis”. Que viene a ser lo mismo que pensaba Jacques Delors al hablar, también en tono tan resignado como sabio, de “la larga paciencia” que exige el proyecto europeo.

Domingos de mayo

El azar lo ha querido: los resultados electorales de los tres próximos domingos de este mes de mayo tendrán una influencia enorme, acaso decisiva, en la suerte de la Unión Europea, por un lado, y de la actual legislatura española, por otro. El 7, el 14 y el 21.

El primero constituye una fecha crucial. La dinámica de la elección presidencial a doble vuelta y la intensidad de toda la larga campaña han hecho de Francia un observatorio privilegiado para medir la fuerza del movimiento populista que capilariza una buena parte del espacio político europeo, cuestionando abiertamente el proyecto de integración europea, cuando no abogando sin tapujos por su desarticulación. Eurofobia, que no es mero escepticismo o desconfianza en las ventajas de la unión —el descreimiento que se trató de combatir al final de los años ochenta con el informe Cecchini, “El coste de la no-Europa”—, y que tampoco se limita, como un decenio antes, a alertar de los riesgos de euroesclerosis por la pérdida de competitividad de las economías maduras del continente; ahora se trata de un rechazo frontal que alimenta actitudes coincidentes en su beligerancia con lo que representa la UE, y tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda. Los ingredientes de tal aversión son diversos: el resorte identitario frente a una caudalosa inmigración, la merma de bienestar y la pérdida de expectativas causadas por una crisis económica cuya responsabilidad se achaca a la globalización, la inseguridad que provoca el terrorismo en el propio territorio, la indignación ante tantas prácticas corruptas… Pero todos coinciden en la desembocadura: un repliegue nacionalista. Hacia Francia, por eso, dirigimos todas las miradas en este comienzo de mayo, pues la suerte de todos depende de lo que ahí resulte. Sin el Reino Unido, la Unión Europea perderá relevancia, pero sin Francia es sencillamente impensable.

A continuación, siete días más tarde, otra prueba con no poca significación: las elecciones en el Estado de Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado (dieciocho millones) de Alemania. Ahí se calibrarán las probabilidades de que Alternativa para Alemania (AfD), el extremista partido xenófobo y antieuropeista, alcance en septiembre una significativa cuota de representantes en el Bundestag. Hoy no parece que sean altas, pero la mera posibilidad de su entrada en el parlamento federal es inquietante. La integración de Alemania en Europa es el fundamento más sólido de la estabilidad del orden de postguerra y del entero desarrollo del proyecto de unión; si se revirtiera aquella, las consecuencias tendrían una enorme trascendencia.

La tercera cita, en el tercer domingo: las elecciones primarias a la secretaría general del PSOE. En este caso, lo que está en el alero es —repitámoslo— la viabilidad de la legislatura. No llega esa consulta en buen momento, pues mientras sube el PIB baja la moral, erosionada por la oleada de noticias sobre la corrupción, creando un ambiente de opinión que influirá en quienes se acerquen ese día a votar. Y el resultado puede ser determinante: con la victoria de Pedro Sánchez, es un suponer, la moción de censura anunciada —se ha escrito con acierto— dejaría de ser una fantasmada… y tal vez, incluso con los presupuestos generales encarrilados, los españoles tuviésemos que ir a las urnas en pleno verano.

Razones para la autoestima

No ha escogido bien el momento el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, para hablar mal de España en la Universidad de Harvard. Mal de su economía —un país alejado de la eficiencia económica y con llamativos signos de atraso— y de su democracia, descalificándola por no cumplir la Carta Europea de los Derechos Humanos y permitir comportamientos coercitivos propios de Estados con muy escasa calidad institucional. Lo hizo en la conferencia que allí pronunció el pasado 27 de marzo. Tal vez tampoco el auditorio fuera el más apropiado —un total de 90 asistentes, principalmente estudiantes—, pero desde luego no ha tenido al calendario como aliado: la semana elegida para dar a conocer el proceso catalán en Estados Unidos ha coincidido con alentadoras nuevas en el plano económico y en el político.

