Obligada evocación

Durante este mes de julio y en el agosto que le sucederá, la actualidad transcurrirá hace cien años. No es un juego de palabras; es un imperativo intelectual y ético. Lo que se fraguó entonces ha provocado las mayores hecatombes y tragedias que conoce la historia europea y, por extensión, la de todo el mundo en buena medida. Obligada ha sido por eso la sobria pero emotiva conmemoración de los líderes de la UE en el simbólico escenario de Ypres, la ciudad belga testigo de cruentas batallas y de la utilización por primera vez de armas químicas.

Fue todo un mundo el que se precipitó al abismo a partir del magnicidio de Sarajevo. Aquella Europa de “la edad de oro de la seguridad” y de la estabilidad, de fe en los avances científicos y tecnológicos ininterrumpidos, de mejoras sustanciales en las condiciones de vida, donde se llegó a creer que “el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz” (S. Zweig), dio paso abruptamente al espanto que fue la I Guerra Mundial y, como frutos tempranos o tardíos de esta, a la revolución soviética, a décadas de radical inestabilidad social, a “la era de las tiranías” en el propio suelo europeo (E. Halévy), a la segunda gran conflagración mundial y a un largo rosario de secuelas que llegan hasta los conflictos y guerras que hoy sufren los países de Oriente Medio, cuyas fronteras fueron dibujadas caprichosamente al rebufo de “los cañones de agosto” (B. Tuchman). No se trata de una ficción, sino de la realidad.

Y no fue la lucha de clases preconizada desde la mitad del ochocientos lo que prendió la mecha, sino el nacionalismo. El reforzado nacionalismo con ansias hegemónicas de las grandes potencias y el nacionalismo irredento de las naciones sin Estado. Uno y otro confluyeron provocando el incendio. Un arrogante espíritu belicista nutría la cultura política común de los principales países que se enfrentarán en el campo de batalla, y entre los nacionalismos sofocados el fervor místico (o fanático, como se prefiera) encontraba su medio natural. La combinación fue catastrófica.

Consecuentemente, la I Guerra Mundial supuso el comienzo del final del liderazgo europeo. Después de cuatro siglos de hegemonía, desde la era de los descubrimientos hasta la segunda revolución industrial, la posición de Europa no pudo dejar de retroceder. Perdida la fe en su propia civilización, el viejo continente cedió el cetro del poder y la influencia. El verano de 1914 traza la principal línea divisoria. Será Estados Unidos, reafirmada su potencia militar e industrial con ocasión de la guerra, quien tomará el relevo: en la Conferencia de Paz de París (1919), el Presidente Wilson es ya el protagonista indiscutido.

Obligada evocación, pues, que tiene que servir para valorar bien lo que tenemos: esta Europa que avanza laboriosamente en su proceso de unión económica y política. A muchos les parece algo muy prosaico, y no pocos lo contemplan con deje despectivo. Pero con la perspectiva que brinda la efemérides el juicio ha de ser inequívoco. Europa ha conseguido levantarse apostando por la reconciliación, la paz y la cooperación: desenlace, tan inesperado como venturoso, para un siglo durante tanto tiempo aciago. Al fin, una “utopía razonable” y, con esfuerzo, realizable.

Estabilidad y cambio

El relevo en la Jefatura del Estado, con todo su hondo significado de estabilidad institucional, no conviene desvincularlo de la demanda de cambios profundos en nuestra vida pública que han puesto de manifiesto los resultados de las elecciones europeas. Más aún, la pautada sucesión en la titularidad de la Corona, al eliminar incertidumbre en la cúspide de nuestro sistema constitucional, debería aprovecharse para acometer reformas de alcance. La coincidencia en el tiempo de ambos hechos quizá no sea casual, pero en todo caso brinda ocasión propicia para que uno —la apertura del nuevo reinado— actúe como reclamo o revulsivo del otro. Ambos se necesitan recíprocamente.

