Tensión competitiva

El ecuador de 2013 quizá marque un punto de inflexión. Algo en la percepción general de las posibilidades de nuestra economía está cambiando, como ha cambiado en el curso de pocas semanas el tono de los mensajes gubernamentales, emitiendo en positivo donde antes predominaba lo lúgubre. Por eso resulta especialmente oportuna la reciente publicación de una obra que aporta sólidos argumentos para creer en la capacidad empresarial española: “Fortalezas competitivas y sectores clave en la exportación española”, editada con esmero por el Instituto de Estudios Económicos y realizada por un equipo de reputados profesores bajo la dirección de Rafael Myro. Una excelente investigación que, escapando de la perspectiva meramente agregada, analiza nuestro patrón exportador con la intención de explicar la vigorosa dinámica exportadora de España desde el arranque mismo del siglo, un desempeño que ha devenido formidable en el curso de los años y meses más cercanos, cuando la contribución positiva del sector exterior está amortiguando sustantivamente la severidad de la crisis.

Varios son los ángulos de estudio que los autores escogen, con resultados en cada caso estimulantes. Por lo pronto, si se atiende a los productos, en contra de la imagen tópica de un sector exterior anclado en el turismo y en unos pocos bienes escasamente elaborados, la competitividad de las exportaciones españolas se sustenta en un amplio elenco de sectores, destacando como “estrellas”, tanto algunos que han tenido una alargada presencia en mercados foráneos (automóviles, alimentos, bebidas y tabaco, metálicas básicas, caucho y plásticos, textil y confección), como los que muestran un rápido progreso (medicamentos, maquinaria agrícola e industrial y un abierto abanico de productos químicos), lo cual revela, en su conjunto, que exportamos bienes con un grado de sofisticación tecnológica medio-alto, a lo que hay que añadir la creciente proporción, en la partida de servicios, de los servicios no turísticos, particularmente de servicios avanzados, esto es, de servicios a las empresas. La capacidad competitiva de las exportaciones españolas se refleja también en los mercados que logran penetrar: aquí, la elevada concentración en la Unión Europea va dejando paso a una diversificación geográfica al incorporarse países de Asia, África y América Latina. En fin, si se atiende a las empresas exportadoras, el tamaño resulta decisivo. Como es pauta generalizada, un selecto grupo de grandes empresas sostiene el incesante ascenso de la exportación española. El 5 por ciento de las empresas más grandes por exportación realiza el 75 por ciento de las ventas exteriores. El tamaño sí importa. Las grandes empresas poseen elevadas productividades y han sufrido un menor avance de sus costes laborales unitarios.

Lo cual remite a la cuestión primera y central: ante la imposibilidad de recurrir a una devaluación, solo cabe afianzar la competitividad en precio de los productos españoles conteniendo los costes laborales y aumentando la productividad (“devaluación interna”), así como ampliar la proyección internacional de nuestros mercados de servicios, a través de una ambiciosa estrategia de innovación. La obra comentada así lo registra rigurosa y pormenorizadamente. Una muy valiosa contribución “en positivo”.

EL COMERCIO EXTERIOR: ¿UN BUEN CHICO?, por Vicente Donoso (UCM e ICEI) y Víctor Martín (URJC e ICEI)

La crisis por la que está atravesando la economía española deja poco hueco para las noticias alentadoras: nos hemos acostumbrado a un desempleo escandaloso, especialmente entre los jóvenes; a que las cifras de variación del PIB sean una quiebra continua de las expectativas (una caída del 1,4 en 2012, más pronunciada de lo esperado) a que el crédito sea un paralítico que no echa a andar; a que los parámetros del gasto social vayan adelgazando; a que la brecha tecnológica y de productividad auténtica (es decir, la que descuenta los aumentos debidos a la simple destrucción de empleo) se siga ampliando con los países de cabecera; a que una notable cantidad de recursos se vayan por las cloacas de la corrupción, de supuestas amnistías fiscales, de pagos de más a empresas que gestionan entidades privatizadas; o a que, de una u otra forma poco limpia, los dirigentes políticos cobren un sobresueldo.

