ASFIXIA EMPRESARIAL

La crisis está diezmando el censo pequeñas y medianas empresas (PMEs). Más del 99% de las empresas europeas son PMEs. Estas contribuyen con más del 50% del valor añadido total creado por el sector empresarial y proporcionan dos de cada tres empleos privados. A diferencia de EEUU, donde aproximadamente la mitad de los empleos  se localizan en PMEs, en la Europa continental ese porcentaje es significativamente más elevado: en Italia alcanza al 80% y en España al 70%.

En nuestra economía son estas empresas  las que están sufriendo  dos principales formas de asfixia: la depresión de la demanda  y, no menos importante, la derivada de la ausencia de financiación. Por estas dos causas no solo quedan dañadas las cuentas de resultados, sino que acaban despareciendo  demasiadas empresas, incluso las que disponen de niveles de calidad de la gestión  homologables a las competidoras europeas. Lo que es peor, esas mismas causas se añaden a algunas que tradicionalmente se han destacado como entorpecedoras de la natalidad empresarial en nuestro país.

La cantidad de empresas que se crean en términos netos, y su calidad, son algunas de las condiciones para la prosperidad de una economía.  En España se ha avanzado en los últimos años en asignar buenos talentos a la función empresarial, aun cuando persisten dificultades que se reflejan año tras año en esa clasificación, “Doing business”, que realiza el Banco Mundial para la práctica totalidad de los países. El correspondiente a 2013 sigue situándonos en una mala posición.  Ya sea por el número de trámites o por el consumo de tiempo requerido, alumbrar nuevas empresas no es un empeño fácil. Persisten todavía más factores disuasorios que incentivadores de la asunción de proyectos que signifiquen asunción de riesgos. Y la severidad con que la crisis se manifiesta en España no ha favorecido precisamente esos incentivos. La regeneración empresarial, fundamento de la modernización de la  economía, no está garantizada.

Con independencia de factores estructurales que debilitan la capacidad de supervivencia de las empresas –  calidad y grado de profesionalización de la función de dirección, internacionalización  de sus actividades y, en última instancia, la propia  dimensión de las unidades -, las dificultades ahora más relevantes son de naturaleza financiera. No es algo nuevo: desde el inicio de la crisis la captación de recursos ajenos   ha sido cada día mas difícil, no solo en España, pero en los últimos años se ha acentuado y con él la diferenciación adversa de las empresas españolas. Las empresas pequeñas sufren más con los habituales retrasos de las Administraciones Públicas,  son menos capaces de captar financiación bajo todas sus modalidades y la que llega lo hace en condiciones cada día más onerosas. No era una conclusión difícil de deducir a poco que escucháramos a empresarios españoles, con bastante independencia del sector. Ahora han sido las instituciones europeas, y de forma destacada  el Banco Central Europeo (BCE) la  que ha confirmado los  problemas que existen en la trasmisión de su política monetaria. De poco sirve que se amplíen las facilidades de liquidez y las reducciones de tipos de interés a los bancos si estos no hacen llegar aquella a los destinatarios que más la necesitan: los que han de transformarla en proyectos de inversión y en empleo.  Esa sequía crediticia es hoy no solo el más poderoso freno al necesario fortalecimiento de todas las formas de capital, incluido desde luego el humano, sino la principal amenaza a la supervivencia.

Esas dificultades son particularmente más difíciles de sortear en economías como la española en la que, como en estas mismas páginas hemos comentado en numerosas ocasiones, la configuración de su sistema financiero está basada de forma dominante en el papel de los bancos. Es la intermediación bancaria la que canaliza buena parte de los activos y pasivos financieros de todos los agentes económicos, desde luego de las familias y empresas. De estas últimas, las PMEs de forma particular, dadas las dificultades que su propia dimensión significa para el acceso a otras formas de financiación como las basadas en los mercados de financiación directa. La apelación a las  emisiones de bonos o cualquier tipo de títulos son poco más que testimoniales y tampoco el desarrollo de las modalidades de capital riesgo favorece  la reducción de la dependencia casi total de la financiación bancaria  de las empresas de pequeña dimensión.  Su racionamiento, o su excesivo encarecimiento, agravan los problemas de la economía española frente  a los de cualquier otra economía con sistemas financieros con una mayor diversidad de instituciones y operadores.

Los datos del BCE dejan lugar a pocas dudas. La diferencia entre el tipo que pagan los bancos por tomar liquidez en esa institución y al tipo medio al que prestan a las empresas se mantienen en rangos ciertamente elevados en el conjunto del área, pero son excesivos en las economías del sur: más de tres veces la correspondiente a las economías consideradas centrales. Es verdad que en esa diferencia influye el coste medio de captación de pasivo ordinario, la remuneración de los depósitos a los clientes, que en España, por ejemplo, ha sido y sigue siendo significativamente más elevada que en el resto. Pero también la más desigual propensión a prestar de los bancos españoles y, desde luego, la más débil capacidad de negociación de las pequeñas empresas españolas.

En ausencia de decisiones externas excepcionales, el restablecimiento de los flujos de financiación crediticia no es una tarea fácil. Sobre el sistema bancario español pesan  los problemas genéricos de la eurozona y las amenazas derivadas de la propia recesión de la economía española. El propio cuadro macroeconómico que acaba de hacer  público  el gobierno no constituye precisamente un incentivo al restablecimiento de la oferta de crédito. Sin necesidad de entrar en consideraciones específicas de cada una de las entidades, hacer banca al por menor con unas constantes clínicas como las que hoy exhibe la economía española  - niveles de endeudamiento de familias y empresas históricamente elevados, contracción del  crecimiento económico  no inferior al  1,5%,   tasa de paro  superior al  27% y un descenso de la renta disponible notable-  no es el más atractivo de los negocios.

En realidad, ese cuadro macroeconómico no permite descartar la necesidad de recapitalizaciones adicionales de algunas entidades  bancarias,  que necesariamente habrán de hacerse con fondos públicos.  Las autoridades españolas tienen disponible todavía el 60% de la línea de crédito asociada al rescate sectorial acordado el pasado julio. Como tampoco pueden descartarse movimientos adicionales de concentración  entre entidades bancarias que no  favorecerán precisamente la ya muy debilitada capacidad de negociación de las empresas de menor dimensión.