La estabilidad institucional es una apuesta que ha sabido ganar la democracia española en el curso de los últimos decenios. Estabilidad institucional —expresada fehacientemente en las sucesivas alternancias en el poder al dictado de las urnas y en los gobiernos duraderos dentro de cada legislatura— que se ha doblado de estabilidad macroeconómica en una gran parte del recorrido, calando en la opinión mayoritaria un principio básico: que las ganancias de prosperidad requieren un suelo estable; que la carencia de este se resuelve, antes o después, en una contribución negativa a la actividad económica; que la estabilidad aporta confianza, y la confianza es el mejor lubricante de iniciativas inversoras y de proyectos empresariales, y la savia que nutre eso que ha dado en llamarse capital social. La España democrática así lo ha demostrado: el asentamiento institucional ha permitido y tensado capacidades creativas en diversos ámbitos y, desde luego, en el económico.

Pero hoy la propia estabilidad del marco institucional exige cambios. Reformar para fortalecer las instituciones, para dotarlas de la calidad que no tienen. Reformas como garantía de la continuidad del propio sistema democrático y, a su vez, la estabilidad de este como deber de reformas fuertes que corten las alas a proclamas y pulsiones populistas, su principal amenaza. Al populismo de una u otra laya sólo se le combatirá eficazmente desde un renovado y creíble aliento reformador. Por eso estabilidad ahora ha de escribirse con “r” de reforma, de regeneración, comenzando por las formas de hacer política y por el funcionamiento de unos partidos políticos con evidentes síntomas de anquilosamiento.

Por lo demás, en la España de nuestro tiempo democracia y Monarquía han ido de la mano, ganándose esta la legitimación “de ejercicio” al hacer posible y velar por aquella. También aquí la Monarquía ha sido un marco solvente para la democracia, como lo es en Gran Bretaña, Suecia, Holanda o Bélgica. De donde se deduce que reabrir la cuestión Monarquía-República, con ocasión de la proclamación de Felipe VI, “parezca, ante todo, un error. Peor aún: un error innecesario” (Fusi). En vez de ello, retomemos a la altura del presente las dos claves que aportaron mayor fecundidad a aquel otro comienzo de hace casi cuarenta años: mirar hacia adelante en vez de hacia un atrás ya estéril, y mirar hacia afuera, ensanchando la proyección internacional de todas nuestras realizaciones, en vez de ensimismarnos y hollar en nuestros rasgos identitarios. Si lo consiguiéramos, estos días pasarían a ser ciertamente otra fecha “histórica” en nuestro devenir colectivo.

Mayo electoral

Dos recientes titulares periodísticos han acertado al apuntar al centro de las preocupaciones que suscita la próxima cita de los ciudadanos de la UE ante las urnas para renovar la Eurocámara. “Europa contra Europa” (ABC) y “No son unas primarias” (EL PAÍS, resumiendo un documento del Círculo Cívico de Opinión).

El primero, a su vez, tiene dos rostros. Uno, la muy elevada abstención prevista: desde el 62 por ciento en 1979, cuando se convocaron por primera vez, la participación ha caído sostenidamente, hasta el 43 por ciento de hace cinco años, con fundado temor de que esa baja cota se reduzca ahora, expresando una desafección que los efectos sociales de la crisis económica ha hecho crecer con fuerza. Los eurobarómetros son inequívocos: si antes de ensombrecerse el escenario económico, en 2007, el nivel de confianza en las instituciones europeas alcanzaba el 57 por ciento, hoy ha bajado hasta el 31 por ciento. Desempleo, empobrecimiento, y desigualdad, además del afloramiento de tantos llamativos casos de malas prácticas de gestión, tanto en el ámbito público como en el privado, pasan una elevada factura no contrarrestada por los importantes avances en el proceso de integración alentados por la propia crisis, desde el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la UEM, hasta la Unión Bancaria, con pasos determinantes ya bien fechados: supervisor único, que empezará a ser operativo en este mismo año, el Mecanismo Único de Resolución, que entrará en vigor en enero de 2015 y el Fondo Único de Resolución, previsto para enero de 2016.

