Un curso especial

Ni para España ni para el conjunto de Europa el curso se presenta fácil. Lo decíamos aquí mismo cuando comenzaba, hace un mes. Lo acontecido desde entonces confirma el pronóstico.

En la UE, dos focos de perturbaciones han cobrado fuerza en las últimas semanas mientras sigue el forcejeo en las negociaciones por el Brexit. El situado en el Este y el que, al Sur, radica en Italia. Allí, Polonia y Hungría encaran desafiantes procedimientos disciplinarios por parte de la Comisión y del Parlamento europeo ante el riesgo de violación grave de valores fundamentales del proyecto común; instancia sancionadora que supone una radical y grave novedad en la historia que arranca del Tratado de Roma hace ya más de sesenta años. Son dos países muy significados de esa orla oriental del mapa, con gran capacidad de arrastre y proyección sobre terceros, como ocurre en Rumanía, a tenor de la preocupación expresada desde Bruselas muy recientemente (cambios legislativos que también en este caso socavan la separación de poderes y el castigo de la corrupción). Es como una mancha de aceite que se extiende por ese lado del corazón de Europa.

Por su parte, “el órdago presupuestario” del gobierno populista italiano, encarándose con las autoridades de la eurozona, abre otra brecha en un edificio todavía frágil. El gobierno de la Liga y el Movimiento 5 Estrellas no da puntada sin hilo: las promesas demagógicas que reflejan sus números responden a un meditado cálculo electoral, con la esperanza de conseguir excelentes réditos en las elecciones europeas del próximo mes de mayo, alzándose de paso con el liderazgo de todo el variopinto frente populista que conforman fuerzas y partidos repartidos por todo el continente. Un envite de primera magnitud para una zona euro todavía vulnerable y necesitada de completar su arquitectura institucional; Juncker lo ha expresado sin rodeos: conceder “un trato especial” a Italia —como se demanda desde Roma— supondría “el fin del euro”.

También en nuestro solar el otoño arranca denso. Con Cataluña sin perder nunca plano, a la precariedad del apoyo parlamentario que el gobierno comprueba repetidamente, se suma ahora una convocatoria electoral —la del 2 de diciembre en Andalucía— que contribuirá a tensar más un clima político enrarecido por pugilatos cortoplacistas y ganancias fáciles de opinión, al margen de objetivos de alcance y de políticas que atiendan al interés general. No ayudará a clarificar el panorama y a reducir incertidumbres. Como no lo hace, por supuesto, esa “exuberancia declarativa” (Serrano Sanz) de ministros y altos cargos que se ha convertido en todo un estilo gubernamental: anuncios y globos sonda, muchas veces contradictorios, que transmiten desconfianza en vez de credibilidad, desánimo en vez de impulso, mientras los problemas de fondo se aplazan sin fecha, ya sean los referentes al sistema de pensiones o al mercado de trabajo, ya sean los que conciernen a la Administración pública o a la formación y el capital humano. Como si todo se fiara a la inercia de un crecimiento económico, a pesar de las inequívocas señales que indican su desaceleración, cuando la política económica —y particularmente la fiscal— se ha quedado con muy escaso margen para intervenir dado el elevado nivel de endeudamiento público (98%).

Comienzo intenso, en definitiva, para un curso que va a ser toda una reválida.

Europa: prioridades

Las cumbres europeas dejan casi siempre mal regusto. Las propuestas que en cada ocasión se anticipan casi nunca se traducen finalmente en acuerdos, y los resultados quedan lejos de las expectativas. La que ha cerrado el mes de junio no es una excepción. Tras ambiciosos propósitos por parte de la Comisión, y algún líder, el balance parece magro, predominando las valoraciones que tildan de raquítico el pacto sobre inmigración y enjuician negativamente el aplazamiento hasta diciembre de los avances en todo lo relativo a la unión bancaria y presupuestaria.