Ante este triste panorama, cuya descripción podría ampliarse y profundizarse, no resulta extraño que el Gobierno se agarre a cualquier clavo para evitar precipitarse en el vacío. De forma un tanto sorprendente para quien conozca la historia económica de este país, ese clavo hace algún tiempo que viene siendo el comercio exterior. Se argumenta, con razón, que la situación es mejor de lo que sería debido al buen comportamiento de la demanda exterior. El comercio exterior sería el chico habitualmente díscolo que, de repente, ha sentado la cabeza y proporciona a los padres muchas alegrías.

Repasemos algunos hitos (aproximadamente desde 2008) de la hoja de ruta de éste buen chico en que se ha convertido el comercio de mercancías: se pueden enumerar al menos cinco que insuflan algo de optimismo en el maltrecho solar de nuestra economía:

a)     Las tasas de crecimiento  de las exportaciones se comportan más favorablemente que las de las importaciones.

b)     La contribución del comercio exterior a la tasa de crecimiento (negativa en una gran mayoría de años), lleva desde 2008 siendo positiva, es decir, contribuyendo a que la tasa de aumento del PIB sea mayor o la de disminución, menor.

c)     Como consecuencia de este buen comportamiento, se argumenta que la cuota de mercado de las exportaciones españolas en el total mundial, se ha mantenido más estable que la de países tan importantes como Estados Unidos, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, todos los cuales han perdido, no ya décimas, sino puntos, de cuota en favor, por ejemplo, de China (hoy en día primer exportador mundial), Rusia e India.

d)     Y también, en consecuencia de esa buena trayectoria, los años de crisis han aportado una reducción que cabría calificar de espectacular, del déficit comercial, desde los 100.000 millones de euros de 2007 hasta los casi 31.000 de 2012.

e)     Esto último se puede hacer más gráfico aún, indicando que, si se descuenta el déficit de los productos energéticos (principalmente el petróleo), el saldo comercial de manufacturas de 2012 sería positivo por unos 15.000 millones de euros.

Creo que no conviene olvidar la importancia de las buenas noticias que se han expuesto en los puntos anteriores. Sin embargo, sí conviene matizarlas, porque la historia de nuestro comercio está llena de optimismos infundados que ocultan los graves problemas estructurales que padece. Lo primero es reconocer que, si en una situación de desempleo severo y de caída de la demanda interna cercana a los 5 puntos en 2012,  las importaciones crecieran más que nuestras exportaciones, estaríamos en una situación ciertamente alarmante. En segundo lugar, aún celebrando la buena noticia de la contribución positiva a la tasa de crecimiento, no debe olvidarse que, en nivel, el comercio exterior de mercancías sigue restando valor al producto, puesto que las importaciones continúan siendo superiores a las exportaciones. En tercer lugar, también tenemos que ponernos en guardia frente a un excesivo optimismo respecto de la cuota de mercado. Porque la realidad es que, los datos de la OMC indican que España cerró 2012 con una participación del 1,64 en las exportaciones mundiales, es decir, a nivel de 1990, y muy lejos del 2,03 alcanzado en 2003. En cuarto lugar, la notabilísima mejora del saldo negativo se apoya de forma acusada en el parón que ha supuesto la crisis en algunas partidas. Baste de ejemplo lo que ha ocurrido con los bienes de equipo, que han pasado de pérdidas en torno a los 27.000 millones de euros, en 2007,  a superávit de 500 millones, en 2012, debido al derrumbe de la inversión productiva.

Con todo, los anteriores matices no quieren borrar las buenas noticias; tan sólo pretenden matizarlas. Y, para ello, con carácter más general, conviene recordar lo siguiente: carencias energéticas (con un déficit acumulado entre 1995-2012 que supera los 390.000 millones de euros corrientes), tecnológicas expresadas en la importación de bienes de equipo (unos 250.000 millones de déficit acumulado en ese mismo periodo) y, desgraciadamente, ahora también de consumo, por falta de competitividad en el precio (unos 127.000 millones de descubierto en esos años) son debilidades que no se corrigen tan sólo con el tipo de cambio (caso de que pudiéramos manipularlo a nuestro antojo, como desearían algunos nostálgicos del pasado) o con el control de la demanda, sino que requieren políticas y reformas estructurales de largo plazo, que es lo que lleva reclamando nuestro comercio de mercancías hace mucho tiempo.

