Tipos de interés reales y expectativas de inflación en EE.UU., 2003-2017

En los últimos años, la emisión de bonos indiciados a la inflación (o protegidos contra la inflación) ha experimentado un fuerte crecimiento en los principales mercados de deuda pública. Los bonos indiciados más conocidos son los emitidos por el Tesoro de los EE.UU. Se trata de los bonos de deuda pública conocidos como Treasury InflationProtected Securities (TIPS).

La característica principal de los bonos indiciados es que su rendimiento se encuentra protegido ante la inflación futura, ya que se compensa al comprador tanto en los cupones como en el capital invertido (al vencimiento) por la pérdida de poder adquisitivo ocasionada por la inflación. De este modo, mientras en los bonos de deuda pública “convencionales” su rentabilidad vendría determinada por el tipo de interés nominal en los bonos indiciados a la inflación la rentabilidad vendría determinada por los tipos de interés reales.

En la literatura económica se ha sugerido desde mediados de la década de los noventa el uso de los bonos indiciados para medir el tipo de interés real y las expectativas de inflación de los mercados financieros. Dicha descomposición tiene como justificación teórica la conocida ecuación de Fisher, la cual determina que el rendimiento nominal de un bono se puede aproximar por la suma del tipo de interés real requerido y la tasa de inflación esperada como promedio durante el periodo de vida del título hasta el vencimiento: R= rπe. [1] Por ello, los bonos indiciados son uno de los instrumentos (junto a las encuestas de expectativas macroeconómicas) que utilizan los bancos centrales para el seguimiento de las expectativas de inflación a largo plazo dentro de su estrategia global de política monetaria.

En el primer gráfico se muestra la senda temporal de la rentabilidad nominal de los bonos de deuda pública “convencionales” a 5 años (5-Year Treasury Constant Maturity Rate) y la rentabilidad de los TIPS equivalentes a 5 años (5-Year Treasury Inflation-Indexed Security) que aproxima al tipo de interés real. En el segundo gráfico se ha calculado el diferencial  o spread entre el bono convencional y el TIPS (5-Year Breakeven Inflation Rate) que aproxima la inflación esperada en los próximos 5 años.

Los tipos de interés negativos son imposibles en los bonos de deuda pública convencionales, porque ello implicaría que el inversor recupera menos dinero del que ha invertido. Sería más lógico dejar el dinero en la cuenta corriente sin remuneración alguna. Sin embargo, sí son posibles tipos de interés negativos en los bonos indiciados con la inflación, ya que en este caso la remuneración no es el tipo de interés nominal (R) sino el tipo de interés real ( re).

Es en en este contexto donde ha surgido otra anomalía monetaria derivada de la crisis financiera internacional de 2007-2008. Por primera vez desde el inicio de la emisión de bonos indiciados contra la inflación a 5 años (enero de 2003) la rentabilidad de estos bonos se situaron por debajo de cero en septiembre de 2010. Desde esa fecha, los tipos de interés de los TIPS a 5 años han cotizado con tipos de interés negativos en numerosas ocasiones, alcanzando el mínimo en septiembre de 2012.

Con más detalle, en septiembre del 2012, los bonos de deuda pública convencionales a 5 años cotizaban con una rentabilidad del 0,67% (R), mientras que la rentabilidad de los bonos equivalentes TIPS a 5 años cotizaban con una rentabilidad del -1,47% (re). Está rentabilidad negativa supone que los inversores que adquieren estos activos demandan una rentabilidad “segura” (se “conforman” con una rentabilidad) de 1,47 puntos porcentuales por debajo de la tasa de inflación media esperada hasta el vencimiento del TIPS. En definitiva, si se cumple el Efecto Fisher, los mercados estarían anticipando que la tasa de inflación americana se iba a situar en los siguientes 5 años en una media de al menos el 2,14%  (πe ).

Los últimos datos disponibles correspondientes finales mayo de 2017 muestran que los bonos de deuda pública convencionales a 5 años tenían una rentabilidad del 1,82% (R), mientras que la rentabilidad de los bonos equivalentes TIPS a 5 años era del +0,08% ( re). En definitiva, si se cumple el Efecto Fisher, los mercados estarían anticipando en este caso que la tasa de inflación americana se podría situar en los próximos 5 años en una media de al menos el 1,74% ( πe ). En este caso, los inversores que adquieren estos activos demandan una rentabilidad “segura” con rentabilidad cero hasta el vencimiento del TIPS.

Por último, destacar los cambios estructurales registrado en el comportamiento paralelo del diferencial o spread (5-Year Breakeven Inflation Rate).

Por un lado, desde julio de 2008 y hasta el 16 de enero de 2009, el diferencial fue cayendo hasta pasar a niveles negativos. En este periodo, los inversores esperaban que la tasa de inflación sería negativa en los próximos cinco años, es decir, estaban anticipando la posibilidad de un periodo de deflación o caída generalizada de los niveles de precios en la economía americana.

Por otro lado, la introducción entre finales del 2008 y el primer trimestre de 2009 del primer programa QE-1 de compra masiva de bonos de deuda pública (y otros activos) por parte de la Reserva Federal provocó el cambio de tendencia del diferencial. Desde entonces -y sobre todo desde el anuncio de la introducción del nuevo programa QE-2- se ha registrado un cambio de expectativas en la tasa de inflación futura. En consecuencia, las posibilidades de deflación se alejaron y el diferencial se volvió positivo como consecuencia del temor de un repunte de la tasa de inflación futura. En esta situación nos encontramos en la actualidad.

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[1] Sobre el significado económico de la ecuación fisher, véase el artículo Bajo-Rubio, O., Díaz-Roldán, C. y Esteve, V. (2010): “Testing the Fisher effect in the presence of structural change: A case study of the UK, 1966-2007”, Economic Issues, Vol. 15, Part 2, 1-16.

Financiación universitaria: orientaciones de futuro, por Juan A. Vázquez García

Entre los muchos retos que encara la universidad, el de la financiación no es uno de los menores. Pasado lo peor de la crisis, ahora podría ser un momento propicio para abordar con seriedad y decisión un problema ya demasiado tiempo aplazado. Definir las líneas de orientación futura de una reforma universitaria requiere, además de una clara determinación, una profunda y rigurosa reflexión sobre muy diversos ámbitos, entre los que se encuentran algunos como los que se plantean a continuación.

 Más, mejor y distinta financiación. En educación superior necesitamos invertir, no solo porque los recursos se hayan visto recortados en los años de crisis o porque nuestros niveles resulten inferiores a los de otros países, sino también porque las universidades afrontan una mayor diversidad de tareas, están sometidas a más competencia y han de responder a superiores exigencias de calidad y de rendimientos.

Más no es necesariamente mejor, y por eso la financiación universitaria del futuro ha de ser distinta, al menos en los siguientes aspectos: diversificando fuentes de financiación y aumentando los recursos privados y externos; vinculando la financiación no solo a variables docentes y de número de estudiantes sino también a la investigación y a otras variables de actividad y resultados; incrementando las aportaciones procedentes de la prestación de servicios; y renovando los planteamientos para responder a las nuevas necesidades, tareas y procesos universitarios.