En el primero, la llegada de la primavera está siendo generosa. Según los indicadores ahora anticipados para el primer trimestre del año, la recuperación se mantiene fuerte (con 2017, tres años en torno al 3 por ciento), muy por encima de los valores medios de la eurozona. Se sostiene con holgura igualmente el dinamismo exportador y la inversión en bienes de equipo, con empresas además menos endeudadas. La creación de empleo sigue también siendo muy intensa, acelerándose incluso. Justo en el curso de esa semana última de marzo hemos sabido que por primera vez en una década España cumple el objetivo de déficit público exigido por Bruselas, y se ha firmado un acuerdo entre Hacienda y los sindicatos para hacer la mayor oferta pública de empleo de la democracia. Apretado final de mes que se ha cerrado con la aprobación por el Consejo de Ministros del proyecto de Presupuestos, donde se dibuja un escenario macroeconómico como mínimo estimulante, y esta vez —no es ocioso señalarlo— avalado por la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal. Nada de ello, ciertamente, trasmite la imagen de una economía renqueante y rezagada en el marco europeo.

A su vez, en el plano político no son pocas las novedades con igual signo positivo. Y tanto por lo que atañe a la proyección exterior de España como por lo que mira adentro. El “Brexit”, al descolgarse el Reino Unido de la mesa de “los grandes”, está ofreciendo a España la posibilidad de una casi inédita interlocución en el seno de la Unión Europea. Así lo visibilizó la presencia de Rajoy en Versalles (6 de marzo), acompañando a los mandatarios de Francia, Alemania e Italia, los países que pueden liderar la renovación del proyecto europeo. O la convocatoria en Madrid (10 de abril) del grupo informal constituido por los países del sur de la UE. Y en nuestro patio interior, junto con el recobrado pulso de la vida parlamentaria durante las últimas semanas y que volverá a exteriorizarse de inmediato en la tramitación presupuestaria, marzo se ha despedido con el anuncio de una nueva e importante prueba de la victoria de la democracia frente al terrorismo: la entrega de armas por parte de ETA (no dejen de leer, si todavía no lo han hecho, la novela de F. Aramburu, “Patria”, cuyo extraordinario éxito, con más de 200.000 ejemplares vendidos, 40.000 de ellos en el País Vasco, expresa que tampoco el discurso o “la narrativa” terrorista va a prevalecer). Buenas señales que emite nuestra democracia, tan ignoradas en aquella aula de Boston.

Europa, horas difíciles

Podría haber sido tiempo de festivas celebraciones: 25º aniversario del Tratado de Maastricht (7 de febrero) y 60º del fundacional Tratado de Roma (25 de marzo), pero las circunstancias aconsejan conmemoraciones de baja intensidad. Las tensiones se acumulan para una Unión Europea que lleva años haciendo frente a problemas sobrevenidos: la factura social de la severa crisis económica y de los programas drásticos de austeridad, el frustrado desenlace de la “Primavera árabe”, que ha revertido en turbulencias de todo tipo en el flanco sur del continente (desde guerras civiles a Estados fallidos, desde el terrorismo a la “crisis de los refugiados”), y probada debilidad en la frontera oriental, con episodios de presión militar (países bálticos) o abiertamente bélicos (Ucrania). Súmese a todo ello el “Brexit” —tampoco estaba agendado— y el cable que desea echar el presidente Trump jaleando a los partidarios de renunciar al proyecto comunitario, al que conoce como “el Consorcio” por si hubiera alguna duda. Cumplimos años rodeados de enemigos, ha dicho una voz señera de la propia UE. Sensación generalizada de vulnerabilidad, que alimenta, por una parte, el repliegue nacionalista y de xenofobia y, por otra, caída del apoyo ciudadano a la integración política, tal vez paralela a la pérdida de fe en ella por parte de las élites.

