Lo que falta

Ocupan un lugar secundario en el contenido informativo de unos y otros medios generalistas, pero los hechos noticiables con signo positivo sobre la economía española no dejan de sucederse. Lo menos estimulante siempre hace más ruido, acaparando protagonismo: solo el bien es silencioso, sentenció memorablemente Goethe.

Hay donde elegir en el curso de las últimas semanas. España ha vuelo a encabezar en 2017 —y ya van tres años— el crecimiento de las principales economías avanzadas, por delante no solo de Alemania, Reino Unido, Francia e Italia, sino también de Estados Unidos, Canadá y Japón; tres ejercicios consecutivos con aumentos del PIB superiores al 3 por ciento, con previsiones prometedoras para los dos próximos. Una más que sobresaliente fase expansiva, aunque todavía muchos se resistan a reconocerlo. Con el empleo ocurre algo parecido: entre 2009 y el final de 2013, la destrucción de puestos de trabajo se aireaba con fuerza mes a mes y trimestre a trimestre; pero la creación de más de dos millones en los últimos cuatro años se tiende a comentar con sordina, incluso si la EPA de turno —como es el caso de la más reciente— apunta evidentes señales de empleos de mayor calidad. Llamativo resulta igualmente el contraste en el tratamiento de los indicadores referidos al respaldo exterior de los mercados. Las alzas de la prima de riesgo española —cuando escalaba hasta cimas superiores a los 600 puntos básicos— fueron noticia destacada casi semana a semana; en cambio, conseguir mantenerse en torno a 100 puntos básicos desde 2015 no ha merecido atención, como tampoco caer ya claramente por debajo de ese nivel en los últimos días del recién concluido mes de enero. Lo mismo cabría decir de la solvencia de la deuda pública española, dándose poco menos que en letra pequeña la mejora del “rating” español con que ha empezado 2018, o el exceso de demanda que se registra en las últimas emisiones de bonos a diez años. Así se procederá también cuando, ya pronto, las autoridades europeas pongan fin al procedimiento de déficit excesivo que se le abrió a España en 2010. Las buenas noticias venden menos.

Y muy buenas son las que, un día sí y otro también, brinda el desempeño internacional de las empresas españolas, aunque no alcance las más de las veces brillo informativo. En menos de un mes, por ejemplo, al menos cuatro son bien reveladoras: las pruebas promocionales completas de la línea Medina-La Meca, el “AVE de los peregrinos”, un complejo proyecto liderado por un consorcio español; el parque eólico marino de Wikinger en aguas alemanas del Báltico, a cargo de Iberdrola; la toma de control por Grifols de la compañía tecnológica estadounidense orientada a la industria farmacéutica, Medkeeper, y la selección del consorcio liderado por ACS y su filial Hochtief para la adjudicación del ambicioso proyecto de modernización del aeropuerto de Los Ángeles. Ingeniería española excelentemente cotizada en el ancho mundo; tecnología española exportable y exportada: una magnífica realidad a la que sigue sin prestársele aquí adentro la atención que merece.

Hacerlo, apreciar debidamente los activos con que contamos —no me importa repetirlo— es tarea tan necesaria como urgente. Eso es quizá lo más importante que nos falta.

Corona y democracia

No siempre se han podido juntar los dos sustantivos que encabezan esta página. Pero en la España que desde el último cuarto del siglo XX deja atrás, con Juan Carlos I, una alargada experiencia dictatorial, ambos han ido de la mano. Titular de la Corona y régimen de libertades han convergido: el primero contribuyó decisivamente al tránsito de una a otra época, presidiendo después el curso de los acontecimientos en un país renovado, y el afianzamiento de la democracia ha sido factor determinante para la legitimación social de quien asume la máxima responsabilidad del Estado. Un logrado cruce de destinos (“Rey de la democracia” es el ilustrativo título del volumen colectivo editado recientemente por Galaxia Gutenberg). Es lo que justifica el reconocimiento que se le está dispensando a aquel con motivo de su octogésimo cumpleaños.

