Indicador de coyuntura: Enero 2015

El Ind-ALDE se ha actualizado para el mes de diciembre con los datos publicados hasta noviembre de ventas y producción industrial, y hasta diciembre de renta y de afiliados. El indicador sigue indicando que el ritmo de la actividad económica ha perdido vigor desde la segunda mitad de 2015. Una vez incorporados los nuevos datos, el valor del indicador en diciembre es de 3,8, solo un poco por encima del nivel de noviembre.

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Atendiendo a las tasas de crecimiento interanuales, todos los indicadores individuales que forman parte del Ind-ALDE presentan valores por encima de los registrados en el mes anterior. La producción industrial y las ventas crecen en noviembre 5,7% y 4,6%, frente a los valores que presentaron en octubre de -0,2% y 2,7%. Por su parte, la renta y los afiliados pasan de crecer 4,3% y 2,8% en noviembre a crecer 4,4% y 3,1% en diciembre.

Año de transiciones

El comportamiento de la economía global, también de la eurozona y la española, estará condicionado por una serie de factores que aun cuando abiertos en el pasado, será en 2016 cuando probablemente concreten su definitiva transición. El asentamiento de las economías emergentes en una senda de menor crecimiento, la adaptación a las políticas monetarias divergentes en EEUU y en la Eurozona y la situación política en España podrían alterar el escenario de estabilidad con el que despedimos 2015.

Apenas iniciado 2016, la directora-gerente del FMI ya se ha apresurado a anticipar que será un año de “crecimiento económico global decepcionante”. En el mejor de los casos será del 3,5%, la última previsión del FMI, un punto inferior al promedio de la década previa a la emergencia de la crisis. No son pocos los analistas que reducen ese ritmo medio al 2,5%, coexistiendo con un crecimiento del comercio internacional inferior incluso al del PIB global, en un contexto geopolítico no más favorable que el observado en 2015.

1. Emergentes hacia menor crecimiento.

 La primera de las transiciones que tendrá lugar en este año es en la tracción de la economía global: desde las economías emergentes que en la década anterior contribuyeron con la mitad del crecimiento mundial a las avanzadas. Con todo, la expansión de estas últimas será insuficiente para mantener ritmos aceptables de crecimiento.

Ha sido el pronunciado descenso de los precios de las materias primas desde hace ya más de año y medio la causa principal de esa contracción en el crecimiento. Solo poco más de cincuenta de las economías clasificadas de bajos ingresos por las agencias multilaterales disponen de una estructura de exportaciones suficientemente diversificada para no sufrir las consecuencias de la atonía global. Desde luego los daños ya son suficientemente explícitos en los dependientes de las ventas de hidrocarburos. Pero también los exportadores de productos agrícolas que llevan casi cuatro años con menores ingresos. La transición a un nuevo ciclo de precios de materias primas es la principal incógnita respecto al futuro de esas economías. A clarificar ese horizonte, especialmente en lo que hace al petróleo, no contribuye la agudización de tensiones en algunos países productores, Arabia Saudí sin ir más lejos.

Del bloque emergente hay que diferenciar lógicamente a China e India, beneficiarias en cierta medida de esos menores costes de las materias primas, pero inmersas en su particular adaptación interna. Especialmente la primera, que trata de adecuar su patrón de crecimiento a un mayor protagonismo del consumo interno, por un lado, y al necesario control de un sistema financiero cuya estabilidad fue cuestionada el pasado agosto, cuando sus autoridades sorprendieron dejando depreciar el tipo de cambio del yuan. Este episodio, recordemos, fue suficiente para aplazar la decisión de la Reserva Federal de elevación de sus tipos de interés. Los elevados niveles de endeudamiento privado, en gran medida comunes a otras economías emergentes, son por si solos una amenaza a la estabilidad global.

Las paradojas de las taxonomías al uso no pueden impedir verificar que la de China es la segunda economía más importante del mundo por la dimensión de su PIB y por la contribución al comercio global. Y de la transición en curso, del tipo de aterrizaje a ritmos de crecimiento sostenibles, dependen otras economías emergentes y algunas avanzadas que son importantes exportadores, como Alemania.

En la volatilidad de sus mercados de acciones observada en esta semana cotizan sin duda las dificultades de esa transición de su sistema financiero hacia uno más homologable con los avanzados, pero también el continuado descenso de su actividad manufacturera.