Imagen y autoestima

Casi al mismo tiempo que Romney, en su primer debate televisado con Obama, aludiera a España como paradigma del fracaso y que, poco después, Standard & Poor´s (S&P) degradara la deuda española al borde del “bono basura”, se ponía a punto una triple iniciativa a favor de la imagen de España y de su capacidad para salir de la crisis: por un lado, el seminario convocado en Madrid por el Ministerio de Asuntos Exteriores sobre la gestión de la marca-país; por otro, la muy notoria reunión anual de la Confederación Española de Directivos y Ejecutivos, que ha reunido en Madrid a un millar de dirigentes bajo el lema “Liderando sin fronteras”; finalmente, la campaña publicitaria del Banco Santander para relanzar la confianza ciudadana en el país. La coincidencia no ha sido premeditada, pero es expresiva: rebajada nuestra reputación fuera y dentro, es aconsejable tomar cartas en el asunto: no ocuparse de ello sería un mal modo de ocuparse.

Habrá que trabajar simultáneamente en ambos frentes, el que mira allende las fronteras y el de puertas adentro, aunque este último sea hoy quizá el prioritario dada la interrelación entre cómo nos reconocemos colectivamente y la imagen que proyectamos al mundo, y habida cuenta del desaliento hacia sí misma que parece haberse instalado en la sociedad española. Recuperar la autoestima no será suficiente para mejorar la credibilidad ante terceros, pero es siempre condición necesaria. Urge encontrar asideros firmes que permitan transmitir mensajes esperanzadores. Y los hay, ciertamente.

Muy alentador es, por ejemplo, el comportamiento del sector exterior. La exportación de mercancías sigue creciendo a buen ritmo, después de haberlo hecho formidablemente en los dos ejercicios anteriores, con la previsión de que mejorará en los próximos meses. Son sectores de tecnología media-alta los que demuestran mayor dinamismo exportador. Se ha logrado superávit comercial con Alemania, con Francia y con el conjunto de la U. E. Más todavía: el superávit por cuenta corriente registrado el pasado mes de julio supone un cambio de signo que no debería pasar desapercibido, pues es la primera vez que sucede desde finales de los años 90, antes del euro; la caída de las importaciones ha contribuido a ello, pero lo determinante ha sido la evolución de las ventas en los mercados exteriores.

Algo similar cabe decir de la internacionalización de un creciente número de empresas españolas industriales y de servicios, adquiriendo activos o abriendo establecimientos o ganando concursos de construcción y gestión en una pluralidad de países y en todos los continentes. Tampoco aquí lo decisivo es la atonía de la actividad interna, sino una confirmada vocación internacional, consiguiendo posiciones de liderazgo en un número significativo de casos. Sobresalientes empeños, en suma, que deberían ayudar también a elevar nuestra propia valoración de las fortalezas con que contamos.

Ojalá se consiga. Nos hace tanta falta como el llover.

Competitividad exterior de la economía española

Junto al número de la Revista Cuadernos Económicos de ICE dedicado a “Comercio internacional, empresa y competitividad”, que ha presentado hoy José Carlos Fariñas en este blog, acaba de aparecer otro, preparado por el anterior consejo de redacción de la Revista Economistas, que dirigía Emilio Ontiveros (http://www.colegioeconomistasmadrid.com/ceMadrid/comun/default.asp). Lleva por título “Competitividad exterior de la economía española” y reune los trabajos de 24 especialistas. Está ordenado en tres partes temáticas y una cuarta que recoge la visión de los empresarios. La primera parte trata de definir y  precisar conceptos e indicadores, utilizándolos al mismo tiempo para ofrecer una valoración de la competitividad agregada de la economía española en el marco de la UEM. La segunda, describe las características del patrón exportador, su estructura según productos y empresas, prestando atención al papel de la calidad; la tercera, estudia la inversión española en el exterior en sus diferentes vertientes, incluida la de rentabilidad, clave para valorar su solidez competitiva. La cuarta, en fin, como ya se ha señalado, recoge las posiciones de dos empresarios del ámbito de las telecomunicaciones. Más

A vueltas con la competitividad

En esta entrada doy noticia del último número monográfico de la Revista Cuadernos Económicos de ICE dedicado a Comercio internacional, empresa y competitividad (ver aquí). Los diez artículos del número, en los que hemos participado 23 autores, ofrecen un panorama bastante completo sobre cuestiones relacionadas con el comercio y la inversión exterior de la economía española.