Esa desconfianza que no deja de aumentar es el terreno propicio para el cultivo de la “eurofobia”, el otro inquietante aspecto sugerido por el rótulo que enfrenta a Europa contra sí misma. La desafección con el proyecto europeo y el auge del populismo están dando alas a partidos y formaciones políticas que cabe tildar genéricamente de “eurófobos”. La mayor parte son de derecha o de extrema derecha, pero es una toma de posición que ha permeado también a sectores de la izquierda del espectro político, que culpan a la UE de los recortes sociales en estos años. Comparten, eso sí, propuestas comunes: sabiendo que el euro y la libertad de circulación de personas constituyen hoy el núcleo de la identidad de la UE, preconizan consecuentemente la vuelta a las monedas de cada país y el cierre de las fronteras nacionales a los inmigrantes comunitarios o extracomunitarios. Según las encuestas más recientes, en intención de voto, son ya la primera o segunda fuerza electoral en Francia, Reino Unido, Italia, Holanda, Austria, Grecia, Hungría, Polonia y República Checa, y tercera o cuarta en Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Eslovaquia, Lituania y Bulgaria, ganando también enteros en países donde tradicionalmente no han estado presentes, como Alemania o Suecia. Trasladado a números, ello supone que, aún siendo un universo heterogéneo y fragmentado, los eurófobos de uno u otro tono podrían alcanzar cerca de los 200 eurodiputados, una suma con la que les será factible influir decisivamente sobre las grandes fuerzas parlamentarias o más europeístas (socialistas, conservadores y liberales). Europeos contra Europa.

Y no son unas primarias las elecciones europarlamentarias, por más que los partidos políticos las planteen en clave nacional. Es cierto que al dirimirse en un sistema basado en circunscripciones y listas nacionales, es grande la tentación, con cada convocatoria, de convertir las elecciones europeas en unas elecciones intermedias o primarias de las generales. Pero este proceder supone hurtar la posibilidad de un debate informado sobre la Unión Europea en el que los ciudadanos tengamos la oportunidad de juzgar las políticas adoptadas y, a la vez, señalar como queremos ser gobernados durante el próximo lustro. Utilizar estas elecciones como unas primarias de las generales no sólo devalúa la democracia: también disminuye la relevancia y la capacidad de acción de Europa como actor global en un mundo cambiante y multipolar.

De aquí a Lima

He tenido la suerte de estar en primera fila: la invitación a participar en el Seminario Internacional “América Latina: oportunidades y desafíos”, convocado por la Fundación Internacional para la Libertad y celebrado en los últimos días del pasado mes de marzo en la prestigiosa Universidad de Lima, me ha permitido vivir en la capital peruana dos semanas con marcado interés en el ámbito económico y en el cultural.

Los primeros ponentes en el Seminario fueron los expresidentes Piñera y Calderón, y ambos subrayaron el buen rodaje inicial de la Alianza del Pacífico, creada justo hace tres años (en abril de 2011). Constituida por México, Colombia, Perú y Chile como gran plataforma estratégica de libre comercio, puede acabar siendo bastante más que eso y cambiar el mapa de Latinoamérica. Reúne a las cuatro economías de tamaño medio o grande más exitosas en este momento de la región, las de mayor crecimiento y menor inflación, las más competitivas y extrovertidas: sumando un tercio de la población total, absorben casi la mitad de la inversión extranjera y un 53 por ciento del comercio internacional de América Latina. Toda una potencia a escala global: en conjunto, esos cuatro países equivalen hoy a la octava economía del mundo por PIB y a la séptima por exportaciones. Los firmes pasos dados en estos tres primeros años son, desde luego, más que prometedores: ya se han eliminado los aranceles para la inmensa mayoría (90 por ciento) de los productos y los visados para empresarios e inversores, se han sentado las bases para la integración de las Bolsas de valores e incluso se empiezan a proyectar sedes diplomáticas comunes. Sin duda, el rostro más esperanzador del Iberoamérica: apuesta por la democracia y el mercado, estabilidad institucional, programas sociales ambiciosos, apertura exterior (en contraste, por cierto, con tantos frustrantes proyectos de ensimismamiento, como MERCOSUR y ALBA).