2. La gran Divergencia.

La segunda transición, no menos ignota, carente de observaciones empíricas que ayuden a anticipar sus consecuencias, es la protagonizada por esa Gran Divergencia en políticas monetarias entre los dos grandes bloques económicos del mundo. La Reserva Federal empeñada en la vuelta a una normalidad tras siete años de laxitud excepcional, y el BCE prolongando quizás más allá de este año su tardía orientación expansiva con el fin de evitar males peores.

La estabilidad financiera global dependerá también de la coexistencia de ambas orientaciones monetarias. Mas sensibles ya se han mostrado aquellas economías emergentes expuestas a la apreciación del tipo de cambio del dólar, en especial las que mantienen niveles de endeudamiento elevados en esa divisa. Pero también los efectos de esa asimetría monetaria y la eventual volatilidad asociada podrían manifestarse en los sistemas financieros de economías avanzadas, en particular en el sector de la gestión de activos.

La mayor solidez de los sistemas bancarios en general, no impide constatar vulnerabilidades en aquellos como los de la eurozona obligados a capear esa transición a la normalidad monetaria con márgenes de intermediación estrechos, también propiciadores de una mayor agresividad en la inversión, susceptible de amplificar episodios de inestabilidad financiera.

Esas dos transiciones – hacia una menor expansión de las emergentes y hacia la normalidad monetaria– condicionarán el comportamiento de las economías avanzadas. A pesar de la inequívoca recuperación de EEUU y Reino Unido ambas crecerán por debajo del promedio de los años anteriores a la crisis y menos también que en cualquier otra fase de recuperación precedente.

El crecimiento económico de la eurozona, previsto en el entorno del 1,5% en este año coexistirá con bajos niveles de inversión, débil crecimiento de la productividad y reducidas contribuciones de las exportaciones que no favorecen la transición a la normalidad. Por el contrario, propician que la eurozona convierta en realidad esas invocaciones al “estancamiento secular”, a una larga fase en la que a pesar de bajos tipos de interés la debilidad de la demanda siga inhibiendo la confianza y las decisiones de inversión.

Transiciones abiertas en Europa son también las derivadas de la crisis de los refugiados o de la posibilidad de abandono de Reino Unido de la UE, que tampoco favorecen una clarificación del entorno más inmediato en el que la economía española se desenvolverá.

3. La transición española.

Es difícil que la economía española se sustraiga a las contingencias comentadas. En especial cuando en su recuperación han sido tan determinantes esos vientos de cola asociados a un entorno exterior favorable desde 2013: el descenso en los precios de las materias primas, la política monetaria expansiva del BCE y la consiguiente depreciación del tipo de cambio del euro. El mejor de los escenarios es el previsto por la mayoría de las agencias multilaterales y analistas en otoño en el que anticipaban un crecimiento para este año apenas medio punto inferior a ese 3,2% para 2015.

A esa incertidumbre se añade la más específica vinculada a la situación política española: a la capacidad para definir un gobierno en un plazo relativamente cercano. La situación en Cataluña, y las exigencias de negociar con la Comisión Europea nuevos objetivos de déficit público son las tareas más perentorias. Que los mercados financieros, en especial los más sensibles de deuda pública, no hayan dado hasta ahora muestras de gran inquietud por esa transición no debería servir de excusa para tratar de prolongar excesivamente la transición abierta hacia un nuevo gobierno.No solo porque las necesidades de renovación y emisión de deuda pública en 2016 serán elevadas, sino porque la ampliación del potencial de crecimiento de nuestra economía requiere de decisiones rápidas y de amplio respaldo.

(Diario El País: 10/01/2016)

Indicador de coyuntura: Diciembre 2015

El Ind-ALDE se ha actualizado para el mes de noviembre con los datos publicados hasta octubre de ventas y producción industrial, y hasta noviembre de renta y de afiliados. Como mensaje para terminar el año 2015, el indicador indica que la recuperación de la actividad que se inició en 2013 se confirma en 2014 y se afianza en 2015. No obstante, parece que el ritmo de la actividad económica ha perdido vigor desde la segunda mitad de 2015. Una vez incorporados los nuevos datos, el valor del indicador en noviembre es de 3,5, un poco por debajo de los valores que presentaba a principio de año cercanos a 5.

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Atendiendo a las tasas de crecimiento interanuales, todos los indicadores individuales que forman parte del Ind-ALDE presentan valores por debajo de los registrados en el mes anterior. La producción industrial y las ventas crece en octubre -0,3% y 2,8%, frente a los valores que presentaron en septiembre de 3,7% y 3,4%. Por su parte, la renta y los afiliados pasan de crecer 5,8% y 3,8% en octubre a crecer 4,2% y 2,8% en noviembre.

