El tiempo sí importa

La democracia es principios pero también formas; estas sirven para respetar aquellos, facilitando que prevalezcan. Las formas, a su vez, son comportamientos pero también formalidades —“trámites”, como gustara decir Tierno Galván—, que implican protocolos pautados, cuya inobservancia contribuiría a desnaturalizar el sistema. La democracia requiere sus tiempos.

Especialmente en situaciones complejas como la que han deparado los resultados del 20D. Porque, en contra de lecturas sesgadas o simplonas, las urnas no se han pronunciado inequívocamente ni a favor del cambio ni a favor de la continuidad; se ha fragmentado la representación parlamentaria, pero sin una decantación inapelable hacia uno de los lados. Por eso el escenario resultante es todo menos simple, y moverse en él exige tiento y tiempo, pues obliga a consultas, negociaciones y acuerdos no fáciles. Lo óptimo sería encontrar un buen equilibrio entre esos dos polos, entre el amplio respaldo que han obtenido las opciones partidarias de poner coto a las malformaciones del bipartidismo alternante y el apoyo no pequeño que siguen teniendo las posiciones establecidas. Descartar de partida —vetos mediante— a unos u otros interlocutores no es el mejor camino para encontrar la combinación adecuada. Esto es, la que más se ajuste a las preferencias expresadas con el voto: cambio pero no radical, continuidad pero no prolongación de un estado de cosas insatisfactorio para la mayoría. Estabilidad para reformar, una buena síntesis.

El paso de los días, por otra parte, aunque lento dadas las tareas que esperan, no está resultando indiferente al desenlace. Dos casos, al menos, lo corroboran. Primero: los que precisamente por su desprecio de las formas parece que quisieran autoexcluirse. Segundo: los que son víctima de su propia indolencia frente a la principal amenaza de nuestra democracia: la corrupción, esa voraz planta que trepa por el árbol de la política, y que no podrá extirparse mientras convivir con ella no implique pérdida de poder o de oportunidades de conseguirlo.

Hay que aprovechar, en todo caso, cada hora. No están las circunstancias para pausas ni cómodos recesos: ni en el entorno más próximo, ni en nuestra propia casa. El proyecto europeo vuelve a situarse en una encrucijada: a las muchas tensiones políticas y sociales que ha provocado la crisis económica se suman hoy el impacto del terrorismo, la crisis de los refugiados y conflictos geoestratégicos de largo alcance. Terreno fértil para la proliferación de propuestas y movimientos populistas con voluntad de parar o desandar parte de lo ya recorrido: “la Europa del no”, como se ha escrito con brillantez (J. Gual): la que no acepta cuotas de refugiados, la que se opone a culminar la unión bancaria, la que no quiere compartir el control del cambio climático, la que recorta derechos políticos… En todos esos flancos los próximos meses serán decisivos, una instancia adicional de urgencia para despejar los componentes de incertidumbre que dependen de nosotros mismos. Desde la perspectiva económica, dicha clarificación no admite demoras: el calendario para la refinanciación de los altos niveles de endeudamiento es inapelable y la confianza de los agentes económicos tiene ahora los dos ojos puestos en el clima político.

Tiempo, sí, pero solo el estrictamente necesario. Incluso en carnaval.

Indicador de coyuntura: Enero 2015

El Ind-ALDE se ha actualizado para el mes de diciembre con los datos publicados hasta noviembre de ventas y producción industrial, y hasta diciembre de renta y de afiliados. El indicador sigue indicando que el ritmo de la actividad económica ha perdido vigor desde la segunda mitad de 2015. Una vez incorporados los nuevos datos, el valor del indicador en diciembre es de 3,8, solo un poco por encima del nivel de noviembre.

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Atendiendo a las tasas de crecimiento interanuales, todos los indicadores individuales que forman parte del Ind-ALDE presentan valores por encima de los registrados en el mes anterior. La producción industrial y las ventas crecen en noviembre 5,7% y 4,6%, frente a los valores que presentaron en octubre de -0,2% y 2,7%. Por su parte, la renta y los afiliados pasan de crecer 4,3% y 2,8% en noviembre a crecer 4,4% y 3,1% en diciembre.

Indicador de coyuntura: Diciembre 2015

El Ind-ALDE se ha actualizado para el mes de noviembre con los datos publicados hasta octubre de ventas y producción industrial, y hasta noviembre de renta y de afiliados. Como mensaje para terminar el año 2015, el indicador indica que la recuperación de la actividad que se inició en 2013 se confirma en 2014 y se afianza en 2015. No obstante, parece que el ritmo de la actividad económica ha perdido vigor desde la segunda mitad de 2015. Una vez incorporados los nuevos datos, el valor del indicador en noviembre es de 3,5, un poco por debajo de los valores que presentaba a principio de año cercanos a 5.