Resultado: horas difíciles. El populismo que predica el desmantelamiento del edificio compartido, con o sin moneda común, está presto para dos pujas electorales de máxima trascendencia: en Holanda el 15 de este mes de marzo; en Francia, a dos vueltas, entre el final de abril y el comienzo de mayo. En ambas citas las probabilidades de victoria del Partido para la Libertad, en un caso, y el Frente Nacional, en otro, no dejan de crecer semana a semana. La coincidencia con el radicalismo autoritario y nacionalista del Gobierno ultraconservador polaco y con la ofensiva similar en Hungría del primer ministro Orbán, no es casual, como no lo es la impotencia hasta ahora demostrada por la Comisión Europea para frenar ambas derivas. Tampoco nadie clama por impedir la erección de vallas y muros con objeto de taponar la ruta de los Balcanes, ese tortuoso pasillo que canaliza la mayor parte de los flujos inmigratorios: tierras de Hungría, Eslovenia, Macedonia y Austria; de militarizar las fronteras respectivas se habló en la Conferencia que reunió hace poco en Viena, sin apenas luz y taquígrafos, a 15 países europeos. Por su parte, Grecia sigue en la cuerda floja, mientras entra en escena ruidosamente —como acostumbra— una Italia con el mapa político cada vez más fragmentado y con un sistema bancario con una formidable carga desestabilizadora para toda la eurozona. De “crisis existencial” ha hablado Juncker.

Tanto es así que España, en ese marco, se erige hoy, hasta cierto punto, como contrafuerte. La “modesta” estabilidad gubernamental —se ha escrito— vale su peso en oro en los mercados de Bruselas y Berlín. La economía mantiene un tono vigoroso, comparativamente alto. Y la sociedad —lo mejor de todo entre nosotros— sigue esquivando tentaciones extremistas, sin organizaciones con peso de signo xenófobo o antieuropeo, y expresando de muy diversas formas apertura y capacidad receptiva, solidaridad y actitud acogedora. Contra tantos derrotistas, hoy la “anomalía” española en Europa ¡es por virtud y no por defecto!

@lacasablanca

En el vendaval de temerarias decisiones que ha inaugurado el mandato presidencial de Donald Trump, la eliminación del español de la web de la Casa Blanca parecería solo algo minúsculo. Al lado del desmantelamiento de los grandes acuerdos comerciales —Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) y Tratado de libre comercio de América del Norte (Nafta)—, de la subordinación de las políticas de medio ambiente a la industrialización estadounidense, del veto a la entrada de inmigrantes y refugiados o de la oportunidad de practicar la tortura en ciertas situaciones, la supresión del botón “En Español” de la página oficial, el que desde 2009 redireccionaba a la web en castellano y destacaba temas de interés para la comunidad hispana, apenas alcanzaría el rango de anécdota. Hay, sin embargo, bastante de categoría en esa subrepticia medida.

Su relevancia es doble y apunta en la misma dirección: combatir la influencia de lo hispano en el gran país americano. Por una parte, la desaparición del español en la web presidencial —también del blog en español mantenido durante los dos mandatos de Obama y del portavoz de prensa específicamente dedicado a los medios en español— es complemento de la apertura de hostilidades frente a México que supone la orden ejecutiva para construir un muro en la frontera que separa ambas naciones y el declarado propósito de revisar —quizá revocar— su pacto comercial, pues la anunciada reconsideración del Nafta mira más al sur que a Canadá. Xenofobia —34 millones de mexicanos viven en EEUU, un 11 por ciento de la población total— y proteccionismo —la balanza comercial de EEUU con México es claramente deficitaria— haciendo equipo. Por otra parte, la “mordaza al español” es muy indicativa no solo del escaso aprecio que por la comunidad hispana siente el nuevo presidente, sino también de su beligerante actitud frente a la acrecida presencia latina, tanto demográfica como cultural, en la sociedad americana. El muro en la frontera es una agresión contra toda América Latina, se ha dicho con razón. Un ánimo combativo —“este es un país donde hablamos inglés, no español”, afirmó en septiembre de 2015 el magnate cuando tanteaba su salto a la política— que concuerda bien con el conservadurismo instintivo de la América profunda y con las formulaciones teóricas que desde hace al menos un cuarto de siglo —piénsese en la obra de Samuel Huntington, a comienzos de los años 90— alertan de un silencioso pero inevitable “choque de civilizaciones”, con pérdida de la hegemonía del componente anglosajón en el propio recinto de los EEUU.

Tiempo difícil. Por supuesto que el sistema democrático de EEUU deja un amplio margen de maniobra para que legisladores y jueces maticen o frenen lo que desde el ejecutivo se impulsa. Pero es rotundamente manifiesta la voluntad involucionista de tendencias que hasta ahora se daban como irreversibles: el sistema comercial multilateral, la integración económica, el avance de los espacios de libertad y derechos humanos… y también el ascenso del español en los Estados Unidos, la tierra de promisión para una lengua que suma ya más de 550 millones de hablantes y tiene bien acreditada su condición de segunda lengua de comunicación internacional, tras el inglés.