 Cabe, sin embargo, introducir algunos matices que atemperan esa interpretación. Los aportan, de un lado, dos novedades en la antesala misma de la cumbre bruselense. Una, la Declaraciónde Meseberg, el 19 de junio, donde la canciller Merkel y el presidente Macron han reafirmado su voluntad de completar la Unión Económica y Monetaria (presupuesto propio para la eurozona, incluido), todo “un plan de profundización, con alcance político” que supone de paso recuperar el eje París-Berlín. La otra novedad, previa también al cónclave de presidentes, ha sido la carta de intenciones firmada el 25 de junio por 9 países, una “iniciativa de intervención europea” para actuar conjuntamente en misiones de interés general, también de tipo civil, buena prueba de la prioridad que la UE está obligada a dar en el terreno de la defensa, y no solo por razón del repliegue de la desafección, cada día más evidente, del “amigo americano”. A finales del año pasado se constituyó el “Marco de cooperación permanente” (PESCO, por sus siglas en inglés), con la participación de 25 países; ahora un grupo significativo -un “núcleo duro” en el que está España e incluye al Reino Unido- da un paso resuelto adelante para atender especialmente misiones militares en el exterior.

 La Cumbre ha estado precedida, pues, de esas dos no menores aportaciones al proyecto común, algo que no debe pasarse por algo. Como tampoco el mérito de haberse alcanzado en ella algún acuerdo, aunque fuera de mínimos, dada la división interna entre los reunidos: entre populistas xenófobos y el resto; entre inmovilistas de la unión monetaria y reformadores… Y lo convenido tiene, desde luego, algún relieve. Lo tiene, por lo pronto, comenzar a poner el foco en la migración, pues va a ser uno de los principales retos que la UE tiene por delante, y con carácter de permanencia. La frustrada “primavera árabe”, con sus secuelas de desestructuración política, guerras civiles y enfrentamientos tribales, junto con el atraso económico y la explosión demográfica de África –un continente que aumentará su población un 150 por cien en las próximas tres décadas, mientras Europa reducirá la suya originaria en un 15 por cien-, obligan a toda Europa a mirar de otra forma al Mediterráneo y hacia allí. Desde aquel lado de ese mar compartido, todo el territorio de la UE parece “un inmenso campo de golf”, dijo hace ya muchos años un destacado líder argelino, y hoy sigue siendo así para millones y millones de hombres y mujeres que temen por sus vidas y están dispuestos a arriesgarla por encontrar mejores oportunidades. Para el espacio común de libertad, seguridad y bienestar que es la UE es crucial, consecuentemente, tanto una política de migración compartida como una estrategia de cooperación que aliente políticas regionales y locales de desarrollo en empleo y formación en los países africanos. Lo primero presupone el control común de fronteras y un sistema también común de asilo y acogida. Lo segundo es vital para estabilizar los flujos inmigratorios y la demanda inagotable de peticionarios de refugio y trabajo. Lo convenido en Bruselas solo tiene alcance en el corto plazo –“centros de control” “plataformas en países de origen”-, pero si se considera un comienzo, algo es, y no poco.

 En suma, la botella quizá no esté medio vacía: se concede un poco más de tiempo a la reforma de la zona euro y se marcan prioridades tan obligadas como oportunas. Ya dijo Jacque Delors, con buen conocimiento de causa, que la integración europea es voluntad y pragmatismo, pero sobre todo “una larga paciencia”.

 

Tiempos interesantes

Estaba descontado que junio, hasta cerrarse con la cumbre prevista para los días 28 y 29, iba a ser un mes intenso en el escenario europeo. En la medida que quiera aprovecharse ese cónclave para completar la Unión Bancaria y para avanzar en un presupuesto para la eurozona y en la mutualización de la deuda, las tensiones entre los partidarios de pasos resueltos (Bruselas y París) y los que exigen rigurosas pruebas de responsabilidad antes de ofrecer mayor solidaridad (“los nórdicos”, liderados por Holanda) habrán de aumentar y explicitarse, añadiendo presión a un ambiente ya notoriamente caldeado por dentro (el deshinibido autoritarismo que se impone en las “democracias iliberales” del Este, con Hungría y Polonia abriendo la marcha) y por fuera (las amenazas provenientes de la política comercial de Trump y de su denuncia del acuerdo nuclear con Irán). Un mes sin margen para el aburrimiento, era previsible. No se esperaba, en cambio, el refuerzo que aportarían Italia y España.