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Atendiendo a las tasas de crecimiento interanuales, todos los indicadores individuales que forman parte del Ind-ALDE presentan valores por debajo de los registrados en el mes anterior. La producción industrial y las ventas crece en octubre -0,3% y 2,8%, frente a los valores que presentaron en septiembre de 3,7% y 3,4%. Por su parte, la renta y los afiliados pasan de crecer 5,8% y 3,8% en octubre a crecer 4,2% y 2,8% en noviembre.

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Como es costumbre en la última entrada del año me gusta hacer un pequeño balance de la evolución económica anual. El 2015 comenzó con valores del indicador cercanos al 5% aunque desde el pasado verano la evolución del indicador muestra síntomas de agotamiento. Esta evolución coincide con la que han marcado otros indicadores de actividad económica como el Indicador Sintético de Actividad (ISA) que elabora el Ministerio.

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La pérdida de vigor en el movimiento de los indicadores coincide con la evolución del PIB de la economía española. El primer trimestre del año empezaba creciendo un 0,9%, el segundo trimestre aceleró su ritmo de crecimiento al 1% y acabó el tercer trimestre subiendo un 0,8%.

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¿Qué podemos esperar en el cuarto trimestre? De consolidarse las tendencias registradas en los indicadores disponibles a la fecha de cierre del último observatorio económico del Servicio de Estudios del BBVA publicado a comienzos de diciembre y siguiendo el modelo de previsión de corto plazo conocido como MICA-BBVA, se estima que el avance trimestral del PIB podría alcanzar un 0,8%, situándose en valores cercanos a los del trimestre precedente. Por tanto, se confirmaría que el crecimiento de la economía española seguiría siendo sólido.

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Si hoy es viernes, esto aún es España

Publicado en El Mundo el viernes 9 de Octubre (Día de la Comunidad Valenciana). Texto: Jordi Paniagua

http://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2015/10/09/56177a74ca4741653a8b46a3.html

El enredo catalán recuerda a la disparatada comedia Si hoy es martes, esto es Bélgica (1969) en la que un grupo de turistas americanos se proponen visitar la mayor parte de los países europeos en tan sólo 18 días. Sin ocasión de disfrutar del viaje, logran cumplir su reto acumulando fotos frenéticamente, pero sin saber dónde han estado exactamente. En Cataluña, una serie de turistas de la política se ha propuesto un reto similar: acumular el mayor número de votos sin tener la más mínima idea de cómo quedaremos todos al final del viaje.

Si además de viernes, hoy es 9 d’Octubre, en Valencia todavía compartimos país con nuestros vecinos del norte. Parafraseando al gran Vinicius de Moraes: Porque hoy es viernes, hay la perspectiva del sábado. Es imposible huir de esa dura realidad. ¿Qué sucedería si mañana sábado el Sénia dibujara una frontera entre nosaltres el valencians i vosaltres els catalans? Se lo avanzo (por si tienen un cierto hartazgo y prefieren dedicar los minutos de la lectura posterior a preparar la Mocaorà): la independencia tendría un alto coste para Cataluña, pero también para el resto de España y muy especialmente para Valencia.

El encaje de Cataluña nos afecta especialmente en Valencia. Cataluña, además del vecino del norte, es el principal socio comercial de Valencia y la única vía terrestre hacia Europa. La independencia política de momento no tiene el poder para decidir sobre la geografía. A diferencia de otras CCAA, que ya se han preocupado de potenciar el corredor central para hacer llegar sus productos a Europa de manera alternativa, las exportaciones valencianas (60% por medios terrestres) pasan necesariamente por Cataluña.

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Valencianos y catalanes somos más que vecinos. Puede que no compartamos ni identidad ni acento, pero compartimos un mismo espacio común. Ese espacio común que es un estado democrático es mucho más que el conjunto de sus partes o la suma de balanzas fiscales. Podemos expresar nuestras opiniones libremente en varias lenguas y equivocarnos o acertar al elegir a nuestros gobernantes. Tenemos incluso los mecanismos legales para mejorar lo que nuestros padres pensaron hace treinta años que era lo mejor para nuestro futuro presente.

En el interior de los estados suceden cosas sorprendentes que afectan a su economía. El diseño territorial, la regulación, las preferencias de los consumidores o la redistribución fiscal afectan muy especialmente al patrón y a la composición del comercio. Para muchos economistas, una de las facetas más fascinantes de los estados es que se comercie mucho más dentro de sus fronteras que con el exterior.

En 1995 el profesor McCallum descubrió asombrado que a pesar de las abrumadoras similitudes entre el sur de Canadá y el norte de EEUU, las regiones canadienses comerciaban 20 veces más entre ellas que con sus vecinas estadounidenses. Desde entonces, el «efecto frontera» ha sido ampliamente documentado en multitud de investigaciones a lo largo de distintas fronteras. Durante estos veinte años hemos ido observando y entendiendo mejor sus mecanismos. Por ejemplo, los franceses comercian ocho veces más entre franceses que con los alemanes, aunque éstos últimos sólo lo hacen tres veces más. En promedio, la Europa de los doce comercia cuatro veces más dentro de sus fronteras.