La perspectiva que proporciona la evolución de la economía española añade, por su parte, motivos para ello. En efecto, tres hechos sobresalientes que jalonan los últimos decenios están relacionados con la Corona y con la actuación de su titular: primero, estabilidad; segundo, apertura exterior e internacionalización de nuestro tejido empresarial; tercero, voluntad de acuerdo.

En tanto que vector de integración y garantía de continuidad, la Corona ha sido soporte básico de la estabilidad institucional. En economía, la estabilidad o, si se prefiere, la seguridad jurídica, es condición necesaria para el progreso duradero al aportar confianza, el mejor lubricante de tratos y contratos, de decisiones inversoras y de proyectos de empresa. La estabilidad, a su vez, no es ajena a la apertura exterior de España, que ha ganado interlocución con multiplicados países y presencia apreciada en foros y organismos plurinacionales. La economía española se ha insertado plenamente en el mercado mundial, alcanzando de paso un alto grado de internacionalización empresarial, acaso su rasgo más distintivo, por fecundo, desde el final del decenio de 1980; un logro que ha encontrado firme apoyo en el Rey. Que también ha contribuido, por estilo y determinación, a la decantación de gobiernos y sociedad civil a favor de la negociación, a favor de la búsqueda de pragmáticas coincidencias en objetivos de interés común.

Estabilidad, apertura internacional y el acuerdo como “bien democrático”: tres vértices de un triángulo que han interactuado virtuosamente. El primero facilitará ganar crédito en el exterior, encontrando en la mejor reputación externa un buen avalista. Y la predisposición negociadora ha ayudado tanto a la estabilidad como a mejorar la imagen de España en el mundo.

En una Europa que desde la segunda mitad del siglo XX ha conocido una combinación inédita de paz, libertad y prosperidad —por decirlo al modo de Tony Judt—, España no ha dejado de aprovechar la correspondiente alícuota, participando desde el fin de la dictadura en el avance conjunto por la senda de los derechos y las libertades individuales, del crecimiento económico y de la protección social. El Rey no ha sido un mero testigo. La severidad de la crisis que golpea el final del reinado y las circunstancias que lo rodearon, desembocando en la abdicación, no pueden velar el legado positivo que, desde uno y otro plano, nos ha dejado. Apreciarlo como merece incrementará, sin duda, nuestra autoestima para mejor afrontar el tiempo que viene.

Europa y Cataluña

“En Cataluña hoy se juega nada menos que el futuro de la Unión Europea”. Tan contundente afirmación no es de cualquiera: la ha escrito Joschka Fischer, el que fuera Ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania y hoy tiene bien ganada fama de analista internacional. Sin rodeos, expresa lo que unos y otros líderes europeos vienen repitiendo desde hace semanas. La entrega de los premios Princesa de Asturias (¡impagable servicio a España!) el pasado 20 de octubre en Oviedo les deparó a los máximos responsables del Consejo, de la Comisión y del Parlamento europeo una ocasión solemne para hacerlo al recoger el premio de la Concordia, y ninguno de los tres —Tusk, Juncker y Tajani— desaprovechó la ocasión, pronunciándose, cada uno a su manera, en contra de la pretensión secesionista en Cataluña. Razones de conveniencia, de convicción y de consecuencia se suman para esa firme oposición.

Por conveniencia, con objeto de evitar el “efecto dominó”. No solo en Padania o Córcega, en Gales o Bretaña, en Escocia o en Alto Adige: según un recuento autorizado, hasta en 21 regiones europeas hay movimientos independentistas organizados. De ahí la trascendencia de lo que se dirime en Cataluña, probablemente el caso con potencial mayor de proyección internacional: sin duda, una “amenaza más letal” que el Brexit para la UE.

