El comercio internacional cada vez crece menos

Durante el periodo 1970-2013 las exportaciones de bienes y servicios en el mundo se multiplicaron por diez, mientras que el PIB mundial solamente se multiplicó por cuatro. El mayor crecimiento relativo del comercio internacional es uno de los más claros indicadores del proceso de globalización que ha experimentado la economía mundial durante las últimas décadas. En concreto, si las exportaciones suponían alrededor del 13% del PIB mundial en el año 1970, para 2013 ya suponían casi el 30%.

Sin embargo, durante los últimos años se ha producido un crecimiento mucho más moderado del comercio internacional. De acuerdo a los datos de la Organización Mundial del Comercio, el crecimiento en los años 2014 y 2015 no superó el 3%, y las previsiones apuntan a que tampoco se supere este porcentaje en el año 2016. Esta desaceleración del crecimiento se debe, en parte, a una menor demanda mundial. Sin embargo, los datos también muestran que, a diferencia de décadas anteriores en el que el comercio crecía muy por encima del PIB, en la actualidad ambas variables crecen de forma similar. ¿Significa esto que hemos alcanzado un estadio en el que el comercio internacional, como porcentaje de la producción, ha llegado a su máximo?

En un reciente libro, editado por la asociación VoxEU, se ha analizado qué factores estructurales pueden explicar que el comercio internacional haya dejado de crecer más rápido que el PIB (en jerga económica, por qué se ha reducido la elasticidad del comercio con relación al PIB). Los autores destacan dos razones para explicar esta desaceleración. En primer lugar, para el comienzo de la segunda década del siglo XXI habría finalizado el proceso de incorporación a la economía mundial de dos grandes zonas que apenas comerciaban con el resto del mundo anteriormente: los países de la Europa Central y del Este, y China. Cuando estas zonas se integran a la economía mundial el comercio crece mucho más rápido que el PIB; sin embargo, una vez finalizado el proceso de integración, el comercio vuelve a crecer al mismo ritmo que el PIB.

En segundo lugar, los autores señalan que durante estos años también habría finalizado el proceso de creación de cadenas de producción globales. Como explicábamos en un post anterior, una de las características del proceso de globalización es que la producción no se realiza en un único país, sino que se divide entre muchos países. Esta división del proceso de producción genera un crecimiento artificial del comercio internacional, ya que este se recoge en valores brutos y no en valores netos. Por ejemplo, imaginemos que en el proceso de producción de una camiseta participan tres países: Estados Unidos (que produce el algodón), Indonesia (que convierte el algodón en tela) y Bangladesh (que corta la tela y la cose, convirtiéndola en una camiseta). Imaginemos también que el valor que añade cada país es de 5€ en cada camiseta. En este ejemplo el valor añadido total que se genera es de 15€ (5€ de algodón + 5€ de tela + 5€ de confección). Sin embargo, el comercio que se genera, al estar medido en valores brutos, es mucho mayor. El algodón que se exporta de Estados Unidos a Indonesia vale 5€; sin embargo, el valor de la exportación de la tela de Indonesia a Bangladesh es 10€, ya que incorpora los 5€ de algodón y los 5€ del valor añadido de convertir el algodón en tela. Si Bangladesh exporta la camiseta a otro país, el valor de la exportación será de 15€. Por tanto, en el proceso de producción de la camiseta se han generado 5€+10€+15€=30€ de comercio internacional, el doble del valor añadido de la camiseta. A medida que se desarrollan las cadenas de producción globales el comercio tenderá a crecer por encima del PIB. Sin embargo, una vez que se haya finalizado el proceso de desarrollo de las cadenas, el comercio volverá a crecer al mismo ritmo que el PIB.

¿Debemos preocuparnos por la reducción en el crecimiento del comercio? Como señala Bernard Hoekman en el capítulo introductorio del libro, a corto plazo el menor crecimiento del comercio internacional es una mala noticia para las empresas, como muchas españolas, que se han apoyado en las exportaciones para compensar la caída del mercado doméstico. A largo plazo, Hoekman sostiene que los efectos pueden ser negativos, ya que el comercio es una vía de transmisión del conocimiento y empuja a los países a especializarse en aquello en lo que son más productivos. Paul Krugman, en cambio, no está muy preocupado por esta caída. En un post publicado hace ya dos años, sostenía que la caída del crecimiento del comercio internacional era un proceso natural de agotamiento de las variables que habían permitido un gran crecimiento anteriormente.

Hace algunos años, los profesores Keith Head y Thierry Mayer, calcularon que si no hubiera ninguna barrera al comercio internacional, la economía mundial alcanzaría un porcentaje de exportaciones cercano al 90% del PIB mundial. Todavía estamos muy lejos de esa cifra. Por ello, yo creo que todavía el comercio tiene mucho recorrido para crecer por encima del PIB y que estamos lejos de un escenario en el que la economía mundial haya alcanzado su máximo grado de globalización.

Desarrollo urbano: ¿planificación o generación espontánea?