Es justo reconocer (precisamente hoy en la fiesta de todos los valencianos), que fueron tres profesores de la Universitat de Valencia los primeros en cuantificar el efecto frontera para España. Pero no piensen que Spain is different, de hecho somos bastante normales, ya que el caso español arroja unos resultados similares a los del resto del mundo. Los valores fluctúan entre 8,5 para Madrid y alrededor de 60 veces para las Islas Baleares. En Valencia estamos cerca del promedio nacional y exportamos 21 veces más al resto de España que al extranjero. Cataluña no es una anomalía. El comercio de Cataluña con el resto de España es 22 veces mayor que con el extranjero (esto significa que las empresas catalanas exportan un 2200% más a otras autonomías que al resto del mundo).

Imaginemos que una Cataluña «libre» fuera un país normal dentro de la UE. En este caso sería razonable suponer que sus patrones comerciales fueran los que observamos habitualmente en economía comercial. Por consiguiente, no es descabellado pensar que observáramos en un hipotético estado Catalán el mismo efecto frontera que en el resto todos los países normales (puede que en Suiza no tanto). Sería sorprendente aspirar a ser un país normal en todos los aspectos menos precisamente en este. Como sucedió entre Eslovaquia y la República Checa tras su ruptura en 1993. Tan sólo en cinco años el comercio entre checos y eslovacos descendió un 20%. Aceptemos a Cataluña como estado de compañía y estudiemos cómo afectaría el cambio del patrón comercial a la economía.

Supongamos que Cataluña se independiza elegante y amistosamente, conservando unas instituciones plenamente democráticas. Sin ningún boicot, dentro de la UE, manteniendo relaciones cordiales con sus ex vecinos y sin realizar ninguna transferencia fiscal. Dibujemos tan sólo una frontera en el Sénia e imaginemos que tenemos las mismas fricciones comerciales con Cataluña que con Portugal. Bajo este escenario, los profesores de la Universidad de Edimburgo, Comeford, Myers y Mora (Revista de Economía Aplicada, 2014), estiman, mediante un equilibrio general para esta nueva economía, un descenso de las rentas catalana y española del 6,1% y 3,9% respectivamente. La desconexión catalana es también una desconexión española y nos afecta a todos.

Son las cifras conservadoras del empobrecimiento mutuo, ya que el análisis presupone que se eliminan totalmente las transferencias fiscales y supone que Cataluña se abre más al mundo (y menos a España). Pero es improbable que un nuevo estado catalán esté exento de un cierto grado de distribución fiscal. Al integrarse en Europa como un país con un PIB por encima de la media, Cataluña sería un contribuyente neto, como Alemania u Holanda. En vez de contribuir a la solidaridad territorial con Andalucía y Extremadura directamente, lo haría a través de la caja en Bruselas junto con las aportaciones para el resto de regiones más desfavorecidas de Europa. Con el nivel actual de transferencia fiscales, el descenso del PIB Catalán sería más del doble, un 12,8%.

Sin embargo, el flujo fiscal tiene una segunda derivada: ayuda a compensar los flujos y tensiones migratorias entre países y regiones. Es cierto que nadie paga con una sonrisa los impuestos, sobre todo cuando no se disfruta proporcionalmente de la inversión y servicios públicos. Pero la evidencia empírica nos indica que cuando se corta el tren del dinero, se fleta el tren de la migración. Migración, comercio y desigualdad van de la mano. Puede que el sistema actual de solidaridad interterritorial no sea ni óptimo ni justo y se podría mejorar sin duda. Es cierto que la subvención limita el desarrollo del sur. Pero las experiencias pasadas (en los tiempos donde no existían transferencias de renta) nos invitan a pensar que en un sistema sin apenas transferencias disminuye el bienestar social neto.

Por tanto, la redistribución fiscal no es una aportación enteramente altruista. Salimos ganando todos. La solidaridad entre territorios viene normalmente acompañada de una relación comercial. El mecanismo es parecido a la máxima franciscana: «dando es como se recibe». Parte del aumento de la renta de las regiones receptoras se destina a importar productos y servicios de las regiones que más recursos aportan a las arcas del estado. En teoría, la balanza comercial compensa la fiscal y todos salen favorecidos. El problema es que en el caso catalán esto no sucede.

Cataluña comercia principalmente con las otras CCAA que presentan un déficit fiscal como Valencia, Aragón, Madrid, País Vasco y Baleares. Exceptuando Andalucía, que es el principal destino de las exportaciones catalanas, las CCAA con una balanza fiscal positiva son las que menos comercian con Cataluña. Es decir, que Cataluña da pero no recibe tanto. Este es uno de los puntos centrales que esconde el argumentario independentista, dando no se recibe, o al menos no se recibe tanto.