Por convicción, en la medida en que la secesión socava —“traiciona”, se ha dicho— los ideales de solidaridad e integración humana sobre los que se fundamenta el proyecto común. Este se diseñó para trascender el sistema de rivalidades nacionales que tan trágico balance deparó al continente en la primera mitad del siglo XX; y luego se ha ido materializando con el mantenido propósito de superar tanto las pulsiones agresivas como las limitaciones de las naciones-Estado, salvando divisiones históricas y asegurando paz y estabilidad. La UE no puede permitir la fragmentación de sus miembros, “porque estos componen los cimientos mismos sobre los que está formada”, concluye también Fischer.

Por consecuencia, finalmente. No solo porque el gran tamaño de otros actores globales (China e India, por lo pronto, además de Estados Unidos) hace más perentoria una mayor integración a escala europea; también porque los retos hoy planteados exigen relaciones intracomunitarias más sólidas. Con fronteras exteriores vulnerables —las que limitan con Rusia—, con el problema de la seguridad interior provocada por el terrorismo, con los altos niveles de coordinación necesarios para dar una solución satisfactoria a la inmigración masiva, no cabe otra opción que la de reforzar las relaciones intergubernamentales. Tanto la Europa de la Defensa como la Europa Social así lo reclaman. De la misma forma que una efectiva mayor unión es condición necesaria para alcanzar los objetivos que requiere la gobernanza económica del conjunto: completar la Unión Bancaria (con el fondo común de garantía de depósitos y el fondo de resolución de bancos), la armonización fiscal, el superministerio de Finanzas y el Presupuesto europeo… Todo se alinea en el sentido opuesto a la desmembración de quienes hoy comparten el proyecto común.

Europa, en suma, tiene fundadas razones para apoyar el orden constitucional de la democracia española.

Inoportunidad

Junto a todo lo demás, la explosión del problema catalán, por sus posibles efectos sobre la reputación exterior de España, puede recortar (¿arruinar?) la magnífica posibilidad que esta tiene ahora de incorporarse al grupo de países que liderarán el deseado reimpulso de la Unión Europea.

Vayamos por partes. Las últimas semanas han sido pródigas en mensajes de aliento para el proyecto común europeo. Primero Juncker y después Macron han sido muy explícitos, revistiendo de buscada solemnidad en cada caso sus declaraciones. El presidente de la Comisión eligió el plenario del Parlamento de Estrasburgo, con ocasión del discurso sobre el Estado de la Unión, para reclamar máxima ambición “ahora que hace buen tiempo”, esto es, los buenos indicadores que arroja la recuperación económica; una “agenda de máximos” que involucre a todos los socios: moneda única para los Veintisiete, conversión del Mecanismo de Estabilidad (Mede) en un Fondo Monetario Europeo, presupuesto para la eurozona y superministro de Finanzas del euro, unión bancaria completada con un fondo de garantía de depósitos común y un fondo de resolución de bancos, ampliación del acuerdo (Schegen) sobre libre circulación de personas, junto con propuestas para afrontar el desempleo (20 millones de parados) y el flujo migratorio. Macron, a su vez, sólo quince días después, seleccionó la noble y hermosa sede de La Sorbona en el centro del viejo París, y con su encendida retórica también pidió la creación de un Fondo Monetario Europeo, un superministro de Finanzas y un presupuesto del euro, pronunciándose a favor de la unión fiscal al tiempo que desgranaba una batería de medidas en materia migratoria, militar y medioambiental.

A continuación, sin apenas pausa, la cumbre informal celebrada en Tallin al terminar septiembre ha servido de espaldarazo a ambos pronunciamientos: no para contenidos concretos —“todavía no hay que hablar de los detalles”, advirtió Angela Merkel—, pero sí en espíritu y propósito: “Europa no puede seguir igual”, sentenció también Merkel con rotundidad.

Y bien, ese no poco enfático relanzamiento del proyecto europeo, si comenzara efectivamente a materializarse, brindaría una excelente ocasión para que España elevase el listón de sus aspiraciones. En una Unión Europea sin el Reino Unido, España tiene muchas bazas para sumarse al “núcleo duro” que normalmente acogerá a Alemania, Francia, Italia y Holanda. La fortaleza de nuestro crecimiento económico nos ha devuelto aprecio y crédito en el exterior. Una oportunidad de oro, quizá equivalente a la que, tres décadas atrás, representó la adhesión al club comunitario, cuando alcanzar lo que había sido un anhelo intergeneracional actuó como palanca de superación.