Como explica William Easterly, profesor de la Universidad de Nueva York, hay dos grandes visiones sobre el desarrollo económico. La primera plantea que el desarrollo económico se puede planificar.  En esta visión, como explicábamos en un post anterior, el desarrollo económico se percibe como un problema técnico. Si se poseen los recursos necesarios y un plan adecuado, el desarrollo se puede lograr. La segunda defiende que el desarrollo es un fenómeno espontáneo, fruto de las decisiones no coordinadas de un gran número de personas. Si se cuenta con un entorno seguro y en el que se cumplan los contratos, las personas tendrán incentivos para invertir en actividades, como la educación o nuevos proyectos empresariales, que impulsen el crecimiento económico.

Como casi todo en la vida, la verdad no está en ninguno de los extremos, sino en algún punto intermedio. Las ciudades son un buen ejemplo para mostrar que hay que combinar planificación y espontaneidad para lograr el desarrollo. Por una parte, para que las ciudades puedan crecer se necesita cierta planificación. Como defiende el profesor Paul Romer, en una ciudad se debe planificar qué porcentaje del espacio se destina al uso público y qué porcentaje al uso privado. El espacio que se destine al uso público debe utilizarse para zonas verdes y para asegurar que muchas personas se puedan mover de forma rápida en la ciudad. Por ejemplo, Romer propone unas vías de circulación suficientemente anchas que permitan el tránsito de autobuses, y que las personas solamente tengan que caminar como máximo medio kilómetro para llegar a una arteria vial. Para ilustrar esta idea Romer, en una conferencia que pronunció a finales del 2014, comparaba la planificación urbana de Nueva York con la de Bangkok. En el primer caso, ya en el año 1811, se definieron cuáles serían las grandes arterias de la ciudad, el espacio público, y qué áreas se destinarían al uso privado (casas y negocios). Ésto permitió un crecimiento ordenado y que la ciudad pudiese absorber una gran densidad de tránsito. En cambio, en el caso de Bangkok, no se planificó el reparto del suelo entre un uso privado o público. Ésto ha provocado que muchas zonas de Bangkok estén alejadas de las arterias principales de tránsito, generando enormes problemas de tráfico. Actualmente, con la construcción de los trenes elevados se está intentando solventar este problema, pero todavía los atascos persisten.

Romer señala que si la distribución del espacio público y privado no se realiza desde el principio, es muy difícil que después, debido a los derechos adquiridos, se pueda cambiar. Por ello, la planificación es importante.

Sin embargo, la historia de la ciudad de Nueva York ilustra también las limitaciones de la planificación. Los profesores Easterly, Freschi y Pennings han analizado la evolución de un barrio de Nueva York, el que se sitúa alrededor de la calle Greene, durante casi cuatro siglos. Como era de esperar, los autores muestran que se han producido grandes cambios en la especialización productiva del barrio. Por ejemplo, durante el siglo XIX el barrio pasó de ser una de las zonas de prostitución más importantes de Nueva York a albergar muchas fábricas textiles. En cambio, durante el siglo XX el barrio se convirtió en una zona de galerías de arte, y actualmente alberga a muchas tiendas de lujo. Aunque es normal que durante un periodo tan extenso se produzcan cambios en la especialización productiva de un barrio, lo que los autores quieren subrayar es que las transformaciones fueron muy distintas a las que se hubiesen predicho en cada momento. Por ejemplo, la primera gran sorpresa sobre cómo evolucionó la ciudad se la hubieran llevado los holandeses. Ante la disyuntiva de ceder Surinam o Nueva York a los británicos en el siglo XVII, los holandeses decidieron ceder Nueva York, ya que esperaban que este territorio fuese mucho menos valioso que el sudamericano. Con relación al barrio, fue también una sorpresa para los residentes acaudalados del barrio que éste se convirtiera en una zona de prostitución en el siglo XIX; y también fue una sorpresa para los habitantes del barrio que las casas de citas se convirtieran más adelante en talleres de confección.

La historia de este barrio neoyorkino, y las sorpresas en su desarrollo, pone de manifiesto que muchas veces es muy difícil planificar en qué se debe especializar un barrio, una región o un país. Por ello, Easterly y sus coautores opinan que es mejor dejar que la iniciativa privada, mediante un proceso de fracasos y triunfos, determine la ruta a seguir.

La historia de la ciudad de Nueva York pone de manifiesto que el desarrollo es fruto de la planificación y de la espontaneidad. Lo importante es saber cuándo debemos aplicar una y cuándo otra.

El cáncer y la economía

Los tumores fueron la primera causa de muerte entre los hombres y la segunda entre las mujeres en España en el año 2013. Entre los tumores, el que produjo una mayor mortalidad fue el cáncer de bronquios y de pulmón. En los últimos cinco años Estados Unidos ha aprobado la comercialización de ocho fármacos que mejoran la supervivencia de los pacientes con estados avanzados de cáncer de pulmón. Sin embargo, todavía no ha aprobado ningún medicamento para prevenir el cáncer de pulmón. Esta situación no es exclusiva de este tipo de cáncer; también en otros el número de medicamentos aprobados para tratar estados avanzados de la enfermedad es muy superior al de los preventivos.