El Perú actual es un buen escaparate de todo ello. Tres lustros de progreso económico y de reducción de la pobreza, de estabilidad democrática y continuidad en prudentes políticas económicas han dotado de dinamismo y creatividad a sectores muy amplios de la sociedad, al tiempo que se impulsa la modernización de infraestructuras, con la presencia previsible, en este caso, de las grandes firmas españolas internacionalizadas: la citada reunión académica ha coincidido con la adjudicación a ACS y FCC del “megacontrato” (4.000 millones de euros) para la construcción de la Línea 2 del Metro de Lima (apenas unos días antes, por cierto, de la inauguración del primer metro de Centroamérica, en Panamá, obra también liderada por FCC).

Otra coincidencia, además, ha servido para darle especial pulso al ambiente cultural limeño durante la semana final de marzo: la primera Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, concebida como incitación a la escritura y la lectura, convirtiendo Lima en la capital de las letras iberoamericanas: 324 novelas presentadas, casi un centenar de conocidos escritores de una veintena de países, más de diez mesas redondas y actos culturales en colaboración con universidades, museos y teatros nacionales. Un estimulante festín literario… en español.

Haremos bien si seguimos con atención esa pujante realidad.

E la nave va…

Como viene repitiéndose, es muy singular la combinación de señalados aniversarios que reúne este nuevo año: centenario del inicio de la “Gran Guerra” (1914-18), un nombre que se perdería ante la magnitud de la que arrancaría un cuarto de siglo después, la Segunda Guerra Mundial (1939-45), transcurriendo luego media centuria hasta la caída del muro de Berlín, el tercero de los acontecimientos capitales que alcanzan en 2014 un cumpleaños redondo: 100, 75 y 25 años, respectivamente. Una coincidencia que hace justicia a la historia, pues la segunda devastadora conflagración comienza a incubarse al término mismo —un cierre en falso: imposiciones al vencido que se convierten en semillas de un resentimiento agresivo— de la que le antecedió, como fue el desarrollo de esta en el frente oriental —con los resultados adversos cosechados por el ejército ruso— lo que precipitaría la cadena de sucesos que desembocan en la creación de la URSS, abriéndose con ello una era de dominación soviética sobre buena parte de Europa, un alargado tiempo cuyo final lo simbolizará el derribo de la indigna barrera berlinesa. Hay más de causalidad que de azar en la historia trágica que estas efemérides nos recuerdan.

La rememoración a que invitan debe servir, en todo caso, para mejor valorar nuestro presente. Europa quedó asolada dos veces consecutivas, en apenas veinticinco años, por una destrucción física y moral de proporciones inéditas, con muchas decenas de millones de víctimas dentro y fuera de los campos de batalla, y con una larga secuela de limpiezas étnicas, guerras civiles y experiencias dictatoriales. El contraste con lo que luego vendrá no puede ser mayor. Aun con forcejeos, a trancas y barrancas, si se quiere, la construcción de una Europa unida no deja de ser, en el contexto descrito, un auténtico milagro, la “utopía razonable” que gradualmente ha erigido el edificio que hoy acoge a veintiocho países de uno y otro lado. Los sistemas nacionales del bienestar, unidos a las instancias de gobernanza comunitaria, han dotado al viejo continente de una estabilidad social y política nunca antes conocida. La metamorfosis ha sido radical Han cambiado sustancialmente las  relaciones de poder entre los Estados, hoy socios solidarios de un mismo club y, a la vez, ha cambiado nuestra percepción de la seguridad exterior.

Fruto de una “larga paciencia” (Delors), la Unión Europea parece estar hecha, además, a prueba de desánimos (la “euroesclerosis” de hace treinta años, el “euroescepticismo” de ayer, el “eurodesencanto” de hoy) y su avance, aunque tantas veces parsimonioso, no cede. Botones de muestra los tenemos muy a mano, tanto en términos de nuevas incorporaciones (Croacia a la UE y Letonia a la eurozona), como en lo referido al cumplimiento de acuerdos firmados (eliminación de las restricciones para los trabajadores procedentes de Rumanía y Bulgaria) o en el señalamiento de objetivos ambiciosos en el ámbito financiero (las propuestas del Consejo Europeo del pasado diciembre para culminar la arquitectura de la unión bancaria). Y todo ello con el horizonte de las elecciones al Parlamento Europeo que han de celebrarse el próximo mes de mayo, cien años después de que comenzaran a tronar, inclementes, “los cañones de agosto” en 1914. No está mal: el título felliniano que encabeza esta página está justificado.