Durante largos años, Europa ha constituido uno de los vértices del “triángulo virtuoso” —la estabilidad y el entendimiento del acuerdo como “bien democrático” han sido los otros dos— que ha propiciado en la democracia española la modernización económica y social y la apertura exterior; ahora, el coliderar el “renacimiento” de la integración continental puede ser también un formidable revulsivo. Si la eclosión independentista en Cataluña lo obstaculizara, todos los españoles, incluidos los catalanes, perderíamos mucho: además de reprobable, inoportuna.

Un curso crucial

No habrá ocasión de aburrirse: el curso recién comenzado promete intensidad. Su desarrollo no va a ser fácil, sujeto –condicionamientos internos políticos en primera línea- a fuertes tensiones, y su resultado final es muy incierto. El provocador desafío del secesionismo catalán –anteponiendo independencia a democracia- añade un elemento singular y diferencial de enorme envergadura. Un curso crucial. Habrá que afrontarlo con entereza.

Por lo pronto, conviene alejarse de ese pesimismo rampante –trepador, ganchudo, vocinglero- con tanta presencia en los medios y en escenarios públicos. El que describe una situación nacional calamitosa –“España está enferma”, a punto de derribo o de desguace-, y que aprovecha este o aquél indicador económico, como el que refleja la desaceleración del mercado laboral desde finales de junio, para cuestionar el término de una vigorosa expansión en la que nunca creyó.

Es aconsejable rehuir esa cantinela y pertrecharse con lo estimulante que hoy ofrece la realidad española. Una realidad viva y pujante, desde luego, en el plano económico, donde el récord turístico se suma al no poco asombroso incremento de las exportaciones y a la importante creación de empleo desde 2013, con muy notoria recuperación de la confianza de empresas y familias, como constata el fuerte tirón de la demanda interna, tanto el consumo como la inversión. Consecuentemente, oportunidades para el emprendimiento y profesionales de muy diverso tipo se multiplican, lo que explicaría un dato que no debe pasar desapercibido: el número de titulados que regresan comienza a superar, tras bastantes años, al de los que se marchan buscando fuera de España posibilidades para el despliegue de su talento.

Regresan a una sociedad con buen pulso y atributos muy valiosos. Por ejemplo, algunos que en el curso de los meses estivales han sobresalido: apertura y receptividad, hasta hacer irrelevantes las muy minoritarias manifestaciones en contra del caudaloso flujo de turistas; patente solidaridad, con llamativas muestras en las organizaciones no gubernamentales que atienden a quienes no aciertan a salir de la zona de sombra donde los relegó la crisis y a quienes quieren acceder a lo que aquí se ofrece; ausencia total de xenofobia y pulsiones antiinmigratorias: un país sin guetos, con un colectivo de musulmanes que se aproxima ya a los dos millones de personas; y esa admirable capacidad mezcla de valor y generosidad que demostraron mucho con ocasión de los atentados terroristas del 17 de agosto.

En fin, es verdad que la fortaleza del tejido institucional de nuevo se pone a prueba, pero tampoco hay razones para dudar de su consistencia: repárese en la más que apreciable nota que la calidad de nuestra democracia consigue en el más reputado indicador al respecto: el elaborado por “The Economist”, a través de “The Economist Intelligence Unit”, que en su más reciente edición sitúa a España entre las únicamente 19 “democracias completas” existentes en el conjunto mundial.

Economía, sociedad y marco institucional aportan, en definitiva, buenos argumentos para encarar las dificultades planteadas. Y también para presentar credenciales valiosas en la nueva etapa que en la Unión Europea se iniciará a partir de las elecciones de Alemania el próximo día 24. La encrucijada es también oportunidad.