Uno de los temas recurrentes de varios artículos, como no podía ser de otro modo, es el análisis de la competitividad exterior de la economía española. El buen comportamiento de las exportaciones durante 2011 y, en general, el mantenimiento de la cuota de las exportaciones españolas en el comercio mundial durante la última década, que ha documentado Elisa Álvarez en este blog (ver aquí), parece ir en contra de varias debilidades conocidas. Entre ellas, la fuerte especialización de España en sectores de baja intensidad tecnológica que hace que sus exportaciones sean muy vulnerables a la competencia de países emergentes de bajo coste. Tampoco ayuda, en segundo lugar, la diversificación geográfica de las ventas, muy concentradas en Europa y con escasa presencia en las áreas actualmente en expansión en la economía mundial. Por no hablar, en tercer lugar, de la pérdida de competitividad-precio acumulada desde la integración en la UEM, sin poder echar mano, como en el pasado, del tipo de cambio. Más

La Unión Europea y la economía de Grecia

La extendida opinión de que las actuales dificultades económicas de Grecia han de encontrar solución no sólo dentro del área euro, sino también en el marco de nuevos e importantes avances en la unidad monetaria europea se fundamenta, entre otras razones, en que ese país constituye un claro exponente de los incentivos a la expansión del gasto agregado creados con el establecimiento del euro y la desaparición de la prima de riesgo exigida a cada país, sobre la base de la garantía ofrecida de forma implícita por el conjunto de la unión.

En efecto, el Gráfico 1 (haciendo clic en él se puede ver ampliado) muestra la relación positiva entre la cuantía de la reducción de los tipos de interés nominales de la deuda pública a 10 años y el aumento del déficit en el comercio exterior de bienes y servicios, para los países de la Unión Europea y durante el período comprendido entre 1995 y 2005. En este período, Grecia redujo sus tipos de interés nominales en más de doce puntos porcentuales y aumentó su déficit exterior en más de seis puntos sobre el PIB. España redujo sus tipos de interés en algo más de 7 puntos y su déficit se elevó en casi 8, algo más que en Portugal.  Estas diferencias entre países indican la relevancia de otros factores impulsores del gasto agregado y la diversidad de su impacto sobre el déficit exterior. Pero sobre todo, reflejan las diferencias en el recorte de la inflación conseguido. De hecho, cuando se utilizan tipos de interés reales, el coeficiente de correlación entre las variables consideradas aumenta (60%) y la evolución de Grecia en estos aspectos no difiere tanto de la de España y Portugal, porque la destacada reducción de los tipos nominales se basa en una disminución también destacada de la tasa de inflación. En todo caso, el crecimiento anual del PIB griego superó el 3,4%  a partir de 1997 (con la única excepción de 2005, en la etapa anterior a la crisis), y registró incrementos por encima del 5% en 2003 y 2006. En los años 2006 y 2007, las importaciones crecieron casi un 10% en volumen, prácticamente el doble que las exportaciones.

Sin duda, la abundancia de liquidez en los mercados internacionales durante la primera década de 2000 habría conducido por sí sola a una reducción de los tipos de interés, pero no habría hecho desaparecer la prima de riesgo exigida a cada país, hoy restablecida y que alcanza valores muy elevados para Irlanda, Grecia y Portugal. Por lo demás, la expansión del déficit exterior no preocupó mucho a las autoridades europeas, en el contexto de la euforia creada con la nueva situación, que favoreció incluso la creencia de que la balanza de pagos de cada país era un asunto que debía situarse ya en un segundo plano. Se asumía así que el mercado asignaría eficientemente las inversiones, dirigiéndolas hacia aquellas actividades en las que cada país poseía sólidas ventajas comparativas y competitivas.

La situación de Grecia es en buena medida un resultado de una expresión extrema de estas creencias, porque cuando este país se incorpora al euro, en 2001, había alcanzado ya niveles de déficit público y exterior bastante notables, que no harían sino crecer con posterioridad (ver Gráfico 2).

Por estas razones, la UEM ha de otorgar hoy a Grecia todo tipo de facilidades para diferir el pago de su deuda soberana y asegurar la recuperación económica. No se está sólo ante el problema de un país, sino del conjunto de la unión monetaria. De aquí deriva precisamente el efecto potencialmente catastrófico de una solución en falso a la situación creada.