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Como es costumbre en la última entrada del año me gusta hacer un pequeño balance de la evolución económica anual. El 2015 comenzó con valores del indicador cercanos al 5% aunque desde el pasado verano la evolución del indicador muestra síntomas de agotamiento. Esta evolución coincide con la que han marcado otros indicadores de actividad económica como el Indicador Sintético de Actividad (ISA) que elabora el Ministerio.

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La pérdida de vigor en el movimiento de los indicadores coincide con la evolución del PIB de la economía española. El primer trimestre del año empezaba creciendo un 0,9%, el segundo trimestre aceleró su ritmo de crecimiento al 1% y acabó el tercer trimestre subiendo un 0,8%.

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¿Qué podemos esperar en el cuarto trimestre? De consolidarse las tendencias registradas en los indicadores disponibles a la fecha de cierre del último observatorio económico del Servicio de Estudios del BBVA publicado a comienzos de diciembre y siguiendo el modelo de previsión de corto plazo conocido como MICA-BBVA, se estima que el avance trimestral del PIB podría alcanzar un 0,8%, situándose en valores cercanos a los del trimestre precedente. Por tanto, se confirmaría que el crecimiento de la economía española seguiría siendo sólido.

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DIGITALIZACION INDUSTRIAL EN ESPAÑA

La sostenibilidad de la recuperación de la economía española depende en gran medida de que las exportaciones mantengan la firmeza que las convirtió en uno de los factores determinantes del abandono de la recesión. También han sido cruciales, como es lógico, para que el sector exterior dejara de drenar posibilidades de crecimiento como lo hizo hasta bien entrada la crisis. La continuidad de su dinamismo no está, sin embargo, garantizada.

No les falta razón a quienes consideran que si los propulsores externos – el abaratamiento de las materias primas, la política monetaria expansiva y la consiguiente depreciación del euro- se debilitaran, o los salarios españoles repuntaran, el sector exterior volvería a convertirse en un problema. Quizás no tanto como lo fue en los años de expansión del crecimiento previos a 2007, dado que parte del aumento en la propensión exportadora – la ampliación del censo de empresas vendedoras al exterior, la diversificación de bienes y destinos de las exportaciones- observada durante los últimos años ha podido arraigar. Pero también es fácil convenir que en ausencia de mejoras en la composición tecnológica de las exportaciones de bienes, las vulnerabilidades volverían a ponerse de manifiesto.

En estos últimos años el esfuerzo inversor por mejorar el capital tecnológico no se ha puesto de manifiesto. Acabamos de conocer los datos del INE sobre la inversión en I+D en el pasado año. Han vuelto a ser decepcionantes: el 1,24% del PIB es inferior al de 2013, mucho más que las asignaciones de otras economías avanzadas, e incluso de algunas emergentes. Y en esas condiciones es difícil sostener crecimientos de las exportaciones y contención de las importaciones a medio y largo plazo como sería necesario. En mayor medida cuando la observación de lo que está ocurriendo en la industria global subraya más que nunca la importancia de la dotación tecnológica.

La creciente extensión de la digitalización resume gran parte de esas tendencias. Puede sonar algo exagerado, pero ya se habla de la “cuarta revolución industrial”, para caracterizar al conjunto de transformaciones asociadas a la digitalización del sector manufacturero. “Industria 4.0” o “Industria inteligente” son denominaciones alternativas para describir esa misma tendencia de extensión de la digitalización en las manufacturas. Una verdadera transformación del sector de la que quedar rezagado en su asimilación puede significar la exclusión.

Se trata de una nueva fase en la extensión de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC). De la explotación innovadora de ese binomio fundamental constituido por el cumplimiento de la Ley de Moore -el aumento de la capacidad de computación- y de la Ley de Metcalfe – la extensión de las redes, y más concretamente de la conectividad- que siguen amparando las transformaciones económicas propiciadoras de ganancias de productividad y, desde luego, de fortalecimiento de la adecuación a la demanda. Están en lo cierto quienes tras la extensión de la digitalización en la actividad empresarial anticipan una nueva fase competitiva, de extensión verdaderamente global y, con ello, una suerte de aceleración en las tensiones darwinistas en algunos sectores, con potenciales alteraciones en los liderazgos industriales.