El de allí es superlativo, una auténtica crisis institucional: gobiernos abortados y cuestionamiento de la máxima magistratura del Estado y del propio marco constitucional. Cualquiera que sea el desenlace, lo ya hecho e intentado asegura turbulencias. Por ejemplo, el contenido del “Contratto per il governo del cambiamento” suscrito por las dos formaciones mayoritarias (populistas de izquierda y ultraderecha nacionalista y xenófoba), antagónicas aunque ambas de inspiración eurofóbica, fijando las líneas del Ejecutivo que hubiera encabezado Conte (la broma era advertir que no se trataba del entrenador del Chelsea F.C.). Si bien se dejaban aparcados inicialmente algunos de los designos más radicales (referéndum para salir del euro y rechazo de los criterios de Maastricht), se mantenía una larga serie de propuestas tan inconsistentes como contradictorias: ¿cómo lograr simultáneamente expansión del gasto público y reducciones de ingresos fiscales cuando los dos rasgos sobresalientes de la economía son el exceso de deuda y un crecimiento raquítico cuando no inexistente? Italia, conviene recordarlo, no es Grecia (cuyo PIB es equivalente al de la Comunidad de Madrid); la italiana es la tercera economía de la eurozona.

A la vez, aquí, entre nosotros, la caldera ha alcanzado el punto de ebullición cuando menos se esperaba. En lugar de luz verde para una legislatura que parecía tener asegurada su segunda mitad tras el paso de los Presupuestos por el Congreso de los Diputados, semáforo en rojo. Mal momento escogió el Ministro de Economía, Román Escolano, el pasado 24 de mayo, para ponderar la condición de España como “ancla de estabilidad política” en Europa: un día después la incertidumbre se enseñoreó de nuevo del escenario nacional. Un brusco “cambio de rasante” que no va a hacer fácil la conducción, justo cuando dar continuidad a la recuperación exigiría abordar reformas de gran calado —en educación, en pensiones, en el mercado de trabajo, en economía digital, en transición energética, en articulación del mercado interior…— que demandan tanta pericia como aplomo al volante.

Lo dicho: vienen semanas movidas. Es imposible no recordar la vieja maldición china: “Que vivas en tiempos interesantes”.

Presupuesto europeo

En la semana que alberga el “Día de Europa” (9 de mayo), no estará de más recordar algunos de los principales retos que hoy tiene ante sí la Unión. Las nuevas prioridades recogidas en el proyecto presupuestario para el período 2021-2027 que acaba de presentar la Comisión (2 de mayo) son elocuentes a este respecto: defensa, seguridad, fronteras, inmigración.

El primero de esos objetivos tiene una doble razón de ser. Por una parte, las amenazas que provienen de la renacida ambición hegemónica de la Rusia de Putin (¡el cuarto mandato recién estrenado de una presidencia “imperial”!), con multiplicadas pruebas de su agresividad, tanto en la realidad física (desde las repúblicas bálticas a Crimea y los Balcanes) como en la virtual (interferencias cibernéticas en unos u otros comicios electorales). Un riesgo estratégico, ciertamente, con el que no se contaba. Y al que habrá que hacer frente, y esta es la segunda razón justificativa, aportando recursos mucho más cuantiosos que los hasta ahora manejados, dado que “el amigo americano” no está por la labor de seguir asumiendo la inmensa mayoría de los gastos que la defensa de Europa requiere. El nuevo Secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo, lo ha dicho sin tapujos: los aliados europeos en la OTAN tienen que pagar la parte correspondiente del importe total de la factura. Desde su creación, pronto hará setenta años (fue en abril de 1949), la Alianza Atlántica se ha sostenido básicamente en el esfuerzo económico de Estados Unidos, descargando de ese peso a los europeos; un alivio del que se han beneficiado los generosos (absoluta y comparativamente) Estados del bienestar que ya forman parte de la identidad de la mayor parte de la Europa unida.