Aunque pueden existir razones científicas que expliquen esta diferencia, es posible también que las empresas tengan más incentivos económicos para desarrollar medicamentos que traten estados avanzados de cáncer que para desarrollar medicamentos preventivos. Un reciente estudio realizado por los profesores Budish, Roin y Williams, publicado en el American Economic Review, analiza esta posibilidad. Este estudio explica que la gran diferencia entre los medicamentos preventivos y los medicamentos para estados avanzados es el tiempo que se requiere para su aprobación por parte de la autoridad sanitaria de los Estados Unidos. En los casos de cáncer en estados avanzados, los pacientes ya están enfermos y su mortalidad es elevada. En estos casos, una mejora en la supervivencia en unos pocos meses es suficiente para determinar estadísticamente que el medicamento tiene un efecto positivo. En cambio, para los fármacos preventivos la tasa de supervivencia de los pacientes es muy elevada y, por tanto, se debe esperar mucho más tiempo para establecer científicamente si el fármaco tiene efectos positivos o no sobre la supervivencia. Para ilustrar esta diferencia, los autores utilizan como ejemplo la experiencia de un medicamento que mejoraba la supervivencia de enfermos con cáncer de colón con metástasis, con otro medicamento que mejora la supervivencia de los enfermos con cáncer de próstata muy localizado y en un estado de desarrollo temprano. En el primer caso el periodo de pruebas duró 3 años y en el segundo 18 años. No es sorprendente que el desarrollo del primer fármaco fuese financiado por una empresa privada, mientras que el segundo estuviese financiado por el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos.

Para analizar si este ejemplo refleja una tendencia general, los autores analizan todos los procesos de análisis clínicos de medicamentos para el cáncer durante el periodo 1973-2011. Los autores muestran que los análisis clínicos de medicamentos son mucho más numerosos para pacientes con una menor probabilidad de supervivencia que para pacientes con una mayor probabilidad de supervivencia. En el primer caso, como hemos señalado anteriormente, los análisis clínicos necesitan de un menor periodo para establecer la efectividad del medicamento, y las empresas pueden comercializar el medicamento más rápidamente.

Los autores del estudio ofrecen dos razones para explicar los resultados. Por una parte, las empresas pueden tener una preferencia por las actividades que les otorguen beneficios en el corto plazo frente al largo plazo. Por otra parte, el diseño del sistema de patentes puede perjudicar los medicamentos que requieren largos periodos de prueba. Normalmente las empresas suelen patentar el medicamente en el momento en que lo desarrollan, no cuando se aprueba su comercialización. El sistema de patentes ofrece normalmente un periodo de 20 años a las empresas para explotar la patente. Si el periodo de prueba es corto, la empresa tendrá más tiempo para explotar la patente.

Los autores ofrecen tres políticas para incentivar la investigación en medicamentos preventivos contra el cáncer, o que lo traten en estadios tempranos de desarrollo. El primero sería utilizar indicadores alternativos a la mejora de la supervivencia para establecer la efectividad del medicamento. Si la mejora en la supervivencia está relacionada con un indicador intermedio, y éste se puede observar antes, se lograría una reducción notable en el periodo de prueba. Con ello, las empresas tendrían más incentivos para investigar en medicamentos que se aplican en periodos tempranos de desarrollo del cáncer. La segunda medida es cambiar el funcionamiento de las patentes, comenzando el periodo de protección en el momento en el que el medicamento se haya comercializado. Finalmente, las autoridades públicas pueden ofrecer subvenciones para los medicamentos que requieran un mayor periodo de prueba. Esperemos que estas medidas se pongan en marcha, ya que si no las empresas seguirán teniendo más incentivos para tratar el lamentar que el prevenir.

 

Los costes de saltar de una tarea a otra

En nuestra jornada laboral estamos constantemente saltando de una tarea a otra. Por ejemplo, yo puedo estar en el despacho preparando la siguiente clase, cuando recibo una llamada de un compañero haciendo una consulta sobre el presupuesto del departamento para actividades de investigación, tras lo cual un alumno toca la puerta para preguntar sobre una duda del próximo test de la asignatura y, después, salgo para una reunión donde discutimos los detalles de la próxima jornada de puertas abiertas. Además, con las nuevas tecnologías uno se tiene que aguantar mucho para no mirar de vez en cuando el correo electrónico, Twitter o WhatsApp. Si cada lector hace un repaso de su jornada laboral, seguramente tendrá también la sensación de que ha estado saltando de una tarea a otra.