No obstante, esto no quiere decir que los gobiernos griegos no hayan tenido una gran responsabilidad en lo sucedido. La expansión del gasto público no se justificaba en el marco de un elevado aumento del PIB, y sin una alteración de la capacidad recaudatoria de las Administraciones Públicas, que ha mostrado ser muy escasa.  Y las exportaciones deberían haber crecido a mayor ritmo, auspiciadas por una política industrial vigorosa, que consolidara el cambio en la estructura industrial hacia actividades de mayor contenido tecnológico, sin por ello olvidar la reestructuración de las más tradicionales. Estas siguen siendo la base de la producción manufacturera en la actualidad, pero sus exportaciones no han aumentado al ritmo de la demanda mundial (Gráfico 3). A diferencia de Portugal y Grecia, durante la primera década de este nuevo siglo, España no altera apenas su estructura industrial, pero se acomoda mejor a la demanda mundial y defiende de forma sobresaliente sus posiciones en las industrias más tradicionales frente a la competencia de los países emergentes.

¿Qué explica el aumento de las exportaciones españolas?

Es ampliamente conocido el papel decisivo que el crecimiento de las exportaciones de bienes y servicios está teniendo en la lenta recuperación de la economía española. Lo que subyace a ese resultado agregado es, por supuesto, el aumento de la actividad exportadora de las empresas, en especial de las manufactureras. En esta entrada comento con mayor detalle ese comportamiento “microeconómico”.

Con carácter general, la variación de la actividad exportadora entre dos momentos del tiempo (supongamos en un año t con respecto a un año t-1) es resultado de dos grandes componentes. Por un lado, de la variación de la actividad exportadora de las empresas que exportan en los dos momentos. Por otro lado, de la dinámica de entrada y salida de empresas en la actividad exportadora. Al primer componente se le suele denominar margen intensivo, ya que para esas empresas (que exportan ambos años) la variación del comercio viene de exportar más (o menos) en un año respecto al otro. El segundo componente, sin embargo, recoge un efecto de extensión (o contracción) de la base de empresas exportadoras, y recibe el nombre de margen extensivo. Se pueden introducir posteriores detalles en la descomposición (por ejemplo, distinguiendo la entrada a nivel de producto y/o país), aunque no lo utilizaremos aquí. Más

La cuota de España en las exportaciones mundiales, por Elisa Álvarez

En los últimos días, los medios de comunicación españoles se han hecho eco de una información procedente de la OMC, alertando acerca de una disminución importante durante 2010 de la cuota de España en las exportaciones mundiales de bienes, una noticia que sorprende pues las ventas españolas al exterior aumentaron a un ritmo muy apreciable a lo largo de este último año (ver la reciente entrada del profesor Diego Rodríguez). Para tratar este importante asunto, hemos invitado a nuestra compañera Elisa Álvarez, profesora de la Universidad de Valladolid, que nos envía el texto que sigue.

La cuota de España en las exportaciones mundiales de bienes alcanza valores diferentes conforme a las estadísticas de la OMC y las que reúne Naciones Unidas en su base de datos Comtrade. Como se refleja en el Gráfico 1 (haciendo clic sobre él puede verse ampliado) las evoluciones son muy parecidas, pero los niveles son siempre más altos en la segunda de las fuentes citadas, que cuenta con la ventaja de ofrecer una considerable desagregación sectorial. Este hecho la hace preferible para el análisis y probablemente más fiable, pues un mayor detalle en la información suele conllevar una superior exigencia estadística. Seguramente por la misma razón, en esta base todavía no se han incorporado los datos correspondientes a 2010.

Con todo, la disminución de la cuota que revelan los datos de la OMC para España resulta sorprendente, a la luz de la trayectoria seguida por las exportaciones españolas y mundiales, por lo que cabe esperar que, como viene siendo frecuente, esta organización modifique más adelante el registro avanzado. En efecto, el retroceso de la participación española durante 2010 se deriva de un incremento en sus ventas exteriores, expresado en dólares corrientes, del 7,6%, difícilmente compatible con la información procedente de otras fuentes estadísticas. Así, según la CNE, las exportaciones de bienes aumentaron un 13,6% en volumen y un 17,4% en términos nominales. Como el dólar se depreció frente al euro en un 7,2%, el valor de las exportaciones españolas en dólares corrientes debería haber sido sensiblemente superior. De esta forma, la cuota de España, calculada en términos reales, apenas habría descendido, toda vez que las ventas mundiales de bienes crecieron un 14,5%. Como tampoco tendría que haberlo hecho en valores nominales, y aun menos medida en dólares.