Nada lo revela mejor que este contraste: el 50 por ciento del gasto mundial de defensa lo asume Estados Unidos, mientras Europa absorbe el 50 por ciento del gasto social total. Se trata de si no revertir al menos corregir el desequilibrio: cuando Estados Unidos, China o Rusia dedican entre un 5 y un 10 por ciento del PIB a la defensa, Europa no puede mantener presupuestos minúsculos por debajo —o muy por debajo, en bastantes casos— del 2 por ciento. Una prioridad insoslayable.

Como lo es, intramuros, la seguridad, ese otro nombre de la paz. La “sacudida del gran magma islámico” que Ortega vaticinara en 1937 (en el “Prólogo para franceses” de “La rebelión de las masas”) ha dejado en suelo europeo, a rebufo de la frustrada “primavera árabe”, la marca temible del terrorismo yihadista, cuya neutralización exigirá, no solo reforzar la cooperación de los servicios de inteligencia, sino también significativas atenciones presupuestarias.

Algo muy parecido, en fin, cabe señalar respecto de la gestión de fronteras y de la inmigración. Europa es, cuando se la mira desde el otro lado del Mediterráneo, la tierra prometida —con muchas oportunidades de trabajo y población decreciente— para millones y millones de personas que, como refugiados o inmigrantes, buscan alternativas de vida y empleo. Europa, dicho de otro modo, no puede ignorar la pobreza y los conflictos de África, y menos aún la explosión demográfica en curso (un aumento del 150 por ciento en tres décadas, hasta cerca de los 2.500 millones de personas) y ello ha de reflejarse en las cifras presupuestarias.

Una larga paciencia

Fue Jacques Delors quien definió así el proyecto de una Europa unida. Bien lo sabía él que tuvo que encargar el Informe Cecchini, “El coste de la no Europa”, para convencer a los descreídos de las ventajas de seguir apostando por la unión, y eso que su doble mandato al frente de la Comisión, entre los años 80 y 90, ahora se considera una de las etapas de mayor aliento.

Hoy tenemos más razones que hace una semana o que hace un año para no ser pesimistas. El 4 de marzo ha aportado una fundamental: luz verde a la Gran Coalición, a un gobierno de coalición cuyo programa, previamente pactado, tiene como eje central el reforzamiento de la Unión Europea. Las primeras reacciones por parte de Bruselas han sido rotundas en este sentido y, desde luego, la del presidente Macron: el ambicioso plan de “refundación” dibujado por este tendrá más posibilidades de comenzar a hacerse realidad. No hay alternativa al eje franco-alemán.

Puede objetarse que el otro “recuento” del pasado día 4, el correspondiente a la jornada electoral italiana, apunta en la dirección opuesta, dada la victoria relativa de los partidos de corte populista y antieuropeo a uno y otro extremo del abanico político (“populismo contra populismo”). Si el resultado en Alemania cabe traducirlo con los términos de estabilidad y reimpulso proeuropeista, el de Italia respondería a lo contrario. Pero el peso de uno y otro país es muy diferente, y además está por ver cómo discurren las cosas en una tierra donde nada tiende nunca a ser definitivo… y menos en política (casi la mitad de los diputados han cambiado de grupo parlamentario en la legislatura recién clausurada). Ahí la pauta habitual es gobierno difícil de formar y de corta duración (64 gobiernos se han sucedido en 70 años desde la proclamación de la República a finales de 1947). Roma sabe hacer filigranas en situaciones políticas enrevesadas, aunque desde la perspectiva económica la cuestión sea más preocupante: desde 2001 a 2016, el crecimiento del PIB de Italia es igual a cero, con descenso (un 5 por 100) de la renta por habitante (“piano piano non si va lontano”, advierte con agudeza el Informe Mensual más reciente de CaixaBank).

Con un poco más de perspectiva temporal, el contraste es todavía más acusado. A comienzos de 2017, las zonas de sombra predominaban: las formaciones declaradamente eurófobas se reunían en Coblenza anticipando probables victorias en Holanda y Francia; desde Londres se apostaba jactanciosamente por un Brexit duro; la suerte de Grecia seguía pendiendo de un hilo, y la economía del conjunto de la eurozona no permitía alegrías. En cambio, un año después los puntos de luz se multiplican: las convocatorias electorales no han tenido los resultados esperados por los ultras; las negociaciones para la salida del Reino Unido están limando aristas; los más retrasados de la clase en la eurozona, Grecia y Portugal, levantan cabeza, y se registran tasas apreciables de crecimiento económico en casi todos los países de la UE, una sincronización muy poco habitual. Si algo está demostrando Europa es, ciertamente, capacidad de resistencia.