Con independencia de las decisiones que eventualmente adopte el BCE, la definitiva normalización de la financiación empresarial, y con ella, la existencia de tasas netas de natalidad empresarial adecuadas no tendrá lugar hasta que no se restablezcan ritmos de crecimiento económico suficientes en la eurozona. Y esto, sin excluir actuaciones específicas sobre los sistemas bancarios, nos remite necesariamente a políticas de demanda que también habrán de venir de fuera: flexibilización significativa de la consolidación fiscal hoy dominante, concreción de decisiones de inversión paneuropea por el Banco Europeo de Inversiones, y adopción de orientaciones menos procíclicas en aquellas economías con mayor margen de maniobra y menor escrutinio de los mercados financieros.

(Publicado en El País, 19 de mayo)

Fuentes Quintana en 1977, contando la crisis de 2007-2013

Acaba de salir hoy un artículo en el Confidencial de JA Zarzalejos recordando la clarividencia del profesor Fuentes Quintana al explicar a los tres días de tomar posesión de su cargo como Vicepresidente Económico del Gobierno de Suárez en 1977 las bases de su programa económico. Dada la especial relación que siempre hemos mantenido los miembros de ALdE con el profesor Fuentes creo que puede resultar de interés recordar el video de su alocución. Como nos dice Zarzalejos: “No podemos ni debemos suponer que el futuro está escrito en el ayer, pero el pasado puede alumbrar algunos episodios del presente. Fuentes Quintana con esos magistrales, sinceros, sencillos y claros 16 minutos de exposición se ganó a la opinión pública en 1977 y fue el prólogo de intenciones para conseguir cuatro meses después los históricos Pactos de la Moncloa. En un cuarto de hora, se salvó sicológicamente la crisis. En la situación de entonces y de ahora hay un cierto paralelismo. No en las personas y menos en las actitudes y los discursos. Aún en las peores coyunturas un dirigente político -sea de la orientación ideológica que sea- ha de tener el patriotismo bien entendido de decir la verdad, hacerlo con humildad y empatía y aglutinar voluntades. En estos tiempos de desolación, el recuerdo de discurso de Fuentes Quintana en junio de 1977 se agiganta como referencia ineludible.” Que lo disfrutéis.

Vídeo

Un viaje de ida y vuelta: freno a la deslocalización y comienzo de la reubicación industrial (reshoring e insourcing) en los países avanzados

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El término “deslocalización” se utiliza de manera genérica para referirse a todo tipo de procesos que impliquen traslado (parcial o total) de actividades económicas a otros países.  Dentro del proceso general de deslocalización, se utiliza el término “offshoring” cuando la deslocalización se refiere exclusivamente a las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), mientras que se utiliza el término “externalización”  o “outsourcing” a la deslocalización que afecta al resto de actividades económicas.

La teoría económica del comercio internacional aporta múltiples razones para la deslocalización de las empresas.

En primer lugar, la teoría “clásica” del comercio internacional justifica el fenómeno de la deslocalización y del comercio intraindustrial en base a los factores que provocan diferencias de costes de producción entre países: i) la ventaja comparativa basada en las diferencias en la productividad relativa del trabajo en diferentes industrias (modelo ricardiano). En este caso, un país tenderá a producir los bienes que su factor trabajo produce de forma relativamente más eficiente; ii) o en su dotación relativa de factores productivos (modelo de Heckscher-Ohlin). En este caso, un país tenderá a producir relativamente más de los bienes que utilizan intensivamente sus factores productivos más abundantes

En segundo lugar, la existencia de comercio intraindustrial es otro de los argumentos clave para la deslocalización de empresas.  En este caso, cada país se especializa en variedades diferentes del mismo bien. Los factores determinantes de este tipo de comercio son tres:  i) las preferencias de los consumidores por distintas variedades de un producto generan una demanda de una amplia gama de bienes similares; ii) el hecho de que existan economías de escala en la producción de algunos bienes, implica que una empresa que se especialice en la producción de una determinada variedad de un producto, la venderá a escala mundial pero a su vez tendrá una ventaja de costes frente a las empresas que sólo produzcan para el mercado nacional; iii) el aumento de los costes de transporte operan – al contrario que los otros dos factores – en contra del comercio intraindustrial.

En tercer lugar, el fenómeno de la deslocalización puede estar fomentado por cuestiones medioambientales. En este caso se trataría de trasladar la producción a países con exigencias legales menos restrictivas que las nacionales.

Por último, algunas empresas inician un proceso de deslocalización por determinados factores de carácter espacial: i) por localizarse cerca de la producción de materias primas, en el caso de que su producción dependa intensivamente de las mismas; ii) por la cercanía geográfica a los grandes mercados en expansión; iii) por aprovechar “economías de aglomeración”, que se dan cuando aparecen economías externas a la empresa (que suponen reducción de costes) pero internas a la industria.

La deslocalización no se trata de un fenómeno nuevo, sino  que ha existido bajo diversas formas y nombres desde la década de los sesenta del siglo XX, aunque no con la dimensión y la intensidad que se generó a partir de la década de los noventa, años de mayor expansión económica en los países  avanzados, de impulso de la integración económica internacional y de avance en las  libertades políticas y en la consolidación institucional de muchos países emergentes. La reducción de las barreras comerciales, en especial de los aranceles, facilitó la entrada en los diversos mercados nacionales. La mayor presión competitiva que crea un mercado más globalizado llevó a la reducción de los costes de las empresas, entre ellos los laborales, y aumentó el atractivo de fabricar en zonas con salarios más bajos. Además, la aparición de los nuevos y extensos mercados de los países emergentes con claras perspectivas de expansión futura (China, India y los países de Europa central y oriental) ofrecía grandes oportunidades de negocio.

Pero en el último lustro el panorama está cambiando y se ha iniciado un viaje de vuelta de la producción manufacturera de los países emergentes a los países avanzados. El caso más evidente es el de EE.UU.