Nuestra intuición nos dice que cambiar asiduamente de tarea no favorece la productividad. Además de las interrupciones que se dan al saltar de una tarea a otra, cuando retomamos una actividad siempre necesitamos un periodo de “calentamiento” para recordar dónde dejamos las cosas, y cuáles son los siguientes pasos que tenemos que dar. Estos periodos de interrupción y de “calentamiento” tienen un coste en tiempo. Pues bien, parece que nuestra intuición no está descaminada. Un reciente estudio realizado realizado por los profesores Coviello, Ichino y Persico concluye que cuando las personas saltan de unas tareas a otras el tiempo que requieren para completarlas es mayor que si las hubiesen realizado de forma ordenada. El estudio que realizan estos autores es muy ingenioso. Toman como muestra un juzgado de lo social en Milán, y analizan cuál es el tiempo medio que necesita cada juez para finalizar un caso. Todos los jueces, 21 en la muestra que utilizan los autores, reciben de forma aleatoria los casos que llegan al juzgado, por lo que el número y tipo de casos que le toca a cada juez son parecidos. Los autores computan cuántos casos llevan los jueces simultáneamente. La hipótesis es que cuantos más casos tengan abiertos los jueces simultáneamente, mayor es la probabilidad de que salten de un caso a otro y, por ello, pierdan más tiempo y tarden más en finalizar un caso. Su estudio empírico confirma esta relación: los jueces que trabajan los casos de forma ordenada, es decir, abren menos nuevos casos antes de terminar los que tienen vigentes, terminan antes los sumarios que los jueces que tienen más casos abiertos simultáneamente. Además, los autores muestran que el terminar antes un caso no implica una peor calidad del proceso judicial. En concreto, la probabilidad de que un caso sea apelado no está relacionada con la duración del proceso.

La justicia italiana ha tomado buena nota del estudio de Coviello, Ichino y Persico y ha puesto en marcha un programa para incentivar que los jueces no tengan tantos casos abiertos a la vez. Aunque a veces no podamos controlar el tener que saltar de una tarea a otra, cuando podamos, es mejor que terminemos primero lo que estamos haciendo antes de comenzar una nueva tarea. Como me apuntaba mi compañero @jonmizabala, ya lo decía el refrán: “quien mucho abarca,…”

Impuestos contra la obesidad

A finales de 2014, mi compañero de Departameno @InakiErauskin se preguntaba si la obesidad es la nueva plaga de la humanidad.  Parece que la respuesta es afirmativa, ya que la obesidad está ligada a enfermedades como la diabetes, las afecciones cardiacas y otras enfermedades crónicas.

México es un país donde la obesidad es especialmente grave. Se estima que el 73% de los adultos tiene sobrepeso (un índice de masa corporal superior a 25), y el 33% de los adultos es obeso (un índice de masa corporal superior a 30). Para atajar este problema, el gobierno mexicano introdujo el 1 de enero de 2014 un impuesto del 9% sobre las bebidas que añadían azúcares. Las bebidas más consumidas de esta categoría son los refrescos y, entre ellos, la Coca Cola. El consumo de refrescos parece estar ligada a la obesidad, ya que estas bebidas no reducen el apetito y, por tanto, no merman el consumo de otras calorías.

La lógica económica de la medida del gobierno mexicano es sencilla. Si el impuesto eleva el precio de los refrescos, los consumidores los sustituirán por bebidas a las que no se les aplica el impuesto, es decir, las que no tienen azúcares añadidos. De esta forma, se reduce el consumo de calorías y el sobrepeso.

¿Ha tenido éxito el impuesto contra la obesidad? Para responder a esta pregunta, Jeffrey Grogger, profesor de la Universidad de Chicago, ha seguido la evolución de los precios de los refrescos y de otras bebidas desde que se introdujo la medida, en enero de 2014, hasta marzo de 2015. El estudio muestra que al introducir el impuesto aumentó el precio de los refrescos; es decir, los fabricantes no compensaron el efecto del impuesto con una reducción de los márgenes. El profesor Grogger no tiene datos de consumo; en todo caso, parece razonable esperar que un aumento del precio fuese acompañado por una reducción en el consumo de los refrescos con azúcares añadidos. Además, estudios previos qué sí midieron el cambio en el consumo durante los primeros tres meses desde que se introdujera el impuesto, confirman la caída en la venta de refrescos. A continuación, Grogger analiza el precio de los refrescos bajos en calorías, o de dieta, a los que no se les aplicó el impuesto. Si los consumidores mexicanos han sustituido los refrescos con azúcares añadidos por refrescos bajos en calorías, el precio de éstos últimos también debería aumentar. Y, efectivamente, el precio aumenta en un 4%. Asimismo, Grogger analiza el precio de bebidas que no tienen azúcares añadidos, pero que sí tienen un alto contenido calórico, como algunos zumos y la leche, y no encuentra un aumento en los precios.

En suma, los datos sugieren que los mexicanos han reducido el consumo de refrescos con azúcares añadidos. El consumo no se ha trasladado a bebidas de alto contenido calórico, sino a bebidas de bajo contenido calórico. Por tanto, parece que la medida ha funcionado. Los impuestos sí pueden combatir la obesidad.