Son muchos intereses de España, ocioso resulta decirlo, los que están en juego.

Complejo pero bueno

Así puede ser para España este año recién inaugurado. Frente a quienes a base de temerlo hacen más factible lo peor, apostemos una vez más por lo razonablemente promisorio. A veces el optimismo no es mero juego voluntarista.

Fuera de nuestras fronteras, la complejidad se reviste de incertidumbre. Sus principales fuentes están identificadas. Primera, las decisiones que se tomen en la Casa Blanca a partir del próximo día 20, y tanto de orden geopolítico como de política económica, desde la monetaria a la comercial. Segunda, el pulso electoral que el populismo —xenófobo y antieuropeísta— se dispone a echar en tres de los países nucleares del proyecto de la Unión Europea: Holanda, Francia y Alemania, tres firmantes del fundacional Tratado de Roma (el 25 de marzo se conmemora su 60º aniversario). Tercera, la caja negra que en este momento es el Brexit, que comenzará a negociarse también en primavera. Cuarta, el foco de inestabilidad financiera derivado de la crisis bancaria italiana, con sus nocivos efectos sobre la ya muy deteriorada confianza de la eurozona. No es completa, desde luego, pero esta sucinta relación no deja lugar a dudas: nuestro 2017 se va a desenvolver en un marco internacional incierto, tanto el más próximo como el que —solo en el mapa— nos queda más lejos.

De puertas adentro, es “riesgo político” lo que puede enrarecer más el ambiente. En la primera mitad del año, como consecuencia del calendario de los congresos de los principales partidos, con eventuales desenlaces (Podemos, Ciudadanos y PSOE) susceptibles de alterar el reparto de papeles y el movimiento de todo el escenario. Y un mes sí y otro también la tensión independentista en Cataluña, con capacidad no solo de atraer la atención de propios y extraños, sino también de eclipsar muchos logros.

Porque también es alta la probabilidad de que el año cuaje aquí buenos resultados. En el plano político, si el Parlamento mantiene el protagonismo que ha alcanzado en las primeras semanas de la legislatura, la cultura de la negociación y el pacto puede dar valiosos frutos, haciendo —como bien se ha dicho— que la fragmentación parlamentaria devenga en fortaleza democrática. Y en el campo económico, es esperable seguir avanzando por la senda de notable crecimiento de los dos últimos ejercicios. No es cuestión de previsiones, casi todas coincidentes en situar el crecimiento del PIB durante 2017 holgadamente por encima de la media europea; ni de mayor o menor permanencia de los “vientos de cola” que nos han empujado. Se trata de algo con mayor trascendencia: de la severa crisis padecida, la economía española ha salido con pertrechos renovados que justifican una mirada esperanzada: el crecimiento de la demanda interna se ha hecho compatible con la mejora de la balanza comercial y un saldo final positivo por cuenta corriente, rigurosa novedad en nuestra historia económica de mucho tiempo; con el ritmo de aumento actual del PIB se crea mucho más empleo que el que se conseguía años atrás con parecidas tasas de incremento de la actividad productiva; en fin, la consistencia de nuestro sistema financiero es hoy mucho mayor que la de hace un decenio.

No va a ser 2017 un año fácil, pero arranca con activos no poco prometedores.

Citas trascendentes

Pocas veces el calendario europeo ha venido tan cargado de citas con marcada trascendencia para todos. En apenas diez meses, las consultas electorales previstas, junto a otros hechos de envergadura, condicionarán los derroteros de la UE en su conjunto.

Para comenzar, esta misma semana dos elecciones cuyos respectivos desenlaces no deberían dejar indiferente a nadie. En Austria, la definitiva elección del presidente (definitiva porque está precedida de dos intentos fallidos: uno por impugnación de los resultados declarados, otro por defectuosa preparación material (¡el pegamento de los sobres!, imaginemos lo que se hubiera oído por aquí en caso de producirse algo similar…), con muchas posibilidades de que en esta ocasión salga elegido el candidato de ultraderecha, Norbert Hofer. En Italia, el referéndum para votar la propuesta de reforma de la Constitución que el gobierno consiguió aprobar pero no con el apoyo de los dos tercios del Parlamento, lo que ha obligado a la consulta popular, concebida como plebiscito personal por parte de Matteo Renzi, que tendrá que atenerse a las consecuencias.