Las causas son múltiples, pero  cabe destacar el aumento de los costes de transporte por el importante encarecimiento del petróleo, el aumento de los costes laborales relativos en los países emergentes, la apreciación nominal y real de algunas monedas de los países emergentes, el impulso de la inversión en tecnología e innovación en los países avanzados, la mayor exigencia en la legislación de seguridad y en materia sanitaria en los países emergentes, entre otros.

Destaquemos, a título de ejemplo, algunos casos ilustrativos recientes de la “deslocalización inversa” o “reshoring” e “insourcing” a nivel internacional:

Y en el caso de España, algunos sectores como el juguete y el calzado están trasladando la producción de productos que antes fabricaban en países asiáticos a nuestro país:

La revista “The Economist” mantuvo recientemente un debate “on-line” y una votación a favor y en contra del “offshoring”y del “outsourcing”. La pregunta era la siguiente: ¿Tienen la obligación las multinacionales de mantener una “fuerte presencia” en sus países de origen? La ”fuerte presencia” se refería a la inversión, el empleo, la producción y las compras al menos en proporción a sus ventas en el país de origen. El no era defendido por el economista especialista en comercio internacional y defensor del libre comercio, Jagdish Bhagwati, catedrático de Economía de Columbia University, New York, EE.UU.

Indicador de coyuntura: Abril 2013

El Ind-ALDE se ha actualizado para el mes de marzo con los datos publicados hasta febrero de  roducción industrial, ventas, y hasta marzo de renta y afiliados El indicador mensual continua con la tendencia negativa iniciada en 2010, aunque comienza a notarse una ligera mejoría desde el inicio del año 2013. Una vez incorporados los nuevos datos y las revisiones a los datos ya publicados, el valor del indicador en marzo es de -10,86 por lo que muestra sigue bajando desde el nivel de febrero (-11,46) y enero (-12,45).

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En términos interanuales, dos de los cuatro indicadores han frenado sus caídas. Las ventas caen 5,41% en febrero, frente a la caída de 8,22% en enero, y la renta cae 6,67% en marzo frente a la caída de 6,90% en febrero. Por su parte, los afiliados mantienen en marzo la caída de 4,2% observada en febrero. La única noticia negativa viene de la mano de la producción industrial que cae 8,54% en febrero frente a la caída de 3,44% en enero.

indicadoresLa tímida recuperación del indicador de actividad económica está en consonancia con la evolución que ha marcado el Indicador Sintético de Actividad (ISA) que elabora el Ministerio.

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A vueltas con la crisis europea

Nada nuevo hay bajo el sol, sí, pero con matices. La contemplación, con algo de perspectiva, de lo que acontece en la Unión Europea avala expresarse así.

La crisis de Chipre no ha hecho sino evidenciar con especial nitidez problemas ya conocidos, que arrancan del diseño defectuoso del euro —una creación política antes que económica, que no podrá tener una vida saludable sin unión bancaria y avances sustanciales en la unión fiscal—, y sigue por un incesante debilitamiento institucional desde hace al menos una década, ganando lo intergubernamental en desmedro de lo comunitario. No solo se trata de una pésima gestión puntual; es todo un entramado institucional lo que está cuestionándose. De ahí las multiplicadas muestras de “eurodesencanto” y en toda suerte de versiones, desde los contumaces euroescépticos ingleses hasta el movimiento de Beppe Grillo, desde los airados manifestantes griegos hasta el partido anti-euro alemán, Alternative für Deutschland, de creciente expectativa electoral. Doble riesgo para Europa: perder el euro y perder a los ciudadanos. Una situación ciertamente compleja, por decirlo con un eufemismo.

No es la primera vez, sin embargo, que la construcción de una Europa unida se ha enfrentado a amenazas graves de parálisis o de retroceso. Los años sesenta, que en la distancia tendemos a idealizar, estuvieron todos mediatizados por el veto francés a la integración del Reino Unido; luego, a caballo de los decenios de 1970 y 1980, cuando el crecimiento no despegaba, se destruía empleo y los productos europeos perdían cuota en el mercado mundial, fue la “euroesclerosis” el tema dominante; más tarde, ya en la etapa Delors, la Comisión tendría que recurrir al Informe Cecchini (El coste de la no-Europa) para ganar voluntades a favor del establecimiento del mercado único; en fin, ahí está, bien reciente todavía, el bloqueo institucional de la Unión provocado por el rechazo francés y holandés al proyecto de Constitución. La historia de la UE no describe, desde luego, una línea recta sin altibajos ni vacilaciones, pero es una historia que ha ido sumando avances aunque haya sido a trancas y barrancas. Debe tenerse muy en cuenta para valorar lo que hoy ocurre.

Dos elementos nuevos aportan, en todo caso, una nota propia a la tesitura presente. Uno es el componente generacional de la crisis: nunca como ahora el paro y los contratos precarios de trabajo habían afectado a tan alto porcentaje de jóvenes europeos, jóvenes que además, por biografía vital, no tienen por qué compartir los anhelos —la mística, si se quiere— de las fases fundacionales de la unión continental, siendo consecuentemente entre ellos donde más rápidamente se extienden actitudes y sentimientos de desapego, de desconfianza. El segundo elemento novedoso no es otro que el euro, la zona euro, material altamente inflamable, como estamos viendo, con capacidad mucho mayor que cualquier otro componente de la UE para dinamitar una gran parte de lo mucho construido en los últimos sesenta años.

El ejercicio de comparación siempre es conveniente. Permite relativizar, no para quitar hierro a lo que sucede, pero sí para combatir, cuando menos, el tremendismo, que nunca ayuda.