No parece que esta cuestión pueda suscitar desacuerdos pero plantea, en cambio, notables incertidumbres respecto a la capacidad efectiva de las universidades para movilizar y generar nuevas fuentes de financiación, en un horizonte en el que no cabe esperar aumentos sustanciales de los recursos públicos en la educación superior y en el que, de mantenerse tasas de crecimiento económico de alrededor del 3%, podrían incluso encontrarse dificultades para mantener el actual porcentaje de participación en el PIB.

Coste, valor y precio. La reformulación de la financiación universitaria debería de tratar de restaurar de algún modo la elemental relación económica que debería existir entre coste, valor y precio. Con lo que ahora nos encontramos, en cambio, es con una brecha creciente entre los precios de las matriculas y la financiación por estudiante entre las diversas Comunidades Autónomas, debidas a razones exclusivamente territoriales. ¿Son sostenibles esas significativas disparidades desde el punto de vista del principio de la garantía en el acceso a los servicios públicos en condiciones similares en todo el territorio nacional?

Pero lo que ahora quiero resaltar, sobre todo, es que esas diferencias responden a motivos de índole puramente político y administrativo y no a variables relacionadas con el coste de producción o con la calidad y el valor de las enseñanzas en los distintos programas y universidades, que, en una curiosa paradoja, no valdrían para explicar ni las diferencias que se registran entre Comunidades Autónomas ni la uniformidad de precios existente dentro de cada una de ellas.

¿Nórdicos o americanos? Nórdicos, con elevados niveles de gratuidad y de financiación pública sustentada en un sistema fiscal eficiente y progresivo. O americanos, con elevada financiación privada y altos precios de las matrículas, en contraposición al modelo dominante en Europa.

Aunque no fuese en términos tan extremos como los que (un poco provocativamente) he querido utilizar en esa pregunta, lo que resulta imprescindible para el diseño de la financiación universitaria del futuro es despejar ambigüedades, evitar medidas contradictorias y afrontar la compleja tarea de decantarse por algún modelo de referencia en el espinoso dilema de optar entre la gratuidad completa o la contribución al coste de las enseñanzas.

Para hacerlo, hay alguna referencia que podría resultar reveladora. En una encuesta realizada por la “Fundación Europea Sociedad y Educación” (admito que otras encuestas puedan decir algo distinto) la opción de gratuidad completa era la preferida mayoritariamente dentro de la comunidad universitaria. Pero, por contra, no era así en el conjunto de la sociedad que, por una significativa mayoría de alrededor de dos tercios, se decantaba por las opciones del pago de los costes de la matrícula con ayudas para los que no pudieran afrontarlos por razón de sus niveles de renta o con el complemento de un sistema de préstamos.

Lo barato sale caro. En ese contexto, el debate sobre los precios de las matrículas de las enseñanzas universitarias me parece inaplazable, especialmente cuando ha surgido un amplio movimiento a favor de su reducción, que considero completamente desacertada. Una propuesta como ésa me parece un ejemplo paradigmático del tipo de medidas que, de modo seguramente bienintencionado, conducen justamente a lo contrario de lo que aparentemente persiguen; y me recuerda el caso, de hace ya unos cuantos años, en que por no atreverse a subir el precio de los sellos del servicio público de correos lo que se consiguió fue que proliferasen todo tipo de mensajerías privadas.

Bajar las matrículas puede concitar momentáneos aplausos, pero temo que tenga el efecto de lo que, a veces, ocurre con las gangas: que lo barato acabe resultando caro. Y ello por dos razones principales. La primera porque, en un marco de insuficiencia de la financiación, detraer recursos sin garantías de contrapartidas supone un serio riesgo de deterioro de la calidad y el funcionamiento de la universidad pública que, a la larga, podría conducir a la más profunda de las inequidades: a una radical e indeseable segmentación entre una universidad privada para quiénes la puedan pagar y una universidad pública para quiénes no puedan hacerlo.

La segunda razón remite también a un problema de equidad en la apropiación pública o privada de los beneficios derivados de la educación. Son conocidos los argumentos teóricos en favor de la financiación pública de la educación, basados en la existencia de externalidades positivas que contribuyen al crecimiento económico y al bienestar social y benefician al conjunto de la sociedad. Pero hay también una apropiación privada de esos efectos de la educación, que justificaría que los beneficiarios individuales contribuyesen a sufragar o a devolver, al menos parcialmente, el coste de unas enseñanzas financiadas por la sociedad que les permitirán acceder en el futuro a mayores niveles salariales y de renta. Por si esto requiriese de alguna ejemplificación: ¿lo que proponemos es la gratuidad de un master, de odontología por ejemplo, que permitirá a los futuros titulados aplicar elevadas tarifas en los implantes a los miembros de la sociedad que les ha financiado los estudios?

No, no creo que la solución esté en bajar el precio de las matrículas sino en potenciar el sistema de becas y diseñar un adecuado sistema de préstamos (que, por cierto, habría que preguntarse por qué no han funcionado en España). Las becas sí pueden responder a los principios de equidad que no se alcanzan con la bajada de los precios de las matrículas. Reforzar las becas resulta indispensable cuando nuestro sistema es débil y notoriamente insuficiente, cuando se sitúan por debajo de otros sistemas universitarios y han sufrido un retroceso en los últimos años. Un sistema de becas bien diseñado debería, además, atender principalmente a cubrir el coste de oportunidad de realizar estudios (“becas salario”) para las rentas más bajas y podría constituir un poderoso instrumento de movilidad y de fomento de la competencia universitaria.

¿Cambio de financiación o financiación para el cambio? No se trata solo de cambiar la financiación sino de hacer de la financiación un potente y eficaz instrumento para el cambio universitario, con los objetivos de lograr una mayor eficiencia y mejores resultados y promover una adaptación de estructuras.

Lo que algunos estudios han podido constatar es que, hasta ahora, no se ha hecho una asignación eficiente de la financiación de acuerdo con perfiles de especialización, objetivos, actividades y resultados de las universidades; que ha sido escasa la participación de variables de actividad y resultados en la asignación de la financiación; y que una mayor financiación no ha sido consecuencia de una mayor actividad ni garantizado mejores resultados.

Por eso, los objetivos de eficiencia y resultados, tantas veces relegados frente a los de suficiencia y equidad, han de ser reforzados en el diseño y desarrollo de los sistemas de financiación del futuro. Por eso, junto a la demanda de aumento de recursos hay que ofrecer señales nítidas de optimización y racionalización de los gastos y a la perspectiva desde el lado de los ingresos se ha de incorporar la visión desde el lado de los costes de producción de los servicios universitarios, que requiere un profundo y detallado análisis de su magnitud, estructura y comportamiento del que no se dispone plenamente todavía. Y por eso la financiación ha de orientarse y concebirse como un elemento de incentivo para mejorar los rendimientos y resultados, para estimular la profesionalización de la gestión universitaria y para promover el cambio organizativo y la modernización de estructuras y procesos.