En cambio, en Valencia la situación es diferente. Las balanzas fiscal y comercial se ajustan mejor en Valencia que en Cataluña. La mayor parte de nuestras exportaciones regionales van dirigidas hacia Cataluña, más del doble que a cualquier otra CCAA. Pero a diferencia de Cataluña, el comercio valenciano es más intenso con CCAA netamente receptoras (Andalucía, Murcia, Castilla la Mancha) y nuestro déficit fiscal se compensa en parte con un superávit comercial.

Un parón brusco en la solidaridad interterritorial provocaría bien una carga sobre las CCAA donantes o una disminución de las cantidades recibidas por las receptoras. En cualquiera de los dos casos, la economía valenciana se vería perjudicada. Bien porque aportaríamos más a la hucha común o porque nuestros principales socios comerciales tendrían menos dinero disponible para comerciar con nosotros. Por lo tanto, la caída del PIB Valenciano estaría más cerca del 12% catalán que del 6% español.

Más allá de las balanzas comerciales y fiscales, existe un tercer factor que habitualmente pasa desaparecido. El efecto frontera no afecta únicamente al volumen del comercio, también incide sobre su composición. No todas las empresas son iguales, las menos productivas abastecen al mercado doméstico y a partir de cierto umbral de productividad, las empresas se lanzan a la exportación. El umbral de productividad entre Valencia y Cataluña aumentaría, ya que sería más difícil exportar productos «made in Catalonia» o «made in Valencia (Spain)». La evidencia empírica nos hace pensar que las barreras administrativas inciden negativamente sobre el umbral de productividad necesario para comerciar. Esto significa que empresas que antes comerciaban libremente descubren que ya no les sale a cuenta hacerlo. Una hipotética secesión relegaría a las empresas menos competitivas al mercado doméstico.

Las empresas con una productividad media o alta también se verían afectadas. La reciente crisis es un desgraciado laboratorio para estudiar este tipo de efectos. Investigaciones recientes demuestran que algunas de estas empresas ajustarían la calidad de sus productos a la baja para hacer frente a shocks exógenos en la demanda de productos o en la disponibilidad de crédito. Una rebaja de la calidad permite vender más barato a menos coste y superar el corte. Sin embargo, la mayoría de empresas no pueden variar demasiado la calidad de sus productos. Estas empresas se ven abocadas a vender los mismos productos a precio menor para mantenerse a flote. A corto plazo, la única opción realista para muchas empresas con una productividad media-baja (como la mayoría de las empresas de nuestro entorno) es bajar los salarios. Parte de estas empresas lograrían seguir exportando, pero no por su mejor calidad o valoración, sino vía deflación salarial. A corto plazo las empresas catalanas y valencianas se embarcarían en un viaje a la deflación y la mediocridad.

Sin embargo, con el paso de los años la situación se estabilizaría para volver a niveles parecidos a los de hoy en día. Pero ese largo plazo estaría precedido de un corto plazo con salarios más bajos y una caída estimada del PIB diez veces superior a la de la crisis del 2007. Ha pasado casi una década desde el inicio de la crisis y aun no hemos logrado niveles de empleo parecidos a los de entonces. Pero parece poco probable que la amalgama política salida de las urnas del 27-S acepte alegremente asumir más recortes para llegar a un destino incierto de aquí 10, 20 ó 30 años. Más bien al contrario.

¿Cómo se puede construir un país normal sin asumir los costes normales de ser un país? Incrementar la soberanía nacional en una economía global conlleva un coste. Si no se está dispuesto a asumir el coste económico se pagará un peaje democrático. Una frontera soberana entre países democráticos empobrece a ambos, por ejemplo disminuyendo el comercio. En cambio, países opacos, por ejemplo los paraísos fiscales, gozan de las ventajas del comercio y de la soberanía simultáneamente.

Jordi Paniagua es profesor de la Universidad Católica de Valencia e investigador asociado del Instituto de Economía Internacional.

¡Qué roben otros!

En cuanto la interpretación de los resultados electorales del paso domingo caben dos interpretaciones no necesariamente excluyentes. La primera sería el grito profundamente Ortegiano “¡Qué roben otros!” Es decir una sustitución de un partido y unos dirigentes marcados por la corrupción por otros partidos con personas en principio honestas (o que no han estado en posición de poder corromperse). La segunda interpretación sería un cambio en las preferencias de la población sobre la política económica y en particular el gasto público a nivel local y autonómico.

Sin desmerecer el factor Ortegiano, la segunda explicación tiene unas implicaciones más profundas en las políticas que implementen nuestros dirigentes a partir de ahora. La más evidente es que la austeridad simplemente no funciona. No es que los modelos macro de reacción fiscal se equivoquen (que también podría ser) ni por el acierto de las políticas Keynesianas de expansión del gasto público.