El segundo acto, en primavera, arrancando con un mes de marzo que puede acoger hasta tres acontecimientos mayores: uno, el final de la política expansiva del Banco Central Europeo y sus compras masivas de deuda pública; dos, la invocación por la primera ministra británica —si la resolución judicial pendiente no lo impide— del artículo 50 del Tratado de la Unión, con el inicio oficial de las negociaciones para la salida del Reino Unido; tres, las elecciones parlamentarias el día 15 en los Países Bajos, donde Geert Wilders, al frente del extremista y antiislámico Partido por la Libertad, tiene opciones reales de conseguir suficiente porción de votos para encabezar un gobierno de coalición. Y pocas semanas después, mes y medio después, entre el final de abril y el 7 de mayo, las dos vueltas de las elecciones presidenciales en Francia, con un acrecido Frente Nacional de Marine Le Pen que enfatiza su discurso rupturista de choque —contra la Unión, contra el euro, contra las directrices de la Comisión y el Parlamento—, en línea con el del ultraderechista líder holandés. (Tómese nota: Francia y Holanda, los dos países firmantes del fundacional Tratado de Roma que rechazaron también en referéndum el Tratado Constitucional.).

El tercer acto —prescindiendo ahora de los comicios que tendrán lugar asimismo durante 2017 en Hungría, Croacia, Lituania, Rumanía y República Checa— se desarrollará en tierras germánicas cuando llegue el otoño, con la amenaza de que el partido netamente populista Alternativa para Alemania —creado en 2013 para oponerse a los rescates financieros a países como Grecia y Portugal y que ha desplegado luego un ideario centrado en la identidad nacional, encontrando en el rechazo a los programas de acogida de refugiados la más potente catapulta— consiga una significativa representación a escala nacional, una vez que ya está presente en nueve parlamentos regionales.

No nos esperan meses aburridos, ciertamente, con Trump, además, asumiendo desde los primeros compases de enero la presidencia de los Estados Unidos.

Convendrá, por ello, aprovechar al máximo las oportunidades que la nueva legislatura brinda a la política en España. El reparto de fuerzas en el Congreso de los Diputados, en vez de un obstáculo, puede ser el necesario revulsivo para alcanzar acuerdos sobre grandes problemas que deben afrontarse sin pérdida de tiempo y que se han demostrado irresolubles sin pactos de amplio espectro: la reforma del sistema educativo es un buen ejemplo. Sobre el encaje constitucional de Cataluña, el sistema de pensiones, la financiación autonómica, la reforma de la justicia o el saneamiento de la vida pública no se aportarán soluciones pragmáticas y duraderas sin negociación entre las principales fuerzas políticas con representación parlamentaria. Es la hora propicia para demostrar capacidad en la búsqueda de puntos de coincidencia al servicio de intereses generales. Y hay que apretar el paso. Siempre el primer año marca el recorrido de toda la legislatura. Combatamos a los agoreros que nos anuncian una legislatura corta y perdida: la suerte no está echada y hay condiciones para conseguir avances importantes en algunos de los campos citados. En democracia, la responsabilidad es de todos.

Próximos exámenes

La travesía ha durado prácticamente todo un año, el transcurrido desde la convocatoria de elecciones generales el 20D hasta el nombramiento de Rajoy como presidente. El trayecto ha sido largo, no ha estado exento de riesgos y ha incurrido en costes, pero deja un puñado de motivos alentadores.

Primero: la interinidad gubernamental no ha sido sinónimo de vacío institucional. Conviene resaltarlo. El no siempre fácil juego de iniciativas e intentos por unos y otros para asegurarse la investidura, ha discurrido siempre por los cauces constitucionalmente delimitados. En la Jefatura del Estado la prudencia se ha combinado con la profesionalidad. Y las ruedas de la Administración no se han detenido. El cuadro institucional básico de la democracia española ofrece solidez.

Segundo motivo: el buen comportamiento de la economía, tanto en términos macroeconómicos como desde la perspectiva empresarial. Contrariamente a tantos pesimistas vaticinios, el ejercicio de 2016 va a cerrarse con un notable muy alto en ritmo de crecimiento del PIB, en creación de empleo y en actividad exportadora. Una economía —unas empresas– con musculatura.