La receta y el guiso. Las “recetas” técnicas importan, pero el “guiso” de la gestión del cambio resulta la clave última y más decisiva en todo proceso de transformación y reforma y, en particular, en el de renovación del sistema de financiación universitaria, que tantas veces se ha visto abocado al fracaso precisamente por no tomar demasiado en cuenta las dosis de ingeniería social y política que requiere.

Esa gestión del cambio no resulta, desde luego, nada sencilla y no se ve facilitada por un entorno en que actúan limitaciones como las derivadas de las estructuras de gobierno universitario; de la falta de estrategias bien definidas no solo por parte de las universidades sino, a veces principalmente, por las administraciones educativas; o simplemente de la falta de visión, coraje, oportunidad o interés para afrontar problemas complejos.

No está a mi alcance dar mas recetas para ese guiso que dos sencillas recomendaciones finales. Por una parte, la de guiar la gestión del cambio por los intereses de la sociedad y de la institución frente a la lógica de los grupos corporativos universitarios. Y, por otra parte, la de cambiar modos de pensar la financiación universitaria que se han quedado obsoletos en esta era digital en que están cambiando aceleradamente los soportes, los formatos, los procesos, los productos y los modos de gestión y organización de los sistemas universitarios.

Juan A. Vázquez García

Universidad de Oviedo

Laudatory speech for Prof. Bergstrand

In 1676 Sir Isaac Newton coined the expression: “standing on the shoulders of giants”, which is still used by Google scholar as its motto. There’s not a more appropriate aphorism to describe Dr. Bergstrand: “If I have seen further, it is by standing on the shoulders of giants.” For several reasons, and not the obvious one related to his height (although Nobel laureate Angus Deaton might disagree).

First, Prof. Bergstrand stands on the shoulders of gigantic giants like Robert Baldwin and André Sapir. His great- gran mentors include names like Paul Samuelson, Ludwig von Mises and John Maynard Keynes.

Second, Prof. Bergstrand has devoted most of his academic career to Newtonian economics. He has been “married” to the gravity equation nearly as long as to his wife: 39 years.  In doing so, he has set the theoretical and empirical foundations, along with other giants, of the gravity equation of trade.

Third, Prof. Bergstrand is an academic giant in at least three ways. The scientific community has been lucky to read in the major journals his insights on international trade flows, economic integration agreements, foreign direct investment, and multinational firms, which have led to a better understanding of international economics. His work has escaped the golden walls of universities and have shape today’s trade policy. He worked with the European Commission between 2007-2009 on the initial economic analyses on the TTIP. He was one of the 15 experts selected to advise the Council of Economic Advisors and the US Trade Representative’s Office on the TPP (Trans-Pacific Partnership) agreement at the White House in May and September 2016.

The teaching dimension of success academics is frequently shadowed by their research accomplishment, which in the case of Dr. Bergstrand’s is immense. His work has been cited more 12,000 times, and his 30 most cited papers have cited more than 30 citations. This is not the case of Dr. Bergstrand who is also chalk giant. Three days ago, some of us had the opportunity to attend his course in international economics. Although he made us sweat in some exercises, we discovered an excellent teacher, as you will shortly appreciate. I’m convinced that he has left a print in most of the 10,000 students who have attended his lectures in the University of Notre Dame.

Fourth, Prof. Bergstrand is a communication giant. He’s been only four days in Valencia and he’s all over the news. If you search him in google news, you can read about his thoughts in local newspapers like Las Provincias, La Vanguardia, Valencia Plaza and international media like CNN and much more which we cannot find about because google news is banned in Spain.

Last but not least, Dr. Bergstrand is smiling giant. After google scholar, google news, please try google images. You won’t find a single photo we’re he is not smiling. Aside from this cross-sectional evidence, I’ve always seen him smiling, when not laughing. This denotes a positive, charming and generous giant. Evidence to support this hypothesis is found hidden in page 20 of his CV (20!) we can read about his community service. It is really astonishing that he has had the time to serve as Elder and Church Council President, Council Vice-President, Financial Secretary and member of the Investment Committee and Financial Committee.

If we are to see further, it is by standing on the shoulders of giants like Jeff.

Capacidad de resistencia

Es como si el viento hubiera cambiado de dirección en apenas unas semanas; me refiero a Europa.

Hace tan solo un trimestre, antes de las elecciones en Holanda, el catastrofismo imperaba, celebrando los eurófobos la inesperada ayuda que les iba a brindar el nuevo inquilino de la Casa Banca (“el Brexit será una maravilla; habrá otras salidas de la UE”), cuando apenas encontraban eco las voces más templadas que seguían apostando por la “utopía razonable” de cuyo acto fundacional, el Tratado de Roma, se cumplieron en marzo sesenta años. “Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de apasionada intensidad”: la visión poética que un día describió Yeats parecía del todo precisa.

Pero, en contra de lo anticipado por tanto “pesimismo complacido” (la expresión es de Claudio Magris), no siempre sucede lo peor. En los Países Bajos, el partido extremista y xenófobo de Wilders ha visto frustradas en marzo sus expectativas de victoria. En Alemania, la suma de votos de los proeuropeos (democristianos y socialdemócratas, liberales y verdes) alcanza porcentajes muy altos (cerca del 90 por 100 en Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado y con más potencial influencia en las elecciones generales, las previstas para septiembre). Y en Francia, Macron, el candidato más partidario de la integración (“europeísta radical”, le espeto Marine Le Pen en el momento álgido del debate televisado que ambos sostuvieron) ha ganado mucho más holgadamente de lo que casi nadie auguraba. Las señales que emite la cargada agenda electoral de 2017 indicarían, por tanto, un reflujo del populismo más conservador y de corte nacionalista, no concediendo posiciones mayoritarias para las opciones que han blasonado su beligerancia “antieuropeista”.

Hay más, y tanto en el ámbito institucional como en el propio de la sociedad civil. En éste, por ejemplo, iniciativas convocando a la ciudadanía en apoyo al proyecto integrador, como la que bajo el lema “Pulso de Europa” idearon un puñado de jóvenes alemanes en Frankfurt a finales del año pasado y que ya está siendo secundado en un centenar de ciudades de una docena de países europeos. Y en aquel, donde se sitúan las propuestas y realizaciones políticas, al menos dos novedades importantes. Primera, el cierre de filas de los 27 frente a Londres en la estrategia negociadora de la salida del club; una marcada sintonía (“gracias por unirnos, Brexit”, se ha escrito con agudeza) a la que no estamos ciertamente acostumbrados tras los sonados desencuentros en torno a los “rescates”, a los planes de ajuste y recortes, o la acogida y el reparto de refugiados. Segunda, la declarada voluntad de acometer empeños durante largo tiempo bloqueados (por el Reino Unido, precisamente, bastantes de ellos): culminación de la unión bancaria, avances en la coordinación presupuestaria y primer pergeño de la Europa de la Defensa y la Seguridad, y también de la Europa Social.