 

Protestantes, católicos y crecimiento económico

En su famoso ensayo “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, escrito en 1905, el sociólogo alemán Max Weber defendía que la religión protestante favorecía más el crecimiento económico que la religión católica. Mientras que en el catolicismo la acumulación de riqueza era moralmente reprobable, en el calvinismo el éxito económico era una señal de que la persona había sido elegida por Dios para ser salvada. Sin embargo, para que fuese aceptable ante los ojos de Dios, el éxito económico debía ser el resultado del trabajo duro y del ahorro.

A pesar de que los argumentos de Weber han sido debatidos extensamente en el plano teórico, pocos estudios han analizado su validez empírica. ¿Realmente las regiones protestantes crecieron más que las regiones católicas? El crecimiento económico del Reino Unido y de Holanda durante los siglos XVI y XVII, y el declive relativo de España e Italia sugieren una respuesta afirmativa a esta pregunta. El propio Max Weber había motivado sus ideas al observar que en el sur de Alemania las familias protestantes tenían mayores ingresos que las católicas. Sin embargo, como hemos repetido muchas veces en este blog, no debemos confundir correlaciones con causalidades. Para establecer una causalidad debemos utilizar datos adecuados y técnicas precisas. Un estudio reciente del profesor Davide Cantoni, de la Universidad de Munich, cumple estas condiciones.

El profesor Cantoni analiza la población de 272 ciudades del Sacro Imperio Romano Germánico (que englobaba a zonas de las actuales Alemania, Austria, Eslovenia, Francia, Italia, Países Bajos, Polonia, República Checa, y Suiza) durante el periodo 1300-1900. Para este periodo es difícil contar con datos precisos de renta y, por ello, Cantoni, como otros estudios precedentes, utiliza la población de las ciudades para aproximar el nivel de desarrollo: una mayor población está asociada a una mayor productividad y, por tanto, a un mayor nivel de renta. Cantoni analiza si las ciudades que adoptaron la religión protestante aumentaron más su población que las ciudades que siguieron siendo católicas. Contrariamente a lo que defendía Weber, Cantoni muestra que adoptar el protestantismo no tuvo un efecto estadísticamente significativo sobre el crecimiento de la población. Es decir, las ciudades protestantes crecieron igual que las católicas. La muestra utilizada por Cantoni es adecuada para establecer la causalidad, ya que la religión que adoptaron las ciudades a partir del siglo XVI fue determinada por los dirigentes locales, y no por la decisión de sus ciudadanos. Esta característica hace que la adopción del protestantismo se puede considerar como un tratamiento exógeno sobre las ciudades.

La conclusión de Cantori es opuesta a la de otro influyente estudio empírico, realizado por los profesores Becker y Woesmann, publicado en 2009, en el que mostraban que las regiones de Prusia con un mayor porcentaje de protestantes tenían un mayor nivel de vida a finales del siglo XIX. Una conclusión muy interesante de este estudio es que el mayor desarrollo asociado al protestantismo no se debía tanto a la ética del trabajo duro y al ahorro, sino a la inversión en educación. El luteranismo, una de las ramas del protestantismo, defendía que las personas tenían que ser capaces de leer la Biblia. Para ello los niños debían de ir a la escuela para aprender a leer. Esta mejora en la educación, además de cumplir con sus propósitos religiosos, tuvo un efecto positivo sobre la economía al dotarla de un mayor capital humano.

El profesor Cantori ofrece una explicación sobre las conclusiones opuestas de su estudio y el de los profesores Becker y Woesmann. Según Cantori, la muestra utilizada por Becker y Woesmann tiene un gran número de zonas rurales y pocas ciudades. En cambio, la muestra de Cantori está compuesta por ciudades; en éstas el nivel educativo de la población era mayor, y no se observaban diferencias relevantes entre ciudades protestantes y católicas.

¿Debemos desprender del estudio de Cantori que el trabajo duro y el ahorro no favorecen el crecimiento económico? No. El argumento es más bien que la ética del trabajo duro y el ahorro no tiene tanto que ver con la religión sino con las ocupaciones de las personas. Según los profesores Doepke y Zilibotti, los artesanos y comerciantes, que habitualmente vivían en las ciudades, constituían las clases medias de la sociedad antes de la Revolución Industrial. Estas ocupaciones, especialmente en el caso de los artesanos, exigían un largo periodo de formación, primero como aprendices y después como oficiales, antes de convertirse en maestros. Además, el maestro debía contar con un capital para abrir su propio negocio. Las características de la carrera laboral favorecían una ética en la que se premiaba el trabajo duro y la paciencia, para soportar la etapa de aprendizaje, y el ahorro, para tener el capital que permitiría abrir un negocio en el futuro. Esta ética del trabajo duro y del ahorro estaría, por tanto, explicadas por las ocupaciones que se desarrollaban en las ciudades y no tanto por la religión. Así, si no había grandes diferencias en el peso de las ocupaciones entre las ciudades del Sacro Imperio Romano, no deberíamos esperar encontrar tampoco grandes diferencias entre las ciudades católicas y protestantes.