La transformación más explícita en las manufacturas es la mutación de productos convencionales en servicios. La combinación de buenos productos con la oferta de servicios digitales asociados. Un número creciente de manufacturas se encuentran conectadas inalámbricamente, generando datos que a su vez nutren nuevos servicios. El valor asociado a estos puede llegar a ser superior al de los productos originales. Es una de las consecuencias del “internet (en este caso industrial) de las cosas”. En algunas de las notas técnicas elaboradas para ADEI (http://observatorioadei.es/), las amparadas bajo el enunciado de “Digitalización y sectores productivos en España”, se reflejan avances y el potencial en distintos sectores – agroalimentaria, automoción, medios de comunicación, comercio minorista, turismo- esenciales en la industria española para que sus producciones sean más “inteligentes”. La transversabilidiad de la digitalización, su impacto en todos los sectores productivos y en todos los subsistemas empresariales son evidentes. Como lo es la generación de nuevos modelos de negocio o, en definitiva, la contribución a la regeneración empresarial mediante la aceleración de la “destrucción creativa” o el aumento de la competitividad. Convertir la disposición de esas ventajas en prioridad es una condición necesaria para la supervivencia de la base industrial de cualquier economía. En el caso español, la importancia del sector de la automoción, por ejemplo, obliga a tomarse en serio esa intensificación digital.

Un contraste internacional de la extensión de la digitalización en nuestra industria lo proporciona el DESI (Digital Economy and Society Index), un índice compuesto que reúne indicadores considerados relevantes sobre la inserción en la digitalización competitiva. Son cinco las dimensiones que incorpora: conectividad, capital humano, uso de internet, integración de tecnología digital y servicios públicos digitales.

Al igual que ocurre con otros indicadores que miden la inserción en la economía del conocimiento, la clasificación está encabezada por las economías nórdicas. España ocupa la posición 14ª, con puestos más rezagados en conectividad y capital humano. La primera mide el despliegue de infraestructuras de banda ancha y su calidad. El factor más específico de “Integración de la tecnología digital” mide la digitalización de la actividad empresarial así como su explotación en el canal comercial. Se trata de una condición para aumentar la eficiencia agregada, para conectar mejor con los clientes y colaboradores. El último factor constitutivo de ese índice, pero no el menos importante, es la existencia de servicios públicos digitales que además de eficiencia aportan servicios adecuados a los ciudadanos. A la verificación de que son las economías más avanzadas de Europa las que encabezan todos esos indicadores se añade la del avance de economías menos desarrolladas que la nuestra, con vocación de asumir localizaciones de industrias pujantes.

Son indicadores complementarios de otros igual de relevantes como los que incorpora el “Doing Business”, en el que España aparece todavía en la posición 33ª en la última edición. De este se ha hecho una edición especial para las Comunidades Autónomas españolas. Este estudio particulariza la constitución y puesta en marcha de las empresas en el sector industrial y los resultados no son precisamente alentadores. La dispersión territorial de resultados es en cierta medida tranquilizadora: significa que no existe una maldición específica sobre la economía española que obligue, por ejemplo, a retrasar la creación de empresa. Algunas Comunidades Autónomas han conseguido agilizar los trámites y la duración para constituir una empresa, demostrando que es posible si la voluntad política acompaña.

Son esas actuaciones, las orientadas a facilitar la natalidad empresarial, pero también a garantizar la supervivencia exitosa mediante la asimilación de dotaciones tecnológicas necesarias, las que han de confirmar la mejora del dichoso patrón de crecimiento de la economía española. No se trata de cambiar ningún modelo, ni siquiera la estructura sectorial de la producción española, sino de facilitar que la generación de ganancias de productividad se ampare en ventajas competitivas adicionales al coste de factores circunstancialmente reducidos. Se trata, en definitiva, de observar las mejores prácticas en economías de nuestro entorno, donde la capacidad para competir globalmente es compatible con la distribución razonable de la renta. Ambos elementos, producción más eficiente, más intensiva en tecnología y menor desigualdad, son hoy condiciones básicas para la estabilidad y cohesión en las modernas economías.

(Diario El País 20/12/2015)

Transformaciones estructurales e inserción laboral de las mujeres, por José Colino Sueiras

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El gráfico anterior refleja uno de los principales cambios experimentados por la sociedad española en los últimos cuatro decenios: el sustancial aumento de la cuota femenina en el empleo total. De acuerdo con la EPA, entre los terceros trimestres de 1976 y 2015, la participación de las mujeres en la población ocupada ascendió 16,8 puntos porcentuales, emplazándose en un 45,2% en el último de ellos. En términos absolutos y en números redondos, el empleo agregado se incrementó en 5,7 millones de personas, correspondiendo a las mujeres 4,5 millones, lo que implica que el 80% de dicha ampliación ha sido destinada a la ocupación femenina. Recurriendo a Eurostat, en 2014 nuestro dato anual (45,6%) resiste muy dignamente la comparación con los resultantes para los cuatro grandes estados de la UE: Italia (42,3%), Alemania (46,8%), Reino Unido (47,0%) y Francia (48,2%).