Dos homenajes

El azar ha querido que solo tres días hayan separado dos acontecimientos políticos de altura presentados como sendos actos de homenaje, uno en España y otro a escala de toda Europa. Entre nosotros, con ocasión de conmemorar el cuadragésimo aniversario de las primeras elecciones libres, que franqueó los pasos subsiguientes de la Transición; en el Parlamento Europeo, al tributársele un emocionado y singular reconocimiento al excanciller Helmut Kohl, fallecido dos semanas antes. Ambas solemnes convocatorias, tan cercanas entre sí, invitan a subrayar su respectivo significado y también a hacer alguna comparación.

El acto de la Eurocámara, magistralmente diseñado —“el protocolo es la semiótica de la política”, se ha recordado con acierto—, reuniendo a decenas de líderes y personalidades con proyección internacional, ha cumplido a la perfección un doble cometido. Por lo pronto, poner en valor el aporte del excanciller a la historia reciente de Europa, en tanto que gran protagonista de ese episodio capital que une la caída del muro de Berlín (9 de noviembre de 1989) y la unificación de Alemania (3 de diciembre de 1990), para desembocar un año después en la desintegración de la URSS (22 de diciembre), ofreciendo con ello un nuevo horizonte a la larga docena de países durante décadas privados de libertad. Si en su primera etapa en la cancillería, Helmut Kohl ya había coprotagonizado junto al presidente Mitterrand otro acto (23 de septiembre de 1984) con enorme carga simbólica para lo que es hoy la Unión Europea —el recuerdo de las víctimas mortales de la batalla de Verdún: 360.000 franceses y 325.000 alemanes—, en el ecuador de su mandato se erigió como el gran impulsor de la integración europea, con un papel central en el Tratado de Maastricht (1992) y el dibujo de la unión monetaria. Reconocer todo ello ha servido a la vez —el otro fin perseguido con el funeral de Estado en Estrasburgo— como apoyo a quienes, con Merkel y Macron al frente, se proponen ahora relanzar el proyecto común, alentados por el veredicto muy unánime de unas urnas en contra de los partidos y movimientos eurófobos. Un doble objetivo, pues, plenamente logrado.

¿Puede decirse lo mismo del acto de las Cortes? Solo en parte. Aunque sobradamente justificado —aquel 15 de junio de 1977 quedará siempre como una fecha memorable de la España contemporánea—, las carencias detectadas le han restado de algún modo trascendencia. De un lado, se ha perdido la oportunidad de subrayar abiertamente el más notorio y fructífero rasgo de nuestras cuatro décadas más recientes: la estabilidad, sobre todo en los dos planos, institucional y social, que han devenido fundamentales para los logros —también los económicos— de la democracia española. De otro lado —y volvemos al tema de las formas, a la cuestión protocolaria—, la clamorosa ausencia del Rey emérito —cuya actuación resultó del todo imprescindible para hacer posible lo que se conmemoraba—, una ausencia difícilmente explicable que ha empañado la merecida celebración.

Dos homenajes bien oportunos pero no igualmente resueltos. Dos ocasiones propicias para afirmar deseables apuestas pero con desigual aprovechamiento.

Capacidad de resistencia

Es como si el viento hubiera cambiado de dirección en apenas unas semanas; me refiero a Europa.

Hace tan solo un trimestre, antes de las elecciones en Holanda, el catastrofismo imperaba, celebrando los eurófobos la inesperada ayuda que les iba a brindar el nuevo inquilino de la Casa Banca (“el Brexit será una maravilla; habrá otras salidas de la UE”), cuando apenas encontraban eco las voces más templadas que seguían apostando por la “utopía razonable” de cuyo acto fundacional, el Tratado de Roma, se cumplieron en marzo sesenta años. “Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de apasionada intensidad”: la visión poética que un día describió Yeats parecía del todo precisa.