Actualmente, las ciudades tienen cada vez un mayor peso en la economía. Además, las ciudades se caracterizan por ocupar a personas que tienen mucha cualificación, que la han adquirido después de muchos años de duro estudio. Por tanto, no creo que la ética del trabajo duro y del ahorro decaiga.

Las máquinas y la destrucción del empleo

Una preocupación constante en nuestra sociedad es que las máquinas y las nuevas tecnologías destruyen empleo. Por ejemplo, los cajeros automáticos han reemplazado a las personas que realizaban anteriormente esta labor en un banco, o Amazon está reemplazando a las personas que anteriormente trabajaban en las librerías.

Como afirma David Autor, profesor de economía del MIT, y uno de los grandes expertos mundiales en economía laboral, el objetivo de introducir máquinas y nuevas tecnologías es, efectivamente, sustituir algunas tareas que antes realizaban las personas. Hay poderosas razones económicas para justificar esta sustitución. Por ejemplo, las máquinas tienen mucha más “fuerza” mecánica que las personas, son más precisas, más rápidas y, en algunos casos, mucho más baratas que las personas. Sin embargo, a pesar de la introducción masiva de nuevas máquinas y tecnologías, la realidad es que en las últimas décadas ha aumentado el porcentaje de personas que tienen un empleo. Por ejemplo, la tasa de ocupación en España ha crecido del 52% en 1977 al 59% en 2015. ¿Cómo se explica que el empleo haya crecido cuando cada vez se utilizan más máquinas y tecnologías avanzadas en los procesos productivos?

La respuesta, como señala Autor, es que las máquinas no destruyen el empleo sino algunos empleos. El empleo global no se reduce porque, de la misma forma que las nuevas tecnologías y máquinas destruyen algunos empleos, también los crean. En algunos casos, estos nuevos empleos están relacionados con las nuevas tecnologías. Por ejemplo, hace 100 años no había muchos diseñadores de páginas web. En otros casos, los nuevos empleos surgen de la nueva demanda debida al ahorro que introducen las nuevas tecnologías. Por ejemplo, si gracias a Internet puedo comprar un billete de bajo coste para ir a Londres, el dinero que me ahorrado lo puedo utilizar para comprar otras cosas.

¿Cuáles son los empleos amenazados por las máquinas? Como explicaba en un post anterior, las nuevas tecnologías sustituyen las tareas que son repetitivas y, por tanto, fáciles de codificar; sin embargo, las nuevas tecnologías tienen más dificultades para sustituir las tareas que requieran flexibilidad, creatividad, sentido común o altos niveles de interacción entre las personas. Como señala Autor, este tipo de tareas son más difíciles de codificar porque no podemos explicar completamente como las realizamos; tienen un gran componente de conocimiento tácito. Por ejemplo, sería muy difícil para Messi explicar cuál es la serie de reglas que utiliza en cada situación de un partido de fútbol para decidir qué es lo que va a hacer. Su conocimiento es en gran parte tácito.

Sin embargo, con el desarrollo de la inteligencia artificial, algunos autores señalan que las máquinas también irán adquiriendo estas habilidades tan propias del ser humano. De la misma forma que a Neo le cargaban todas las artes marciales en Matrix, las máquinas accederán a una gran base de datos, y a través del reconocimiento de procesos, elegirán la acción más adecuada incluso en situaciones que no son rutinarias. Este aprendizaje puede incluso extenderse a las tareas creativas. Así, quizá sea un robot quien escriba la próxima novela que nos tenga atrapados al sillón, o componga una canción que nos emocione. Si la tecnología puede reproducir también estas habilidades, ¿todavía quedará espacio para el empleo de los humanos? En épocas anteriores también se predijo que las máquinas destruirían el empleo, pero no ocurrió así. Sin embargo, ¿esta vez sí ocurrirá? Yo creo que no. Las decisiones que tomamos las personas tienen muchas veces una fuerte dosis de contingencia; la decisión correcta, si la hay, suele estar muy ligada a las circunstancias. Por ejemplo, en mi actividad docente, lo que en una clase puede ser una buena decisión, puede que no lo sea en otra. No creo que un algoritmo sea capaz de capturar correctamente este universo de posibilidades, que se me antojan infinitas. Por ello, sigo confiando en que sea yo, y no una máquina, quien de clase de economía. Por lo menos, hasta que me jubile.

Donald Trump, los inmigrantes y el crimen

El pasado mes de junio, Donald Trump, en el anuncio de su candidatura para las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos, declaraba que México enviaba drogas y violadores a través de la frontera. Para frenar este envío, Trump proponía levantar un muro entre México y Estados Unidos; además, sugería que este muro lo pagase el gobierno mexicano. Con estas declaraciones, Donald Trump ponía voz a una corriente de opinión bastante extendida entre la población estadounidense, y también europea, que relaciona la inmigración, especialmente si es ilegal, con el aumento de la criminalidad. ¿Es válida esta relación?