Hay que desear que lo sea también de superación y que se aprovechen las circunstancias propicias. “Es bajo el sol, no bajo la lluvia, cuando hay que reparar el tejado de la casa” ha dicho la jefa del FMI, Christine Lagarde, y no estaba pensando en la Antártida.

Lo que falta

Ocupan un lugar secundario en el contenido informativo de unos y otros medios generalistas, pero los hechos noticiables con signo positivo sobre la economía española no dejan de sucederse. Lo menos estimulante siempre hace más ruido, acaparando protagonismo: solo el bien es silencioso, sentenció memorablemente Goethe.

Hay donde elegir en el curso de las últimas semanas. España ha vuelo a encabezar en 2017 —y ya van tres años— el crecimiento de las principales economías avanzadas, por delante no solo de Alemania, Reino Unido, Francia e Italia, sino también de Estados Unidos, Canadá y Japón; tres ejercicios consecutivos con aumentos del PIB superiores al 3 por ciento, con previsiones prometedoras para los dos próximos. Una más que sobresaliente fase expansiva, aunque todavía muchos se resistan a reconocerlo. Con el empleo ocurre algo parecido: entre 2009 y el final de 2013, la destrucción de puestos de trabajo se aireaba con fuerza mes a mes y trimestre a trimestre; pero la creación de más de dos millones en los últimos cuatro años se tiende a comentar con sordina, incluso si la EPA de turno —como es el caso de la más reciente— apunta evidentes señales de empleos de mayor calidad. Llamativo resulta igualmente el contraste en el tratamiento de los indicadores referidos al respaldo exterior de los mercados. Las alzas de la prima de riesgo española —cuando escalaba hasta cimas superiores a los 600 puntos básicos— fueron noticia destacada casi semana a semana; en cambio, conseguir mantenerse en torno a 100 puntos básicos desde 2015 no ha merecido atención, como tampoco caer ya claramente por debajo de ese nivel en los últimos días del recién concluido mes de enero. Lo mismo cabría decir de la solvencia de la deuda pública española, dándose poco menos que en letra pequeña la mejora del “rating” español con que ha empezado 2018, o el exceso de demanda que se registra en las últimas emisiones de bonos a diez años. Así se procederá también cuando, ya pronto, las autoridades europeas pongan fin al procedimiento de déficit excesivo que se le abrió a España en 2010. Las buenas noticias venden menos.

Y muy buenas son las que, un día sí y otro también, brinda el desempeño internacional de las empresas españolas, aunque no alcance las más de las veces brillo informativo. En menos de un mes, por ejemplo, al menos cuatro son bien reveladoras: las pruebas promocionales completas de la línea Medina-La Meca, el “AVE de los peregrinos”, un complejo proyecto liderado por un consorcio español; el parque eólico marino de Wikinger en aguas alemanas del Báltico, a cargo de Iberdrola; la toma de control por Grifols de la compañía tecnológica estadounidense orientada a la industria farmacéutica, Medkeeper, y la selección del consorcio liderado por ACS y su filial Hochtief para la adjudicación del ambicioso proyecto de modernización del aeropuerto de Los Ángeles. Ingeniería española excelentemente cotizada en el ancho mundo; tecnología española exportable y exportada: una magnífica realidad a la que sigue sin prestársele aquí adentro la atención que merece.

Hacerlo, apreciar debidamente los activos con que contamos —no me importa repetirlo— es tarea tan necesaria como urgente. Eso es quizá lo más importante que nos falta.

