Renovar la apuesta

“Expertos, por favor”, se demandaba hace unos días con toda pertinencia en las páginas de un rotativo, al dar cuenta, nombre tras nombre, de quienes componen el consejo de administración del Banco Financiero y de Ahorros (BFA), la matriz de Bankia, coincidiendo con su nacionalización. Es una relación capaz de hacer tambalearse los palos del sombrajo, por decirlo castizamente en estos días isidriles: políticos amortizados (ex diputados nacionales y autonómicos, ex concejales y ex alcaldes), sindicalistas a media jornada, profesores de materias varias…, sin apenas presencia de profesionales del sector financiero con suficiente formación para aquilatar riesgos y fiscalizar cuentas. Y el caso de Bankia no es singular: la correlación entre gestión deficiente y escasa profesionalización de las cúpulas directivas en las entidades financieras con mayores problemas se viene repitiendo implacablemente (como también, conviene decirlo, en sentido inverso, esto es, a mejor capacitación de presidentes, consejeros y directores, mejores resultados: les invito a comprobarlo, haciendo un simple cotejo caja a caja y banco a banco, ahora que proliferan los estudios comparativos de la situación de cada uno). Así que “expertos, por favor”, y empresarios que lo sean de verdad.

Subrayo esto último porque la cuestión remite al tema crucial del papel del empresario y de la función empresarial. Siempre fundamental, cobra hoy especial relevancia, dado que uno de los “daños colaterales” de la crisis, en general, y de lo que aquí está aireándose, en particular, es ese retorno de la demagogia que convierte de nuevo al empresario en el malo de la trama, inoculando recelo hacia él, incluso franca hostilidad si cuadra. Un flaco servicio, desde luego, para superar las dificultades que nos agobian.

Una mirada retrospectiva no resulta ociosa. Durante demasiado tiempo, la economía española tuvo en el déficit de cultura empresarial y de un adecuado clima social para el emprendimiento quizá su factor restrictivo más condicionante. Un déficit que se traducía en escasez de proyectos y de “aptitud empresarial”, un déficit que era retraimiento en unos y desconfianza en los más, y rechazo no poco generalizado entre la opinión pública —tanto a la izquierda como a la derecha— de la figura del empresario. Las cosas han ido cambiando al abrirse la economía y ampliarse un tejido productivo más poroso a la actividad empresarial propiamente dicha y con una escena pública más receptiva a la valoración y estima de lo que significa hacer empresa. De tal modo que la apuesta a favor de ésta ha acabado siendo una de las claves determinantes de lo mejor que nos ha pasado años atrás, y no sólo en términos de crecimiento. Apuesta a favor de la empresa y de los empresarios; a favor de la renovación de técnicas de gestión; a favor de la profesionalización de las funciones directivas, y de la cualificación de quienes las ejercen.

Y bien, es esa adquirida centralidad del hacer empresa lo que a toda costa debe preservarse, demandando mejores empresarios, y también más empresarios con sentido de su responsabilidad hacia la sociedad: constituyen un componente insustituible para encontrar un horizonte de nuevo esperanzador. Falta nos hace.

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