En economía, como hemos comentado en post anteriores, no es fácil establecer una relación causal entre dos variables. Por ejemplo, si en un barrio se produce un aumento de la criminalidad, los precios de las viviendas caen, lo cual atrae a una mayor población de inmigrantes, que normalmente tienen una menor renta que los nativos. En este caso observaremos una correlación positiva entre el número de inmigrantes y el crimen; no obstante, el mayor número de inmigrantes no es la causa del aumento del crimen, sino la consecuencia. Para establecer una causalidad necesitamos analizar situaciones en las que el aumento de inmigrantes haya sido inesperado; estas situaciones se denominan experimentos naturales.

Brian Bell, profesor de la Universidad de Oxford, ha resumido en este documento las conclusiones de estudios recientes que utilizan experimentos naturales para determinar si existe una relación causal entre la inmigración y la criminalidad. Las conclusiones son que no hay relación entre la inmigración y los crimines violentos, y solamente existe una relación muy débil entre la inmigración y los crímenes contra la propiedad. Una conclusión muy importante de estos estudios es que se produce una reducción muy importante en la actividad criminal de los inmigrantes si se regulariza su situación. Si los inmigrantes pueden residir de forma legal en un país es mucho más probable que obtengan un empleo y, por tanto, tendrán menos incentivos de obtener ingresos a través de la actividad criminal.

Por tanto, si el objetivo es reducir la criminalidad en Estados Unidos, más que levantar muros en la frontera, parece mucho más efectivo regularizar la situación de muchos mexicanos que todavía residen de forma ilegal en este país.

Las redes y el conocimiento

Uno de los fenómenos más llamativos de la economía es que la actividad productiva se concentra geográficamente. Este fenómeno se observa muy bien cuando viajamos en el asiento de ventanilla de un avión: tras recorrer largas extensiones de tierra sin habitar, de repente nos encontramos con concentraciones de población y actividad económica.

Alfred Marshall fue uno de los primeros economistas que explicó este fenómeno. Una de las razones que propuso para explicar la aglomeración es que la cercanía permite a las empresas estar al día de los avances que se producen en su campo. Si dos empresas del mismo sector están ubicadas en el mismo lugar es probable que los trabajadores de estas empresas coincidan en una reunión empresarial, en un restaurante o en las actividades extra-escolares de sus hijos; y es probable que en estos encuentros los trabajadores intercambien información sobre lo que está ocurriendo en cada empresa. Por ejemplo, en el mundo de las nuevas tecnologías muchas empresas quieren ubicarse en Silicon Valley para conocer los últimos avances que se producen en su campo. Muchos lectores recordarán de la película “La red social” como Mark Zuckerberg dejó de estudiar en Harvard y se trasladó a Silicon Valley para desarrollar Facebook.

La explicación de Marshall parece razonable, pero, en principio, difícil de probar empíricamente. De hecho, Paul Krugman afirmaba, en su libro sobre Geografía y Comercio, que no era posible identificar los flujos de información, ya que éstos eran invisibles, no dejaban rastro. Sin embargo, en el año 1993, tres economistas, Adam Jaffe, Rebeca Henderson y Manuel Trajtenberg tuvieron una idea muy ingeniosa para seguir el rastro del conocimiento. La idea es sencilla: cuando un inventor registra una patente tiene que indicar sobre qué patentes anteriores se ha apoyado para desarrollar su patente. Es decir, el inventor deja rastro del conocimiento previo que ha utilizado (las anteriores patentes) para desarrollar un nuevo conocimiento (la nueva patente). Con esta información, Jaffe y sus coautores mostraron que los inventores utilizaban mayoritariamente el conocimiento incorporado en patentes que habían sido registradas por inventores que estaban geográficamente cerca. Como predecía Marshall, el conocimiento no viaja bien en el espacio; hay que estar cerca del conocimiento para poder acceder a él.

En la actualidad, con el desarrollo de Internet, es posible acceder en línea a todas las patentes que se han registrado, por ejemplo, en Estados Unidos. Por tanto, parece razonable pensar que el efecto negativo de la distancia se haya reducido, ya que desde cualquier parte del mundo se puede acceder a las ideas que incorporan las nuevas patentes. Sin embargo, los estudios posteriores al realizado por Jaffe y sus coautores han seguido confirmando la importancia de la distancia. La justificación para la persistencia del efecto negativo de la distancia es el que inventor no puede plasmar en un documento (la aplicación de la patente) todo el conocimiento que ha desarrollado. Para tener acceso a ese conocimiento no escrito, tácito, hay que hablar, discutir con el inventor. Este diálogo es especialmente importante cuando una idea está en un estado primigenio, en el que todavía no se han identificado todas las ramificaciones de la nueva idea. Por tanto, si un inventor está cerca geográficamente de otro inventor es más fácil tener acceso al conocimiento tácito y descubrir nuevas aplicaciones.