Corona y democracia

No siempre se han podido juntar los dos sustantivos que encabezan esta página. Pero en la España que desde el último cuarto del siglo XX deja atrás, con Juan Carlos I, una alargada experiencia dictatorial, ambos han ido de la mano. Titular de la Corona y régimen de libertades han convergido: el primero contribuyó decisivamente al tránsito de una a otra época, presidiendo después el curso de los acontecimientos en un país renovado, y el afianzamiento de la democracia ha sido factor determinante para la legitimación social de quien asume la máxima responsabilidad del Estado. Un logrado cruce de destinos (“Rey de la democracia” es el ilustrativo título del volumen colectivo editado recientemente por Galaxia Gutenberg). Es lo que justifica el reconocimiento que se le está dispensando a aquel con motivo de su octogésimo cumpleaños.

La perspectiva que proporciona la evolución de la economía española añade, por su parte, motivos para ello. En efecto, tres hechos sobresalientes que jalonan los últimos decenios están relacionados con la Corona y con la actuación de su titular: primero, estabilidad; segundo, apertura exterior e internacionalización de nuestro tejido empresarial; tercero, voluntad de acuerdo.

En tanto que vector de integración y garantía de continuidad, la Corona ha sido soporte básico de la estabilidad institucional. En economía, la estabilidad o, si se prefiere, la seguridad jurídica, es condición necesaria para el progreso duradero al aportar confianza, el mejor lubricante de tratos y contratos, de decisiones inversoras y de proyectos de empresa. La estabilidad, a su vez, no es ajena a la apertura exterior de España, que ha ganado interlocución con multiplicados países y presencia apreciada en foros y organismos plurinacionales. La economía española se ha insertado plenamente en el mercado mundial, alcanzando de paso un alto grado de internacionalización empresarial, acaso su rasgo más distintivo, por fecundo, desde el final del decenio de 1980; un logro que ha encontrado firme apoyo en el Rey. Que también ha contribuido, por estilo y determinación, a la decantación de gobiernos y sociedad civil a favor de la negociación, a favor de la búsqueda de pragmáticas coincidencias en objetivos de interés común.

Estabilidad, apertura internacional y el acuerdo como “bien democrático”: tres vértices de un triángulo que han interactuado virtuosamente. El primero facilitará ganar crédito en el exterior, encontrando en la mejor reputación externa un buen avalista. Y la predisposición negociadora ha ayudado tanto a la estabilidad como a mejorar la imagen de España en el mundo.

En una Europa que desde la segunda mitad del siglo XX ha conocido una combinación inédita de paz, libertad y prosperidad —por decirlo al modo de Tony Judt—, España no ha dejado de aprovechar la correspondiente alícuota, participando desde el fin de la dictadura en el avance conjunto por la senda de los derechos y las libertades individuales, del crecimiento económico y de la protección social. El Rey no ha sido un mero testigo. La severidad de la crisis que golpea el final del reinado y las circunstancias que lo rodearon, desembocando en la abdicación, no pueden velar el legado positivo que, desde uno y otro plano, nos ha dejado. Apreciarlo como merece incrementará, sin duda, nuestra autoestima para mejor afrontar el tiempo que viene.

Europa y Cataluña

“En Cataluña hoy se juega nada menos que el futuro de la Unión Europea”. Tan contundente afirmación no es de cualquiera: la ha escrito Joschka Fischer, el que fuera Ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania y hoy tiene bien ganada fama de analista internacional. Sin rodeos, expresa lo que unos y otros líderes europeos vienen repitiendo desde hace semanas. La entrega de los premios Princesa de Asturias (¡impagable servicio a España!) el pasado 20 de octubre en Oviedo les deparó a los máximos responsables del Consejo, de la Comisión y del Parlamento europeo una ocasión solemne para hacerlo al recoger el premio de la Concordia, y ninguno de los tres —Tusk, Juncker y Tajani— desaprovechó la ocasión, pronunciándose, cada uno a su manera, en contra de la pretensión secesionista en Cataluña. Razones de conveniencia, de convicción y de consecuencia se suman para esa firme oposición.

Por conveniencia, con objeto de evitar el “efecto dominó”. No solo en Padania o Córcega, en Gales o Bretaña, en Escocia o en Alto Adige: según un recuento autorizado, hasta en 21 regiones europeas hay movimientos independentistas organizados. De ahí la trascendencia de lo que se dirime en Cataluña, probablemente el caso con potencial mayor de proyección internacional: sin duda, una “amenaza más letal” que el Brexit para la UE.