A lo largo de la fase temporal contemplada, la terciarización de la economía española, ha favorecido la inserción de las mujeres en el mercado de trabajo. En efecto, el empleo femenino posee una definida especialización productiva. Nueve de cada diez ocupadas en España desarrollaban su actividad en los servicios en 2015TIII, frente a una fracción de dos tercios en el caso de los varones. En el proceso de integración de las mujeres en el mercado de trabajo cabe, como en casi todo, diferenciar dos vectores: crecimiento y composición. En cuanto al primero, la cuota femenina en el empleo no terciario –que ha experimentado un descenso de 3,5 millones de personas de ambos sexos– ha sufrido una merma, al pasar del 22,2% al 20,5% entre los dos terceros trimestres citados. Por el contrario, en el sector servicios ha avanzado desde el 37,2% inicial al 52,6% actual, lo que da lugar a que el efecto crecimiento haya sido positivo. Recurriendo a un sencillo ejercicio podemos aproximarnos al papel desempeñado por ambos vectores. Si a las cuotas femeninas en la ocupación de los cuatro grandes grupos de actividad –Agricultura, Industria, Construcción y Servicios– de 2015TIII le imputamos la composición sectorial del empleo agregado en 1976TIII, el peso de las mujeres en la población ocupada se situaría actualmente en un 34,4%. Por consiguiente, el efecto crecimiento –monopolizado por los Servicios– habría contribuido con seis puntos a la ampliación de la participación femenina en el empleo español, lo que supone poco más de la tercera parte de la mencionada ganancia de 16,8 puntos. Casi las dos tercera partes, por tanto, del aumento de dicha cuota se explicarían por el efecto composición, es decir, por el hecho de que la participación de las actividades terciarias en el empleo agregado presenta un intenso avance, al doblarse a lo largo del periodo: 37,2% en 1976; 76,9% en 2015. Nos encontramos, pues, con un protagonismo absoluto de los Servicios en los dos vectores que han impulsado ese logro de un gran calado económico y social.

Otra de las transformaciones estructurales usualmente citadas es la construcción del Estado del Bienestar, muy conectada con la anterior, dado que la ampliación del empleo de las AAPP es uno de los factores explicativos de la terciarización. Aunque puedan existir ciertos problemas de comparabilidad, la EPA refleja que, entre los dos trimestres citados, el empleo público en España ha pasado de 1,4 a 3,0 millones de personas, lo que ha supuesto un alza de su peso en la ocupación total de un 10,6% a un 16,5%. De nuevo, prácticamente el 80% de ese incremento del empleo ha sido absorbido por las mujeres, cuya participación en la ocupación generada por las AAPP se ha acrecentado de un 25,3% a un 54,0%. El impulso dado a determinadas actividades, como Educación y Sanidad y Servicios Sociales, explican buena parte de esa importante ganancia; téngase en cuenta que, en la actualidad, las mujeres representan las dos terceras partes del empleo en la primera, elevándose a los cuatro quintos en la segunda.

Una última y breve consideración sobre otra de las transformaciones estructurales: la mejora en la distribución de la renta, que a su vez hay que conectar con el incremento de la ratio Gasto público/PIB.  Los estadísticos habitualmente utilizados están huérfanos de la perspectiva de género. Por ejemplo, en la distribución personal de la renta la unidad de análisis convencional es el hogar. Cabe imaginar una distribución perfectamente equitativa: todas las personas pasarían a la escala de rentas con el mismo ingreso equivalente. Supongamos, además, que siempre es el varón el que aporta la totalidad de los ingresos y las mujeres se dedican exclusivamente a las labores domésticas. Los índices utilizados son insensibles a tal eventualidad, sentenciando que hay plena equidad social: ¿Tiene sentido ese dictamen? Puede que alguno, pero desde el punto de vista del rol asignado a hombres y mujeres en la sociedad, ese hipotético estado distributivo carece de la más mínima dosis de equidad.