Ya lo predijo uno de los padres fundadores, Jean Monnet: “Europa se hará en las crisis”. Que viene a ser lo mismo que pensaba Jacques Delors al hablar, también en tono tan resignado como sabio, de “la larga paciencia” que exige el proyecto europeo.

Indicador de coyuntura: Mayo 2017

El Ind-ALDE se ha actualizado para el mes de abril con los datos publicados hasta marzo de ventas, producción industrial y renta, y hasta abril de afiliados. El valor que toma el indicador continua oscilando en los niveles en los que se mantiene desde hace tres años por lo que pensamos que la recuperación económica sigue siendo sólida. Una vez incorporados los nuevos datos, el valor del indicador en abril es de 2,4, un poco por encima del valor que tomó en marzo de 1,3.

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Atendiendo a las tasas de crecimiento interanuales, ninguno de los indicadores individuales que forman parte del Ind-ALDE ha empeorado. La producción industrial pasa de caer un 1,6% en febrero a crecer un 8,9% en marzo. La renta subió un 2,3% en febrero y un 2,9% en marzo. Las ventas mantienen en marzo la tasa de crecimiento del 2,7% que alcanzaron en febrero. Finalmente, los afiliados crecen en abril un 3,7%, por encima del 3,4% de marzo.

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En memoria de William J. Baumol

El día 4 de este mes de mayo de 2017 falleció el prestigioso economista William Baumol a los 95 años de edad. Nacido en febrero de 1922 en el South Bronx de New York, entonces un enclave de la izquierda social y política norteamericana que más tarde sería bautizado con el nombre de Fort Apache, como a él le gustaba recordar, fue un lector temprano de Karl Marx que compartió los estudios de economía con los de ciencias sociales, historia y matemáticas. Después de trabajar en el Departamento de Agricultura del Gobierno Federal y hacer el servicio militar, en 1947, accedió al programa de doctorado de la London School of Economics, que sólo era seguido por norteamericanos, y en apenas tres meses pasó a formar parte de la plantilla de esa universidad, de la mano de Lionel Robbins y Jacob Viner, con quienes estableció una afable y estrecha relación. En 1949, recién doctorado, William Baumol se incorporó a la Universidad de Princeton, donde desplegó una intensa actividad docente e investigadora hasta 1992, año en que pasó a ser profesor emérito. Pero, buscando un alumnado más diverso y volver a vivir en Nueva York, trasladó en 1971 una parte importante de su actividad a la New York University, en la que trabajó hasta su retiro hace sólo un par de años. Es interesante el recorrido biográfico que ofrece la amplia entrevista concedida al economista Alan B. Krueger en el año 2000 para el Journal of Economic Perspectives (aquí)

William Baumol  compaginó una notable ortodoxia en sus análisis, que extendió a una sorprendente variedad de ámbitos de la economía, con una profunda admiración hacia Karl Marx, a quien consideraba el único economista que, junto con Joseph Schumpeter, comprendió la fuerza transformadora del capitalismo. En sus últimos libros rendiría un especial tributo a ambos autores. Prueba de su respeto al marxismo es la discusión con Paul Samuelson acerca del problema de la transformación de los valores en precios (Michael Roberts la resume aquí).

Entre sus múltiples trabajos, siempre guiados por un afán de introducir nuevos enfoques o perspectivas en el tratamiento de los problemas (como la existencia de economías de escala en la producción), destacan el  desarrollado conjuntamente con James Tobin al principio de la década de 1950, acerca de la demanda de dinero por parte de la población (modelo Baumol-Tobin), el dedicado a la enfermedad de costes de los servicios, en 1966, el de los mercados contestables, publicado en 1982, y diversos ensayos sobre el empresario y la innovación, que corresponden sobre todo al período posterior a 1990, aunque recojan una temprana preocupación ya puesta de relieve en un  artículo publicado en la AER en 1968. Comentaré brevemente los tres últimos, y en especial el tercero, que atrajo la atención de varios economistas españoles y animó a quien escribe este texto a realizar dos estancias cortas en NYU durante los años 2000 y 2001.

La enfermedad de costes de los servicios (Baumol´s cost disease) nace de un estudio sobre la situación de las artes en EE.UU. en la primera mitad de la década de 1960. Ayudado por William Bowen, Baumol descubrió que diversas actividades de servicios, como la educación, la sanidad o las artes son por naturaleza muy intensivas en trabajo, y admiten pocas mejoras en la productividad de éste. La subida de los salarios en las manufacturas, apoyada sobre el notable avance de la productividad del trabajo conseguido en ellas, se traslada a esas actividades de servicios (vía mercado de trabajo), encareciéndolas y haciendo que absorban una parte creciente del gasto de las familias.  Por tanto, en una economía avanzada, se espera que los precios de  los alimentos, los coches o los teléfonos móviles se reduzcan con respecto a los de la educación, la sanidad, el cuidado de los niños, los servicios legales, los conciertos, o la peluquería. El gráfico adjunto, tomado del artículo escrito por Timothy B. Lee (aquí), muestra que en efecto así ha sido en los últimos cuarenta años. Como una parte de estos servicios son de provisión pública, su encarecimiento afecta el presupuesto público, que tiende a crecer. En el sector privado, algunos de los servicios afectados por esta misma enfermedad tienden a desaparecer, como las reparaciones de aparatos domésticos, o algunas actividades de entretenimiento, que son sustituidas por nuevos bienes (salas de cines por películas en vídeos), y otros en cambio, tienden a expandirse, debido a una demanda creciente procedente de familias que gastan menos proporción de su renta en bienes manufacturados. De esta manera, el encarecimiento de todos los servicios que pueden considerarse “estancados” en su productividad no es sino la otra cara de la prosperidad.

Una primera conclusión que se extrae del análisis de Baumol es que el presupuesto de gasto público tiende a crecer en las sociedades desarrolladas, pero no por una creciente ineficiencia de los funcionarios, como con frecuencia sostienen los críticos del Estado. Una segunda es que conforme se abaratan los bienes, las familias disponen de más renta para dedicarla a los servicios intensivos en mano de obra, expandiendo su demanda y producción. Mirando al futuro, en fin, cabría extraer una conclusión adicional, que conforme se extienda la robotización y automatización en la industria y en algunos servicios avanzados, tenderá a crecer la demanda de los servicios intensivos en mano de obra, cada vez más depositarios del grueso del empleo de la población. Pero al mismo tiempo, puede esperarse que  la dinámica salarial responda menos a los impulsos de la productividad de unas manufacturas que cada vez pesan menos en el empleo total. De hecho, se cuenta ya con indicios de ello para los años anteriores a la crisis en España, como muestra el siguiente gráfico adjunto. En los años de recesión, los recortes de los salarios a los funcionarios, primero,  y su congelación posterior,  condicionan mucho la dinámica de los salarios en el conjunto de los servicios.