Y tercero: la consistencia del tejido social, capaz de seguir asimilando el severo impacto que un muy elevado desempleo —en particular, el de larga duración: casi dos millones suman quienes buscan empleo desde hace más de dos años, y cerca de un millón y medio de familias tiene a todos sus miembros en paro— y la precarización laboral tienen sobre la distribución de la renta y la movilidad social. Una dura realidad ante la que la sociedad española no ha bajado los brazos, aportando todos los días muestras de dinamismo y expresiones de solidaridad —dentro y fuera del ámbito familiar— más que elogiables.

Si lo consideráramos una prueba, el año con Gobierno en funciones habría obtenido buena nota. Ahora, en todo caso, hay que pasar otros exámenes, todos los cuales requerirán, para superarse, del nutriente esencial de las mejores democracias: capacidad de negociación y de acuerdo. La negociación como pilar fundamental de la democracia, ahuyentando los excesos del principio de la mayoría (“ese abuso de la estadística”, que dijera Borges). El acuerdo como bien democrático, el compromiso que no es claudicación, que no es traición. Capacidad y disposición para buscar puntos de encuentro al servicio de intereses generales. Los problemas de fondo que están en la sala de espera así lo demandan, desde luego. El independentismo catalán —“el reto más grave que tiene España”: lo ha certificado el propio Rajoy—, el sistema de pensiones —urgido de replantear una insuficiente financiación mediante cotizaciones sociales, dado el aumento tendencial de las prestaciones y el envejecimiento de la población—, la educación, el mercado de trabajo, la financiación autonómica y la limpieza de la vida pública son los principales: una buena carga de deberes insoslayables para la legislatura.

Qué tendrá su primera piedra de toque —una auténtica reválida— en los presupuestos generales del Estado para el próximo año. Una obra delicada que exigirá precisamente de esa voluntad —e inteligencia— que conduce a pactar, la única vía que las sociedades plurales y complejas, como es la española hoy, tienen para afrontar los grandes desafíos que el tiempo trae.

Estabilidad

Como los agoreros proliferan y se multiplican entre nosotros, no estará de más prestar atención a lo que de alentador nos trae el curso de los días. Anticipar males y desdichas se vende mucho mejor, desde luego, que el discreto apunte de hechos positivos, pero no por ello hay que desistir. En determinadas ocasiones —se ha dicho con autoridad— el optimismo es una obligación moral, y aún más si esa actitud o propensión del ánimo encuentra respaldo en datos o situaciones perceptibles.

Reparemos, por ejemplo, en los resultados de las elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco. Nos son pocas las conclusiones que pueden obtenerse en dirección contraria al rampante derrotismo en tantos medios. Dos tienen especial relevancia. Primera: se han mantenido los porcentajes de quienes, sobre el censo total de votantes, han acudido a las urnas, lo que supone un nivel de participación comparativamente alto en términos europeos. El “hartazgo” de política, como se repite sin tregua, hasta hoy, no se traduce afortunadamente en indiferencia o abandono ante el llamamiento electoral (ahora en Galicia la participación ha sido superior a la de 1989, 1997 y 2001, y en el País Vasco a la de 1986, 1990 y 1994). En segundo lugar, y fundamental, en ambas consultas los votos se han inclinado mayoritariamente por refrendar trayectorias de pragmática gestión pública y realizaciones materiales frente a programas ideologizados más o menos radicales, apostando en definitiva, tanto en Galicia como en Euskadi, por la estabilidad, un bien que tantos beneficios nos ha dado durante siete lustros (y que solo se valora cuando se pierde). Si a ello se suma, en el caso del País Vasco, la firme decantación del PNV hacia una vía claramente distanciada del nacionalismo independentista catalán, el balance es todo menos negativo. No estamos ante una ciudadanía desnortada, ni ante una democracia vaciada por el alejamiento masivo de quienes han de sostenerla, tentados eventualmente de situarse extramuros del sistema: la temida polarización se ha revelado más mediática que real. Tómese nota.