La inserción laboral de las mujeres constituye un hecho crucial si nos atenemos a la cobertura de uno de los ineludibles objetivos de cualquier sociedad con decencia democrática: la igualdad de género. Obvio es que todavía falta mucho camino por recorrer, desde el desigual reparto del trabajo no remunerado hasta la amplitud de la brecha salarial, lo que no debe conducir a menospreciar la positiva senda que muestra el gráfico. Por otro lado, la puesta en valor de la mitad del capital humano existente en la sociedad constituye un logro que, desde una perspectiva económica, hay que valorar debidamente. En suma, desde nuestra perspectiva, estamos en presencia de una transformación estructural de la economía española que, poseyendo entidad propia, guarda una estrecha relación con tres de las que están más asentadas en la literatura. La cuarta –la creciente integración de la economía en el mercado global– parece, en principio, que es independiente de la cuestión que ha sido objeto de este breve examen.

Indicador de coyuntura: Julio 2015

El Ind-ALdE se ha actualizado para el mes de junio con los datos publicados hasta mayo de ventas y producción industrial, y hasta junio de renta y afiliados. Aunque se observa un leve retroceso del indicador mensual, se sigue moviendo entorno a valores que muestran los síntomas de consolidación de la recuperación iniciada hace ya más de un año. Una vez incorporados los nuevos datos, el valor del indicador en junio es de 3,2 similar al dato que presentó en el mes de mayo de 3,9.

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Atendiendo a las tasas de crecimiento interanuales, todos los indicadores individuales que forman parte del Ind-ALdE, salvo las ventas, muestran un leve retroceso respecto a los meses anteriores. El crecimiento de la producción industrial baja de 2,5% abril a 1,7% en mayo, y la renta y los afiliados bajan de 4,9% y 3,6% en mayo a 4,1% y 3,1% en junio. Por su parte, el crecimiento de las ventas sube de 2,6% en abril a 5,9% en mayo.

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Indicador de coyuntura: Junio 2014

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El Ind-ALdE se ha actualizado para el mes de mayo con los datos publicados hasta abril de ventas, producción industrial y renta, y hasta abril de afiliados. El indicador mensual muestra síntomas de consolidación de la recuperación iniciada hace ya más de un año. Una vez incorporados los nuevos datos, el valor del indicador en mayo es de 4,0 similar al dato que presentó en el mes de abril de 4,1.

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Atendiendo a las tasas de crecimiento interanuales, todos los indicadores individuales que forman parte del Ind-ALDE salvo los afiliados muestran un leve retroceso respecto a los meses anteriores. La producción industrial, las ventas y la renta suben 2,6% y 2.8% y 5,0 en abril, respecto las subidas de 5,1%, 6,9% y 5,1& en marzo, respectivamente. Los afiliados crecieron un 3,6% en mayo frente a la subida de 3,4% en abril.

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¡Qué roben otros!

En cuanto la interpretación de los resultados electorales del paso domingo caben dos interpretaciones no necesariamente excluyentes. La primera sería el grito profundamente Ortegiano “¡Qué roben otros!” Es decir una sustitución de un partido y unos dirigentes marcados por la corrupción por otros partidos con personas en principio honestas (o que no han estado en posición de poder corromperse). La segunda interpretación sería un cambio en las preferencias de la población sobre la política económica y en particular el gasto público a nivel local y autonómico.

Sin desmerecer el factor Ortegiano, la segunda explicación tiene unas implicaciones más profundas en las políticas que implementen nuestros dirigentes a partir de ahora. La más evidente es que la austeridad simplemente no funciona. No es que los modelos macro de reacción fiscal se equivoquen (que también podría ser) ni por el acierto de las políticas Keynesianas de expansión del gasto público.

La austeridad no funciona porque la propensión marginal al suicidio político tiende a cero. Puede que las medidas de adelgazamiento de a deuda, reducción del gasto público, racionalización del sector público, devaluación interna y reducción de salarios para aumentar la competitividad, apertura comercial etc. sean justo lo que necesite nuestra economía en estos momentos. Pero atendiendo a los resultados electorales, ningún político tiene incentivos para continuar con este tipo de políticas, ya que los votantes han premiado a los partidos con políticas opuestas a las ortodoxas. Es decir, era previsible que los votantes se hartaran de esperar pacientemente recorte tras recorte a que se ajuste la economía en periodo indeterminado.