En cualquier caso, cuando se examina la cuota de las exportaciones españolas haciendo uso de Comtrade, lo más relevante no es constatar su sostenimiento desde hace varios años, al menos hasta 2009, sino su mejor comportamiento comparativo (véase el Gráfico 2). Entre las grandes economías europeas, únicamente Alemania ha incrementado en mayor medida que España sus envíos al exterior, en tanto que Italia y, sobre todo, Francia y Reino Unido, han sufrido un marcado recorte de su participación en las transacciones internacionales de bienes. Si el análisis se amplía a la totalidad de socios de la Unión Europea, la evolución de la cuota española se revela asimismo más favorable que la de algunas otras economías de elevado nivel de desarrollo, como Suecia, Finlandia o Dinamarca; de manera que, entre los países de renta per cápita alta, únicamente Bélgica, Holanda, Alemania y Austria deparan resultados más positivos que España. Fuera del espacio comunitario, la trayectoria dibujada por la oferta exterior española contrasta también muy favorablemente con la de Estados Unidos y Japón, cuyas ventas han mantenido una tasa de ascenso bastante más pausada que el promedio mundial en la generalidad de los años del periodo considerado.

Por tanto, en términos agregados, y al contrario de lo sucedido en la mayoría de economías avanzadas, la intensa competencia ejercida por las nuevas áreas de crecimiento, representadas por el grupo de países conocidos como Eagles[1], (Emerging and Growth-Leading Economies) cuyos flujos comerciales, excepción hecha de México, han aumentado a un ritmo acelerado (Gráfico 3), no ha provocado un desplazamiento de los productos españoles de los mercados internacionales. El que esto mismo siga sucediendo en los próximos años constituye la gran apuesta de la economía española.


[1] Se conoce por este acrónimo (águilas en español) a los diez países cuya contribución individual al crecimiento del PIB mundial durante la presente década superará, de acuerdo con las previsiones del BBVA (2010), a la de la media de las grandes economías desarrolladas (excluido Estados Unidos). Por orden de mayor a menor aportación, estos países son: China, India, Brasil, Corea del Sur, Indonesia, Rusia, México, Turquía, Egipto y Taiwán. Esta lista de economías clave para los próximos años se completa con otra en la que se incluyen países con potencial de convertirse en eagles, los denominados países nido: Nigeria, Polonia, Sudáfrica, Tailandia, Colombia, Vietnam, Bangladesh, Malasia, Argentina, Perú y Filipinas.

Impulso exportador y creación de empleo (con un poco de aritmética)

Hace poco más de un año, el presidente Obama presentó al Congreso de los EEUU la Agenda 2010 sobre Política Comercial. En la Agenda se recogían todos los aspectos vinculados a la política comercial norteamericana, como la posición en la eterna Ronda Doha (que, por cierto, cada vez más se acerca al filo del fracaso, pinchar aquí). Pero sin duda el aspecto más llamativo de esa agenda fue la National Export Initiative (NEI), que plantea doblar las exportaciones entre 2009 y 2014. Con ello se propone, además, crear 2 millones de puestos de trabajo asociados a esa expansión de las exportaciones norteamericanas. Como el año 2009 fue un mal año exportador, y la propuesta toma como base ese año, el objetivo no parece descabellado. De hecho, podemos observar (ver Gráfico) que la tendencia previa sitúa ese objetivo en algo alcanzable, si bien es verdad que para ello es necesario extrapolar los mejores años exportadores de las dos últimas décadas (2003/2008), periodo en el que las exportaciones crecieron un 77%.