PRECARIEDAD FINANCIERA

La eurozona sigue siendo un campo de minas. A pesar de las mejoras en los últimos meses la vulnerabilidad persiste: “la estabilidad financiera no está asegurada”, según el informe del FMI (Financial System Stability Assesment), difundido  antes del desenlace de la crisis de Chipre y del dictamen del Tribunal Constitucional de Portugal.  Aquel bucle diabólico,  que subrayábamos en estas mismas páginas hace meses (http://economia.elpais.com/economia/2012/07/06/actualidad/1341578701_955030.html) , como compendio de las amenazas sobre las economías periféricas y, en última instancia, de la viabilidad de la propia unión monetaria, sigue activo. Es verdad que dos de sus tres principales tractores – la crisis de la deuda pública y la crisis bancaria- han atenuado su intensidad, pero siguen latentes. Y, en todo caso, su estrecha vinculación con la tercera crisis, la recesión con que hemos  iniciado el año en el conjunto de la eurozona. Cuanto mas se tarde en abandonar ese territorio de crecimiento negativo más difícil será la normalización de la actividad bancaria y la de los mercados de deuda pública. El circulo vicioso puede en cualquier momento acelerar sus perversa realimentación.

En esa situación de calma chicha que preside la escena financiera, son las cotizaciones  de la deuda pública las que por el momento presentan menos amenazas. Pero en modo alguno  puede considerarse como normalizada la situación en esos mercados, ni mucho menos considerarlos expresivos de la ausencia de segmentación financiera. Desde mediados del pasado julio, y más concretamente desde  el aviso del BCE del 6 de septiembre, mostrando su disposición a enmendarles la plana a los mercados de bonos que cotizaban la fragmentación de la eurozona, los títulos de España e Italia se encuentran en niveles más soportables, apoyados recientemente en la actitud mucho más laxa del Banco de Japón. De todas formas, las diferencias con los correspondientes a Alemania siguen denunciando una situación anómala, impropia de una unión monetaria. Pagar casi un 5% por endeudarse a diez años, frente al 1,2% que lo hace el tesoro alemán, no es para estar contentos. El saneamiento de las finanzas públicas exige que la factura por intereses de la deuda pública se reduzca de forma significativa por debajo de esos 38.600 millones de euros que están consignados en los Presupuestos Generales del Estado para este año.

El segundo exponente de precariedad financiera, ajeno al anterior, lo encontramos en las dificultades de algunos sistemas bancarios para normalizar la inversión crediticia. España vuelve a ser un caso representativo. Claro que se ha avanzado tras la recapitalización de las entidades que lo precisaban con parte de la línea de crédito que concedieron las instituciones europeas. Pero ese fortalecimiento de los recursos propios de los bancos no ha eliminado las amenazas a medio plazo. En concreto, las derivadas de una economía que no crece y crecerá poco en los próximos años; de un desempleo que tardará en bajar del nivel actual, y de un volumen de deuda de las empresas y de las familias que sigue siendo incompatible con la completa solvencia. La morosidad, y en general los activos dañados, seguirán creciendo, al menos en lo que queda de año, desde los niveles históricamente elevados en que se encuentra hoy. Tal como apuntaba Daniel Manzano en estas mismas páginas (http://blogs.elpais.com/finanzas-a-las-9/2013/04/morosidad-y-refinanciaciones.html), las operaciones de refinanciación y reestructuración  de préstamos pueden ser algo más que indicios de morosidad adicional a la contabilizada de forma convencional. La verdad es que no resulta muy  fácil hacer banca al por menor en estas condiciones. Y la concentración que ha tenido lugar en algunos sistemas bancarios no es por sí sola una garantía de reducción de la vulnerabilidad, como subraya el FMI. Ni de la definitiva ruptura del vínculo perverso entre riesgos bancarios y riesgos soberanos.

La fragmentación financiera también se manifiesta en los desiguales costes financieros  que soportan las empresas de la eurozona. Los bancos siguen divididos entre los que prestan en condiciones normales y aquellos de la periferia que siguen racionando el crédito y aplicando condiciones mucho más onerosas.  En España e Italia, las empresas pequeñas y medianas siguen pagando mucho más por la financiación bancaria, la única prácticamente disponible, que las de Alemania o Francia: entre 3 y 4 puntos porcentuales adicionales  para operaciones de crédito homogéneas, según diversas estimaciones. Y eso no favorece la inversión y el empleo precisamente. En mayor medida si tenemos en cuenta que en estos dos países del sur las pequeñas y medianas empresas disponen de un mayor peso específico en la actividad económica que en los del centro y norte de Europa. Tampoco debería ser un elemento tranquilizador para el BCE, que de forma explícita ha manifestado su propósito de luchar por la correcta transmisión de su política monetaria y la reducción de la segmentación financiera. En realidad,  las decisiones relajadoras del BCE, menos contundentes que las de otros bancos centrales, no se han trasladado en la misma cuantía a las distintas economías de la eurozona.

El tercer elemento de precariedad financiera  lo encontramos en la inquietud que ha dejado el desenlace de la crisis de Chipre. Lejos de fortalecer la confianza en la capacidad de gestión de las instituciones europeas y, en definitiva, en los sistemas bancarios, el recelo ha aumentado. No solo porque llegaran a cuestionar el compromiso del seguro de depósitos hasta esos 100.000 euros acordados por el Eurogrupo en octubre de 2008, sino por los subsiguientes controles a los movimientos de capital. Ha sido la primera vez en la historia de la unión monetaria que se limita la libre movilidad de la riqueza financiera de los ciudadanos y empresas creando un elemento adicional de segmentación financiera. Y por distinta que sean las situaciones en otros países, y desiguales las dimensiones relativas de sus sistemas bancarios, es inevitable asumir el precedente y evocar de nuevo el refranero, poniendo a remojo las barbas de algunos vecinos. La solvencia bancaria y la de los correspondientes gobiernos han vuelto a ser objeto de atención de analistas e inversores. Y las eventuales exigencias adicionales de capital a los bancos, al igual que otros factores generadores de incertidumbre reguladora, en circunstancias como las actuales no favorecen la definitiva normalización de la actividad crediticia.