Tal como lo explicaba Keynes en The Economic Consequences of Mr. Churchill (1925):

The working classes cannot be expected to understand (..) Those who are attacked first are faced with a depression of their standard of life, because the cost of living will not fall until all the others have been successfully attacked too; and, therefore, they are justified in defending themselves. Nor can the classes which are first subjected to a reduction of money wages be guaranteed that this will be compensated later by a corresponding fall in the cost of living, and will not accrue to the benefit of some other class. Therefore they are bound to resist so long as they can; and it must be war, until those who are economically weakest are beaten to the ground”.

¿Qué alternativas hay para compatibilizar las preferencias de los votantes a corto plazo con un modelo de crecimiento a largo plazo? La primera es la Marxista: “Estos son mis modelos, si no le gustan, tengo otros”. La segunda es la Ortegiana: “¡Qué recorten otros!” La tercera es confiar que entre los miles de papers que producen las mentes económicas más brillantes haya al menos uno que encuentre la solución.

Indicador de coyuntura: Abril 2015

El Ind-ALdE se ha actualizado para el mes de marzo con los datos publicados hasta febrero de ventas y producción industrial, y hasta marzo de renta y de afiliados. El indicador mensual parece mostrar síntomas más claros de que la economía española se está recuperando. Una vez incorporados los nuevos datos, el valor del indicador en noviembre es de 4,5 mejorando el dato que presentó en el mes de octubre de 4,0.

factorAtendiendo a las tasas de crecimiento interanuales, todos los indicadores individuales que forman parte del Ind-ALDE, salvo la renta, muestran mejoras respecto a los meses anteriores. La producción industrial y las ventas suben 1,1% y 6,0% en febrero respecto a una caída de 2,5% y una subida de 5,6% en enero, respectivamente. Los afiliados crecen un 3,4% en marzo frente a la subida de 3,3% en febrero. Por contra, las ventas subieron un 5,1% en marzo, un poco menos que el 5,4% de febrero.

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ENDEUDADOS

El mundo está hoy más endeudado que en 2008, al inicio de la crisis, y seguirá estándolo durante muchos años. Conviene, por tanto, que nos acostumbremos a convivir con elevadas deudas. Desde luego los supervisores financieros, con el fin de anticipar posibles episodios de inestabilidad, pero también las próximas generaciones, obligadas a soportar el servicio de las deudas contraídas en estos últimos años.

Recordemos que el desencadenante de la crisis fue una rápida erosión de la solvencia de los deudores hipotecarios estadounidenses. El subsiguiente colapso de los mercados financieros mayoristas – allí donde los grandes operadores bancarios se prestan unos a otros – fue el principal alimentador del contagio a Europa. De sus ramificaciones, la paralización de la inversión crediticia en el sector privado de las economías y su perversa conexión con los mercados de deuda pública, también en la eurozona disponemos de evidencia suficiente.

En aquellas economías más directamente afectadas por la crisis y por su inadecuada gestión, la caída de la recaudación tributaria y los apoyos a entidades bancarias contribuyeron al aumento de la deuda pública. El caso de España vuelve a ser representativo: al final de 2007 la deuda publica era de las más bajas de Europa pero la privada estaba en máximos históricos. Hoy ambas están entre las mayores de la OCDE. No es algo exclusivo de nuestro país.

En las economías avanzadas solo algunos sectores privados han conseguido reducir su endeudamiento, aunque a un ritmo inferior al esperado. La deuda pública en relación al PIB, sin embargo, ha aumentado en un 75% desde el inicio de la crisis. Ello ayuda a explicar que durante 2014 y lo que llevamos de 2015 los flujos internacionales de capital sigan dirigiéndose mayoritariamente hacia las economías más desarrolladas, en detrimento de los canalizados a las emergentes.

Esos aumentos en los pasivos están alimentando la ampliación del volumen transaccional de los mercados financieros, la ya considerable “financiarización” de la economía global.Así se pone de manifiesto en la última edición del informe “Mapping theWorld’s Financial Markets “, realizado por Sanjeev Sanyal del Deutsche Bank. Estima que el stock de activos financieros, medido por la capitalización de los mercados de acciones y el saldo de la deuda pública y privada pendiente, ascendía a 294 billones de dólares a final del año pasado. De ellos, 69 billones corresponderían a los mercados de acciones, mientras el resto serían instrumentos representativos de deuda privada y pública. Gran contraste con las cifras de 2008: el valor total era de 222 billones de dólares, con todas las categorías de instrumentos financieros por debajo de sus valores actuales. De ellos, la deuda es el componente que más ha crecido.