La austeridad no funciona porque la propensión marginal al suicidio político tiende a cero. Puede que las medidas de adelgazamiento de a deuda, reducción del gasto público, racionalización del sector público, devaluación interna y reducción de salarios para aumentar la competitividad, apertura comercial etc. sean justo lo que necesite nuestra economía en estos momentos. Pero atendiendo a los resultados electorales, ningún político tiene incentivos para continuar con este tipo de políticas, ya que los votantes han premiado a los partidos con políticas opuestas a las ortodoxas. Es decir, era previsible que los votantes se hartaran de esperar pacientemente recorte tras recorte a que se ajuste la economía en periodo indeterminado.

Tal como lo explicaba Keynes en The Economic Consequences of Mr. Churchill (1925):

The working classes cannot be expected to understand (..) Those who are attacked first are faced with a depression of their standard of life, because the cost of living will not fall until all the others have been successfully attacked too; and, therefore, they are justified in defending themselves. Nor can the classes which are first subjected to a reduction of money wages be guaranteed that this will be compensated later by a corresponding fall in the cost of living, and will not accrue to the benefit of some other class. Therefore they are bound to resist so long as they can; and it must be war, until those who are economically weakest are beaten to the ground”.

¿Qué alternativas hay para compatibilizar las preferencias de los votantes a corto plazo con un modelo de crecimiento a largo plazo? La primera es la Marxista: “Estos son mis modelos, si no le gustan, tengo otros”. La segunda es la Ortegiana: “¡Qué recorten otros!” La tercera es confiar que entre los miles de papers que producen las mentes económicas más brillantes haya al menos uno que encuentre la solución.

No solo viento de cola

Es un dato que despeja dudas: el crecimiento del PIB en el primer trimestre de este año, nueve décimas respecto al trimestre anterior (que coloca la tasa interanual en un 2,6 por ciento), indica un vigor más que notable en la fase de recuperación de la economía española. Nada que ver con el desmayado repunte que se conoció en 2010 (entonces el aumento del PIB, en tasa interanual, no sobrepasó el 0,5 por ciento), breve interludio entre las dos recesiones padecidas entre 2008 y 2013. Ahora los sucesivos registros trimestrales ofrecen consistencia (son ya siete positivos en medida intertrimestral) y están acompañados de múltiples indicadores en la misma dirección.

Al Gobierno le ha faltado tiempo para airearlo, pues supone un verdadero “vuelco” de la situación comatosa que se encontró al comenzar su andadura. Y ha aprovechado para presentar el Programa de Estabilidad, 2015-18, antes de remitirlo a la Comisión Europea, en el que se dibuja un nuevo ciclo propiamente expansivo, con crecimientos altos y mantenidos del PIB y del empleo, reducción sustancial del déficit público y buenos registros en el sector exterior. Su cumplimiento permitiría recuperar en 2016 el PIB perdido en los años de recesión más aguda (hasta 7,5 puntos porcentuales) y rebajar en el cuatrienio casi diez puntos la tasa de desempleo (dejándola en 15,6 por ciento en 2018): buen balance, aunque no para tirar cohetes: nos habrá costado cinco años más que Alemania o a Francia esa recuperación del valor de nuestra producción de bienes y servicios, y al terminar la década el desempleo estaría todavía lejos de bajar de los dos dígitos.

Hay motivos, en todo caso, para la autoestima (algo muy distinto de la autocomplacencia, siempre mala compañera, por decirlo al modo ramoniano) y también para el elogio. Es verdad que varios factores ajenos han concurrido para empujar con fuerza en los últimos meses: facilidades de financiación del BCE, abaratamiento del petróleo, depreciación del euro; pero todos ellos también han estado soplando las velas de los demás, y prácticamente nadie en la Eurozona los ha aprovechado tanto como la economía española. Algo habrá que poner también en el haber de la agenda reformista desplegada durante la legislatura que ya emboca su final. Y también, y no desde luego en último lugar, convendrá subrayar el meritorio comportamiento de las empresas españolas, que han sabido capear el temporal demostrando una sobresaliente capacidad de gestión: tómese como referencia que, en las más adversas circunstancias, han ampliado su radio de acción en los mercados internacionales (más del 50 por ciento de las exportaciones españolas ya se colocan fuera de la Eurozona), aumentando año a año el censo de las empresas exportadoras (ya en torno a 150.000). Un desempeño ciertamente elogiable, dado el papel decisivo que en una economía avanzada y en una sociedad abierta le corresponde al empresario, uno de los pilares fundamentales del tejido social. Y se necesitará la movilización de toda la sociedad civil para dejar definitivamente atrás una crisis que tan profundas heridas ha causado. No bastará con el viento de cola.

El año de los tres test

El título que encabeza estas líneas no quiere recordar alguna vieja película de Saura (“Stress es tres, tres”, aburridísima, por cierto), ni tampoco los juegos aliterativos que tan brillantemente dominaba Cabrera Infante (“Tres tristes tigres”); tan solo pretende señalar que durante el curso de 2015 se evaluará en tres campos distintos la aptitud de España para mirar de frente al futuro inmediato.