Pero, en contra de lo anticipado por tanto “pesimismo complacido” (la expresión es de Claudio Magris), no siempre sucede lo peor. En los Países Bajos, el partido extremista y xenófobo de Wilders ha visto frustradas en marzo sus expectativas de victoria. En Alemania, la suma de votos de los proeuropeos (democristianos y socialdemócratas, liberales y verdes) alcanza porcentajes muy altos (cerca del 90 por 100 en Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado y con más potencial influencia en las elecciones generales, las previstas para septiembre). Y en Francia, Macron, el candidato más partidario de la integración (“europeísta radical”, le espeto Marine Le Pen en el momento álgido del debate televisado que ambos sostuvieron) ha ganado mucho más holgadamente de lo que casi nadie auguraba. Las señales que emite la cargada agenda electoral de 2017 indicarían, por tanto, un reflujo del populismo más conservador y de corte nacionalista, no concediendo posiciones mayoritarias para las opciones que han blasonado su beligerancia “antieuropeista”.

Hay más, y tanto en el ámbito institucional como en el propio de la sociedad civil. En éste, por ejemplo, iniciativas convocando a la ciudadanía en apoyo al proyecto integrador, como la que bajo el lema “Pulso de Europa” idearon un puñado de jóvenes alemanes en Frankfurt a finales del año pasado y que ya está siendo secundado en un centenar de ciudades de una docena de países europeos. Y en aquel, donde se sitúan las propuestas y realizaciones políticas, al menos dos novedades importantes. Primera, el cierre de filas de los 27 frente a Londres en la estrategia negociadora de la salida del club; una marcada sintonía (“gracias por unirnos, Brexit”, se ha escrito con agudeza) a la que no estamos ciertamente acostumbrados tras los sonados desencuentros en torno a los “rescates”, a los planes de ajuste y recortes, o la acogida y el reparto de refugiados. Segunda, la declarada voluntad de acometer empeños durante largo tiempo bloqueados (por el Reino Unido, precisamente, bastantes de ellos): culminación de la unión bancaria, avances en la coordinación presupuestaria y primer pergeño de la Europa de la Defensa y la Seguridad, y también de la Europa Social.

Ya lo predijo uno de los padres fundadores, Jean Monnet: “Europa se hará en las crisis”. Que viene a ser lo mismo que pensaba Jacques Delors al hablar, también en tono tan resignado como sabio, de “la larga paciencia” que exige el proyecto europeo.

Domingos de mayo

El azar lo ha querido: los resultados electorales de los tres próximos domingos de este mes de mayo tendrán una influencia enorme, acaso decisiva, en la suerte de la Unión Europea, por un lado, y de la actual legislatura española, por otro. El 7, el 14 y el 21.

El primero constituye una fecha crucial. La dinámica de la elección presidencial a doble vuelta y la intensidad de toda la larga campaña han hecho de Francia un observatorio privilegiado para medir la fuerza del movimiento populista que capilariza una buena parte del espacio político europeo, cuestionando abiertamente el proyecto de integración europea, cuando no abogando sin tapujos por su desarticulación. Eurofobia, que no es mero escepticismo o desconfianza en las ventajas de la unión —el descreimiento que se trató de combatir al final de los años ochenta con el informe Cecchini, “El coste de la no-Europa”—, y que tampoco se limita, como un decenio antes, a alertar de los riesgos de euroesclerosis por la pérdida de competitividad de las economías maduras del continente; ahora se trata de un rechazo frontal que alimenta actitudes coincidentes en su beligerancia con lo que representa la UE, y tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda. Los ingredientes de tal aversión son diversos: el resorte identitario frente a una caudalosa inmigración, la merma de bienestar y la pérdida de expectativas causadas por una crisis económica cuya responsabilidad se achaca a la globalización, la inseguridad que provoca el terrorismo en el propio territorio, la indignación ante tantas prácticas corruptas… Pero todos coinciden en la desembocadura: un repliegue nacionalista. Hacia Francia, por eso, dirigimos todas las miradas en este comienzo de mayo, pues la suerte de todos depende de lo que ahí resulte. Sin el Reino Unido, la Unión Europea perderá relevancia, pero sin Francia es sencillamente impensable.