Reducir esas manifestaciones de precariedad financiera debería obligar a las autoridades europeas a revisar algunas políticas económicas adoptadas y  fortalecer otras apenas enunciadas con el fin de garantizar una mayor estabilidad financiera y la consiguiente confianza en los  operadores financieros. Entre las primeras, la aplicación de austeridad a ultranza en la conducción de las finanzas públicas, en especial las de las economías inmersas en una continuada y pronunciada recesión. En ausencia de inflación, la política monetaria también ha de flexibilizarse adicionalmente. Entre las segundas, la necesidad de acelerar  la transición a la unión bancaria, en los términos avanzados en el Consejo Europeo del pasado diciembre: una supervisión común, un mecanismo de resolución de crisis y, desde luego, un sistema fiable de seguro de depósitos. Y, en última instancia, la unión fiscal, garantía de reforzamiento de la anterior. Son condiciones necesarias no solo para reducir la precariedad y fragmentación financiera todavía vigentes, sino para asegurar la viabilidad de la propia unión monetaria, la unicidad del mercado de servicios financieros en la región y, no menos importante, la correcta transmisión de la política monetaria.

(Publicado en El País, 14 de abril de 2013)

La devaluación interna de la economía española navega con el rumbo equivocado

Durante los años 1995-2007 la economía española experimentó una etapa expansión económica sin precedentes desde la democracia (con una tasa medial anual acumulativa de crecimiento del 3,5%). Esta etapa de crecimiento se basó en dos pilares.

Por un lado, la incorporación de España a la Unión Económica y Monetaria en 1994 propició una caída de los tipos de interés nominales, que se acentuó a partir de la instauración del euro como moneda oficial en sustitución de la peseta. La caída de los tipos de interés y la ausencia de riesgo de tipo de cambio dentro de la zona euro llegó a provocar la existencia de tipos de interés reales negativos y alentó un aumento de la confianza de los inversores y un fuerte aumento del crédito, que conllevó el aumento de la demanda de viviendas y de bienes de consumo duradero y posteriormente el aumento de la inversión en capital fijo y el empleo de las empresas favorecidos por esa mayor demanda. Por otro lado, la expansión económica se vio favorecida por la llegada masiva (sin control) de inmigrantes, fundamentalmente a partir del año 2002, atraídos por una creciente demanda de empleo en el sector de la construcción y de algunos servicios básicos de bajo valor añadido como la hostelería y el servicio doméstico. Este aluvión de inmigrantes provocó un nuevo impulso al consumo privado y a la inversión en capital fijo, y a la vez impidió el estrangulamiento de la economía por falta de mano de obra en determinados sectores productivos.

 Pero al mismo tiempo que se impulsaba el crecimiento y el empleo (ejemplo en Europa), la economía española generó un conjunto de desequilibrios macroeconómicos importantes: déficit creciente y persistente de la balanza por cuenta corriente, insuficiencia de ahorro y dependencia de la financiación exterior, exceso de inversión en capital fijo (tanto en infraestructuras públicas como en vivienda), sobreendeudamiento de familias, empresas financieras y sistema bancario (con el exterior), dependencia de la producción y el empleo de los sectores ligados al “ladrillo”, y aumento de los precios y salarios (pérdida de competitividad exterior) por encima de nuestros socios europeos y del resto de países industrializados.

La crisis financiera internacional de 2007 que desencadenó la crisis económica global no hizo más que sacar a la luz nuestros desequilibrios y nos despertó de un sueño de crecimiento (y casi pleno empleo) que ya tenía fecha de caducidad cuando nació. Los bajos niveles de los tipos de interés nominales y reales y el exceso de crédito inmobiliario e hipotecario generaron una enorme burbuja, que provocó aumentos del precio de las viviendas durante este periodo de más de un 30% en términos reales (descontada la inflación). Además, la caída de los ingresos públicos y la acumulación de gastos públicos estructurales (servicios públicos que ya no se podían financiar y una estructura administrativa duplicada y despilfarradora, cuando no corrupta) y coyunturales (aumento de las prestaciones por desempleo y de los intereses de la deuda), ha terminado  generando un déficit público y un endeudamiento de las AA.PP. insostenible.

A título de ejemplo, en el primer gráfico (hacer clic sobre el mismo para verlo más grande) se muestra la pérdida de competitividad relativa acumulada por la economía española con Francia y Alemania en el periodo 1999-2007.

Los costes laborales de una economía se suelen medir en términos de unidad de producto, es decir, mediante la variable conocida como el coste laboral unitario nominal, CLUN, la cual se aproxima mediante el cociente entre la remuneración media por asalariado, W, y la productividad aparente del factor trabajo, PROD. A su vez la productividad aparente del factor trabajo se calcula por el cociente entre la producción en términos reales y el empleo total de la economía. De este modo, los posibles aumentos (caídas) temporales de los CLUN serán el resultado del aumento (disminución) de la retribución por asalariado y de una caída (aumento) de la productividad, o de una combinación de ambos factores, CLUN = W-PROD.

 Como se puede observar en el gráfico, mientras que el periodo 1999-2007 en España subían los CLUN un 31%, en Francia aumentaban un 18% y en Alemania se mantenían constantes. Este proceso de pérdida de competitividad era el resultado de un aumento excesivo de los salarios que no era ni de lejos compensados con la baja productividad de nuestra economía. En el extremo opuesto se situaba Alemania, que registraba una moderación salarial que encima era compensada con una mayor productividad del trabajo.

Antes del ingreso en la Unión Económica y Monetaria, las devaluaciones competitivas (o externas) de la peseta fueron un factor determinante para impulsar la salida de la economía española de las crisis económicas. Sin duda, este ajuste nominal permitía recuperar la competitividad exterior y, en última instancia impulsar la actividad económica a través de la demanda externa.

Pero una vez abandonada la moneda nacional con el euro y con la cesión de la política monetaria al Banco Central Europeo, la estrategia de recuperación de la competitividad con el exterior y la reactivación económica pasa por un proceso de devaluación interna (o desinflación competitiva), basada en dos pilares: a) la búsqueda de un equilibrio presupuestario mediante un proceso de ajuste o consolidación fiscal; y b) el cambio de las pautas de comportamiento de los agentes económicos en la determinación de precios y salarios, que debería vincularse a la productividad real. Ello permitiría la moderación de la inflación, facilitando un proceso de desinflación competitiva.