No salir en falso

Cuando se ha sido víctima de sucesivas decepciones —los “brotes verdes” anunciados por unos y otros—, cuesta recuperar la confianza. Por eso, y porque de antiguo solemos hacer más caso a los de fuera, hay que dar la bienvenida a las multiplicadas señales que desde ahí están llegando. Las emiten los mercados de deuda —con un bono a 10 años que en menos de quince meses ha bajado del 7,5 al 4 por ciento— y la inversión extranjera directa —con una suma hasta agosto que en la última década solo se superó en 2008—; las hace suyas la prensa más conspicua —para “The Economist” la de España “es ahora una historia de esperanza”, bien merecedora, según “The New York Times”, de “tener de nuevo un lugar bajo el sol”; las suscriben altos responsables europeos —el “optimismo” expresado por el presidente del Eurogrupo en su reciente visita— y agencias de calificación, revisando Fitch positivamente nuestra nota después de cinco años de hacerlo en sentido contrario. Incluso el “viva España”, tan raro y hasta sospechoso entre nosotros, lo proclama sin tapujos el último informe de Morgan Stanley.

La exclamación a tenor de bastantes indicadores no deja de estar justificada. Los referentes al sector exterior son espectaculares: crecimiento sostenido de las exportaciones, diversificación de mercados y de oferta, consiguiéndose en un tiempo récord y sin ayuda de resortes cambiarios pasar de unas necesidades de financiación exterior que rondaban el 10 por ciento del PIB a registrar un superávit cercano al 2 por ciento. Un logro sin apenas parangón dentro o más allá de nuestras fronteras, que invita a pensar que no sólo se está creando “buen caldo de cultivo” —en términos de la consultora PwC— para el inicio de la recuperación, sino también que esta puede ser rápida, sobre todo si llegan estímulos provenientes de la eurozona, o sea, de Alemania.

Ahora bien, rapidez no es igual que firmeza, ni siquiera contando con esos apoyos foráneos. Una recuperación firme y, por tanto, duradera requiere aliento reformador de gran calado, pues ha de atender al plano institucional en un doble sentido. De un lado, porque ha de abordar la reforma de la Administración, principal asignatura “troncal” pendiente, hasta hoy suspendida con nocivos efectos sobre toda la actividad productiva y mercantil (botón de muestra más reciente: solo hay 47 países en todo el planeta donde abrir un negocio sea más difícil, ocupando España en el “Doing Business 2014” del Banco Mundial el puesto 142º tras exigir 10 trámites y requerir un proceso de al menos 23 días). De otro lado, porque la crisis económica aquí está entreverada de crisis institucional, que es crisis de modelo de Estado (un todo fragmentado en 17 unidades mal articuladas, con un peso agobiante de los partidos políticos en toda la vida pública, segregando una democracia de muy baja calidad) y que es crisis de liderazgo político. La recesión ha hecho perder credibilidad a las instituciones y a los políticos, pero a su vez la crisis institucional, gestada desde bastante antes del final del ciclo económico expansivo, ha activado y ahondado las dificultades económicas. En consecuencia (así lo advierte el Círculo Cívico de Opinión al proponer un compromiso de regeneración democrática), no se debería confiar, como quizá esté haciendo el gobierno, en que recuperada la economía todo lo demás se solucionará. Sería una salida en falso.

Julio Alcaide, nuestro estadístico de guardia

Con discreción, como lo hizo todo en su larga vida —esa clase de discreción que es atributo ético y estético—, Julio Alcaide Inchausti cumplidamente nonagenario, nos ha dejado. Es injusto tener que dar noticia en medio millar de palabras de una larga vida vivida con plenitud tanto en el plano familiar como en el medio profesional.