El análisis de esa misma tendencia ha sido abordado en otros trabajos recientes del Banco de Pagos Internacionales, BIS (“Debt”) y del Mckinsey Global Institute, MGI (“Debt and (notmuch) Deleveraging”), algunos de cuyos gráficos más representativos están reflejados en el blog “Finanzas a las nueve”  (http://blogs.elpais.com/finanzas-a-las-9/). En el trabajodel MGI se destaca que desde 2007 hasta el segundo trimestre de 2014 la deuda global ha crecido a un ritmo anual del 5,3%, 57 billones de dólares en total, equivalentes a 17 puntos porcentuales del PIB, de los que más de 25 billones de dólares de ese aumento corresponderían a deuda pública.En bastantes economías, el aumento del endeudamientopúblico coexiste con el de familias y empresas. No es el caso de la española donde el desapalancamiento las familias y empresas ha sido simultáneo al más intenso aumento de la deuda pública.

Recordemos que fue el elevado endeudamiento privado el principal factor de exposición al contagio de la economía española. En común con otros países – EEUU, Reino Unido, Irlanda- el nuestro mantenía un elevado grado de concentración en financiación hipotecaria. En España, a pesar de la severidad de la crisis, de su impacto sobre la renta de familias y empresas, el desapalancamiento ha sido evidente, aunque más en las empresas que en las familias.

Del crecimiento total en la deuda acumulada en el mundo en estos siete últimos años aproximadamente la mitad correspondería a economías no avanzadas, reflejando en cierta medida saludables desarrollos como la mayor profundidad financiera, de la mano del ascenso en el endeudamiento del sector privado, en un contexto de aumento en las cotizaciones de los activos financieros. En el G20, con datos del BIS, la deuda en términos de PIB es hoy 20 puntos porcentuales superior a la existente en 2007. Con todo, el nivel de la relación entre deuda y PIB en las economías menos desarrolladas se mantiene por debajo de la mitad del correspondiente a las avanzadas.

El caso de China es uno de los más destacados: su deuda total, más del 280% del PIB, es hoy superior a la proporción equivalente en EEUU, alimentada por el endeudamiento privado para adquisición de activos inmobiliarios – de los que una parte importante han sido suministrados por entidades amparadas en la banca en la sombra-, y otra no mucho menor por gobiernos locales altamente endeudados.

Sobre estos hechos llama la atención el BIS, pero destaca especialmente el aumento de la financiación privada trasfronteriza de los mercados de deuda, considerándolo un paso más en la gestión de la liquidez a nivel global, en la dinámica de globalización financiera, en definitiva. Su director general, Jaime Caruana, confiesa no entender completamente el alcance de esa tendencia, planteándose con razón hasta qué punto es menos inquietante que un boom crediticio sea dirigido por los mercados de capitales en lugar de por los bancos. Se trata, en definitiva, de saber si es más o menos probable que termine en una crisis como las conocidas y, por tanto, si son adecuadas las decisiones reguladoras que se han adoptado hasta ahora. El hecho cierto es  que ya no son los bancos el exclusivo objeto de atención de los supervisores financieros, en la medida en que vehículos adicionales a los préstamos bancarios canalizarán mayor  financiación en todo el mundo.

Tres conclusiones pueden deducirse de los datos anteriores. Tendremos que aprender a soportar mayores volúmenes de deuda. Su peso sobre el tamaño de las economías seguirá siendo importante, especialmente en la eurozona, si esta no aumenta mucho más su ritmo de crecimiento económico. En segundo lugar, la deuda no siempre será asignada de forma óptima, financiando inversiones que se traduzcan en mayor crecimiento. En este punto es oportuna la verificación sobre la que llama la atención el BIS acerca de cómo muchas empresas están utilizando la deuda para financiar mayores pagos de dividendos o reducciones de capital, en lugar de aumentar sus decisiones de inversión, de aumento de su eficiencia y capacidad de crecimiento, en definitiva. Por último, pero no menos relevante, la supervisión y anticipación de su potencial desestabilizador sobre las economías será algo más complejo que hasta ahora.

De lo anterior no cabe concluir en la estigmatización del endeudamiento, sino sugerir su vinculación al cumplimiento de aquella regla de oro que desaconseja endeudarse para cualquier destino que no sea la inversión. Y exigir siempre que la rentabilidad esperada de la misma exceda al coste de capital. Me permitiría añadir, a tenor de la reciente experiencia española, sin poner todas las deudas en la misma cesta: con un grado de diversificación inversora suficiente.

El País (22/02/2015)

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