Primero, test para la democracia. A tenor de los resultados de las elecciones autonómicas en Andalucía y de los sondeos de opinión, 2015 está destinado a alumbrar un nuevo escenario político, con pérdida de peso de los dos grandes partidos y la comparecencia relevante de nuevas formaciones políticas de rango nacional: 4 en vez de 2; cuando menos, bipartidismo corregido, dejando atrás casi un tercio de siglo de mayorías absolutas, para abrir un nuevo pasaje en la historia presente de nuestra democracia, donde la estabilidad tendrá que basarse no en la hegemonía de un partido sino en acuerdos mantenidos entre diversos grupos parlamentarios o, eventualmente, en la destreza de quienes gobiernen con el respaldo sólo de una minoría mayoritaria en los respectivos parlamentos. Ambas situaciones, debe añadirse, ni son singulares en Europa —en toda la UE proliferan nuevos partidos, “insurgentes” los ha calificado el “Times” londinense— ni son tampoco desconocidas entre nosotros, tanto en la práctica de bastantes gobiernos autonómicos como en el ciclo político de la Transición. No nos adentramos, pues, en un territorio ignoto, absolutamente desconocido, hay que subrayarlo. Como conviene alertar contra la idea de que sólo las mayorías absolutas procuran estabilidad y son eficaces para combatir la incertidumbre: mucho mejor es el buen funcionamiento de las instituciones y una cultura de concertación, de pacto sobre intereses generales o públicos. La cultura del acuerdo como bien democrático, del compromiso como deber ciudadano, de la negociación como fuente de proyectos colectivos compartidos. Un buen examen de aptitudes y actitudes democráticas.

Segundo test, el de la recuperación económica, el de su solidez. Los indicadores se muestran unánimes en sentido positivo: tanto los que captan el “clima” (“confianza de los consumidores”, “sentimiento económico”) como los que registran la evolución de la actividad productiva (general o sectorial), tanto los relativos a la inversión como los que miden las ventas del comercio y el consumo de bienes representativos, tanto los financieros (crediticios y bursátiles) como los del mercado del trabajo. Después de siete años de caída o de bajo crecimiento, 2015 puede acabar arrojando una tasa (en torno al 3 por ciento) fronteriza con una fase propiamente expansiva, que facilitaría recuperar pronto el terreno perdido en términos de PIB (-7,5 por ciento) durante la crisis. Aún prolongándose las secuelas de esta —paro, desigualdad, deuda, déficit—, 2015 supondría así la recuperada capacidad de la economía española para conocer otro ciclo de crecimiento.

Queda el tercero, el tercer test de este año no poco crucial para España. Es el menos novedoso, aun cuando tenga notas diferenciales con sus precedentes: el del nacionalismo soberanista. Del 9 de noviembre de 2014 al 27 de septiembre de 2015. Otra vuelta de tuerca, otra prueba de resistencia de materiales. Tendremos ocasión de hablar de ello.

Una visión más favorable de la industria española, por Rafael Myro

La Contabilidad Nacional de España con base en 2010 ofrece una imagen sustancialmente mejor de la que hasta hace muy poco teníamos de la evolución de la industria manufacturera durante los años anteriores a la crisis. También la CNE con base en 2008 mejoró la imagen ofrecida por la CNE con base 2000, pero sólo en lo referente a la productividad del trabajo, y en detrimento de la creación de empleo.

De acuerdo con los últimos datos, y centrándonos en el período más comparable, de 2001 a 2007, el VAB manufacturero creció a una tasa media real del 2% anual, y no del 1,1% (CNE2008), ni del 1,2% (CNE2000). Es decir, que se elevó 0,9 décimas anuales más de lo que contabilizábamos en estos últimos años. Por su parte, el empleo manufacturero (medido en puestos de trabajo), que aumentó según la CNE2000, se redujo sensiblemente según la CNE2008 (-1,1% anual), mientras que en la nueva estimación decrece más moderadamente (-0,6% anual). Como consecuencia, la productividad del trabajo, que apenas crecía en la primera estimación con base en 2000 ha pasado a aumentar a un ritmo del 2,6% anual en la última, la de 2010. No está nada mal, sólo medio punto menos que el avance logrado en Alemania, y ello a pesar del fuerte incremento de la inmigración en España, que ha incentivado producciones intensivas en trabajo.

Estos datos revelan pues un crecimiento apreciable de las manufacturas en el período considerado, con un notable aumento de la productividad y sin una elevada pérdida de empleo (menor que en otros países)

¿Qué ha podido ocurrir para que el INE ofrezca semejante revisión al alza? Al margen de posibles factores ligados a la nueva metodología de cálculo de las magnitudes económicas, cuya incidencia se me escapa, mi sospecha es que el crecimiento del VAB ofrecido hasta ahora se compatibilizaba mal con la expansión experimentada por las exportaciones de bienes (el 82% son manufacturas), que en el mismo período alcanzaron una tasa media anual de aumento del 4,4% en términos reales. Como es sabido, la crisis ha hecho que miráramos más y mejor a nuestras exportaciones.