Aunque gaditano de nacimiento (1921), fue en Hinojosa del Duque, al norte de la provincia de Córdoba, en el hermoso y fértil valle de los Pedroches, donde Julio Alcaide creció. Aunque para la España rural de la época aquel lugar era relativamente próspero, la evocación que mucho tiempo después hizo Alcaide es muy expresiva tanto del grado de atraso entonces generalizado (“Hinojosa en mi infancia era un pueblo típico de la España pobre de aquellos años; carecía de alcantarillado, por ejemplo, aunque tenía edificios que hablaban de un pasado menos oscuro”), como del vertiginoso salto adelante dado por la economía y la sociedad españolas desde el ecuador del siglo pasado.

El progreso amasado por el trabajo de varias generaciones, comenzando por la de Julio Alcaide: la que en nuestra historia intelectual se conoce como la del 50, agrupando a los nacidos a lo largo del decenio de 1920 y aún en los primeros años treinta. Una generación repleta de nombres bien conocidos en el campo de la creación literaria y artística, pero también en diversos campos de la producción científica, la economía entre ellos. A ella pertenecen, por ejemplo, Fabián Estapé (1923) y Enrique Fuentes Quintana (1924), con quienes Julio Alcaide va a coincidir en múltiples ocasiones, colaborando muy estrechamente en el caso del segundo.

Se graduó como intendente mercantil en la Escuela Superior de Comercio de Madrid, un centro que, como los de su clase repartidos por las capitales españolas, fue un vivero de muy competentes profesionales. La primera fase de su actividad laboral transcurrió en el Servicio Sindical de Estadística, contribuyendo desde ahí a elaborar dos soportes fundamentales para el mejor conocimiento analítico de los componentes de la estructura productiva de la economía española: la primera Contabilidad Nacional de España y las primeras Tablas input-output, ambas de 1954. Luego, desde los años sesenta, se incorporó, como subdirector, al Servicio de Estudios del Banco de Bilbao, donde pone a punto otra contribución decisiva para el estudio de la realidad económica y social de la España de nuestro tiempo: las series de la renta nacional y de su distribución provincial, series sobre las que todos los economistas españoles que lo han sido en el último medio siglo hemos vuelto una y mil veces. Un trabajo benemérito como pocos.

La última vuelta de su camino como el gran estadístico que fue le condujo a la Fundación de las Cajas de Ahorros Confederadas (Funcas), convirtiéndose durante aún lustros enteros en el colaborador menos ruidoso pero más eficaz de Enrique Fuentes, alimentando desde su modestísimo despacho (y sirviéndose solo de una calculadora antediluviana, de esas de manija) la incesante demanda de datos que exigía publicar puntualmente Papeles de Economía Española, Cuadernos de Información Económica y el correspondiente dossier estadístico de cientos de convocatorias públicas.

En ese austero despacho yo le visité bastantes veces para pedirle ayuda y colaboración para algunas de mis obras. Siempre me la dio generosamente, como si fuera lo más natural del mundo. Y siempre con cordialidad y cercanía que inspiraban, además de respeto, profundo afecto. Descanse en paz.

Tensión competitiva

El ecuador de 2013 quizá marque un punto de inflexión. Algo en la percepción general de las posibilidades de nuestra economía está cambiando, como ha cambiado en el curso de pocas semanas el tono de los mensajes gubernamentales, emitiendo en positivo donde antes predominaba lo lúgubre. Por eso resulta especialmente oportuna la reciente publicación de una obra que aporta sólidos argumentos para creer en la capacidad empresarial española: “Fortalezas competitivas y sectores clave en la exportación española”, editada con esmero por el Instituto de Estudios Económicos y realizada por un equipo de reputados profesores bajo la dirección de Rafael Myro. Una excelente investigación que, escapando de la perspectiva meramente agregada, analiza nuestro patrón exportador con la intención de explicar la vigorosa dinámica exportadora de España desde el arranque mismo del siglo, un desempeño que ha devenido formidable en el curso de los años y meses más cercanos, cuando la contribución positiva del sector exterior está amortiguando sustantivamente la severidad de la crisis.