Pero a la vista de lo acontecido desde 2011, la devaluación interna de la economía española navega con el rumbo equivocado.

Por un lado, la composición del ajuste fiscal de la economía española camina por la senda inadecuada, tal y como tuvimos de explicar en una entrada reciente de mi Blog personal. En primer lugar, el ajuste fiscal no se basa en una caída del gasto público, sino que su diseño es un combinación entre recortes de gasto público y subida de impuestos. En segundo lugar, los recortes de gasto público no se centran en el gasto corriente, sino que gran parte del recorte se ha basado en la bajada de la inversión pública, siguiendo la tendencia del último Gobierno socialista. Por último, el ajuste fiscal no está acompañado de una política de reformas estructurales que incidan en el incentivo de la oferta agregada, la liberalización del mercado de trabajo y la moderación de salarios. En este caso, las medidas que incidan por el lado de la oferta son escasas o tímidas, la liberalización del mercado de trabajo es incompleta y, por el momento, sólo se ha impulsado de manera exógena la moderación salarial en los empleados públicos, mientras que los salarios del sector privado han seguido creciendo o reduciéndose moderadamente (el ajuste ha sido el empleo). Además, los acuerdos de moderación salarial entre los agentes sociales, y entre estos y el Gobierno brillan por su ausencia.

Por otro lado, aunque en el últimos años los crecimientos en los salarios se han ido moderando e incluso se han reducido en 2012, esta reducción global del último año esconde dos mecanismos perversos, tal y como se puede ver en los siguientes gráficos.

En primer lugar, la tasa salarial firmada en los convenios colectivos ha aumentado en 2012 un 1,3%, cuando la tasa de paro ya roza el 27%.

En segundo lugar, y quizás más grave, aunque el coste laboral por hora trabajada en 2012 se ha reducido un 3,1 % (4º trimestre de 2012 sobre 4ª trimestre de 2011), esta bajada esconde un escandaloso comportamiento ”dual”:

  • Mientras que el peso de la caída de los salarios los soportan los empleados públicos y los empleados afines (empleados de sectores “concertados”): sector de administración pública y defensa y seguridad social obligatoria (-15,9% de caída de salarios); sector de actividades sanitarias y de servicios sociales (-10,4% de caída de salarios).
  • La subida salarial en los sectores (mal) regulados o (ineficientemente) subvencionados es provocadora y estridente: sector subvencionado de las industrias extractivas o mineras (+10% de subida de salarios); sector regulado de suministro de energía eléctrica y gas (+9,4% de subida de salarios).

coste laboral

Durante el año 2010 se puso de moda entre algunos académicos y comentaristas económicos la defensa del llamado efecto demostración de los salarios públicos sobre los salarios privados. En síntesis, se  afirmaba que la reducción de los salarios públicos tendría un efecto demostración sobre la negociación salarial privada, reduciendo significativamente los incrementos salariales acordados y, por tanto, impulsando el empleo y la actividad económica. Parece que se equivocaron y el efecto demostración está siendo insignificante.

PIB versus PNB: Irlanda en la encrucijada

La mayor parte de los países  excluyendo los EE.UU., han utilizado desde hace tiempo su Producto Interior Bruto (PIB, en inglés GDP, Gross Domestic Product) en vez del Producto Nacional Bruto (PNB, en inglés GNP, Gross National Product) como su principal indicador del nivel de actividad económica. En 1991, EE.UU. se sumó también a esta práctica.  Generalmente, la discrepancia entre el PIB y del PNB es reducida. Sin embargo, en esta entrada del Blog destacamos cómo, para determinados países y en determinados períodos, existe una diferencia cualitativa y cuantitativamente importante, resultando que el PNB es un indicador más adecuado (que el PIB) para analizar la capacidad de una economía para financiar el gasto nacional y, en última instancia, la necesidad de financiación de la economía nacional del resto del mundo. Este resulta ser el caso de Irlanda en los últimos años.

La magnitud macroeconómica fundamental cuantifica el valor total de la corriente de bienes y servicios finales generados en una economía en un periodo de tiempo determinado, normalmente un año. Si medimos el valor de la producción generada dentro de las fronteras del país nos estaremos refiriendo al PIB, mientras que si medimos la producción generada por los factores de producción (trabajo y capital) propiedad de residentes nacionales (independientemente del lugar en que se localice la producción) nos referiremos al PNB. En definitiva, el paso del PIB al PNB supone agregar la renta de los factores nacionales obtenidas en el extranjero y detraer la renta de los factores extranjeros obtenidos en el territorio de un país. En particular, el PIB no corrige por la parte de la producción generada utilizando servicios proporcionados por el capital de propiedad extranjera.

 La diferencia entre ambas macromagnitudes viene dada por el saldo de la Balanza de Rentas con el resto del mundo (en inglés NFI, Net Factor Income from the Rest of the World), calculado como la diferencia entre las rentas (sueldos, salarios, intereses, dividendos, pagos por patentes, etc.) percibidas por factores productivos nacionales como contrapartida a su aportación a las productiva del resto del mundo menos las rentas percibidas por factores productivos extranjeros por su aportación a la producción de nuestro país.

De modo que:

GNP = GDP  ± NFI

En el los dos primeros gráficos (hacer clic sobre los mismos para verlos más grandes) se presenta la evolución del PIB, PNB y del NFI para la economía de Irlanda desde 1997 a 2014 (años 2012 a 2014 previsiones).

Con el paso del tiempo se ha abierto una brecha importante y creciente entre el PIB y el PNB de la economía irlandesa. Esto sucedía a medida que aumentaba el saldo negativo de las Balanza de rentas con el resto del mundo. A finales del 2011 el saldo negativo NFI con el resto del mundo ya representaba el 20% del PIB y se espera que vaya creciendo hasta alcanzar el 22,1% en 2014.