Como puede verse en el Gráfico 1, existe una estrecha relación en el periodo contemplado entre el crecimiento por países del VAB real y el de las exportaciones de bienes. Ahora España se sitúa en el lugar apropiado. Y es que en contra de la creencia extendida de que el avance de nuestras exportaciones es algo reciente, propio de esta crisis, la realidad es que cuenta con una trayectoria muy larga, con crecimientos a tasas muy elevadas, superiores a las de otros países europeos, desde hace ya bastante tiempo (en la década de 1990 a la tasa real del 11,1% anual)

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También puede observarse en el gráfico citado que España superó en crecimiento del VAB manufacturero a Francia, Italia y Gran Bretaña, quedando sólo por debajo de Alemania, entre las grandes economías. Las pequeñas y de más reciente incorporación a la EU fueron las que más crecieron.

A mi juicio, lo expuesto avala tres conclusiones para las que también existen otros muchos elementos de apoyo: a) que los problemas de la industria española están íntimamente relacionados con la profunda crisis económica que ha atravesado nuestro país desde 2008. No son anteriores; b) más en concreto, están ligados a la formidable caída de la demanda y a la restricción financiera;  c) que nuestro modelo productivo es más fuerte de lo imaginado; no podría ser de otra forma dada la evolución de las exportaciones.

Podría añadirse a ellas que la recuperación de la demanda interna y externa probablemente encontrará en la industria española una sólida respuesta en términos del aumento de la oferta, pero desconocemos el alcance de los daños originados por la crisis, el efecto de la destrucción de miles de establecimientos y empleos. Por otra parte, no cabe duda de que se requieren profundos cambios en el modelo productivo para garantizar un firme crecimiento industrial a largo plazo. Comenzando por un serio esfuerzo innovador. Aunque la productividad del trabajo en las manufacturas creció sólo algo menos que en Alemania, lo hizo con mucho mayor apoyo en el capital por trabajador y con parcas ganancias de PTF.

Podría objetarse a lo señalado hasta ahora que las manufacturas españolas podrían haber crecido más, puesto que la demanda interna española aumentó con mucha rapidez. Sin embargo, si aceptamos una estimación de la elasticidad de la demanda de importaciones de bienes de 2,13 (1), resulta que las importaciones crecieron menos de lo esperado, en un momento de alza relativa de los costes laborales y de encarecimiento del euro (Gráfico 2). Este hecho añade una conclusión más a las ya expuestas con anterioridad, las exportaciones son clave para el crecimiento de la industria y para la reindustrialización que necesita nuestra economía. A corto plazo no hay vías de sustitución de importaciones, porque la industria española tiene ya una acrisolada especialización inter e intra-índustrial. A medio plazo tal vez si, siempre que nos tomemos en serio la ciencia y el capital humano.

Importaciones

(1) García, C.; Gordo, E,; Martínez-Martín, J. y Tello, P.(2009): Una actualización de las funciones de exportación e importación de la economía española, Banco de España, Documentos Ocasionales, nº 0905

 

 

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Un año crucial

Enero se ha despedido eliminando cualquier duda acerca del singular relieve que está destinado a alcanzar 2015. No sólo en España; también a escala europea el primer mes del año ha concluido con novedades que anuncian cambios de largo recorrido, quizá de época, con Draghi y Tsipras, cada uno por su lado, como abanderados. Aquí, en todo caso, ese adiós ha estado acompañado de señales anticipadoras de un ejercicio que está llamado a ser gozne entre tiempos muy distintos, una encrucijada, por eso mismo, en la historia de nuestro presente. Tres me parecen especialmente destacables. Primera, la convocatoria de los comicios autonómicos en Andalucía, que viene a redondear el intenso, el apretado (disparatado) calendario electoral que nos espera a lo largo del año; segunda, la publicación de diversos indicadores económicos expresivos de una recuperación que toma fuerza; tercera, la multitudinaria manifestación que ha llenado el centro de Madrid justo el último día de Enero, demostrando una más que notable capacidad movilizadora por parte de sus convocantes. Ninguna de ellas nos debe dejar indiferentes.

La cargada agenda de llamamientos a las urnas, uno por trimestre (elecciones andaluzas en marzo, locales y también autonómicas en mayo, catalanas en septiembre, y generales probablemente en noviembre o diciembre, todas las cuales se interpretarán en clave nacional), marcará el tono en el espacio público. El tono bronco y artificioso, tan ruidoso como hueco, que suele presidir casi siempre las campañas electorales, esa servidumbre de la democracia en tanto invitan a la simplificación de planteamientos y programas, a ofrecer duros a cuatro pesetas (o a menos) y a utilizar tan solo el blanco y negro para dibujar la realidad: el peor ambiente para gobernar y también para hacer oposición atendiendo a los intereses generales y no a los meramente partidistas.