A continuación, siete días más tarde, otra prueba con no poca significación: las elecciones en el Estado de Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado (dieciocho millones) de Alemania. Ahí se calibrarán las probabilidades de que Alternativa para Alemania (AfD), el extremista partido xenófobo y antieuropeista, alcance en septiembre una significativa cuota de representantes en el Bundestag. Hoy no parece que sean altas, pero la mera posibilidad de su entrada en el parlamento federal es inquietante. La integración de Alemania en Europa es el fundamento más sólido de la estabilidad del orden de postguerra y del entero desarrollo del proyecto de unión; si se revirtiera aquella, las consecuencias tendrían una enorme trascendencia.

La tercera cita, en el tercer domingo: las elecciones primarias a la secretaría general del PSOE. En este caso, lo que está en el alero es —repitámoslo— la viabilidad de la legislatura. No llega esa consulta en buen momento, pues mientras sube el PIB baja la moral, erosionada por la oleada de noticias sobre la corrupción, creando un ambiente de opinión que influirá en quienes se acerquen ese día a votar. Y el resultado puede ser determinante: con la victoria de Pedro Sánchez, es un suponer, la moción de censura anunciada —se ha escrito con acierto— dejaría de ser una fantasmada… y tal vez, incluso con los presupuestos generales encarrilados, los españoles tuviésemos que ir a las urnas en pleno verano.

Razones para la autoestima

No ha escogido bien el momento el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, para hablar mal de España en la Universidad de Harvard. Mal de su economía —un país alejado de la eficiencia económica y con llamativos signos de atraso— y de su democracia, descalificándola por no cumplir la Carta Europea de los Derechos Humanos y permitir comportamientos coercitivos propios de Estados con muy escasa calidad institucional. Lo hizo en la conferencia que allí pronunció el pasado 27 de marzo. Tal vez tampoco el auditorio fuera el más apropiado —un total de 90 asistentes, principalmente estudiantes—, pero desde luego no ha tenido al calendario como aliado: la semana elegida para dar a conocer el proceso catalán en Estados Unidos ha coincidido con alentadoras nuevas en el plano económico y en el político.

En el primero, la llegada de la primavera está siendo generosa. Según los indicadores ahora anticipados para el primer trimestre del año, la recuperación se mantiene fuerte (con 2017, tres años en torno al 3 por ciento), muy por encima de los valores medios de la eurozona. Se sostiene con holgura igualmente el dinamismo exportador y la inversión en bienes de equipo, con empresas además menos endeudadas. La creación de empleo sigue también siendo muy intensa, acelerándose incluso. Justo en el curso de esa semana última de marzo hemos sabido que por primera vez en una década España cumple el objetivo de déficit público exigido por Bruselas, y se ha firmado un acuerdo entre Hacienda y los sindicatos para hacer la mayor oferta pública de empleo de la democracia. Apretado final de mes que se ha cerrado con la aprobación por el Consejo de Ministros del proyecto de Presupuestos, donde se dibuja un escenario macroeconómico como mínimo estimulante, y esta vez —no es ocioso señalarlo— avalado por la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal. Nada de ello, ciertamente, trasmite la imagen de una economía renqueante y rezagada en el marco europeo.

A su vez, en el plano político no son pocas las novedades con igual signo positivo. Y tanto por lo que atañe a la proyección exterior de España como por lo que mira adentro. El “Brexit”, al descolgarse el Reino Unido de la mesa de “los grandes”, está ofreciendo a España la posibilidad de una casi inédita interlocución en el seno de la Unión Europea. Así lo visibilizó la presencia de Rajoy en Versalles (6 de marzo), acompañando a los mandatarios de Francia, Alemania e Italia, los países que pueden liderar la renovación del proyecto europeo. O la convocatoria en Madrid (10 de abril) del grupo informal constituido por los países del sur de la UE. Y en nuestro patio interior, junto con el recobrado pulso de la vida parlamentaria durante las últimas semanas y que volverá a exteriorizarse de inmediato en la tramitación presupuestaria, marzo se ha despedido con el anuncio de una nueva e importante prueba de la victoria de la democracia frente al terrorismo: la entrega de armas por parte de ETA (no dejen de leer, si todavía no lo han hecho, la novela de F. Aramburu, “Patria”, cuyo extraordinario éxito, con más de 200.000 ejemplares vendidos, 40.000 de ellos en el País Vasco, expresa que tampoco el discurso o “la narrativa” terrorista va a prevalecer). Buenas señales que emite nuestra democracia, tan ignoradas en aquella aula de Boston.