Otra de las brillantes aportaciones de William Baumol es la teoría de los mercados contestables. Estos son mercados en los que no existen barreras a la entrada y la salida de empresas, por lo que, aunque la oferta esté concentrada en un número reducido de productores, debido a la existencia de economías de escala, el equilibrio del mercado a largo plazo se produce allí donde el precio iguala al mínimo del coste medio total y no hay beneficio alguno, más allá de la remuneración normal del capital. Este tipo de mercado consigue simultanear un reducido grupo de empresas oferentes con el logro de un equilibrio idéntico al de los mercados de competencia perfecta.

Sin embargo, aunque existen bastantes mercados con una elevada concentración de la oferta, que es el dato de realidad que el modelo descrito quiere captar ante todo, no parece haber muchos en los que no existan barreras a la entrada y a la salida de empresas. La propia innovación, a la que W. Baumol dedicó tanta atención, constituye una barrera a la entrada. No obstante, en su principal trabajo dedicado al análisis sistemático de ella (The Free Market Innovation Machine, analyzing the growth miracle of capitalism, Princeton University Press, 2002), el autor se defiende de esta objeción, señalando que la innovación actual se caracteriza por su “rutinización”, su conversión en una actividad habitual más de la empresa, lo que afecta tanto a la empresa incumbente como a la nueva empresa entrante en un mercado (en Revista de Economía Aplicada, vol 10, nº 30, pp. 187-200, puede encontrarse la reseña que en su día hice de este libro). La estrategia actual de las grandes empresas de externalizar su innovación a start ups podría quizá favorecer la contestabilidad de los mercados.

Una amplia literatura discutió durante el decenio de 1980 si el mercado de las líneas aéreas reunía las características de perfectamente contestable, dadas sus reducidas barreras a la entrada y salida. La posibilidad de que lo fuera favorecería su liberalización en EE.UU., porque la regulación gubernamental, limitativa de la entrada de nuevas compañías,  constituía de hecho una barrera artificial al funcionamiento del mercado. Hoy  en día, éste es un mercado muy liberalizado, sometido a una feroz competencia que se traduce en niveles reducidos de beneficios para una buena parte de las compañías.

Centrándonos ahora en los estudios sobre innovación, ha de comenzarse situando su análisis en el marco del libre mercado. William Baumol, atribuye el milagro de las economías capitalistas a la competencia generada por el libre mercado, verdadera máquina del crecimiento. Como Marx y Engels, W. J. Baumol cree que el libre mercado genera leyes inexorables que obligan a los que en él actúan. La primera de ellas es la de innovar. Siguiendo a Schumpeter, reclama un papel central para la innovación en el seno del análisis económico. En el estudio  de sus principales facetas, que despliega en el libro ya citado, The Free Market Innovation Machine, repite de tiempo en tiempo, y a modo de lema, su convencimiento, que muchos economistas compartimos, de que la innovación pertenece al corazón del análisis económico, más que a su periferia, a la que a menudo se le relega. Consigue demostrar que, con la innovación como centro, la potencialidad del análisis microeconómico se incrementa y crece la capacidad de comprensión de la dinámica competitiva de los mercados. De esta forma, además cobra fuerza otra de las premisas más importantes del pensamiento de William Baumol, de clara influencia schumpeteriana, a saber,  que la innovación, y no los precios, constituye el centro del análisis microeconómico.

De la mano de la innovación, se llega al estudio del empresario y el emprendimiento, en el que la contribución de Baumol resulta especialmente disruptiva. En su  artículo “Entrepreneurship: Productive, Unproductive and Destructive (Journal of Political Economy, 1990, vol. 98, nº 5, Parte 1, pp. 893-921), que la editorial del Colegio de Economistas de Madrid incorporó en la traducción española del libro Mercados perfectos y virtud natural (Colegio de Economistas-Celeste Ediciones, 1993),  William Baumol irrumpe en la amplia, y a menudo infructuosa, literatura dedicada al empresariado con un quiebro genial en el planteamiento tradicional de la investigación sobre este tema. Propone dejar de discutir sobre la oferta de empresarios y analizar las razones por las que éstos se asignan a unas u otras actividades, ampliando al mismo tiempo la lista que de ellas ofreciera Schumpeter. En su opinión, la oferta de empresarios viene dada por el conjunto de “personas con ingenio y creatividad para encontrar los cauces que acrecientan su propia riqueza, poder y prestigio”. Así definida, la oferta no es el problema, y por ello puede muy bien considerarse dada. La preocupación de los economistas ha de centrarse en conocer cuáles son los factores que favorecen que la oferta potencial se convierta una oferta real de empresarios productivos, en lugar de improductivos e incluso destructivos. La respuesta reside en el marco de incentivos al emprendimiento y la creación de empresas que la sociedad ofrece. Por ejemplo, la España de la autarquía favoreció más al estraperlista y al contratista del Estado que al empresario innovador y productivo. Para ilustrar su tesis, Baumol repasa todos los múltiples desincentivos que, a lo largo de la historia, han desanimado la innovación y el surgimiento de nuevos empresarios. La principal conclusión que puede extraerse de su análisis es que cuando en una nación o en una región se dice “aquí no hay empresarios”, inmediatamente debe revisarse el marco social y regulatorio que desanima su surgimiento, pues es en éste donde reside el problema.

Podemos concluir resaltando que William Baumol fue un brillante economista orientado al análisis aplicado, algo que él achacaba al ambiente izquierdista en el que se crió. En la entrevista mencionada al comienzo de este artículo señala: “No estoy interesado en la economía como pura abstracción sino en cómo puede ayudar a eliminar la pobreza y a solucionar todos los problemas que vemos y reconocemos. Creo que sin un análisis sistemático basado, a ser posible, en datos, estadísticos, históricos o de otro tipo, podemos acabar haciendo cosas que parecen racionales pero que más tarde lamentamos”. También fue un economista sensible a los principales problemas sociales. Enfrentado con la profunda crisis mundial vivida durante los últimos nueve años, en una reciente entrevista concecida a Antonio Guarino y Maurizio Iacopetta (aquí) señalaba lo siguiente: “Soy muy consciente de todos los grandes problemas que afectan a la sociedad capitalista, la desigualdad, el desempleo, el deterioro medioambiental.  Mi tesis es que el capitalismo es un mecanismo único en realizar una sóla tarea: crear innovaciones, aplicar esas innovaciones y usarlas para crecer”.

Hace tres años, en 2014, le solicité que colaborara en el número 25 de la  revista Mediterráneo Económico dedicado a las reformas necesarias para albergar un nuevo modelo económico para España. Con gran generosidad, nos envió un artículo titulado “Hacia el crecimiento sostenido. Argumentos a favor de una política racional para combatir la recesión” (aquí). En él muestra sus preocupaciones ante la crisis, apostando por las políticas keynesianas para salir de ella, la solidaridad entre los países del centro y la periferia de la UE y las medidas para favorecer el emprendimiento y el empresariado.