Por convicción, en la medida en que la secesión socava —“traiciona”, se ha dicho— los ideales de solidaridad e integración humana sobre los que se fundamenta el proyecto común. Este se diseñó para trascender el sistema de rivalidades nacionales que tan trágico balance deparó al continente en la primera mitad del siglo XX; y luego se ha ido materializando con el mantenido propósito de superar tanto las pulsiones agresivas como las limitaciones de las naciones-Estado, salvando divisiones históricas y asegurando paz y estabilidad. La UE no puede permitir la fragmentación de sus miembros, “porque estos componen los cimientos mismos sobre los que está formada”, concluye también Fischer.

Por consecuencia, finalmente. No solo porque el gran tamaño de otros actores globales (China e India, por lo pronto, además de Estados Unidos) hace más perentoria una mayor integración a escala europea; también porque los retos hoy planteados exigen relaciones intracomunitarias más sólidas. Con fronteras exteriores vulnerables —las que limitan con Rusia—, con el problema de la seguridad interior provocada por el terrorismo, con los altos niveles de coordinación necesarios para dar una solución satisfactoria a la inmigración masiva, no cabe otra opción que la de reforzar las relaciones intergubernamentales. Tanto la Europa de la Defensa como la Europa Social así lo reclaman. De la misma forma que una efectiva mayor unión es condición necesaria para alcanzar los objetivos que requiere la gobernanza económica del conjunto: completar la Unión Bancaria (con el fondo común de garantía de depósitos y el fondo de resolución de bancos), la armonización fiscal, el superministerio de Finanzas y el Presupuesto europeo… Todo se alinea en el sentido opuesto a la desmembración de quienes hoy comparten el proyecto común.

Europa, en suma, tiene fundadas razones para apoyar el orden constitucional de la democracia española.

Inoportunidad

Junto a todo lo demás, la explosión del problema catalán, por sus posibles efectos sobre la reputación exterior de España, puede recortar (¿arruinar?) la magnífica posibilidad que esta tiene ahora de incorporarse al grupo de países que liderarán el deseado reimpulso de la Unión Europea.

Vayamos por partes. Las últimas semanas han sido pródigas en mensajes de aliento para el proyecto común europeo. Primero Juncker y después Macron han sido muy explícitos, revistiendo de buscada solemnidad en cada caso sus declaraciones. El presidente de la Comisión eligió el plenario del Parlamento de Estrasburgo, con ocasión del discurso sobre el Estado de la Unión, para reclamar máxima ambición “ahora que hace buen tiempo”, esto es, los buenos indicadores que arroja la recuperación económica; una “agenda de máximos” que involucre a todos los socios: moneda única para los Veintisiete, conversión del Mecanismo de Estabilidad (Mede) en un Fondo Monetario Europeo, presupuesto para la eurozona y superministro de Finanzas del euro, unión bancaria completada con un fondo de garantía de depósitos común y un fondo de resolución de bancos, ampliación del acuerdo (Schegen) sobre libre circulación de personas, junto con propuestas para afrontar el desempleo (20 millones de parados) y el flujo migratorio. Macron, a su vez, sólo quince días después, seleccionó la noble y hermosa sede de La Sorbona en el centro del viejo París, y con su encendida retórica también pidió la creación de un Fondo Monetario Europeo, un superministro de Finanzas y un presupuesto del euro, pronunciándose a favor de la unión fiscal al tiempo que desgranaba una batería de medidas en materia migratoria, militar y medioambiental.

A continuación, sin apenas pausa, la cumbre informal celebrada en Tallin al terminar septiembre ha servido de espaldarazo a ambos pronunciamientos: no para contenidos concretos —“todavía no hay que hablar de los detalles”, advirtió Angela Merkel—, pero sí en espíritu y propósito: “Europa no puede seguir igual”, sentenció también Merkel con rotundidad.