Este creciente desequilibrio se ha debido principalmente a la remuneración creciente de la inversión efectuada por multinacionales extranjeras en Irlanda. Como es bien conocido, la baja fiscalidad sobre beneficios, de los royalties y la gestión de la propiedad intelectual (12,5% de tipo impositivo general en el Impuesto sobre Sociedades) son algunos elementos (junto al idioma y la alta cualificación del capital humano, aunque en menor medida) que han hecho de Irlanda un imán para multinacionales, sobre todo estadounidenses, que han llegado a proporcionar empleo a uno de cada siete trabajadores del país. [1] [2]

En el siguiente gráfico se puede observar como el Valor Añadido Bruto (VAB, en inglés GVA, Gross Value Added) de las empresas multinacionales (EM) instaladas en Irlanda en % del PIB total ha ido creciendo sin parar, hasta representar a finales del 2011 nada menos que el 22%.

Quizás la pregunta clave sería la siguiente: ¿estamos ante un milagro económico o una enfermedad “crónica” de la economía irlandesa?

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[1] Algunas de las multinacionales que tienen su base operativa europea en Irlanda son General Electric, Cisco, Pfizer, HP, Apple, Google, Microsoft, Facebook, entre otras.

[2] Recientemente se ha vuelto a reabrir el debate en España y en el resto de Europa de si es posible que Irlanda siga manteniendo su baja fiscalidad a las empresas en un Mercado Único.

DERRETIDOS

“Como la nieve bajo el sol”  podrán quedar “los esfuerzos que se han hecho en las economías del sur de Europa para reducir sus costes laborales unitarios”, según la canciller Merkel, si el tipo de cambio del euro sigue apreciándose frente a las principales divisas. Ese reconocimiento de “las preocupaciones y temores de quienes están trabajando duro” para fortalecer su competitividad, no le ha impedido declarar al mismo tiempo que un rango comprendido entre 1,30 y 1,40 dólares por euro es un tipo de cambio normal en términos históricos. Y, en todo caso, ha dejado clara su oposición a cualquier tipo de intervención que pretenda  enmendarle la plana a los mercados de divisas. Ni a ningún otro mercado, cabría añadir, aunque la volatilidad de sus cotizaciones agrave la situación de esas economías del sur hoy en recesión, sensibles a las variaciones del tipo de cambio del euro.

Con independencia de otras consecuencias no poco importantes que esas divergencias pudieran llegar a tener sobre la estabilidad comercial y financiera global, renovando las amenazas de una “guerra de divisas”, el aspecto quizás más revelador es la actitud complaciente con que la canciller alemana, y por extensión las autoridades comunitarias, contemplan las dificultades que atraviesan las economías periféricas. Con la misma pasividad que se verifica el daño en la capacidad exportadora de esas economías se observa la prolongación de la recesión a la que están conduciendo las políticas impuestas desde el inicio de la crisis de la deuda pública.

La depreciación del dólar y más recientemente del yen es una consecuencia de la política monetaria expansiva de los bancos centrales de EEUU y Japón con el fin de afianzar la recuperación del crecimiento de sus economías y, especialmente, el del empleo. Más expansiva, desde luego, que la aplicada por el BCE. La Reserva Federal dejó clara su actitud el pasado diciembre al confirmar la supremacía de su objetivo de reducción del desempleo : no bajará la guardia hasta que el primero caiga por debajo del 6,5%, siempre que la inflación no ascienda del 2,5%. Las autoridades japonesas, por su parte, han asumido como prioridad la eliminación de las amenazas de deflación y, para ello, además de la asignación por el gobierno de 117.000 millones de dólares a inversión pública, el banco central ha asumido un objetivo de inflación que dobla el 1% hasta ahora vigente. Esas actuaciones más laxas pueden ser seguidas por el Banco de Inglaterra que ahora estrena presidente, tras el fracaso de las políticas basadas en la austeridad del primer ministro Cameron. El Banco Central de Suiza ya anunció intervenciones en los mercados tendentes a evitar apreciaciones de su moneda.

Esas decisiones contrastan con las adoptadas por las autoridades de la eurozona. El BCE tardó en concretar su disposición a hacer todo lo que estuviera a su alcance para impedir que los mercados de bonos públicos fragmentaran la unión monetaria. Lo hizo el pasado septiembre, cuando las cotizaciones de la deuda pública española e italiana reflejaban temores que excedían al deterioro de las finanzas públicas de ambos países. Y lo hizo después de que fuera amplia una segunda evidencia, destacada por diversas instituciones, como el FMI: el carácter contraproducente de los ambiciosos procesos de consolidación fiscal impuestos en ambas economías.

Las previsiones que acaba de hacer públicas la Comisión Europea dejan lugar a pocas dudas acerca de los resultados de esas políticas. La eurozona contraerá su ritmo de crecimiento en 2013 un 0,3%. España lo hará un año más en un 1,4%, pero doblando ampliamente la tasa de desempleo del área, hasta rozar este año el 27%. Para 2014 se anticipa una mejora, pero no suficiente como para que la economía crezca más de ese 0,8% que prevé la Comisión, la misma tasa que nos asignaba en sus previsiones de otoño. Lo que sí se ha revisado al alza en estas previsiones para España es la relación entre la deuda pública y el PIB: será del 95,8 y del 101% del PIB en este y el próximo año, respectivamente.

No aparece, por tanto, la compensación esperada a estos años de esfuerzos sin precedentes para sanear unas finanzas públicas dañadas a partir de 2008, fundamentalmente por el desplome de los ingresos públicos. El caso de España vuelve a ser relevante. Y es que en ausencia de crecimiento económico, con el desempleo en ascenso, un endeudamiento privado elevado y un sistema bancario vulnerable,  el ajuste fiscal acaba pronunciando aún más la recesión y dificultando la consecución de sus propios objetivos de saneamiento. Una conclusión tal es la que se deducía de los análisis de los multiplicadores fiscales avanzados por el FMI (ver  el artículo “Revisionismos. El multiplicador fiscal”, El País, 21 de octubre de 2012) y, desde otra perspectiva analítica, la aportada por el reciente trabajo de Paul de Grauwe y Yuemei Ji (http://www.voxeu.org/).