¿Es posible un crecimiento de esa magnitud en el caso de España? Como con Estados Unidos, el pésimo resultado exportador de 2009 jugaría a favor. En 2004 las exportaciones de bienes (Estadísticas de Aduanas) alcanzaron 149,9 millardos de euros. En 2008 fueron 189,2 y, un año después, 159,9. Doblar el dato de 2009 implicaría alcanzar unas exportaciones de 320 millardos de euros en 2014, siempre a precios corrientes. ¿Es ese un objetivo razonable? La respuesta es que no. Doblar las exportaciones en cinco años implica una tasa interanual media del 15%. Es cierto que en 2010 el crecimiento fue superior (17,4%) pero, como se ha dicho, la comparación se hace sobre un año previo muy anómalo. También es cierto que acabamos de conocer que en los dos primeros meses de 2001 han crecido nada menos que un 29,1% respecto al mismo periodo del año previo. El crecimiento es espectacular, aunque también se ve favorecido por la comparación con el dato aún deprimido de comienzos del año previo.

En una perspectiva un poco más amplia, la mayor tasa de crecimiento de las exportaciones españolas en los últimos años se produjo en 2006, cuando crecieron diez puntos respecto al año previo. Por tanto, un objetivo ambicioso puede ser lograr un crecimiento medio del diez por ciento anual. Aplicado sobre el dato de 2009, implicaría alcanzar en 2014 unas exportaciones de 257 millardos de euros. Naturalmente, ello pasa por suponer que se mantiene el actual ritmo de crecimiento del comercio mundial, además de otros factores como la continuidad en la diversificación geográfica de nuestras exportaciones o la propia evolución de la demanda interna.

Todos estos números pueden tener una implicación importante. Como señalé al principio, la NEI estima  una creación de dos millones de nuevos puestos de trabajo para Estados Unidos si se alcanzara el objetivo de doblar las exportaciones. ¿Cuál sería el efecto del cálculo anterior para España? No voy a entrar aquí en los detalles, pero una simple aplicación del análisis input-output nos ofrece alguna pista útil. Con la Tabla Input Output Simétrica de 2005 (la última disponible), se calcula que un aumento de las exportaciones de bienes y servicios del 10% generaría 269.000 puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo (pinchar aquí). En ese cálculo se ncluyen exportaciones de servicios (un 25% del total), aunque no de todos (no se incorporan buena parte de las exportaciones de servicios turísticos). Por lo tanto, con todas las precauciones propias de un análisis de este tipo, no parece demasiado aventurado suponer que un aumento del 50% de las exportaciones españolas permitiía crear un millón de puestos de trabajo. Como se ve, los resultados son similares a los estimados para el caso de Estados Unidos, lo que sin duda está relacionado con la mayor tasa de apertura de una ecoonomía de menor tamaño como la española. Trasladado a los datos actuales de la EPA (y sin considerar que los datos de empleo EPA y de las TIO son metodológicamente distintos), un millón de empleos permitiría reducir la tasa de paro en algo más de tres puntos porcentuales, si suponemos que el 80% del empleo creado viniera del desempleo, y un 20% de la población inactiva. No estaría nada mal una contribución de esa magnitud a lo que, por largo tiempo, va a volver a constituir el principal problema social y económico de España.

Video sobre la pasión, muerte y resurrección del euro

Aprovechando que comenzamos las vacaciones de Semana Santa y que tendréis tiempo para la reflexión, os animo a visualizar el siguiente video. Se trata de un “lunch seminar” ofrecido por Hans Werner-Sinn. Me lo enviaron ayer los colegas del CESifo, seguramente el principal think-tank europeo en la actualidad, con el que vengo colaborando desde hace ya unos cuantos años tanto en investigación, como en la elaboración de las encuestas de coyuntura. Se trata de un seminario muy sugerente y, fiel al estilo germánico, muy amplio y enciclopédico. Trata de los orígenes de la crisis a escala global, critica la hipótesis de “saving glut” de Bernanke para centrarse en la crisis a escala europea y, más en concreto en la crisis de deuda y los mecanismos para su resolución. En mi opinión, resulta muy interesante (y a veces hasta conmovedora) la contraposición de la hipótesis francesa del “tango del euro” frente a la visión alemana. ¿ha sido verdaderamente Alemania el país más beneficiado con la creación del euro? ¿es Alemania un país egoista? ¿quién tiene la culpa de la crisis actual? ¿cómo podemos resolverla? Os invito a seguir esta exposición en inglés de uno de los economistas europeos más influyentes en la actualidad. Por cierto, como dura algo más de una hora (aunque es muy amena) os recomiendo que la veáis hasta el final, pues el interés va “in crescendo” hasta la eclosión última. De obligado visionado para mis alumnos de Integración Monetaria.

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