Varios son los ángulos de estudio que los autores escogen, con resultados en cada caso estimulantes. Por lo pronto, si se atiende a los productos, en contra de la imagen tópica de un sector exterior anclado en el turismo y en unos pocos bienes escasamente elaborados, la competitividad de las exportaciones españolas se sustenta en un amplio elenco de sectores, destacando como “estrellas”, tanto algunos que han tenido una alargada presencia en mercados foráneos (automóviles, alimentos, bebidas y tabaco, metálicas básicas, caucho y plásticos, textil y confección), como los que muestran un rápido progreso (medicamentos, maquinaria agrícola e industrial y un abierto abanico de productos químicos), lo cual revela, en su conjunto, que exportamos bienes con un grado de sofisticación tecnológica medio-alto, a lo que hay que añadir la creciente proporción, en la partida de servicios, de los servicios no turísticos, particularmente de servicios avanzados, esto es, de servicios a las empresas. La capacidad competitiva de las exportaciones españolas se refleja también en los mercados que logran penetrar: aquí, la elevada concentración en la Unión Europea va dejando paso a una diversificación geográfica al incorporarse países de Asia, África y América Latina. En fin, si se atiende a las empresas exportadoras, el tamaño resulta decisivo. Como es pauta generalizada, un selecto grupo de grandes empresas sostiene el incesante ascenso de la exportación española. El 5 por ciento de las empresas más grandes por exportación realiza el 75 por ciento de las ventas exteriores. El tamaño sí importa. Las grandes empresas poseen elevadas productividades y han sufrido un menor avance de sus costes laborales unitarios.

Lo cual remite a la cuestión primera y central: ante la imposibilidad de recurrir a una devaluación, solo cabe afianzar la competitividad en precio de los productos españoles conteniendo los costes laborales y aumentando la productividad (“devaluación interna”), así como ampliar la proyección internacional de nuestros mercados de servicios, a través de una ambiciosa estrategia de innovación. La obra comentada así lo registra rigurosa y pormenorizadamente. Una muy valiosa contribución “en positivo”.

Buscando la salida

“Solo el bien es silencioso”, sentenció sabiamente en alguna ocasión Goethe, y conviene recordarlo especialmente cuando el ruido amenaza con ensordecernos. El ruido de los  datos que antes de ser analizados se utilizan como dardos punzantes, el ruido de las protestas ritualizadas y el de quienes a su alrededor solo quieren contemplar un paisaje devastado.

Ha sido el trabajo silencioso de miles de empresas españolas lo que ha contribuido a conseguir un logro que tiene muy pocos precedentes: el saneamiento exterior de una economía que se deslizaba sin frenos hacia cifras más que alarmantes de déficit por cuenta corriente. Diez puntos porcentuales se han recuperado un tiempo que se puede contar por meses, para terminar el ejercicio de 2012 acomodando el gasto a la renta producida, después de tres lustros en que ha necesitado cuantiosa financiación exterior. Probablemente, nunca tanto en tan poco tiempo, resultado de la suma del esfuerzo exportador y de la contracción de la demanda de importaciones. Una corrección excepcional del déficit exterior que se ha hecho sin disponer de instrumentos monetarios y cambiarios. No se puede regatear el mérito, como subraya el Consejo Empresarial para la Competitividad en su informe del pasado mes de marzo, “España, un país de oportunidades”, soporte de la campaña que, contrarrestando la nula capacidad comunicativa del gobierno, han emprendido los presidentes de algunas de nuestras mayores empresas por las principales capitales financieras para airear las posibilidades de la economía española.

Reconocer lo logrado no supone, en todo caso, desconocer y los problemas que subsisten. Desde el lado del gasto, las cosas son meridianas. El ajuste ha recaído muy duramente sobre el sector privado de la economía, soportándolo mucho más levemente el público; además, el limitado ajuste en éste ha escogido el camino más llano: aumentos impositivos, reducciones del salario de funcionarios y recortes lineales en ciertas partidas presupuestarias, medidas todas ellas que no pueden garantizar una contención del gasto sostenida en el tiempo. Esto requiere abordar con rigor la reforma de la estructura de las Administraciones públicas y la revisión de aspectos sustanciales (comenzando por el sistema de pensiones) del Estado del bienestar. Reformar es más difícil que recortar y además exige más coraje político. Téngase en cuenta que el sector privado ha aportado ahorro neto a la economía desde 2009, mientras el público ha seguido necesitando financiación. También en el mercado de trabajo hay huellas evidentes de que el esfuerzo relativo ha estado muy mal repartido: el sector privado ha perdido casi cuatro millones de puestos de trabajo desde comienzos de 2008; en cambio, las Administraciones públicas tenían a finales de 2012 varios cientos de miles de empleos más que en la fecha mencionada.