Y bien, ese no poco enfático relanzamiento del proyecto europeo, si comenzara efectivamente a materializarse, brindaría una excelente ocasión para que España elevase el listón de sus aspiraciones. En una Unión Europea sin el Reino Unido, España tiene muchas bazas para sumarse al “núcleo duro” que normalmente acogerá a Alemania, Francia, Italia y Holanda. La fortaleza de nuestro crecimiento económico nos ha devuelto aprecio y crédito en el exterior. Una oportunidad de oro, quizá equivalente a la que, tres décadas atrás, representó la adhesión al club comunitario, cuando alcanzar lo que había sido un anhelo intergeneracional actuó como palanca de superación.

Durante largos años, Europa ha constituido uno de los vértices del “triángulo virtuoso” —la estabilidad y el entendimiento del acuerdo como “bien democrático” han sido los otros dos— que ha propiciado en la democracia española la modernización económica y social y la apertura exterior; ahora, el coliderar el “renacimiento” de la integración continental puede ser también un formidable revulsivo. Si la eclosión independentista en Cataluña lo obstaculizara, todos los españoles, incluidos los catalanes, perderíamos mucho: además de reprobable, inoportuna.

Un curso crucial

No habrá ocasión de aburrirse: el curso recién comenzado promete intensidad. Su desarrollo no va a ser fácil, sujeto –condicionamientos internos políticos en primera línea- a fuertes tensiones, y su resultado final es muy incierto. El provocador desafío del secesionismo catalán –anteponiendo independencia a democracia- añade un elemento singular y diferencial de enorme envergadura. Un curso crucial. Habrá que afrontarlo con entereza.

Por lo pronto, conviene alejarse de ese pesimismo rampante –trepador, ganchudo, vocinglero- con tanta presencia en los medios y en escenarios públicos. El que describe una situación nacional calamitosa –“España está enferma”, a punto de derribo o de desguace-, y que aprovecha este o aquél indicador económico, como el que refleja la desaceleración del mercado laboral desde finales de junio, para cuestionar el término de una vigorosa expansión en la que nunca creyó.

Es aconsejable rehuir esa cantinela y pertrecharse con lo estimulante que hoy ofrece la realidad española. Una realidad viva y pujante, desde luego, en el plano económico, donde el récord turístico se suma al no poco asombroso incremento de las exportaciones y a la importante creación de empleo desde 2013, con muy notoria recuperación de la confianza de empresas y familias, como constata el fuerte tirón de la demanda interna, tanto el consumo como la inversión. Consecuentemente, oportunidades para el emprendimiento y profesionales de muy diverso tipo se multiplican, lo que explicaría un dato que no debe pasar desapercibido: el número de titulados que regresan comienza a superar, tras bastantes años, al de los que se marchan buscando fuera de España posibilidades para el despliegue de su talento.

Regresan a una sociedad con buen pulso y atributos muy valiosos. Por ejemplo, algunos que en el curso de los meses estivales han sobresalido: apertura y receptividad, hasta hacer irrelevantes las muy minoritarias manifestaciones en contra del caudaloso flujo de turistas; patente solidaridad, con llamativas muestras en las organizaciones no gubernamentales que atienden a quienes no aciertan a salir de la zona de sombra donde los relegó la crisis y a quienes quieren acceder a lo que aquí se ofrece; ausencia total de xenofobia y pulsiones antiinmigratorias: un país sin guetos, con un colectivo de musulmanes que se aproxima ya a los dos millones de personas; y esa admirable capacidad mezcla de valor y generosidad que demostraron mucho con ocasión de los atentados terroristas del 17 de agosto.

En fin, es verdad que la fortaleza del tejido institucional de nuevo se pone a prueba, pero tampoco hay razones para dudar de su consistencia: repárese en la más que apreciable nota que la calidad de nuestra democracia consigue en el más reputado indicador al respecto: el elaborado por “The Economist”, a través de “The Economist Intelligence Unit”, que en su más reciente edición sitúa a España entre las únicamente 19 “democracias completas” existentes en el conjunto mundial.

Economía, sociedad y marco institucional aportan, en definitiva, buenos argumentos para encarar las dificultades planteadas. Y también para presentar credenciales valiosas en la nueva etapa que en la Unión Europea se iniciará a partir de las elecciones de Alemania el próximo día 24. La encrucijada es también oportunidad.

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