ES EL CONOCIMIENTO

La economía española sigue huérfana de productividad. Es una constante del patrón de crecimiento desde hace muchos años. Tiene que ver con la especialización productiva, con el tipo de producciones que se llevan a cabo y, consecuentemente, con la dotación de factores que se emplean, no solo con la cantidad, sino fundamentalmente con la calidad. La intensidad inversora, la cualificación de factor trabajo, la disposición de tecnologías de la información, la calidad de la gestión empresarial, son factores que influyen en el crecimiento de la productividad. También lo hacen otros que no dependen tanto de la empresa, sino del entorno, de las instituciones públicas y privadas, desde los sistemas financieros hasta los tribunales de justicia, pasando por las distintas regulaciones. Aumentos en la productividad posibilitan el fortalecimiento de las ventajas competitivas de las empresas, la superveniencia exitosa en entornos internacionales adversos, y, en definitiva, el incremento en el PIB por habitante.

Una revisión comparada de la calidad de los factores empleados en la economía española frente a otras economías ayudaría a entender esos pobres resultados de nuestra productividad y, en última instancia, la vulnerabilidad de las ventajas competitivas de muchas de nuestras empresas. Una de las razones, pero en modo alguno la única, es la menor importancia relativa de factores intensivos en conocimiento, empezando por el grado de cualificación del factor trabajo, la utilización de TIC o la dotación de activos intangibles. A pesar de la mayor dotación de esos factores, especialmente antes de la crisis de 2007, el peso de que dispone en España el Valor Añadido Bruto (VAB) basado en el conocimiento lo alcanzaron las principales economías de la OCDE hace más de un cuarto de siglo.

Antes de la crisis, ese patrón de crecimiento de la economía española estuvo dominado por la actividad de sectores especializados en producciones poco intensivas en conocimiento y por un elevado endeudamiento privado. Este, lejos de asignarse a la diversificación fue mayoritariamente aplicado en aquellos sectores tradicionales, menos intensivos en conocimiento. La modernización de los mismos, el empleo de factores más cualificados fue muy limitado. La excesiva captación de ahorro exterior, fundamento último de la severidad de la crisis en España, no se empleó para adaptarse a un entorno competitivo global en el que dominaba la intensidad tecnológica, fundamentalmente en las TIC, soporte fundamental de la economía del conocimiento. En realidad, durante la expansión que concluye en 2007 la economía española acentúa la especialización relativa en sectores tradicionalmente alejados de la economía del conocimiento.

En la recuperación tampoco se observa una intensificación de la productividad. A pesar de que al igual que en el periodo de expansión los factores basados en el conocimiento fueron aumentando, lo hicieron en los sectores tradicionales. Esos factores han ido ganando peso intrasectorial,  pero  la producción no se ha orientado hacia sectores más intensivos en el uso de factores más cualificados

Un nuevo trabajo del IVIE (“El valor económico de las actividades basadas en el conocimiento en España y sus regiones”), realizado en esta ocasión por Joaquín Maudos, Eva Benages y Laura Hernández, contribuye a esclarecer esas dotaciones en la economía española y en sus Comunidades Autónomas. No es la primera vez que esa institución se centra en los determinantes de la productividad de la economía española, de su prosperidad, en definitiva. En realidad, ese trabajo es complementario de otros como el dirigido por el profesor Ernest Reig (“La competitividad de las regiones españolas ante la economía del conocimiento”). Una tradición investigadora, la exhibida por esta institución desde su creación hace 27 años, que se ha materializado en la existencia de bases de datos valiosas y publicaciones tan útiles en la formulación de políticas económicas que revelan una elevada productividad de sus investigadores.

En esta ocasión han construido una base de datos que cuantifica el valor de las actividades económicas basadas en el conocimiento en España y sus Comunidades Autónomas, con un elevado grado de desagregación sectorial, que sirva para cuantificar el VAB basado en el conocimiento. Esos factores son: el trabajo cualificado, los activos TIC, activos intangibles, maquinaria y equipo y material de transporte. Se cuantifica la parte de renta que retribuye los servicios que prestan: su contribución al VAB.

Es importante analizar las diferencias en comportamiento económico de las regiones españolas, en especial en su convergencia en términos de PIB por habitante. Esta fue explícita en los años de expansión, pero la crisis frenó esa convergencia y ahora se acentúa la divergencia. Como no podría ser de otra manera, en el trabajo se pone de manifiesto la estrecha relación existente entre la importancia relativa de los activos basados en el conocimiento, las variaciones de la productividad y el PIB por habitante.

La Comunidad Autónoma con mayor peso del VAB basado en el conocimiento es Madrid, seguida del País Vasco y Navarra, que son también las que encabezan los mejores registros de productividad y PIB por habitante. Extremadura es la que dispone de un PIB per cápita menor y también de un peso menor en los activos basados en el conocimiento. Es importante subrayar este último punto: las diferencias que existen entre regiones en el peso de la economía basada en el conocimiento no se deben tanto a diferencias de especialización, sino a la intensidad con que utilizan recursos más cualificados, muy especialmente el del factor trabajo. Este es el factor cuya retribución absorbe la mayor parte de la renta generada y, por ende, la generación del mayor VAB. Las excepciones más destacadas en ese ámbito de la especialización productiva son, por un lado, Madrid, donde los sectores intensivos en conocimiento son más importantes y, por otro, Baleares, donde el dominio de las actividades de hostelería o inmobiliarias condiciona su posición en esa clasificación.

Las orientaciones que se deducen de ese trabajo para la política económica son claras. Para que aumente el PIB por habitante es importante que haya alteraciones en la especialización productiva, que ascienda la importancia de sectores más intensivos en conocimiento, pero también lo es que lo hagan otros aspectos que condicionan el uso eficiente de esos factores basados en el conocimiento. La dimensión de las empresas y la calidad de la gestión empresarial, de la que se ocupó esta columna hace un mes, son igualmente determinantes. La evidencia es amplia a este respecto: dimensiones excesivamente reducidas impiden la incorporación de todos esos factores intensivos en conocimiento y la distancian de capacidades de gestión capaces de diferenciar suficientemente la oferta de las empresas. Es decir, de generar ganancias de productividad, de competitividad y, por tanto, de favorecer el ascenso de la renta por habitante del conjunto de la economía.

Siendo responsabilidad principal de las empresas disponer de la suficiente intensidad en conocimiento, las administraciones públicas también han de procurar el apoyo a las mismas. Han de hacerlo con decisiones de asignación de recursos públicos a una adecuada educación,   a inversión, así como a las actividades de I+D, todas ellas sacrificadas durante la gestión de la crisis. También han de reforzar los mecanismos de supervisión de la competencia y mejorar la calidad de las demás instituciones que condicionan la actividad empresarial, en  mayor medida la de las pequeñas unidades. En ausencia de esa visión más larga, de ambos agentes, la vulnerabilidad de nuestra economía a condiciones globales menos favorables, seguirá siendo elevada.

(Diario El País, 07/05/2017)

Los grados universitarios: ¿especialistas o generalistas?