Para decirlo muy resumidamente: la economía española está en la senda que conduce a la salida de la crisis. Pero encontrarla exige ahora una rectificación en la política de ajuste, situando en el centro la reforma profunda de la organización interna de las Administraciones, y poniendo manos a la obra sin demora y perseverantemente, con el respaldo de la ejemplaridad y la palanca de la pedagogía social, cuyas ausencias son hoy un poderoso factor de desmoralización ciudadana (sobre el tema, véase Círculo Cívico de Opinión, Posiciones, 13 de mayo de 2013: http://www.circulocivicodeopinion.es).

A vueltas con la crisis europea

Nada nuevo hay bajo el sol, sí, pero con matices. La contemplación, con algo de perspectiva, de lo que acontece en la Unión Europea avala expresarse así.

La crisis de Chipre no ha hecho sino evidenciar con especial nitidez problemas ya conocidos, que arrancan del diseño defectuoso del euro —una creación política antes que económica, que no podrá tener una vida saludable sin unión bancaria y avances sustanciales en la unión fiscal—, y sigue por un incesante debilitamiento institucional desde hace al menos una década, ganando lo intergubernamental en desmedro de lo comunitario. No solo se trata de una pésima gestión puntual; es todo un entramado institucional lo que está cuestionándose. De ahí las multiplicadas muestras de “eurodesencanto” y en toda suerte de versiones, desde los contumaces euroescépticos ingleses hasta el movimiento de Beppe Grillo, desde los airados manifestantes griegos hasta el partido anti-euro alemán, Alternative für Deutschland, de creciente expectativa electoral. Doble riesgo para Europa: perder el euro y perder a los ciudadanos. Una situación ciertamente compleja, por decirlo con un eufemismo.

No es la primera vez, sin embargo, que la construcción de una Europa unida se ha enfrentado a amenazas graves de parálisis o de retroceso. Los años sesenta, que en la distancia tendemos a idealizar, estuvieron todos mediatizados por el veto francés a la integración del Reino Unido; luego, a caballo de los decenios de 1970 y 1980, cuando el crecimiento no despegaba, se destruía empleo y los productos europeos perdían cuota en el mercado mundial, fue la “euroesclerosis” el tema dominante; más tarde, ya en la etapa Delors, la Comisión tendría que recurrir al Informe Cecchini (El coste de la no-Europa) para ganar voluntades a favor del establecimiento del mercado único; en fin, ahí está, bien reciente todavía, el bloqueo institucional de la Unión provocado por el rechazo francés y holandés al proyecto de Constitución. La historia de la UE no describe, desde luego, una línea recta sin altibajos ni vacilaciones, pero es una historia que ha ido sumando avances aunque haya sido a trancas y barrancas. Debe tenerse muy en cuenta para valorar lo que hoy ocurre.

Dos elementos nuevos aportan, en todo caso, una nota propia a la tesitura presente. Uno es el componente generacional de la crisis: nunca como ahora el paro y los contratos precarios de trabajo habían afectado a tan alto porcentaje de jóvenes europeos, jóvenes que además, por biografía vital, no tienen por qué compartir los anhelos —la mística, si se quiere— de las fases fundacionales de la unión continental, siendo consecuentemente entre ellos donde más rápidamente se extienden actitudes y sentimientos de desapego, de desconfianza. El segundo elemento novedoso no es otro que el euro, la zona euro, material altamente inflamable, como estamos viendo, con capacidad mucho mayor que cualquier otro componente de la UE para dinamitar una gran parte de lo mucho construido en los últimos sesenta años.

El ejercicio de comparación siempre es conveniente. Permite relativizar, no para quitar hierro a lo que sucede, pero sí para combatir, cuando menos, el tremendismo, que nunca ayuda.

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