Las conclusiones de este último trabajo cuestionan seriamente la validez de esas políticas, no encuentran justificación a los sacrificios realizados en estos países. Desde el inicio de la crisis de la deuda soberana los mercados de bonos enviaron señales erróneas, determinadas por el terror y el pánico, elevando artificialmente los diferenciales en tipos de interés de la deuda de las economías periféricas. Fueron esas presiones de los mercados de deuda publica  las que impulsaron a las autoridades europeas a la adopción de esos recesivos programas de consolidación fiscal todavía en vigor. “Si el BCE hubiera actuado antes de septiembre de 2012, se habría evitado gran parte del pánico en los mercados – a la fragmentación o desaparición de la eurozona- y la consecuente adopción de los programas de austeridad excesiva” adoptados a partir de 2011. De ello no es difícil colegir que “el pánico y el temor no son buenas guías para orientar las políticas económicas”. En mayor medida, podríamos añadir, si ese “sentimiento de los mercados” está influido por el “riesgo de reversibilidad” de la unión monetaria, que como el propio BCE admitió, incorporaban las cotizaciones de la deuda soberana de las economías del sur.

Como la mayoría de los analistas críticos con la “austeridad a ultranza” Paul de Grauwe no cuestiona  la necesidad de  saneamiento de las finanzas públicas de las economías del sur. Sugiere una distribución temporal del mismo mucho más razonable,  coexistiendo con estímulos a la demanda fundamentalmente con origen en las economías del norte. Estas, no tienen déficit públicos excesivos, mantienen estabilizados sus ratios de deuda pública sobre el PIB y tipos de interés excepcionalmente bajos. Ambas políticas, suavización de los ajustes fiscales y estímulos a la demanda, contribuirían igualmente a neutralizar esa otra amenaza de inestabilidad cambiaria ante la que la canciller alemana apenas mostraba su conmiseración con los  derretidos esfuerzos de los sureños.

Sin abandonar el ámbito de la observación empírica, a las contraindicaciones estrictamente económicas de las políticas hasta ahora practicadas hay que añadir las cada día más visibles de insatisfacción social y política, incluida la desafección hacia la propia Unión Monetaria, derivadas de esos “sufrimientos innecesarios a millones de personas que han terminado en el desempleo y la pobreza”, que también subraya Paul de Grauwe. No se trata de consecuencias de la existencia del euro, sino de errores en la gestión de la crisis más importante de su historia.

(Publicado en El País, 10 de marzo de 2013)

Distribución por países de la deuda pública adquirida por el Banco Central Europeo mediante el Programa para el Mercado de Valores

Abundando en su política de transparencia el Consejo de Gobierno del BCE hizo público el pasado 21 de febrero en una nota de prensa el detalle por países de las tenencias de deuda del Eurosistema, adquiridas a través del Programa para el Mercado de Valores (PMV). Este PMV se dio por finalizado el pasado 6 de septiembre y fue sustituido por las Operaciones Monetarias Directas (OMD), tal y como comentábamos en una entrada anterior. El siguiente cuadro da cuenta del detalle proporcionado por el BCE.

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1 The SMP holdings are classified as held-to-maturity and consequently valued at amortised cost.

El porcentaje de deuda adquirida por países revela, tal y como observamos en el siguiente gráfico, que el mayor porcentaje de las adquisiciones corresponde a deuda de Italia (47%) seguida de España (20%). Las compras de ambos países representan, conjuntamente, el 67% del total de la deuda adquirida mediante el PMV poniendo de manifiesto el importante papel de sostén de la liquidez en esto países que el BCE realizó mediante este programa ante el recrudecimiento de la crisis de deuda, a partir de agosto de 2011.

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El vencimiento medio en años del total de la deuda en poder el BCE asciende a 4,3 años, correspondiendo el mayor vencimiento a Irlanda, seguido de Italia, España, Portugal y Grecia.

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Fuente: BCE

Las compras de deuda por el BCE representan un porcentaje importante de los saldos vivos en circulación de la deuda de determinados países. Como podemos observar en el gráfico siguiente, la deuda griega en poder del BCE alcanza, sorprendentemente un 33% del total en circulación.

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La tenencia de esa deuda ha provocado al BCE una pérdida total media de valor en libros de 9.300 millones de euros (la adquisición de deuda mediante el PMV se realiza hasta su vencimiento, con lo que se valora al coste de amortización). En el siguiente gráfico podemos observar la distribución porcentual de las pérdidas de valor de la deuda por países, ascendiendo la pérdida media total a -4,27%.

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Esta pérdida de valor de mercado de la deuda ha estado compensada durante 2012 por los ingresos que la misma ha generado, tal y como se desprende del resultado de sus Cuentas Anuales hechas públicas el pasado 21 de febrero. Durante 2012 el BCE registró un superávit bruto de 2.164 millones de euros (un 14,26% más que en 2011) que tras las provisiones por riesgos de tipo de cambio, de tipo de interés, de crédito y de precio del oro situaron el beneficio neto del BCE en 998 millones de euros (un 37,08% más que en 2011). Los ingresos ordinarios del BCE provienen básicamente del los siguientes aspectos: rendimiento de sus carteras de reservas exteriores y de recursos propios, de los ingresos por intereses obtenidos de su participación del 8% en el total de los billetes en euros en circulación, y de los ingresos netos por intereses generados por los valores adquiridos con fines de política monetaria en el marco del Programa para los Mercados de Valores y los dos programas de adquisiciones de bonos garantizados.

Concretamente los ingresos netos por intereses generados por los valores adquiridos en el marco del PMV ascendió a 1.108 millones de euros (un 10,47% más que en 2011), de los que 555 millones proceden de las tenencias de deuda griega, el 50,10% del total de los ingresos netos obtenidos por este concepto. El 46,58% del beneficio bruto del BCE corresponde precisamente a los intereses generados por los activos del PMV.

Nadie dijo que esta medida no convencional no entrañaba ningún riesgo, sino todo lo contrario. Solo tenemos que esperar a las amortizaciones de la deuda en poder del BCE y adquirida mediante el PMV.

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