El otro día fui a ver la magnífica exposición de la Hispanic Society en el Museo del Prado. Dicho sea de paso, la  recomiendo a todos los interesados en nuestra cultura porque ofrece una espléndida panorámica de la historia y el arte españoles. Era un día de Semana Santa, el Museo estaba lleno de nacionales y foráneos, y las aglomeraciones eran numerosas. Quería conseguir una audio guía y me dirigí al mostrador correspondiente, algo desanimada por la larga cola de gente que me precedía. Tras el mostrador varios empleados no daban abasto repartiendo artilugios. Pocos metros más allá había otro mostrador con otros tantos empleados y sin ninguna clientela que atender. La pregunta era evidente: ¿por qué no se dedican esos segundos empleados a echar una mano a sus compañeros y proporcionar audio guías, al menos mientras estén ociosos? La respuesta también lo era: porque no había nadie que quisiera o pudiera tomar la decisión correspondiente.  Es un caso bien conocido por los ingenieros, expertos en operaciones, directores de recursos humanos, empresarios y economistas en general: a mayor especialización, más cuellos de botella; cuanto más versátil es un empleado, más eficiente será a priori puesto que podrá realizar un número mayor de tareas (evidentemente, siempre que hablemos de trabajos que no requieran una cualificación muy sofisticada).

Hay otros ejemplos: las dobles colas de facturación para clase turista y business (hasta cierto punto lógicas, van incluidas en el precio de los billetes de esta última tarifa), las filas en los bancos para pago de recibos y “todo lo demás”, etc, etc. La conclusión sigue siendo la misma. Una especialización excesiva en las tareas es beneficiosa para algunos pero puede ser perjudicial para el conjunto.

Yo estudié hace ya bastantes años la Licenciatura en CC Económicas y Empresariales, título que ahora suena tan rimbombante como anticuado. Cinco años, asignaturas anuales y nada de semestres o cuatrimestres. Cuando, merced a determinados cambios organizativos y en particular a Bolonia (de infausto recuerdo y, en mi modesta opinión, dudosos resultados, sobre los que no me extenderé aquí) pasamos a titulaciones de cuatro años, pensé (junto con otros colegas) que la consecuencia sería una reducción en la calidad de los títulos. En la actualidad se habla del famoso 3+2. Cuando lo escuché por primera vez mi reacción fue pensar que estábamos ante otra disminución en horas de clase y materia enseñada, por lo que íbamos a peor. Ahora…ya no estoy tan segura.

El tema 3+2 o 4+1 es un tema complejo, poliédrico, sensible, y  con numerosas derivaciones sociales y políticas. En estas líneas mi propósito no es tanto debatir la duración sino  la orientación general de los grados, aunque ambos temas estén relacionados. Por otra parte,  sobre todo quiero plantear preguntas y escuchar opiniones, y no tanto aportar respuestas.

Pensar en la situación de la enseñanza superior y el mercado de trabajo en España me suscita esta pregunta: ¿No existe excesiva especialización en los grados que ofrece la universidad española? Es difícil que los jóvenes conozcan cuál va a ser la profesión de sus sueños a edades bastante tempranas, por lo que es dudoso que les beneficie elegir desde el comienzo de sus estudios universitarios carreras muy especializadas. Y esto ocurre en un país en el que, por desgracia (y tal vez debido a nuestra mentalidad y a la rigidez de nuestras instituciones), todavía no nos hemos acostumbrado a que cambiar de profesión varias veces a lo largo de la vida será cada vez más habitual.

La siguiente pregunta es prácticamente inmediata. ¿No sería preferible que los alumnos adquirieran una formación más generalista en el grado, que les aportara un fundamento sólido en materias esenciales y básicas, y que se especializaran más tarde mediante masters u otros cursos? Esta especialización estaría impulsada por sus gustos, sus preferencias y por las necesidades específicas del mercado laboral, que cambian a velocidad de vértigo. Recuerdo un periodista muy prestigioso y competente del Financial Times, que, según me contó, estudió literatura e historia. Casos como este son muy frecuentes en el mundo anglosajón, más orientado hacia la formación más general al principio de los estudios y la especialización posterior.

Mi tercera pregunta también es fácil de intuir. ¿No será más fácil encontrar empleo en un mercado de trabajo como el español que, si bien ha avanzado, continúa adoleciendo de rigideces, con una formación más generalista y polivalente? Todos nos hemos encontrado con alguien que ha cursado titulaciones tan exóticas como Filología Persa, Enología del Vino Blanco de Rueda, Ciencias del Mar Pacífico Sur o Criminología Ecoterrorista (permítanme los lectores exagerar un poco), y pretende tener un empleo esperándole al graduarse. Difícil cuestión, como es evidente. No olvidemos que, según el último informe de la CRUE disponible en su web, en España se ofrecieron 2.773 titulaciones de grado en el curso 2014/15, un 5% más que el curso anterior. ¿No sería más eficiente para la universidad española reducir el número de grados que ofrece?

Y en relación con el rápido cambio tecnológico – se dice que los que nacen hoy trabajarán en profesiones aún no inventadas-  surge mi cuarta pregunta. ¿Estamos en condiciones de preparar a profesionales con los conocimientos y competencias necesarias (ver Figura 1) para, tras la necesaria especialización, desempeñar con éxito trabajos en la industria 4.0 y campos afines (Big Data, Data Analysis, Inteligencia artificial, Internet de las Cosas…)? Probablemente alcanzar este reto – del cual depende, en buena medida, nuestra productividad futura- es mucho más fácil si los alumnos poseen una sólida base en matemáticas, estadística, programación…, adquirida tras realizar un grado generalista y un posgrado ad hoc; si la alternativa pasa porque nuestras universidades convoquen las correspondientes comisiones, mantengan infinidad de reuniones y diseñen y debatan hasta la saciedad el plan de estudios de un supuesto “Grado en Big Data”, que, tras un proceloso y largo camino reciba finalmente la acreditación de la ANECA, mucho me temo que perderemos ese tren, como ya ha ocurrido en otras situaciones análogas.

Figura 1

modern data scientist

Es cierto que incluso las mejores universidades del mundo están inmersas en un proceso de reflexión y transformación para tratar de atisbar hacia dónde ir en un entorno profesional dinámico, cambiante y lleno de incertidumbres, y en el que se premia tanto la especialización como la versatilidad. Harvard, sin ir más lejos, ya no habla de estudios undergraduate sino de concentrations y secondary fields, muchos de ellos interdisciplinarios; nunca pensé que esta universidad señera acuñaría un término tan extravagante para referirse a los programas undergraduate de toda la vida, pero está visto que en todos sitios cuecen habas y el desconcierto es mayúsculo a ambos lados del Atlántico.

Por supuesto que  la universidad tiene un papel importantísimo, mucho más allá de surtir de empleados a las empresas; debe generar y transmitir conocimiento, nada menos,  pero no tiene sentido que sea una inmensa máquina de producir títulos que crían polvo en los altillos de los armarios.