Ninguna buena ayuda, sin duda, para el afianzamiento del proceso de recuperación que, semana a semana, parece cada vez más perceptible. Del mercado de trabajo al de la vivienda, del sector exterior al del comercio minorista, los signos positivos que van conociéndose hacen de 2015 un año decisivo para abrir en su curso una nueva fase de crecimiento económico, dejando atrás definitivamente la alargada sombra de una honda y severa crisis.

Por su parte, la vigorosa irrupción en el escenario político de nuevos interlocutores organizados (Podemos, pero no sólo él) implicará muy posiblemente el fin de la prolongada etapa de predominio indiscutido del bipartidismo, con la correspondiente alternancia en el gobierno de la nación. Desde las elecciones generales celebradas a finales de 1982, ese ha sido el modelo, la pauta siempre seguida, que ha aportado un muy alto grado de estabilidad a nuestra democracia (y la estabilidad, no se olvide, es nutriente principal de la confianza, componente clave, a su vez, del quehacer empresarial y de toda la actividad económica). Un tercio de siglo puede estar así llegando a su término.

No va a ser 2015, pues, un año cualquiera. Hoy presenta muchos ingredientes para constituir, más bien y en diversos terrenos, final de una etapa y comienzo de otra. Un año crucial, en definitiva.

Ante un calendario adverso

En la primera página de un viejo manual de Derecho Civil, que hace ya más de cincuenta años era una leyenda en la Facultad de Derecho de la Universidad madrileña, y no tanto por su calidad, que la tenía, como por la obligación de memorizarlo casi íntegramente para superar el correspondiente examen —el “Compendio”, de Federico de Castro, uno de los grandes maestros de los juristas españoles contemporáneos—, se leía que aquel era un tiempo “más que de crisis, de psicosis de crisis”. No sé si ese escueto diagnóstico, bien representativo de la extraordinaria concisión del texto citado, era acertado para su época, pero quizá sí sea válido para este arranque del 2015 en España, cuando una buena parte de la opinión pública expresa una sensación de desaliento que no se corresponde con los registros de muchos indicadores y “signos externos”, y no sólo en el ámbito de la economía. Tan urgente como desechar un frívolo triunfalismo, será entonces combatir cualquier estado colectivo de frustración, cuyos efectos nunca serán buenos.

El país funciona mejor no solo de lo que bastantes dicen, sino también de lo que muchos creen. El ajuste macroeconómico logrado, en términos de equilibrio externo, merece un sobresaliente: pasar en muy pocos años de necesitar que el resto del mundo nos financiara un 10 por ciento del PIB a autofinanciarnos, sin poder devaluar, ha sido un éxito, aunque haya acarreado —“devaluación interior”— altos costes sociales. Algo parecido puede decirse del sistema bancario, que, después de afrontar una severa reconversión —con la ayuda de los recursos aportados por los contribuyentes y las entidades sanas—, hoy ofrece comparativamente un buen estado de revista, como han revelado las más recientes pruebas del Banco Central Europeo. Más importante aún: tras varias andanadas de duros recortes presupuestarios, el sistema de protección social, con servicios y prestaciones de muy amplio espectro, se mantiene en pie y sólido. Y engranajes institucionales que son clave en una democracia, como la justicia, están actuando con probada independencia en medio de situaciones ciertamente comprometidas; así lo demuestran, un día sí y otro también, el curso de determinados procesos que involucran, según los casos, a altas magistraturas del Estado, a partidos políticos, a organizaciones sindicales y a prominentes gestores empresariales. El funcionamiento del país, por decirlo de nuevo de modo coloquial, no merece una visión derrotista. La propia emergencia a la luz pública de la corrupción, tan caudalosa, sin duda indica la “putrefacción” de ciertas élites, pero también es señal de capacidad de reacción social e institucional.

Deberíamos encarar el nuevo año, por tanto, con entereza. No va a ser fácil, pues el nutrido calendario electoral de los próximos doce meses, con plurales convocatorias —locales, autonómicas, generales— propiciará todo menos análisis realistas en quienes quieran ganar adhesiones entre los votantes y determinación política en quienes tienen la responsabilidad de hacer frente a las secuelas de los desequilibrios padecidos y a prolongadas deficiencias estructurales. Pedagogía social y acción gubernamental decidida es lo que hemos de pedir. No estamos ante un fracaso colectivo, pero los problemas planteados —ahora más de orden político que económico— no admiten tiempos muertos o administrados en función de intereses electorales. El crecimiento ha vuelto a la economía española, pero su continuidad y vigor exigen honestidad en las propuestas y pulso político firme, lo mismo que demanda la calidad de nuestra democracia.

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