Europa, horas difíciles

Podría haber sido tiempo de festivas celebraciones: 25º aniversario del Tratado de Maastricht (7 de febrero) y 60º del fundacional Tratado de Roma (25 de marzo), pero las circunstancias aconsejan conmemoraciones de baja intensidad. Las tensiones se acumulan para una Unión Europea que lleva años haciendo frente a problemas sobrevenidos: la factura social de la severa crisis económica y de los programas drásticos de austeridad, el frustrado desenlace de la “Primavera árabe”, que ha revertido en turbulencias de todo tipo en el flanco sur del continente (desde guerras civiles a Estados fallidos, desde el terrorismo a la “crisis de los refugiados”), y probada debilidad en la frontera oriental, con episodios de presión militar (países bálticos) o abiertamente bélicos (Ucrania). Súmese a todo ello el “Brexit” —tampoco estaba agendado— y el cable que desea echar el presidente Trump jaleando a los partidarios de renunciar al proyecto comunitario, al que conoce como “el Consorcio” por si hubiera alguna duda. Cumplimos años rodeados de enemigos, ha dicho una voz señera de la propia UE. Sensación generalizada de vulnerabilidad, que alimenta, por una parte, el repliegue nacionalista y de xenofobia y, por otra, caída del apoyo ciudadano a la integración política, tal vez paralela a la pérdida de fe en ella por parte de las élites.

Resultado: horas difíciles. El populismo que predica el desmantelamiento del edificio compartido, con o sin moneda común, está presto para dos pujas electorales de máxima trascendencia: en Holanda el 15 de este mes de marzo; en Francia, a dos vueltas, entre el final de abril y el comienzo de mayo. En ambas citas las probabilidades de victoria del Partido para la Libertad, en un caso, y el Frente Nacional, en otro, no dejan de crecer semana a semana. La coincidencia con el radicalismo autoritario y nacionalista del Gobierno ultraconservador polaco y con la ofensiva similar en Hungría del primer ministro Orbán, no es casual, como no lo es la impotencia hasta ahora demostrada por la Comisión Europea para frenar ambas derivas. Tampoco nadie clama por impedir la erección de vallas y muros con objeto de taponar la ruta de los Balcanes, ese tortuoso pasillo que canaliza la mayor parte de los flujos inmigratorios: tierras de Hungría, Eslovenia, Macedonia y Austria; de militarizar las fronteras respectivas se habló en la Conferencia que reunió hace poco en Viena, sin apenas luz y taquígrafos, a 15 países europeos. Por su parte, Grecia sigue en la cuerda floja, mientras entra en escena ruidosamente —como acostumbra— una Italia con el mapa político cada vez más fragmentado y con un sistema bancario con una formidable carga desestabilizadora para toda la eurozona. De “crisis existencial” ha hablado Juncker.

Tanto es así que España, en ese marco, se erige hoy, hasta cierto punto, como contrafuerte. La “modesta” estabilidad gubernamental —se ha escrito— vale su peso en oro en los mercados de Bruselas y Berlín. La economía mantiene un tono vigoroso, comparativamente alto. Y la sociedad —lo mejor de todo entre nosotros— sigue esquivando tentaciones extremistas, sin organizaciones con peso de signo xenófobo o antieuropeo, y expresando de muy diversas formas apertura y capacidad receptiva, solidaridad y actitud acogedora. Contra tantos derrotistas, hoy la “anomalía” española en Europa ¡es por virtud y no por defecto!

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