Sin embargo, en un trabajo reciente, que he realizado conjuntamente con Keith Head y Yao Amber Li, mostramos que, además de la distancia, hay otra variable que tiene una gran importancia en la transmisión del conocimiento: los lazos profesionales, las redes. Por razones de confianza o reciprocidad, las personas con lazos profesionales comparten mucho más conocimiento que las personas que no tienen lazos profesionales. Por ejemplo, es mucho más probable que un jugador de fútbol comparta información sobre entrenadores o tácticas con otro jugador de otro equipo con el que haya coincidido en el pasado, que con otro jugador con el que nunca haya jugado. Los lazos profesionales, las redes, serían una especie de infraestructura a través de las cual se transmite el conocimiento.

Para comprobar la validez empírica de nuestro argumento utilizamos las citas bibliográficas de los artículos de matemáticas. Al igual que las patentes, los artículos de matemáticas tienen que hacer referencia a los trabajos anteriores sobre los que se apoyan para desarrollar nuevos teoremas o conjeturas. Nuestro trabajo muestra que un matemático tiene una mayor probabilidad de citar el trabajo de otro matemático si tienen alguna relación profesional. Esta relación profesional se puede deber a que son coautores, a que han tenido el mismo director de tesis, o que han trabajado anteriormente en la misma universidad.

Nuestro estudio muestra también que las redes profesionales tienden a generarse entre personas que están relativamente cerca. Por ello, cuando controlamos por el efecto de las redes, el efecto negativo de la distancia sobre la transmisión del conocimiento se reduce a la mitad. Además, durante los últimos años, este efecto negativo ha dejado de ser estadísticamente significativo.

Si la distancia tiene un efecto muy negativo sobre la transmisión del conocimiento, parece razonable apostar por la generación del conocimiento a nivel local para que todos los agentes tengan acceso a dicho conocimiento. Sin embargo, si el conocimiento se transmite a través de lazos profesionales o redes, la apuesta debería ser generar y alimentar dichas redes.

El efecto económico a largo plazo de las misiones jesuitas

Seguro que al leer el título de este post muchos lectores habrán recordado la película La Misión, en la que Jeremy Irons, encarnando a un jesuita, establece una misión en una región habitada por los guaraníes. Me imagino que muchos de los lectores también recordarán a Robert de Niro, que en penitencia por haber matado a su hermano, escala descalzo una montaña arrastrando con él todas sus armas.

Hay una muy extensa literatura sobre las misiones de los jesuitas en la región guaraní, actualmente dividida en tres países (Argentina, Brasil y Paraguay). Sin embargo, no ha habido hasta la fecha ningún estudio que haya analizado cuál ha sido el efecto económico a largo plazo de estas misiones. Gracias al magnífico trabajo de Felipe Valencia Caicedo, de la Universidad Pompeu Fabra, ya tenemos evidencia sobre esta cuestión. El estudio compara el nivel de educativo y la renta de las personas que viven en la actualidad cerca del lugar en que se ubicaban las misiones jesuitas con la educación y la renta de las personas que viven más lejos del lugar en que se ubicaban las misiones. El profesor muestra que el nivel educativo y el ingreso de las personas que viven cerca de donde se ubicaban las misiones son más elevados. Asimismo, a partir de encuestas realizadas entre la población, el profesor concluye que las personas que viven cerca de donde se ubicaban las misiones tienen habilidades no-cognitivas más elevadas y un mayor grado de altruismo.

¿Qué relación puede existir entre unas misiones que se establecieron a partir de 1609, y que fueron disueltas con la expulsión de los jesuitas de Latinoamérica en 1767, y la educación y la renta en la actualidad? La respuesta tiene dos partes. La primera es la importancia que dieron los jesuitas a la educación y al aprendizaje de diferentes oficios en sus misiones. En las misiones se enseñaba a los niños, y a las niñas, a leer y escribir, y a realizar operaciones aritméticas básicas. Asimismo, se enseñaba a los adultos oficios como la albañilería, la carpintería y el bordado. Para contrastar la validez de este argumento el profesor Valencia Caicedo compara las misiones jesuitas con las misiones franciscanas, que ponían un menor acento en la educación. A diferencia de las misiones jesuitas, el estudio no encuentra ninguna relación entre la cercanía a las misiones franciscanas y un mayor nivel educativo y de renta. La segunda parte de la respuesta tiene que ver con el mecanismo que hace que persista el efecto de las misiones jesuitas tras más de 300 años desde su desaparición. El primer mecanismo es mediante el desempeño de oficios, como los señalados anteriormente, que generan una mayor renta que la actividad agrícola. En la medida en que los oficios se transmitan de padres a hijos, se produce un mecanismo para perpetuar el efecto positivo. El segundo mecanismo es la cultura. Si los padres transmiten a sus hijos valores como la importancia de acudir a una biblioteca, o de escribir un diario, se generan mecanismos que perpetúan el efecto positivo de la lectura o la escritura.

Las misiones jesuitas no son el único caso en el que observamos el efecto a largo plazo de un acontecimiento histórico. Por ejemplo, hace un par de años, expliqué en esta entrada el efecto negativo que había tenido la esclavitud sobre la confianza en las regiones africanas y el efecto que esa menor confianza tiene sobre el nivel de renta en la actualidad. Afortunadamente, en esta ocasión el efecto a largo plazo ha sido positivo.

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