Las previsiones de crecimiento de la economía española ofrecen otro campo abonado para los cultivadores del desánimo, encargándose los registros del PIB, trimestre a trimestre, de poner en solfa vaticinios pesimistas. Un ejemplo llamativo: si la situación política generada por las dificultades para formar Gobierno se prolongara seis meses más, se decía a bombo y platillo en febrero de este año por sesudos analistas, la variación anual del PIB perdería entre 0,4 y 0,7 puntos porcentuales en 2016, generando una subida de la prima de riesgo de nuestra deuda de 70 puntos básicos y la pérdida de bastante más de 100.000 empleos; y bien, ocho meses después esa cuantificación se ha dado de bruces con la realidad, conservando la economía española un encomiable pulso, que es sobresaliente en el marco de toda la UE, y no solo de la eurozona. Conviene ser muy cauto al aventurar predicciones en economía, y presentarlas sin demasiado ruido para no tener luego que responder de ellas, por más que la memoria sea corta.

¿Cuándo nos decidiremos a poner en valor lo (mucho) bueno que tenemos? Un poco más de autoestima también contribuiría a la estabilidad.

Dos puntos de inflexión

Es lo que suponen —o podrían suponer— los resultados del 23 y del 26J. Siempre es aconsejable distanciarse de lo que acontece antes de proceder a valoraciones, pero la doble sorpresa que han deparado las consultas de la semana pasada incita a pronunciarse.

El triunfo de los partidarios del “Brexit” corta, desde luego, un proceso que después de seis décadas parecía irreversible: la construcción de la unión europea, ampliando sucesivamente el número de países y de competencias. En ese sentido, más que una curva en el camino es una vuelta atrás. Un club cuyo problema hasta ahora, con relación al número de socios, era acordar las condiciones y el calendario de quienes solicitaban ingresar en él, se enfrenta abruptamente a que uno de ellos –y no el menos importante, por cierto- opta por desvincularse, impulsando con ello de paso eventuales apetencias análogas entre quienes quedan dentro.

Todo un “shock”. No puede restársele importancia. Sí, en cambio, puede aprovecharse para hacer de él un auténtico punto de inflexión en la trayectoria seguida por la UE en los últimos años, tan titubeante. Primero fue el largo “impasse” institucional a consecuencia de la frustración del Tratado Constitucional tras el rechazo —en sendos referendos, por cierto— de Francia y Holanda. Acto seguido, el impacto económico y social de la Gran Recesión, cuando comenzaba a digerirse la adhesión de doce nuevos países y a rodar una moneda sin apoyaturas. Entre medias, el fiasco de la “Primavera árabe”, con recurrentes estallidos del “gran magma islámico” —según la metáfora orteguiana—, que convierte al flanco sur de Europa en una frontera vulnerable, con letales impactos también tierra adentro. Casi simultáneamente, tensiones conflictivas en la frontera oriental, tras la anexión de Crimea por Rusia. Todos, como el propio triunfo del Brexit, acontecimientos no previstos —aunque quizá no imprevisibles—, que han zarandeado un proceso que tiempo atrás, consumada la unificación de Alemania, parecía tener el camino expedito. Con el resultado conjunto de avances entrecortados y siempre un poco agónicos, perdiendo en el camino crecientes proporciones de opinión ciudadana, que hoy bascula del euroescepticismo a la eurofobia. Por eso el 23J debe ser un punto de inflexión. O fortalecerse o morir. Más que nunca, el aliento político —paz y metas comunes de libertad y progreso— que está en la base de lo que hoy es la Unión Europea, tiene que adquirir fuerza suficiente para desbrozar una senda que, en términos retrospectivos, tan buenos réditos ha dado ya a tres generaciones de europeos y que, si se mira hacia delante, es la única que puede salvar de la irrelevancia a la UE —y no solo a cada uno de los países que la integran— en un mundo global cuyo centro de gravedad se aleja cada vez más de nuestro continente.

Como constituiría otro pronunciado viraje el que los resultados del 26J se proyectaran sobre el mapa electoral europeo. La pérdida de votos de las candidaturas abiertamente populistas refuta el supuesto crecimiento imparable de las fuerzas de ese signo, que en tantos casos —aquí y en toda Europa— mezclan reivindicaciones domésticas con rechazo de la mundialización y la democracia. Lo ocurrido en España como pauta a seguir: otro deseable punto de inflexión.

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