Tal vez sería más conveniente para nuestros jóvenes y nuestro sistema productivo una formación básica más generalista, completada más tarde con la correspondiente especialización. De lo contrario es posible que sigamos con el crónico mismatch del mercado laboral español, con universidades ineficientes que ofrecen multitud de grados (con pocos alumnos en muchos de ellos) y con una juventud frustrada porque no encuentra trabajo “de lo suyo”.

En cualquier caso, tenemos mucho que pensar, debatir y, muy probablemente, reformar en la universidad española si queremos corregir el desajuste entre lo que enseñamos y lo que necesita el sistema  productivo español, de modo que generemos capital humano bien formado, seamos competitivos, reduzcamos el paro y crezcamos con fuerza.

¿Ha muerto la distancia?

Como escribían Keith Head y Thierry Mayer hace algunos años, si uno se pasea por la sección de empresa de una librería se encuentra con títulos como “El Mundo sin fronteras” o “La distancia ha muerto”. Estos libros defienden que las nuevas tecnologías de la comunicación han eliminado las distancias y, ahora, podemos trabajar y comunicarnos desde cualquier parte del mundo.

Sin embargo, algunas tendencias que observamos en nuestras sociedades no casan bien con esta conclusión. Por ejemplo, las ciudades han crecido en población durante los últimos años y las personas están dispuestas a pagar precios muy altos por el alquiler o la compra de una vivienda en algunas ciudades. Asimismo, la introducción de las nuevas tecnologías de la información no ha hecho descender los viajes de negocio.

Estas tendencias se explican si la comunicación cara a cara todavía tiene un efecto muy positivo sobre la productividad. Un trabajo reciente, realizado por Diego Battiston, Jordi Blanes i Vidal y Tom Kirchmaier, utiliza las llamadas a la policía de Manchester para comprobar si realmente la comunicación cara a cara mejora la productividad. Cuando una persona llama a la policía de Manchester, un operador recibe la llamada y abre un parte de incidente en el que describe cuál es el problema. Este parte aparece en la pantalla del coordinador de la policía de la zona en que se ha producido el suceso. El coordinador de zona, tras leer el parte, decide a qué agente o agentes asignar el suceso. La productividad se mide por el tiempo que transcurre entre el momento en que el coordinador de zona recibe el parte y se produce la asignación del agente. Cuanto menor sea el tiempo transcurrido, mayor será la productividad del servicio.

Un elemento interesante de este estudio es que en algunas ocasiones el operador que recibe la llamada y el coordinador de zona están en la misma sala. En esos casos, existe la posibilidad de que el coordinador de zona se acerque al operador para recabar cara a cara una mayor información sobre el incidente. Los autores muestran que cuando el operador de la llamada y el coordinador de zona están en la misma sala el tiempo necesario para asignar un agente es menor; es decir, poder comunicarse cara a cara mejora la productividad.

¿Por qué el poder hablar cara a cara mejora la productividad? Los autores apuntan diferentes motivos. En primer lugar, como todos sabemos, hablar es una forma muy eficiente de comunicarnos. En segundo lugar, el lenguaje no verbal añade información al lenguaje verbal, información que en muchos casos sería difícil de transmitir por escrito. En tercer lugar, al hablar podemos utilizar términos coloquiales que ofrecen mucha información sobre lo que está ocurriendo, que necesitarían de más desarrollo si los tuviésemos que explicar con términos más formales (los autores señalan, además, que no está bien visto utilizar términos coloquiales por escrito). Los autores confirman estas ideas al comprobar que la productividad de la comunicación cara a cara es mayor cuando el incidente es más complejo de explicar, cuando es más urgente, y cuando los coordinadores de zona tienen más carga de trabajo.

Por tanto, si tienen que decir algo importante a su compañero de trabajo, olvídense del correo y del whatsapp, y comuníquenlo cara a cara. Será mucho más eficiente.

Domingos de mayo

El azar lo ha querido: los resultados electorales de los tres próximos domingos de este mes de mayo tendrán una influencia enorme, acaso decisiva, en la suerte de la Unión Europea, por un lado, y de la actual legislatura española, por otro. El 7, el 14 y el 21.

El primero constituye una fecha crucial. La dinámica de la elección presidencial a doble vuelta y la intensidad de toda la larga campaña han hecho de Francia un observatorio privilegiado para medir la fuerza del movimiento populista que capilariza una buena parte del espacio político europeo, cuestionando abiertamente el proyecto de integración europea, cuando no abogando sin tapujos por su desarticulación. Eurofobia, que no es mero escepticismo o desconfianza en las ventajas de la unión —el descreimiento que se trató de combatir al final de los años ochenta con el informe Cecchini, “El coste de la no-Europa”—, y que tampoco se limita, como un decenio antes, a alertar de los riesgos de euroesclerosis por la pérdida de competitividad de las economías maduras del continente; ahora se trata de un rechazo frontal que alimenta actitudes coincidentes en su beligerancia con lo que representa la UE, y tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda. Los ingredientes de tal aversión son diversos: el resorte identitario frente a una caudalosa inmigración, la merma de bienestar y la pérdida de expectativas causadas por una crisis económica cuya responsabilidad se achaca a la globalización, la inseguridad que provoca el terrorismo en el propio territorio, la indignación ante tantas prácticas corruptas… Pero todos coinciden en la desembocadura: un repliegue nacionalista. Hacia Francia, por eso, dirigimos todas las miradas en este comienzo de mayo, pues la suerte de todos depende de lo que ahí resulte. Sin el Reino Unido, la Unión Europea perderá relevancia, pero sin Francia es sencillamente impensable.

A continuación, siete días más tarde, otra prueba con no poca significación: las elecciones en el Estado de Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado (dieciocho millones) de Alemania. Ahí se calibrarán las probabilidades de que Alternativa para Alemania (AfD), el extremista partido xenófobo y antieuropeista, alcance en septiembre una significativa cuota de representantes en el Bundestag. Hoy no parece que sean altas, pero la mera posibilidad de su entrada en el parlamento federal es inquietante. La integración de Alemania en Europa es el fundamento más sólido de la estabilidad del orden de postguerra y del entero desarrollo del proyecto de unión; si se revirtiera aquella, las consecuencias tendrían una enorme trascendencia.

La tercera cita, en el tercer domingo: las elecciones primarias a la secretaría general del PSOE. En este caso, lo que está en el alero es —repitámoslo— la viabilidad de la legislatura. No llega esa consulta en buen momento, pues mientras sube el PIB baja la moral, erosionada por la oleada de noticias sobre la corrupción, creando un ambiente de opinión que influirá en quienes se acerquen ese día a votar. Y el resultado puede ser determinante: con la victoria de Pedro Sánchez, es un suponer, la moción de censura anunciada —se ha escrito con acierto— dejaría de ser una fantasmada… y tal vez, incluso con los presupuestos generales encarrilados, los españoles tuviésemos que ir a las urnas en pleno verano.

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